El apagón

Arthur Hailey · Capítulo 27 de 68

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El apagón

Capítulo 9

 

Tres semanas atrás, cuando Ruth Goldman sorprendió a Nim al anunciarle su

intención de irse de casa por un tiempo, él pensó que era posible que cambiara de

idea. Sin embargo, no fue así. Ahora, en la noche del viernes, durante el descanso de

fin de semana de los debates sobre Tunipah, Nim se encontraba solo en la casa. Antes

de irse, Ruth había llevado a Leah y Benjy a casa de los abuelos, en el otro extremo

de la ciudad. El acuerdo era que los dos niños se quedarían con los Neuberger hasta el

regreso de Ruth, cualquiera que fuese la fecha.

Ruth se había mostrado reticente sobre esto, y también se había negado a decir

adónde iba y con quién.

—Probablemente sean dos semanas, aunque puede ser menos o más —le había

dicho a Nim dos días antes.

Pero no había nada impreciso en su actitud hacia él; fue fría y terminante. Era,

sintió Nim, como si ella hubiera llegado a decisiones en su interior, y solo le faltara

llevarlas a cabo.

Cuáles eran las decisiones y cómo le afectarían, Nim lo ignoraba. Al principio se

dijo que debería importarle, y le entristeció comprobar que no era así… Por lo menos,

no mucho. Por eso no protestó cuando Ruth le dijo que había completado sus

preparativos y se iría a fines de esa semana.

Nim se dio cuenta de que no era muy propio de él aceptar y dejar que las cosas

siguieran su curso. Por naturaleza estaba acostumbrado a tomar decisiones rápidas y a

planear de antemano; aplicada a su trabajo, esa capacidad le había ganado méritos y

promociones. Pero, en cuanto a su matrimonio, tenía una extraña inhibición para

actuar, y quizás enfrentarse a la realidad. Se lo dejaba todo Ruth… Si ella decidía irse

definitivamente y luego pedir el divorcio, lo que parecía la consecuencia natural, él

no se sentía inclinado a oponerse, ni siquiera a intentar disuadirla. Sin embargo, él no

tomaría la iniciativa. Todavía no.

Ayer mismo le había preguntado a Ruth si estaba dispuesta a conversar sobre la

situación, y recordó sus palabras: «Tú y yo solo mantenemos la apariencia de un

matrimonio. No hemos hablado. Pero creo que deberíamos hacerlo… Quizá cuando

vuelva.»

—¿Por qué esperar? —preguntó Nim.

Pero ella había contestado con aire práctico:

—No, ya te lo diré cuando esté dispuesta.

Y eso había sido todo.

Nim pensaba con frecuencia en Leah y Benjy, siempre que lo hacía sobre la

posibilidad de un divorcio. Sabía que los dos niños quedarían desolados al saberlo, y

le entristecía que sufrieran. Pero la realidad es que las criaturas sobreviven a los

divorcios, y Nim había observado que muchos aceptan un divorcio en la familia

como un simple aspecto de la vida. Tampoco resultaría difícil lograr que Nim, Leah y Benjy pasaran algún tiempo juntos. Quizás hasta terminaría viendo a los niños más

que ahora. Eso ocurría con otros padres separados.

Pero todo eso debía esperar al regreso de Ruth, reflexionó, mientras recorría la

casa vacía la noche del viernes.

Media hora antes había hablado por teléfono con Leah y Benjy, superando las

objeciones de Aaron Neuberger, que no quería que el sábado se utilizara su teléfono

salvo para emergencias. Nim había llamado insistentemente hasta que su suegro

cedió y contestó.

—Quiero hablar con mis hijos —insistió Nim secamente—, y no me importa si

hoy es el martes de Mickey Mouse.

Cuando Leah se puso al teléfono unos minutos después, se lo reprochó

suavemente:

—Papito, has molestado al abuelo.

Nim tuvo ganas de decir: «¡Qué suerte!», pero, prudentemente, no lo hizo.

Hablaron de la escuela, de un campeonato de natación próximo y de la clase de

ballet. No mencionaron a Ruth. Sentía que Leah sabía que algo andaba mal, sin

atreverse a preguntar o saber.

La conversación siguiente, con Benjy, reavivó la irritación que a Nim le causaban

frecuentemente sus suegros.

—Papá —había dicho Benjy—, ¿voy a tener un mitzvah? Abuelo dice que debo

tenerlo. Y abuela dice que si no lo tengo nunca seré un verdadero judío.

¡Al diablo con esos entrometidos de Neuberger! ¿No podían contentarse con ser

abuelos cariñosos y ocuparse de Leah y Benjy durante un par de semanas, sin

aprovechar la oportunidad para inyectarles doctrina? Era casi indecente empezar a

trabajarlos con tanta prisa, y también una violación de los derechos de Nim y Ruth

como padres. Nim hubiera querido hablar de esos temas con Benjy personalmente,

tranquilamente, inteligentemente, de hombre a hombre, y no que se los presentaran de

modo brusco, de esa manera. «Bien —inquirió una voz interior—, ¿por qué no lo

hiciste? Tuviste bastante tiempo. Si lo hubieras hecho, sabrías ahora qué contestarle a

Benjy.»

—Nadie está obligado a tener un mitzvah —dijo Nim con dureza—. Yo no lo

tuve. Y lo que dice tu abuelo es una tontería.

—Abuelo dice que tengo mucho que aprender —Benjy todavía parecía indeciso

—. Dice que debí haber empezado hace mucho tiempo.

¿Había una acusación en la clara vocecita de Benjy? Era muy posible, probable

quizá, pensó Nim, que a los diez años, Benjy entendiera bastante más de lo que

suponían sus mayores. Y por eso, ¿no revelarían las preguntas de Benjy la misma

instintiva búsqueda de identidad con sus ancestros que Nim había descubierto en sí

mismo, y había sofocado, aunque no del todo? No estaba seguro. Pero nada calmaba

la furia de Nim por la manera en que todo aquello había salido a la superficie; sin

embargo, contuvo otras palabras duras, pues sabía que harían más mal que bien.

—Mira, hijo, lo que acabas de decir, sencillamente no es cierto. Si decidimos que

tengas tu bar mitzvah, tenemos todo el tiempo necesario para eso. Comprende que tus

abuelos tienen algunas opiniones con las que tu madre y yo no estamos de acuerdo —

Nim no estaba muy seguro de hasta qué punto eso era cierto respecto de Ruth, pero

ella no estaba allí para contradecirle. Continuó—: En cuanto tu madre vuelva, y tú

estés en casa, hablaremos de eso. ¿De acuerdo?

Benjy dijo «de acuerdo» un poco de mala gana, y Nim comprendió que tendría

que cumplir su promesa o perdería la confianza de su hijo. Contempló la posibilidad

de hacer que su padre tomara el avión en Nueva York y se viniera a quedar un tiempo

con ellos, para neutralizar la influencia de los Neuberger sobre Benjy. El viejo Isaac

Goldman, de salud frágil y con sus ochenta y pico, se mantenía agrio, cínico y

cortante respecto al judaísmo, y disfrutaba envolviendo a los oportunistas en

discusiones de judaísmo ortodoxo. Pero Nim decidió que no. Sería tan injusto como

lo que hacían los Neuberger ahora.

Después de la conversación telefónica y mientras se preparaba un whisky con

agua, Nim miró un retrato de Ruth; era un óleo, pintado varios años atrás. El artista

había captado con notable fidelidad la graciosa y serena belleza de Ruth. Se acercó al

cuadro y lo estudió. El rostro, especialmente los dulces ojos grises, estaban

excepcionalmente bien logrados, y también el cabello: negro, brillante, cuidadosa e

impecablemente arreglado como siempre. Para posar, Ruth se había puesto un traje de

noche; el tono de la piel de los hombros elegantes era misteriosamente real. En un

hombro se veía incluso el pequeño lunar oscuro que se había hecho operar poco

después de terminado el retrato.

Los pensamientos de Nim volvieron a la serenidad de Ruth; lo que el cuadro

mostraba mejor. «Ahora me vendría muy bien un poco de esa serenidad —pensó, y

deseó hablar con Ruth de Benjy y su bar mitzvah—. ¡Maldición! ¿Adónde demonios

se ha ido durante dos semanas y quién es el hombre?» Nim estaba seguro de que los

Neuberger sabían algo, por lo menos cómo ponerse en contacto con Ruth. Nim

conocía bien a su mujer como para saber que no se desentendería por completo de los

niños. Igualmente seguro: sus padres no abrirían la boca. La idea reavivó su furia

contra sus suegros.

Después de un segundo whisky y más idas y venidas, volvió al teléfono y marcó

el número de la casa de Harry London. Hacía una semana que no hablaban, lo que era

inusual.

Cuando oyó la voz de London, le preguntó:

—¿Quieres venirte a tomar una copa?

—Lo siento, Nim; me gustaría, pero no puedo. Tengo una cita para cenar. Salgo

dentro de un momento. ¿Sabes lo de las últimas bombas?

—No. ¿Cuándo?

—Hace una hora.

—¿Algún herido?

—Esta vez no; pero es lo único bueno.

Habían colocado dos poderosas bombas en una subplanta de la «CGS» y más de

seis mil casas de la zona estaban ahora sin energía eléctrica. Estaban llevando

transformadores móviles, montados sobre remolques, pero era poco probable que se

pudiera volver a un suministro normal antes del día siguiente.

—Esos locos se están avivando —dijo London—. Están descubriendo dónde

somos vulnerables, y dónde deben dejar sus petardos para hacer más daño.

—¿Se sabe ya si es el mismo grupo?

—Sí. «Amigos de la Libertad». Llamaron al canal cinco de la televisión justo

antes de que ocurriera, diciendo dónde iba a pasar. Pero era demasiado tarde para

hacer nada. Con ésta, son once bombas en dos meses. Acabo de hacer la cuenta.

Puesto que sabía que London, aunque no estuviera directamente a cargo de la

investigación, conservaba buenas fuentes de información, Nim preguntó:

—¿Han adelantado algo la policía o el FBI?

—Nada. Te dije que la gente que lo hace se está avivando, y es así. Podría apostar

a que estudian los blancos antes de actuar, averiguan por dónde pueden entrar y salir

rápido, sin que los vean, y cómo causar el mayor daño posible. Esta pandilla de los

«Amigos de la Libertad» sabe, como nosotros, que necesitaríamos un ejército para

protegerlo todo.

—¿Y no hay pistas?

—Nada, como siempre. ¿Recuerdas lo que ya he dicho? Si la policía resuelve

esto, será por un golpe de suerte o porque alguien se descuide. Nim, no es como en

los crímenes de la televisión o en las novelas, donde siempre se descubre a los

autores. En el mundo de la policía real a menudo no es así.

—Ya lo sé —dijo Nim, levemente irritado al notar que London comenzaba a

adoptar su tonillo profesoral.

—Algo hay, sin embargo —dijo pensativo el jefe de protección patrimonial.

~¿Qué?

—Durante un tiempo las bombas disminuyeron, casi no hubo. Ahora, de pronto,

reviven; parecería como si la gente que lo hace tuviera una nueva fuente de

explosivos o de dinero, o de ambas cosas.

Nim reflexionó un momento, y luego cambió de tema:

—¿Qué hay de nuevo sobre los robos de energía?

—No mucho. Y te puedo asegurar que trabajamos duro en eso, y algunas cosas

menudas pescamos. Hay un par de docenas de casos nuevos de alteraciones de

contadores, que llevaremos a juicio. Pero es como tapar cien agujeros cuando uno

sabe que hay diez mil más; nos falta gente y tiempo para encontrarlos.

—¿Y aquel gran edificio de oficinas? ¿El que están vigilando?

—«Propiedades Zaco». Seguimos vigilando. Todavía no ha ocurrido nada.

Supongo que estamos pasando una mala racha —extrañamente, Harry London

parecía deprimido. Quizá fuera contagioso. Quizá le había transmitido su propia depresión, pensó Nim mientras le daba las buenas noches.

Seguía inquieto, solo en la casa silenciosa. ¿A quién podía llamar?

Pensó en Ardythe y desechó la idea. Nim todavía no estaba preparado para

enfrentarse con el acceso de pasión religiosa de Ardythe. Pensando en Ardythe

recordó a Wally, a quien Nim había visitado dos veces en el hospital, recientemente.

Wally ya estaba fuera de peligro y había salido de terapia intensiva; aunque tenía por

delante meses, quizás años, de tediosa y dolorosa cirugía plástica. No podía

comprender que Wally estuviera desanimado. No habían hablado de su incapacidad

sexual.

Con cierto sentimiento de reproche, lo de Wally le hizo recordar a Nim que su

propia sexualidad seguía incólume. ¿Llamaría a una de sus amigas? Había varias a las

que no veía desde hacía meses, y con las que probablemente podría ir a tomar una

copa, a cenar más tarde en algún lado y a lo que siguiera. Si se decidía, no necesitaría

pasar la noche solo.

Por alguna razón no tenía ganas.

¿Karen Sloan? No. Por mucho que disfrutara con su compañía, no estaba de

humor.

¿Trabajo, entonces? Había pilas de papeles en el escritorio de su oficina, en el

edificio de la «CGS». Si iba allí ahora, no sería la primera vez que trabajaba de noche

aprovechando la tranquilidad para hacer más que durante el día. Quizá fuera una

buena idea. Los debates de Tunipah ya le estaban quitando mucho tiempo, y eso

continuaría; de alguna manera tenía que cumplir con sus funciones regulares.

Pero no, eso tampoco; no estaba para trabajo de oficina. ¿Qué otra cosa podía

hacer para distraerse?

¿Qué podría hacer ahora, se preguntó, para prepararse para su estreno el lunes en

el estrado de los testigos? Ya estaba bien instruido. Pero siempre había que estar

preparado para algo más: lo inesperado.

Una idea le asaltó la mente, salida de la nada, como pan que salta del tostador.

—¡Carbón!

Tunipah significaba carbón. Sin carbón, que había que transportar desde Utah

hasta California, no era posible la planta eléctrica de Tunipah. Y, sin embargo, si bien

los conocimientos técnicos de Nim sobre carbón eran considerables, su experiencia

práctica era limitada. Por una razón sencilla. Hasta entonces, en California no había

ninguna planta que quemara carbón. Tunipah haría historia.

Ciertamente… de alguna manera, pensó… entre ahora y la mañana del lunes

debería ir, como en un peregrinaje, a una planta alimentada a carbón. Y de allí

volvería a los debates de Tunipah con la visión, el sonido, el gusto y el olor del

carbón frescos en sus sentidos. Las intuiciones de Nim, que a menudo eran correctas,

le decían que sería un testigo mejor, más vigoroso, si lo hacía.

Además, resolvería el problema de su inquietud en este fin de semana.

—Pero ¿dónde había una planta a carbón?

Cuando la respuesta fácil se le ocurrió, mezcló otro whisky con agua y, con el

vaso a su lado, se sentó junto al teléfono una vez más y marcó el número de

información en Denver, Colorado.