El apagón

Arthur Hailey · Capítulo 55 de 68

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El apagón

Capítulo 7

 

En la sala de redacción del California Examiner y en el bar del club de prensa ya se

decía que Nancy Molineaux era «una fija» para un Pulitzer.

Lo tenía todo.

Como le dijo el jefe de redacción al director: «Esa elegantita se nos vino con todo

el paquete entero de la historia más sensacional, casi como si fuese la del segundo

advenimiento de Cristo.»

Cuando salió del hotel «Christopher Columbus» y fue al periódico, Nancy

escribió el artículo de un tirón, empleando hasta el último minuto, para la primera

edición del Examiner: las seis y media. Durante el resto de la mañana y primeras

horas de la tarde, puso al día y amplió el material anterior para las tres ediciones

siguientes. A medida que llegaban informes sobre nuevos episodios, se los pasaban a

ella.

Si había alguna duda acerca de «Amigos de la Libertad», Georgos Archambault,

Davey Birdsong, la lfpp, el dinero del «Club Sequoia», las bombas en el hotel, la vida

y la muerte de Yvette, el santo y seña era: «Pregúntenle a Nancy.»

Logró el sueño de todo periodista: casi toda la primera página con un titular a

toda plana.

El periódico registró los derechos de autor de los artículos, de modo que cualquier

canal de televisión, emisora de radio o periódico que los utilizara se vería obligado a

citar el Examiner como fuente.

Como Nancy era también protagonista en la historia (por su descubrimiento de la

casa de la calle Crocker, los encuentros con Yvette, y su posesión del único ejemplar

de las cintas), logró el status de la celebridad.

El día que se publicó el artículo fue entrevistada para la televisión en su escritorio

de la sala de redacción. Esa noche apareció en la red nacional de noticias de «NBC»,

«ABC» y «CBS».

Pero el Examiner obligó a los equipos de televisión a esperar, irritados, hasta que

Nancy terminó su artículo y estuvo preparada.

Newsweek y Time, que siguieron a los de la televisión, recibieron el mismo

tratamiento.

En el Chronicle-West, el periódico rival de la mañana, la envidia era notoria, se

deslomaban para ponerse a la par. Pese a todo, el jefe de redacción del Chronicle-

West fue lo bastante noble como para mandarle a Nancy media docena de rosas el día

siguiente (le pareció que una docena hubiera sido excesivo) con una nota de

felicitación, que le fueron entregadas en su mesa de trabajo del Examiner.

El efecto de la nota se propaló no en ondas, sino en olas.

Para muchos que leyeron a Nancy Molineaux, la revelación más sorprendente fue

que el «Club Sequoia», aunque indirectamente, había financiado el ataque al

«Christopher Columbus».

Durante todo el día miembros del club, indignados, llamaron o escribieron para

renunciar.

—Jamás —tronó un senador de California en una entrevista con el Washington

Post— volveré a confiar en esa despreciable organización, ni haré caso a nada que

proponga —la declaración encontró eco en otras partes.

Era opinión unánime que el «Club Sequoia», deshonrado en su nombre y perdida

su influencia, nunca volvería a ser el mismo.

Laura Bo Carmichael renunció de inmediato como presidente del club. Después

de hacerlo, se recluyó, negándose a hablar por teléfono con la prensa o quienquiera

que fuese. Lina secretaria privada leía a quienes llamaban una breve declaración que

terminaba: «La señora Carmichael considera finalizada su vida pública.»

La única figura del «Club Sequoia» que emergió con honor fue la señora Priscilla

Quinn, que, informó Nancy con exactitud, había sido la única opinión en contra de

pagar cincuenta mil dólares a la lfpp de Davey Birdsong.

Nancy dejó en claro, con gran satisfacción, que Irwing Saunders, el famoso

abogado, era uno de los que habían votado a favor.

Si el «Club Sequoia» intentaba rehabilitarse, se predecía que Priscilla Quinn sería

la nueva presidente, y que el club pondría el acento en las obras sociales antes que en

asuntos ecológicos.

Después de las revelaciones de Nancy sobre Georgos Archambault y posteriores

informes acerca de su desaparición, un pequeño ejército de detectives de la policía y

agentes especiales del FBI se desplegaron en abanico por el distrito de North Castle

en busca del líder de «Amigos de la Libertad». No tuvieron éxito.

Un registro a fondo de la casa de la calle Crocker número 117 proporcionó gran

número de pruebas que incriminaron aún más a Georgos y Davey Birdsong. Entre las

ropas dejadas por Georgos había un mono de mecánico. Las pruebas de laboratorio

demostraron que, donde la prenda estaba desgarrada, faltaba una porción que

correspondía a un pequeño trozo de ese material encontrado en la subplanta de

Millfield, enganchado en un alambre cortado, la noche en que asesinaron a los dos

guardias. En la casa había también registros voluminosos, incluyendo el diario de

Georgos; todos fueron entregados al fiscal del distrito. Se dio a la prensa la noticia de

la existencia del diario, pero no el texto.

Una vez que los periódicos revelaron la participación de Davey Birdsong en todo

el asunto, fue separado de los demás detenidos para su propia seguridad.

Pero antes de que todo eso ocurriera, Nancy Molineaux pasó por una crisis

personal. Ocurrió poco antes de mediodía el día que se publicó su artículo principal.

Había estado trabajando bajo la presión del plazo perentorio desde antes de la

madrugada, y como no había dormido la noche anterior y se mantenía a base de café

y jugo de naranja, comenzaba a sentir un visible cansancio.

A partir de las siete y media, cuando el jefe de redactores comenzó su tarea a

tiempo para la primera edición, el viejo «Soy el entrenador» se había detenido varias veces al lado del escritorio de Nancy con serenas palabras de aliento. Aparte de eso

no había mayor necesidad de hablar. Nancy exponía los hechos con inteligencia: los

que ella conocía directamente y los que le traían. También tenía la reputación de

escribir «en limpio»; requería poca o ninguna revisión.

De vez en cuando, dejaba de escribir y levantaba la vista, para ver que el jefe de

redactores la miraba. Aunque su expresión era inescrutable, le pareció que los dos

pensaban lo mismo: algo que había dejado a un lado terminantemente durante buena

parte de las últimas horas.

Lo último que Nancy había visto antes de irse del «Christopher Columbus»

fueron los cuerpos cubiertos de los policías y bomberos muertos que sacaban del

hotel en camillas para llevarlos a los furgones del depósito de cadáveres. Delante del

hotel también había dos hombres que metían trozos de algo en una bolsa de plástico;

necesitó un minuto para comprender que recogían los restos del sexto hombre

muerto, el que una bomba había hecho volar en pedazos.

Fue entonces cuando Nancy se enfrentó con la triste y desnuda verdad que hasta

entonces había eludido: que durante toda una semana había estado en posesión de

información que, si la hubiera compartido, podía haber evitado las seis muertes y

muchas otras cosas.

El mismo pensamiento la asaltaba cada vez que pescaba al jefe mirándola. Eso, y

sus palabras de una semana antes: «Se supone que formas parte del equipo, Nancy, y

yo soy el entrenador. Sé que prefieres trabajar sola, y te das el gusto porque obtienes

resultados. Pero no hay que exagerar.»

Entonces había hecho caso omiso del consejo con un «¡váyase al demonio, señor

Charlie!». Ahora deseaba desesperadamente no haberlo hecho.

A las doce menos cinco, con dos horas y veinte minutos por delante todavía hasta

el cierre de la edición final, Nancy no podía olvidar los seis cadáveres y estaba a

punto de estallar.

—Tómate un descanso y ven conmigo —dijo una voz serena. Cuando miró, ahí

estaba el viejo entrenador.

Ella vaciló, y él agregó:

—Es una orden.

Con docilidad inusual, Nancy se levantó y le siguió fuera de la sala de redacción.

A poca distancia, por el pasillo, había una habitación pequeña que habitualmente

estaba cerrada con llave y a veces se usaba para reuniones de la gerencia. El jefe de

redacción usó una llave para abrirla y sostuvo la puerta para que Nancy entrara.

Los muebles eran confortables aunque sencillos: una mesa y sillas tapizadas, un

par de armarios de nogal haciendo juego, cortinas marrón claro.

Con otra llave abrió uno de los armarios. Le indicó a Nancy que se sentara.

—Se puede elegir entre coñac y whisky. No las mejores marcas, no le hacemos

competencia al «Ritz». Sugiero el coñac.

Nancy asintió con la cabeza, repentinamente incapaz de encontrar palabras.

Su superior sirvió coñac californiano en dos vasos y se sentó frente a ella. Cuando

hubieron comenzado a beber, dijo:

—Te he estado observando.

—Sí, lo sé.

—Y los dos hemos estado pensando lo mismo, ¿no?

Nuevamente asintió sin hablar.

—Nancy —dijo el jefe—, tal como lo veo yo, cuando termine el día habrás

seguido uno de dos caminos. O te frenas y la consecuencia será una depresión

nerviosa que te mandará al diván dos veces por semana, ad infinitum, o te controlas y

lo pasado, pasado. El primer camino arruinará tu vida sin beneficio para nadie,

excepto el psiquiatra. Para el segundo tienes coraje e inteligencia, y sabes usarlos.

Pero tendrá que ser una decisión positiva; no es cuestión de dejar correr las cosas.

Aliviada por fin al poder expresarlo, dijo:

—Soy responsable de lo ocurrido anoche. Si hubiera dicho a alguien lo que sabía,

hubieran avisado a la policía y habrían investigado la casa de la calle Crocker.

—La primera afirmación es falsa —le dijo él—, la segunda, cierta. No te voy a

decir que no vas a vivir con lo de anoche durante el resto de tu vida. Creo que lo

recordarás siempre. Pero no eres la primera que por formarse un juicio erróneo haya

perjudicado a otros; tampoco serás la última. Además, para tu * defensa: no sabías

qué iba a ocurrir; de haberlo sabido hubieras actuado de otro modo. Entonces, Nancy,

mi consejo es éste: afróntalo, acepta lo que hiciste y lo que no hiciste, y recuérdalo

como experiencia y educación. Pero olvida todo lo demás.

Como ella se quedó callada, él continuó:

—Ahora te diré algo más: hace muchos años que estoy en este negocio; a veces

pienso que demasiados. Pero en mi opinión, Nancy, eres el mejor periodista con el

que jamás haya trabajado.

Fue entonces cuando Nancy Molineaux hizo algo que había ocurrido solo

raramente en su vida, y que nunca había permitido que nadie viera. Apoyó la cabeza

en los brazos, abandonó toda resistencia y lloró.

El viejo entrenador fue hasta la ventana y volvió decorosamente la espalda.

Mirando la calle, dijo:

—He cerrado con llave cuando entramos, Nancy. Sigue cerrada y así seguirá

hasta que estés bien, así que tómate tu tiempo. Y, ah, sí, otra cosa, prometo que nadie

más que yo sabrá lo que ha ocurrido hoy aquí.

En media hora, Nancy estaba de nuevo en su escritorio, la cara lavada y el

maquillaje reparado, escribiendo de nuevo y totalmente controlada.

 

Nim Goldman llamó por teléfono a Nancy Molineaux la mañana siguiente, después

de haber intentado sin éxito dar con ella el día anterior.

—Quería agradecerle —le dijo— la llamada que me hizo al hotel.

—Quizá se lo debía.

—Sea o no cierto eso, sigo agradecido —agregó con cierto embarazo—. Ha

escrito un artículo muy bueno. Felicidades.

Nancy le preguntó con curiosidad:

—¿Qué pensó de todo? Las cosas que están ahí escritas, quiero decir.

—Por Birdsong —contestó Nim—, no lo lamento en absoluto, y espero que tenga

el castigo que merece. También espero que esa farsa de la lfpp jamás resurja.

—¿Y del «Club Sequoia»? ¿Tiene la misma opinión?

—No —dijo Nim—, no es lo mismo.

—¿Por qué?

—El «Club Sequoia» fue algo que todos necesitábamos, parte de nuestro sistema

social de control y equilibrio. Claro que tuve discusiones con la gente del «Sequoia»;

también las tuvieron otros, y creo que el club se extralimitó al oponerse ciegamente a

cuanto se proponía. Pero el «Club Sequoia» constituía una expresión de la conciencia

de la comunidad; nos hacía pensar en el medio ambiente y ocuparnos de él, y a veces

impidió que los nuestros cometieran excesos —Nim hizo una pausa y luego continuó

—: Sé que el «Club Sequoia» está en la mala hora y lo siento realmente por Laura Bo

Carmichael, que, pese a nuestros desacuerdos, es una amiga. Pero espero que el

«Club Sequoia» no desaparezca. Sería una pérdida para todos que eso ocurriera.

—Bueno —dijo Nancy—, a veces el día trae muchas sorpresas —mientras Nim

hablaba había tomado notas—. ¿Puedo utilizar sus palabras?

Él vaciló solo un instante y dijo:

—¿Por qué no?

Así lo hizo ella en la siguiente edición del Examiner.