El apagón

Arthur Hailey · Capítulo 18 de 68

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El apagón

Capítulo 17

 

El pianista del bar pasó con expresión nostálgica de Hello, Young Lovers a Whatever

Will Be, Will Be.

—Si ése sigue con los vejestorios —dijo Harry London—, me voy a poner a

llorar sobre mi cerveza. ¿Otro vodka, compañero?

—¿Por qué demonios no? Que sea doble —Nim, que también había estado

escuchando la música, se escuchó a sí mismo con objetividad. Estaba empezando a

farfullar, lo que era comprensible. Ya había bebido demasiado, y lo sabía, pero

descubrió que no le importaba. Buscando en un bolsillo sacó las llaves del coche y las

empujó por encima de la mesita negra.

—Guárdalas. Ocúpate de que coja un taxi para volver.

London se metió las llaves en el bolsillo.

—Lo haré. Si quieres puedes quedarte en mi casa.

—No, Harry, gracias.

Pronto, cuando el alcohol le hubiera embotado aún más, Nim se proponía volver a

casa; en realidad quería hacerlo. No le preocupaba presentarse borracho, por lo

menos no esa noche. Leah y Benjy estarían durmiendo y no le verían. Y Ruth, con su

compasión y simpatía, le perdonaría.

—Probando, probando —dijo Nim. Había querido oír su voz de nuevo antes de

hablar. Ahora, satisfecho de su coherencia, le dijo a Harry—: ¿Sabes qué pienso?

Pienso que para Wally sería mejor estar muerto.

London tomó un sorbo de cerveza antes de contestar.

—Quizá Wally no opine lo mismo. Está bien, se ha quemado mucho y ha perdido

el pito. Pero hay otras cosas…

—¡Por Dios, Harry! ¿Sabes lo que dices? —dijo Nim, levantando la voz.

—Calma —advirtió London. La gente les miraba. Añadió despacio—: Claro que

lo sé.

—Con el tiempo… —Nim se inclinó sobre la mesa equilibrando las palabras

como un malabarista que se pone de pie sobre un plato de canto—. Con el tiempo las

quemaduras se curarán. Le harán injertos de piel. Pero no se puede conseguir un pene

nuevo ni en «Sears».

—Es cierto. No lo niego —London movió la cabeza tristemente—. ¡Qué

desgracia maldita!

El pianista del bar se dedicaba ahora al tema de Lara, y Harry London se enjugó

una lágrima.

—¡Veintiocho años! —dijo Nim—. Esa es su edad. ¡Veintiocho, por Dios! Pero si

a esa edad cualquier hombre normal tiene por delante toda una vida…

—No necesito que me lo expliques —dijo London secamente. Terminó la cerveza

y le hizo un gesto al camarero para que le trajera otra—. Hay algo que tienes que

recordar, Nim. No todos los tipos son machos campeones como tú. Si a ti te pasara lo que a Wally, comprendo que sería el fin de todo, o que tú lo verías así —le preguntó

con curiosidad—: ¿Alguna vez has llevado la cuenta? Quizá tendrías que figurar en

The Guinness Book of World Records.

—Hay un escritor belga —dijo Nim desviado por un momento de su obsesión—,

Georges Simenon, que dice que lo hizo con diez mil mujeres. No llego a tanto, ni

siquiera me acerco.

—Deja de hacer cálculos. Quizá Wally no le haya dado nunca tanta importancia al

suyo como le das tú al tuyo.

—Lo dudo —dijo Nim, sacudiendo la cabeza. Recordó las veces que había visto

juntos a Wally y a Mary, su mujer. Los bien afilados instintos de Nim le decían que a

los dos les iba muy bien sexualmente. Se preguntó tristemente qué pasaría con la

pareja.

Llegaron la cerveza y el vodka doble.

—Cuando vuelva —le dijo Nim al camarero—, traiga otro.

 

Era el comienzo de la noche. El bar en que estaban, «The Ezy Duzzit», pequeño y

oscuro, con un pianista sentimental que en ese momento modulaba Moon River, no

quedaba lejos de la «CGS». Nim y Harry London habían ido a pie desde la oficina, al

final del día. Este era el tercer día.

Los tres últimos días constituían el peor período breve de su vida que Nim

pudiera recordar.

El primer día, en Devil’s Gate, la sensación de estupor que siguió a la

electrocución de Wally Talbot había durado solo segundos. Luego, mientras bajaban a

Wally de la torre, los procedimientos de emergencia previstos se pusieron en marcha

aceleradamente.

En cualquier empresa de servicios públicos las electrocuciones son poco

frecuentes; pero ocurren inevitablemente, hasta varias veces por año. La causa es, a

veces, un descuido momentáneo que anula precauciones costosas y severas, o el

«accidente imposible», como el que ocurrió tan rápidamente ante los ojos de Nim y

los demás.

Resultaba irónico, porque la «CGS» tenía un programa de publicidad dirigido a

padres e hijos, advirtiendo sobre el peligro de hacer volar cometas cerca de las líneas

eléctricas. La empresa había gastado miles de dólares en carteles e impresos con

dibujos dedicados al tema, y los había distribuido en escuelas y otras instituciones.

Como el angustiado Fred Wilkins revelaría más adelante, él conocía el programa

de prevención; pero la mujer de Wilkins, la madre de Danny, no. Admitió llorosa que

tenía la vaga impresión de haber oído algo de eso, pero no recordaba cuándo ni

dónde, ni siquiera se lo había evocado la llegada de la cometa, regalo de cumpleaños

de los abuelos. Llegó con el correo de la mañana y ella ayudó a Danny a montarla. En

cuanto a que Danny trepara a la torre, los que le conocían le describieron como «un niño decidido y sin miedo». La varilla de aluminio con gancho era un garfio que el

padre utilizaba ocasionalmente para la pesca; lo guardaba en un almacén de

herramientas, donde el niño la había visto a menudo.

Todo esto no se sabía, claro, cuando el equipo profesional de primeros auxilios,

alertado por la sirena del campamento, corrió a proporcionar ayuda a Wally Talbot.

Estaba inconsciente, con quemaduras graves en varias partes del cuerpo, y no

respiraba.

El equipo de auxilio, encabezado por la enfermera diplomada que lo dirigía,

comenzó por la respiración boca a boca y la compresión cardíaca externa. Mientras

continuaba el proceso de revivirlo, acostaron a Wally en la única cama de la sala de

primeros auxilios. Allí, la enfermera, que recibía instrucciones por radio de un

médico de la ciudad, usó un reactivador a pecho cerrado intentando restablecer la

actividad normal del corazón.

El intento tuvo éxito. Esa y otras medidas salvaron la vida de Wally.

Un helicóptero de la compañía estaba ya volando a Devil’s Gate: la misma

máquina que hubiera debido recoger a Nim. Wally, acompañado por la enfermera, fue

llevado directamente al hospital para un tratamiento más profundo.

Solo al día siguiente hubo seguridad de su recuperación, y se dio a conocer un

detalle de sus lesiones.

Ese día, los periódicos dieron gran importancia a la noticia, reforzándola con

testimonios de los periodistas presentes. El matutino Chronicle-West lo publicó en

primera plana con el titular:

 

HÉROE ELECTROCUTADO

 

Por la tarde, aunque la novedad había disminuido, el California Examiner dedicó

la mitad de la tercera página al artículo firmado por Nancy Molineaux, y que se

titulaba:

 

SE SACRIFICA AL SALVAR A UN NIÑO

 

El Examiner también presentaba un retrato a dos columnas de Wally Talbot y otro

del joven Danny Wilkins con un lado de la cara vendado: resultado de las raspaduras

cuando el chico resbaló cerca de la torre, única lesión que sufrió.

La televisión y la radio habían dado boletines la noche anterior, pero siguieron >

cubriendo el hecho al día siguiente.

Por su interés humano, el hecho atrajo la atención del Estado y, en parte, de la

nación.

En el hospital Mount Edén de la ciudad, poco después del mediodía de ese

segundo día, un cirujano auxiliar dio una conferencia de prensa improvisada, en un pasillo. Nim, que había estado en el hospital más temprano, acababa de volver y

escuchó desde atrás.

—El señor Talbot está en condición crítica pero estable, y fuera de peligro

inmediato —anunció el joven cirujano, que parecía un Robert Kennedy reencarnado

—. Tiene quemaduras graves en el veinticinco por ciento del cuerpo y ciertas otras

lesiones.

—¿Podría ser más específico, doctor? —preguntó uno entre la docena de

periodistas—. ¿Cuáles son las otras lesiones?

El cirujano miró a un hombre que tenía al lado y que, como Nim sabía, era el

administrador del hospital.

—Señoras y señores de la prensa —dijo el administrador—, normalmente, por

respeto a la intimidad, no se hubiera dado otra información. En este caso, sin

embargo, después de discutirlo con la familia, se ha decidido hablar amplia y

francamente a la prensa, para poner fin a las conjeturas. De modo que contestaremos

la última pregunta. Pero antes de hacerlo les ruego, en consideración al paciente y a

su familia, guarden discreción en lo que escriben y dicen.

—Gracias. Continúe, doctor, por favor.

—Los efectos de la electrocución sobre el cuerpo humano son siempre

impredecibles —dijo el cirujano—. A menudo, la muerte; cuando pasan grandes

cargas de electricidad por órganos internos antes de ir a tierra. En el caso del señor

Talbot, esto no ocurrió, de modo que en ese sentido tuvo suerte. En cambio, la

electricidad pasó sobre la superficie del cuerpo y salió a tierra, a través de la torre de

metal, por el pene.

Se oyeron suspiros, y durante el silencio que provocó la sorpresa nadie pareció

ansioso por hacer la próxima pregunta. Por fin un periodista mayor lo hizo:

—Y, doctor, ¿cómo…?

—Destruido. Quemado. Enteramente. Ahora, si me permiten…

El grupo de periodistas, extrañamente alicaído, se alejó.

Nim se quedó. Se presentó al administrador y preguntó por la familia de Wally:

Ardythe y Mary. Nim no las había visto desde el accidente, pero sabía que tendría que

encontrarse con ellas pronto.

Nim se enteró de que Ardythe estaba en el hospital bajo sedantes.

—Ha sufrido un profundo shock —le dijo el administrador—. Supongo que está

enterado de la muerte de su marido, ocurrida hace poco.

Nim asintió.

—La joven señora Talbot está con su esposo, pero por ahora no se permiten otras

visitas.

Mientras el administrador esperaba, Nim garabateó una nota para Mary

diciéndole que estaba a su disposición si le necesitaba; y que de todas maneras

volvería al hospital al día siguiente.

Esa noche, como la anterior, Nim durmió solo a ratos: lo ocurrido en el campamento Devil’s Gate volvía a su mente, una y otra vez, como una pesadilla

recurrente.

La mañana del tercer día vio a Mary y luego a Ardythe.

Mary le recibió fuera de la habitación donde Wally seguía bajo cuidados

intensivos.

—Wally está consciente —le dijo—, pero no quiere ver a nadie, todavía no —la

mujer de Wally estaba pálida y cansada, pero dejaba traslucir algo de su modo de ser

práctico—. Pero Ardythe quiere verte. Sabía que vendrías.

—Supongo que las palabras son inútiles, Mary. De todos modos, lo siento —dijo

Nim cariñosamente.

—Todos lo sentimos —Mary le acompañó hasta una puerta, a unos metros de allí,

y la abrió—. Aquí está Nim, mamá —a él le dijo—: Vuelvo con Wally. Os dejo.

—Entra, Nim —dijo Ardythe. Estaba vestida, descansando sobre la cama,

apoyada en las almohadas—. ¿No es ridículo que yo también esté en el hospital?

Le pareció que su voz reflejaba histeria; las mejillas estaban demasiado

sonrosadas, los ojos tenían un brillo artificial. Nim recordó lo que había dicho el

administrador sobre shock y sedantes, aunque Ardythe no parecía estar sedada en ese

momento.

—Desearía saber qué decirte… —comenzó vacilante. Se detuvo y se inclinó para

besarla.

Ante su sorpresa, Ardythe se endureció y volvió la cabeza. Acabó tocándole la

mejilla torpemente con los labios; la sintió caliente.

—¡No! —protestó Ardythe—. Por favor… no me beses.

Preguntándose si la habría ofendido en algo, y sin saber qué pensar, acercó la silla

y se sentó al lado de la cama. Se hizo un silencio, y luego ella dijo, como

meditándolo:

—Dicen que Wally vivirá. Ayer no lo sabíamos; de modo que hoy estamos mejor

en cuanto a eso. Pero supongo que sabrás cómo va a vivir; quiero decir, lo que le ha

ocurrido.

—Sí —dijo él—, lo sé.

—¿Has estado pensando como yo, Nim? ¿Sobre la razón de lo que pasó?

—Ardythe, yo estaba allá. Vi…

—No quiero decir eso. Quiero saber por qué.

Sorprendido, él movió la cabeza.

—He pensado mucho desde ayer, Nim. Y he decidido que lo que pareció un

accidente pudo ser por lo nuestro: tú y yo.

Siempre sin comprender, él protestó:

—Por favor, estás agotada. Es un shock terrible, especialmente tan pronto después

de lo de Walter.

—Eso es precisamente —la cara y la voz de Ardythe estaban tensas—. Tú y yo

pecamos tan pronto después de la muerte de Walter. Siento que es un castigo: que Wally, Mary, los niños, todos sufren por mi culpa.

—¡Por Dios, Ardythe! ¡No sigas! ¡Es ridículo!

—¿Lo es? Piénsalo cuando estés solo, como he hecho yo. Y acabas de decir «Por

Dios». Eres judío, Nim. ¿Es que tu religión no te enseña a creer en la ira de Dios, y en

el castigo?

—Aunque lo haga, no acepto todo eso.

—Yo tampoco lo aceptaba —dijo Ardythe abatida—. Pero ahora dudo.

—Mira —dijo él, buscando desesperado las palabras que la hicieran cambiar de

actitud—, a veces la vida hace sufrir a una familia, parecería que disparándole con los

dos cañones, mientras deja tranquilas a otras. No es lógico; no es justo. Pero ocurre.

Puedo recordar casos, y tú también.

—¿Cómo sabemos que esos casos no fueron también castigos?

—Porque no hay razón para que lo fueran. Porque todo en la vida es azar. Las

ocasiones que nosotros creamos, por error o mala suerte, incluso la mala suerte de

estar donde no debemos, y cuando no debemos. Eso es todo, Ardythe, y es una locura

que te eches la culpa de lo que le ocurrió a Wally.

—Querría creerte —contestó ella, abatida—. Pero no puedo. Ahora, déjame, Nim.

Esta tarde me mandan a casa.

—Te iré a ver pronto —le dijo él, ya de pie.

—No me parece que debas hacerlo —sacudió la cabeza—. Pero llámame.

Se inclinó para besarla en la mejilla, pero recordando sus palabras, desistió y salió

en silencio.

Se sintió confuso. Era evidente que Ardythe necesitaba atención psiquiátrica; pero

si Nim mismo se lo sugería a Mary o a cualquier otra persona, tendría que explicar

por qué sin ocultamientos. No se veía haciéndolo ni aun bajo secreto profesional. Por

lo menos por ahora.

Su pena por Wally y por Ardythe, y su propio dilema, no lo abandonaron en todo

el día, sin que pudiera hacer nada por distraer su mente.

Como si eso no fuera bastante, esa tarde el California Examiner lo puso en la

picota.

Se había preguntado si, en vista de la utilidad del helicóptero en la emergencia

para trasladar a Wally desde el campamento de Devil’s Gate, Nancy Molineaux no

abandonaría su intención de escribir sobre las otras utilizaciones del helicóptero.

No fue así.

Su artículo estaba en un recuadro, frente a la página de editoriales.

Capitanes y reyes …y el señor Goldman de la «CGS»

¿Alguna vez se han preguntado cómo sería tener un helicóptero particular para trasladarse con rapidez mientras se descansa cómodamente?

La mayoría de nosotros jamás gozará placer tan exótico. Los que lo hacen pertenecen a dos categorías: el presidente de los Estados Unidos, el Shah del Irán, el fallecido Howard Hughes, ocasionalmente el Papa y, ah, ciertos ejecutivos privilegiados de nuestra buena amiga la empresa «Golden State». Por ejemplo, el señor Nimrod Goldman. ¿Por qué Goldman?, se preguntarán.

Bien, parece que el señor Goldman, vicepresidente de la «CGS», es demasiado importante para viajar en autobús, aunque uno, alquilado por la «CGS», hiciera el viaje el otro día con bastantes asientos vacíos. En cambio, eligió un helicóptero que…

 

Había más junto con una fotografía de un helicóptero de la «CGS» y un retrato de

Nim poco favorecedor que, sospechó, la señorita Molineaux debió elegir en los

archivos del periódico.

El párrafo más hiriente decía:

Los consumidores de gas y electricidad, que agobiados ya por los fuertes recibos,

saben que las tarifas subirán muy pronto, quizá se pregunten cómo gasta su dinero la

«CGS», una empresa casi pública. Quizá si los ejecutivos como Nimrod Goldman se

decidieran a viajar menos elegantemente, como el resto de nosotros, los ahorros

resultantes, junto con otras economías, podrían ayudar a detener los constantes

aumentos de tarifas.

A media tarde, Nim dobló el periódico y marcó el artículo; luego se lo dio a la

secretaria de Eric Humphrey:

—Dígale al presidente que, como supuse que de todas maneras lo vería, me

pareció mejor que le llegara a través de mí.

A los pocos minutos, Humphrey entró en la oficina de Nim y tiró el periódico

sobre la mesa. Estaba más enfadado de lo que jamás Nim lo había visto y,

extrañamente, levantó la voz:

—En nombre de Dios, ¿en qué pensaba cuando nos metió en este lío? ¿No sabe

que la comisión de servicios públicos tiene a estudio nuestra solicitud para aumentar

las tarifas, y que llegará a una decisión en los próximos días? Esto es justo lo que

puede agitar la opinión pública y llevarla a cortarnos el pescuezo.

Nim también liberó parte de su irritación.

—Claro que lo sé —señaló el periódico—. Estoy tan molesto como usted. Pero

esa maldita periodista tenía el cuchillo a punto. Si no hubiese sido el helicóptero,

hubiera sido cualquier otra cosa.

—No necesariamente; no, si no hubiera encontrado nada. Al utilizar el

helicóptero sin discreción, como lo hizo, le sirvió la oportunidad en bandeja de plata.

Nim estuvo a punto de replicarle bruscamente, pero decidió callarse. Ser acusado

sin culpa, suponía, podría formar parte de la tarea de un vicepresidente. Solo dos

semanas atrás, el presidente había dicho a sus ayudantes principales en una reunión

informal: «Si con un helicóptero de la compañía pueden ahorrar un día de viaje, y

realizar el trabajo más rápido y mejor, utilícenlo, porque a la larga resulta más barato.

Comprendo que tenemos esos aparatos para las cuadrillas de las líneas de transmisión

y emergencias, pero cuando no se necesitan para eso, cuesta muy poco más tenerlos

en el aire que en tierra.»

Otra cosa que Eric Humphrey presumiblemente había olvidado era que le había

pedido a Nim que se ocupara de la gira de dos días, y de la gente de prensa, y que

también le representara en una importante reunión de la Cámara de Comercio la mañana del primer día de la gira. Nim no tenía manera de hacer ambas cosas sin

utilizar el helicóptero. Sin embargo, Humphrey era un hombre justo, y probablemente

lo reconocería más adelante. Aun si no lo hacía, pensó Nim, no importaba demasiado.

Pero esa conjunción de hechos en tres días le había dejado exhausto y

melancólico. Así, cuando Harry London, que conocía algunas, aunque no todas las

razones de la depresión de Nim, le visitó sugiriéndole tomar unas copas después del

trabajo, Nim aceptó rápidamente.

Ahora sentía que el alcohol estaba haciendo su efecto y, aunque no se sentía más

feliz, el creciente aturdimiento, de alguna manera, lo reconfortaba un tanto. En un

rincón de su mente que aún funcionaba con claridad, Nim se despreciaba por lo que

estaba haciendo y la debilidad que implicaba. Luego se dijo que no ocurría a menudo

—ya no recordaba la última vez que había bebido demasiado— y que quizá resultara

terapéutico dejarse ir de cuando en cuando; mandarlo todo al demonio.

—Permite que te pregunte algo, Harry —dijo Nim confusamente—. ¿Eres

religioso? ¿Crees en Dios?

London bebió a fondo una vez más, luego se secó la espuma de cerveza de los

labios con un pañuelo.

—No, a lo primero. En cuanto a lo segundo, pongámoslo así: nunca le di

demasiada importancia a no creer.

—¿Y en cuanto a culpabilidad? ¿Estás muy cargado? —Nim recordó a Ardythe,

que le había preguntado: «¿Es que tu religión no te enseña a creer en la ira de Dios y

en el castigo?» Esa tarde no había tomado la pregunta en serio. Desde entonces, le

había vuelto a la mente varias veces, molestándole.

—Supongo que todos tienen alguna culpa —London parecía inclinado a terminar

su afirmación con eso; luego cambió de opinión y agregó—: A veces recuerdo a dos

tipos en Corea, grandes compañeros míos. Estábamos en una patrulla de

reconocimiento, cerca del río Yalú. Los dos se nos adelantaron y en ese momento

empezó el fuego del enemigo. Los tipos necesitaban ayuda para volver. Yo era

sargento mayor, al mando del grupo, y debí haber empujado a los demás

inmediatamente, para tratar de alcanzarles. Mientras me demoraba, tratando de

decidirme, los norcoreanos los descubrieron; una granada los hizo pedazos. Es una

culpa que llevo conmigo; ésa y alguna más. —Bebió otra vez y dijo—: ¿Sabes qué

estás haciendo, compañero? Nos estás poniendo… ¿cómo se dice?

—Sentimentales —dijo Nim, articulando trabajosamente.

—¡Eso es…!, sentimentales —Harry London asintió solemnemente mientras el

pianista del bar empezaba a tocar As Time Goes By.