El apagón
Capítulo 10
A pesar de la prisa con que salió de su casa, Nim condujo hacia la ciudad a velocidad
moderada, evitando la autopista y eligiendo calles tranquilas. Dedicó ese tiempo a
pensar en el «Club Sequoia» que mencionaba esa mañana el artículo del Chronicle-
West.
Aunque se trataba de una organización que se oponía frecuentemente a los
proyectos de la «CGS», y a veces los frustraba, Nim admiraba al «Club Sequoia». Su
manera de razonar era simple. La historia muestra que cuando a empresas industriales
enormes como «Luz y Fuerza Golden State» se les daba libertad de acción, prestan
poca o ninguna atención a la protección ambiental. Por lo tanto, se necesitaba una
fuerza de contención responsable. El «Club Sequoia» cumplía ese papel.
El club, con base en California, había logrado fama nacional por su habilidad y
dedicación en la lucha para presentar lo que quedaba de la belleza natural impoluta de
América. Casi siempre sus métodos eran éticos, sus argumentos sensatos y sólidos.
Es cierto que el club tenía sus críticos, pero casi todo el mundo lo respetaba. Una de
las razones era la dirección del «Club Sequoia», que en sus ochenta años de
existencia, había sido del más alto nivel, tradición que continuaba en la presidente
actual, una excientífica nuclear, Laura Bo Carmichael. La señora Carmichael era
capaz, respetada internacionalmente y, por casualidad, amiga de Nim.
Pensó en ella mientras conducía.
Decidió ver personalmente a Laura Bo Carmichael por el asunto Tunipah y las
otras dos plantas que la «Golden State» se proponía construir. Si la convencía de la
necesidad urgente de esas obras, el «Club Sequoia» quizá no se opondría a los
proyectos, o por lo menos su oposición sería moderada. Debería concertar una
entrevista lo antes posible. Preferiblemente hoy.
Nim había estado conduciendo distraídamente sin reparar en los nombres de las
calles. Ahora, en un embotellamiento, se dio cuenta de que estaba en el once de
Lakewood y Balboa. Le recordaba algo. ¿Qué?
Lo recordó repentinamente. El día de la explosión y el apagón de luz dos semanas
atrás, el jefe de suministro le había mostrado un plano en el que estaban marcadas las
casas particulares en las que había instalados equipos salvavidas. Círculos de color
indicaban aparatos para diálisis renal, unidades generadoras de oxígeno, pulmones de
acero y otros grupos similares. En Lakewood y Balboa, un círculo rojo advertía que
una persona dependía de un pulmón de acero u otra clase de equipo de respiración
eléctrico. El equipo estaba en una casa de apartamentos. Por alguna razón, Nim no lo
había olvidado; ni tampoco el nombre de quien lo usaba: Sloan. Recordó que en ese
momento había mirado el círculo rojo preguntándose cómo sería Sloan.
En la intersección había un solo edificio de apartamentos: un edificio de revoque
blanco de ocho pisos, de aspecto modesto, pero exteriormente, bien conservado. El
coche de Nim pasaba por delante en ese momento. Un pequeño espacio abierto tenía varios lugares para aparcar, y había dos vacíos. Siguiendo un impulso, Nim entró y
llevó el «Fiat» hasta uno de esos espacios vacíos. Salió y se acercó a la entrada del
edificio de apartamentos.
Sobre una serie de buzones había una veintena de nombres, entre ellos «K.
Sloan». Nim apretó el botón que vio al lado del nombre.
Instantes después se abrió la puerta de entrada. Apareció un viejo flaco con
pantalones anchos y camisa. Mirando a Nim a través de los gruesos cristales de sus
gafas, parecía una vieja ardilla.
—¿Ha llamado usted a Sloan?
—Sí, fui yo.
—Soy el encargado. También suena en mi casa.
—¿Podría ver al señor Sloan?
—No hay ningún señor Sloan.
—Oh —Nim señaló el buzón—. ¿Se trata de la señora Sloan, entonces? ¿O de la
señorita? —inexplicablemente había supuesto que Sloan era un hombre.
—Señorita Sloan. Karen. ¿Quién es usted?
—Goldman —Nim mostró una tarjeta de identificación de la «CGS»—. ¿Estoy
en lo cierto al pensar que la señorita Sloan es inválida?
—Podría serlo. Salvo que a ella no le gusta que la llamen así.
—¿Cómo debería describirla entonces?
—Incapacitada. Es cuadripléjica. ¿Conoce la diferencia entre eso y parapléjica?
—Creo que sí. El parapléjico está paralizado de la cintura para abajo, el
cuadripléjico en todo el cuerpo.
—Esa es nuestra Karen —dijo el viejo—. Está así desde que tenía quince años.
¿Quiere verla?
—¿Será conveniente?
—Lo sabremos en seguida —el encargado abrió la puerta del todo—. Pase. Por
aquí.
El pequeño vestíbulo armonizaba con el exterior del edificio, era sencillo y
limpio. El viejo le condujo hasta un ascensor, le indicó a Nim que entrara y le siguió.
Mientras subían, adelantó:
—Esto no es el «Ritz». Pero tratamos de mantenerlo bien.
—Se nota —dijo Nim. Los bronces en el interior del ascensor relucían y el
aparato zumbaba suavemente.
Salieron en el sexto piso. El encargado le guio y se detuvo ante una puerta
mientras elegía una llave en un gran manojo. Abrió la puerta, llamó y luego gritó:
—Es Jiminy. Traigo una visita para Karen.
—Pasen —dijo una voz nueva, y Nim se encontró frente a una mujer baja,
robusta, de piel oscura y rasgos hispánicos. Llevaba un delantal rosa similar a un
uniforme de enfermera.
—¿Vende algo? —hizo la pregunta con vivacidad, sin hostilidad.
—No, pasaba solamente y…
—No importa. A la señorita Sloan le gustan las visitas.
Estaban en un pequeño vestíbulo luminoso que daba a una cocina por un lado y a
lo que parecía ser una sala de estar por el otro. En la cocina predominaban los
amarillos y blancos alegres; en la sala de estar la decoración era amarillo y verde.
Parte de la habitación quedaba oculta, y desde allí una voz dijo:
—Pase… sea quien sea.
—Ahora le dejo —dijo el encargado por detrás de Nim—. Tengo algo que hacer.
Cuando la puerta exterior se cerró, Nim entró en la sala de estar.
—Hola —dijo la misma voz—. ¿Qué hay de nuevo y emocionante?
Mucho después y a lo largo de los meses siguientes, mientras se sucedían los
hechos fatídicos como escenas de un drama, Nim recordaría este momento, el de la
primera vez que vio a Karen, vívidamente en todos los detalles.
Era una mujer madura, pero parecía joven y era extraordinariamente hermosa.
Nim calculó que tendría unos treinta y seis años; luego llegaría a saber que tenía tres
años más. De cara alargada, sus rasgos eran perfectamente proporcionados; los labios
gruesos, sensuales, se abrieron en una sonrisa mientras los grandes ojos azules
observaban abiertamente a Nim. Una nariz graciosa sugería picardía. Tenía un cutis
impecable, que parecía opalescente. La cara de Karen Sloan estaba enmarcada por
largos cabellos rubios que, partidos en el medio, le caían hasta los hombros con
toques dorados que relucían en un rayo de sol. Tenía las manos apoyadas sobre una
tabla situada sobre sus piernas, los dedos largos, las uñas cuidadas y brillantes.
Llevaba un atractivo vestido celeste.
Estaba en una silla de ruedas. Una protuberancia del vestido mostraba que debajo
había un respirador que respiraba por ella. Un tubo, que salía por debajo del
dobladillo del vestido, estaba conectado a un aparato que parecía una maleta,
asegurada al respaldo de la silla. El mecanismo del respirador emitía un zumbido
regular, junto con el silbido del aire que entraba y salía al ritmo normal de la
respiración. Las partes eléctricas de la silla estaban conectadas por un cable a una
toma en la pared.
—Hola, señorita Sloan —dijo Nim—. Soy el hombre de la electricidad.
La sonrisa se hizo más amplia.
—¿Trabaja con baterías, o también está enchufado?
Nim sonrió en respuesta, un tanto tímidamente y, extrañamente en él, tuvo un
instante de nerviosismo. No sabía bien qué había esperado encontrar, pero fuera lo
que fuese, la exquisita mujer que tenía delante era enteramente diferente. Dijo:
—Se lo explicaré.
—Por favor, ¿no se sienta?
—Gracias —eligió un cómodo sillón. Karen Sloan movió levemente la cabeza,
aplicando la boca a un tubo de plástico en forma de ese. Sopló suavemente por el
tubo e, inmediatamente, la silla giró, de modo que quedó frente a él.
—¡Vaya! —dijo él—. ¡Qué bonito truco!
—Sé muchos otros. Si absorbo en vez de soplar, la silla retrocede —le hizo una
demostración mientras él la miraba fascinado.
—Nunca lo había visto —le dijo—. Es sorprendente.
—La cabeza es lo único que puedo mover —dijo Karen con naturalidad, como si
hablara de una molestia sin importancia—. Entonces se aprende a hacer algunas cosas
necesarias de maneras desacostumbradas. Pero nos desviamos; usted me iba a contar
algo. Siga, por favor.
—Comenzaré a explicarle por qué vine —dijo Nim—. Todo empezó hace dos
semanas, cuando tuvimos el apagón. La vi como un pequeño círculo rojo en un plano.
—¿Yo… en un plano?
Le contó lo del Centro de Control de Energía y la preocupación de la «CGS» por
los usuarios especiales, como hospitales y casas particulares con equipos salvavidas.
—Para ser sincero —dijo él—, tuve curiosidad. Por eso la vine a visitar hoy.
—Es muy bonito —dijo Karen—. Que piensen en uno, quiero decir. Recuerdo ese
día… bien.
—Cuando ocurrió el apagón, ¿cómo se sintió?
—Supongo que un poco asustada. Mi luz de lectura se apagó repentinamente, y
las otras cosas eléctricas se detuvieron. Pero no el respirador. Pasa automáticamente a
una batería.
La batería, observó Nim, era de las de doce voltios, como las que se usan en los
automóviles. Estaba apoyada en una bandeja, también asegurada al respaldo de la
silla, debajo del mecanismo del respirador.
—Lo que uno siempre se pregunta —dijo Karen—, es cuánto durará el corte de
energía y cuánto aguantará la batería.
—Debería durar varias horas.
—Seis y media, cuando está cargada, siempre que use solo el respirador sin
mover la silla. Pero cuando salgo de compras o de visitas, como ocurre casi todos los
días, uso mucho la batería y se descarga.
—De modo que si hubiera un apagón…
Ella terminó la frase:
—Josie, la persona que usted vio al entrar, tendría que hacer algo rápidamente —
Karen agregó con conocimiento—. El respirador consume quince amperios; la silla,
cuando se mueve, otros veinte.
—Sabe mucho sobre el equipo.
—Si su vida dependiera de eso, también usted lo sabría.
—Sí, supongo que sí —le preguntó—: ¿Alguna vez se queda sola?
—Nunca. Josie está conmigo la mayor parte del tiempo; luego, hay dos personas
que la relevan. Jiminy, el encargado, también es muy bueno. Ayuda con las visitas,
como con usted hoy —Karen sonrió—. No deja entrar a la gente a menos de estar
seguro de que están bien. Usted ha aprobado el examen.
Siguieron charlando con naturalidad, como si se conocieran desde mucho tiempo
atrás.
Karen, según se enteró Nim, había tenido poliomielitis justamente un año antes de
que en Norteamérica se impusiera la vacuna Salk, que, junto con la Sabin unos años
más tarde, erradicó la polio del panorama.
—Mi bichito me picó demasiado pronto —dijo Karen—. No llegué a tiempo.
A Nim le conmovió esa afirmación tan sencilla. Le preguntó:
—¿Piensa mucho en ese año?
—Solía hacerlo… bastante. Durante un tiempo lloré por esa diferencia de un año.
Me preguntaba: ¿Por qué tuve que ser una de los últimos? Y pensaba: si tan solo la
vacuna hubiera llegado un poco antes, todo hubiera sido diferente. Podría caminar,
bailar, escribir, usar mis manos.
Se calló, y en el silencio Nim oyó el tic tac de un reloj y el suave ronroneo del
respirador de Karen. Al cabo de un momento ella siguió:
—Luego comencé a decirme: lamentarse no cambia nada. Lo pasado, pasado está.
No puede deshacerse jamás. Entonces empecé a disfrutar lo que tenía, a vivir al día, y
cuando se hace eso, si ocurre algo inesperado uno lo agradece. Hoy ha llegado usted
—ofreció su sonrisa radiante—. Ni siquiera sé su nombre.
Cuando se lo dijo, ella preguntó:
—¿Nim es por Nimrod?
—Sí.
—¿No hay algo en la Biblia…?
—En el Génesis —Nim citó—. Cush también engendró a Nimrod, que fue el
primer hombre fuerte en la tierra. Por la gracia del Señor fue un gran cazador —
recordó haberle oído las palabras a su abuelo, el rabino Goldman. El viejo había
elegido el nombre para su nieto, una de las pocas concesiones al pasado hechas por
Isaac, el padre de Nim.
—¿Es cazador, Nim?
A punto de contestar negativamente, recordó lo que Teresa van Buren le había
dicho no mucho tiempo atrás: «Es un cazador de mujeres, ¿no?» Quizá, pensó, en
otras circunstancias hubiera ido detrás de aquella hermosa mujer, de Karen. Egoísta,
se entristeció por esa vacuna que había llegado un año tarde.
—No soy un cazador —dijo, sacudiendo la cabeza.
Más adelante, Karen le contó que durante doce años la habían atendido en
hospitales, buena parte del tiempo con un pulmón de acero antiguo. Luego, se
construyeron equipos más modernos, portátiles, que permitían al paciente vivir fuera
de los establecimientos sanitarios. Al principio había vuelto a vivir con sus padres,
pero no había resultado. «Era un esfuerzo demasiado grande para todos.» Luego, se
trasladó a aquel apartamento, donde estaba desde hacía casi once años.
—Los gastos se pagan con algunos subsidios del gobierno. A veces paso ciertas
dificultades económicas; pero, en general, me arreglo —le explicó que su padre tenía un pequeño negocio de fontanería, y que su madre era vendedora en una tienda.
Estaban tratando de ahorrar dinero para comprarle a Karen una camioneta que
facilitara la movilidad. La camioneta, que conduciría Josie o alguna otra persona de la
familia de Karen, estaría adaptada para recibir la silla de ruedas.
Aunque Karen casi no podía valerse por sí misma y debía ser aseada, alimentada
y acostada por alguien, le dijo a Nim que había aprendido a pintar sosteniendo el
pincel con la boca.
—Y puedo escribir a máquina —le dijo a Nim—. Es eléctrica y la hago funcionar
con un palito en la boca. A veces escribo poemas. ¿Le gustaría que le mandara
algunos?
—Sí, por favor, me gustaría mucho —se levantó para irse, y se sorprendió al ver
que había pasado una hora con Karen.
—¿Vendrá otra vez? —preguntó ella.
—Si usted quiere.
—Claro que quiero… Nimrod —una vez más la sonrisa cálida, atractiva—. Me
gustaría que fuera mi amigo.
Josie le acompañó a la puerta.
La imagen de Karen, su hermosura deslumbrante, la sonrisa cálida y la voz suave,
acompañaron a Nim durante el resto del viaje al centro. Pensó que nunca había
encontrado a alguien así. Seguía pensando en ella cuando dejó el coche en el
aparcamiento de las oficinas de la «Golden State», tres pisos bajo el nivel de la calle.
Un ascensor directo, al que se entraba solamente con llave, iba del garaje a las
oficinas de los ejecutivos principales, en el piso veintidós. Nim usó su llave, símbolo
de estatus en la «CGS», y subió solo. Mientras ascendía, recordó su determinación de
hablar personalmente con la presidente del «Club Sequoia».
Su secretaria, Victoria Davis, una competente joven negra, levantó la mirada
cuando entró en la oficina de dos habitaciones.
—Hola, Vicki —dijo—, ¿hay mucha correspondencia?
—Nada urgente. Pero hay algunos mensajes, incluso varios que dicen que anoche
estuvo muy bien por la televisión. A mí también me lo pareció.
—Gracias —sonrió—, bienvenida a mi club de admiradoras.
—Ah, hay uno marcado «privado y confidencial» sobre su escritorio: ha llegado
hace poco. Y tengo algunas cosas para que las firme —le siguió a la oficina interna.
En ese momento se oyó un ruido sordo y fuerte a cierta distancia. Una jarra de agua y
los vasos sonaron; también la ventana que daba sobre un patio interior.
Nim se detuvo, escuchando:
—¿Qué ruido ha sido ese?
—No tengo ni idea. Hace unos minutos se oyó un ruido igual. Justo antes de que
usted entrara.
Nim se encogió de hombros. Podía ser cualquier cosa desde un temblor de tierra
hasta algo relacionado con una gran construcción próxima. Hojeó rápidamente los mensajes que tenía sobre el escritorio y echó una mirada al sobre al que se había
referido Vicki, marcado «privado y confidencial». Era un sobre de papel duro,
marrón, con una pizca de lacre atrás. Comenzó a abrirlo distraídamente.
—Vicki, antes de hacer otra cosa, trate de conseguir a la señora Carmichael por
teléfono.
—¿En el «Club Sequoia»?
—Correcto.
Ella dejó los papeles que llevaba en una bandeja marcada «firma» y se volvió
para irse. En ese momento la puerta exterior de la oficina se abrió de golpe y Harry
London entró corriendo. Tenía el cabello en desorden, la cara roja por el esfuerzo.
London vio a Nim.
—¡No! —gritó—. ¡No!
Mientras la sorpresa inmovilizaba a Nim, London voló por la habitación y se tiró
sobre el escritorio. Le quitó el sobre de las manos y lo dejó sobre la mesa.
—¡Fuera de aquí! ¡Pronto! ¡Todos!
London agarró el brazo de Nim y tiró de él al tiempo que empujaba a Victoria
Davis bruscamente. Pasaron por la oficina externa y salieron al pasillo; London se
detuvo solo lo necesario para cerrar de un golpe las dos puertas que dejaban atrás.
Nim comenzó a protestar, enfadado:
—Qué demonios…
No terminó. Desde la oficina interna llegó el ruido de una explosión. Las paredes
del pasillo se sacudieron. Una lámina de madera cayó al suelo y el cristal se rompió.
Un segundo después, otro golpe, como el que Nim había oído antes, pero esta vez
más fuerte, y evidentemente una explosión, llegó desde un punto debajo de ellos.
Dentro del edificio, sin lugar a dudas. Gente que salía por otras puertas corría por el
pasillo.
—¡Dios mío! —dijo Harry London. En su voz había desesperación.
Nim exclamó ansioso:
—¡Demonios! ¿Qué pasa?
Ahora se oyeron gritos excitados, teléfonos que sonaban estridentes, el ruido de
sirenas que se acercaban por la calle, abajo.
—Sobres explosivos —dijo London—. No son grandes, pero bastan para matar a
quien esté cerca. La última fue la cuarta. Fraser Fenton murió; los otros están heridos.
Se está advirtiendo a todos en el edificio, y si tienes ganas de rezar, ruega porque no
haya más.