El apagón

Arthur Hailey · Capítulo 11 de 68

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El apagón

Capítulo 10

 

A pesar de la prisa con que salió de su casa, Nim condujo hacia la ciudad a velocidad

moderada, evitando la autopista y eligiendo calles tranquilas. Dedicó ese tiempo a

pensar en el «Club Sequoia» que mencionaba esa mañana el artículo del Chronicle-

West.

Aunque se trataba de una organización que se oponía frecuentemente a los

proyectos de la «CGS», y a veces los frustraba, Nim admiraba al «Club Sequoia». Su

manera de razonar era simple. La historia muestra que cuando a empresas industriales

enormes como «Luz y Fuerza Golden State» se les daba libertad de acción, prestan

poca o ninguna atención a la protección ambiental. Por lo tanto, se necesitaba una

fuerza de contención responsable. El «Club Sequoia» cumplía ese papel.

El club, con base en California, había logrado fama nacional por su habilidad y

dedicación en la lucha para presentar lo que quedaba de la belleza natural impoluta de

América. Casi siempre sus métodos eran éticos, sus argumentos sensatos y sólidos.

Es cierto que el club tenía sus críticos, pero casi todo el mundo lo respetaba. Una de

las razones era la dirección del «Club Sequoia», que en sus ochenta años de

existencia, había sido del más alto nivel, tradición que continuaba en la presidente

actual, una excientífica nuclear, Laura Bo Carmichael. La señora Carmichael era

capaz, respetada internacionalmente y, por casualidad, amiga de Nim.

Pensó en ella mientras conducía.

Decidió ver personalmente a Laura Bo Carmichael por el asunto Tunipah y las

otras dos plantas que la «Golden State» se proponía construir. Si la convencía de la

necesidad urgente de esas obras, el «Club Sequoia» quizá no se opondría a los

proyectos, o por lo menos su oposición sería moderada. Debería concertar una

entrevista lo antes posible. Preferiblemente hoy.

Nim había estado conduciendo distraídamente sin reparar en los nombres de las

calles. Ahora, en un embotellamiento, se dio cuenta de que estaba en el once de

Lakewood y Balboa. Le recordaba algo. ¿Qué?

Lo recordó repentinamente. El día de la explosión y el apagón de luz dos semanas

atrás, el jefe de suministro le había mostrado un plano en el que estaban marcadas las

casas particulares en las que había instalados equipos salvavidas. Círculos de color

indicaban aparatos para diálisis renal, unidades generadoras de oxígeno, pulmones de

acero y otros grupos similares. En Lakewood y Balboa, un círculo rojo advertía que

una persona dependía de un pulmón de acero u otra clase de equipo de respiración

eléctrico. El equipo estaba en una casa de apartamentos. Por alguna razón, Nim no lo

había olvidado; ni tampoco el nombre de quien lo usaba: Sloan. Recordó que en ese

momento había mirado el círculo rojo preguntándose cómo sería Sloan.

En la intersección había un solo edificio de apartamentos: un edificio de revoque

blanco de ocho pisos, de aspecto modesto, pero exteriormente, bien conservado. El

coche de Nim pasaba por delante en ese momento. Un pequeño espacio abierto tenía varios lugares para aparcar, y había dos vacíos. Siguiendo un impulso, Nim entró y

llevó el «Fiat» hasta uno de esos espacios vacíos. Salió y se acercó a la entrada del

edificio de apartamentos.

Sobre una serie de buzones había una veintena de nombres, entre ellos «K.

Sloan». Nim apretó el botón que vio al lado del nombre.

Instantes después se abrió la puerta de entrada. Apareció un viejo flaco con

pantalones anchos y camisa. Mirando a Nim a través de los gruesos cristales de sus

gafas, parecía una vieja ardilla.

—¿Ha llamado usted a Sloan?

—Sí, fui yo.

—Soy el encargado. También suena en mi casa.

—¿Podría ver al señor Sloan?

—No hay ningún señor Sloan.

—Oh —Nim señaló el buzón—. ¿Se trata de la señora Sloan, entonces? ¿O de la

señorita? —inexplicablemente había supuesto que Sloan era un hombre.

—Señorita Sloan. Karen. ¿Quién es usted?

—Goldman —Nim mostró una tarjeta de identificación de la «CGS»—. ¿Estoy

en lo cierto al pensar que la señorita Sloan es inválida?

—Podría serlo. Salvo que a ella no le gusta que la llamen así.

—¿Cómo debería describirla entonces?

—Incapacitada. Es cuadripléjica. ¿Conoce la diferencia entre eso y parapléjica?

—Creo que sí. El parapléjico está paralizado de la cintura para abajo, el

cuadripléjico en todo el cuerpo.

—Esa es nuestra Karen —dijo el viejo—. Está así desde que tenía quince años.

¿Quiere verla?

—¿Será conveniente?

—Lo sabremos en seguida —el encargado abrió la puerta del todo—. Pase. Por

aquí.

El pequeño vestíbulo armonizaba con el exterior del edificio, era sencillo y

limpio. El viejo le condujo hasta un ascensor, le indicó a Nim que entrara y le siguió.

Mientras subían, adelantó:

—Esto no es el «Ritz». Pero tratamos de mantenerlo bien.

—Se nota —dijo Nim. Los bronces en el interior del ascensor relucían y el

aparato zumbaba suavemente.

Salieron en el sexto piso. El encargado le guio y se detuvo ante una puerta

mientras elegía una llave en un gran manojo. Abrió la puerta, llamó y luego gritó:

—Es Jiminy. Traigo una visita para Karen.

—Pasen —dijo una voz nueva, y Nim se encontró frente a una mujer baja,

robusta, de piel oscura y rasgos hispánicos. Llevaba un delantal rosa similar a un

uniforme de enfermera.

—¿Vende algo? —hizo la pregunta con vivacidad, sin hostilidad.

—No, pasaba solamente y…

—No importa. A la señorita Sloan le gustan las visitas.

Estaban en un pequeño vestíbulo luminoso que daba a una cocina por un lado y a

lo que parecía ser una sala de estar por el otro. En la cocina predominaban los

amarillos y blancos alegres; en la sala de estar la decoración era amarillo y verde.

Parte de la habitación quedaba oculta, y desde allí una voz dijo:

—Pase… sea quien sea.

—Ahora le dejo —dijo el encargado por detrás de Nim—. Tengo algo que hacer.

Cuando la puerta exterior se cerró, Nim entró en la sala de estar.

—Hola —dijo la misma voz—. ¿Qué hay de nuevo y emocionante?

Mucho después y a lo largo de los meses siguientes, mientras se sucedían los

hechos fatídicos como escenas de un drama, Nim recordaría este momento, el de la

primera vez que vio a Karen, vívidamente en todos los detalles.

Era una mujer madura, pero parecía joven y era extraordinariamente hermosa.

Nim calculó que tendría unos treinta y seis años; luego llegaría a saber que tenía tres

años más. De cara alargada, sus rasgos eran perfectamente proporcionados; los labios

gruesos, sensuales, se abrieron en una sonrisa mientras los grandes ojos azules

observaban abiertamente a Nim. Una nariz graciosa sugería picardía. Tenía un cutis

impecable, que parecía opalescente. La cara de Karen Sloan estaba enmarcada por

largos cabellos rubios que, partidos en el medio, le caían hasta los hombros con

toques dorados que relucían en un rayo de sol. Tenía las manos apoyadas sobre una

tabla situada sobre sus piernas, los dedos largos, las uñas cuidadas y brillantes.

Llevaba un atractivo vestido celeste.

Estaba en una silla de ruedas. Una protuberancia del vestido mostraba que debajo

había un respirador que respiraba por ella. Un tubo, que salía por debajo del

dobladillo del vestido, estaba conectado a un aparato que parecía una maleta,

asegurada al respaldo de la silla. El mecanismo del respirador emitía un zumbido

regular, junto con el silbido del aire que entraba y salía al ritmo normal de la

respiración. Las partes eléctricas de la silla estaban conectadas por un cable a una

toma en la pared.

—Hola, señorita Sloan —dijo Nim—. Soy el hombre de la electricidad.

La sonrisa se hizo más amplia.

—¿Trabaja con baterías, o también está enchufado?

Nim sonrió en respuesta, un tanto tímidamente y, extrañamente en él, tuvo un

instante de nerviosismo. No sabía bien qué había esperado encontrar, pero fuera lo

que fuese, la exquisita mujer que tenía delante era enteramente diferente. Dijo:

—Se lo explicaré.

—Por favor, ¿no se sienta?

—Gracias —eligió un cómodo sillón. Karen Sloan movió levemente la cabeza,

aplicando la boca a un tubo de plástico en forma de ese. Sopló suavemente por el

tubo e, inmediatamente, la silla giró, de modo que quedó frente a él.

—¡Vaya! —dijo él—. ¡Qué bonito truco!

—Sé muchos otros. Si absorbo en vez de soplar, la silla retrocede —le hizo una

demostración mientras él la miraba fascinado.

—Nunca lo había visto —le dijo—. Es sorprendente.

—La cabeza es lo único que puedo mover —dijo Karen con naturalidad, como si

hablara de una molestia sin importancia—. Entonces se aprende a hacer algunas cosas

necesarias de maneras desacostumbradas. Pero nos desviamos; usted me iba a contar

algo. Siga, por favor.

—Comenzaré a explicarle por qué vine —dijo Nim—. Todo empezó hace dos

semanas, cuando tuvimos el apagón. La vi como un pequeño círculo rojo en un plano.

—¿Yo… en un plano?

Le contó lo del Centro de Control de Energía y la preocupación de la «CGS» por

los usuarios especiales, como hospitales y casas particulares con equipos salvavidas.

—Para ser sincero —dijo él—, tuve curiosidad. Por eso la vine a visitar hoy.

—Es muy bonito —dijo Karen—. Que piensen en uno, quiero decir. Recuerdo ese

día… bien.

—Cuando ocurrió el apagón, ¿cómo se sintió?

—Supongo que un poco asustada. Mi luz de lectura se apagó repentinamente, y

las otras cosas eléctricas se detuvieron. Pero no el respirador. Pasa automáticamente a

una batería.

La batería, observó Nim, era de las de doce voltios, como las que se usan en los

automóviles. Estaba apoyada en una bandeja, también asegurada al respaldo de la

silla, debajo del mecanismo del respirador.

—Lo que uno siempre se pregunta —dijo Karen—, es cuánto durará el corte de

energía y cuánto aguantará la batería.

—Debería durar varias horas.

—Seis y media, cuando está cargada, siempre que use solo el respirador sin

mover la silla. Pero cuando salgo de compras o de visitas, como ocurre casi todos los

días, uso mucho la batería y se descarga.

—De modo que si hubiera un apagón…

Ella terminó la frase:

—Josie, la persona que usted vio al entrar, tendría que hacer algo rápidamente —

Karen agregó con conocimiento—. El respirador consume quince amperios; la silla,

cuando se mueve, otros veinte.

—Sabe mucho sobre el equipo.

—Si su vida dependiera de eso, también usted lo sabría.

—Sí, supongo que sí —le preguntó—: ¿Alguna vez se queda sola?

—Nunca. Josie está conmigo la mayor parte del tiempo; luego, hay dos personas

que la relevan. Jiminy, el encargado, también es muy bueno. Ayuda con las visitas,

como con usted hoy —Karen sonrió—. No deja entrar a la gente a menos de estar

seguro de que están bien. Usted ha aprobado el examen.

Siguieron charlando con naturalidad, como si se conocieran desde mucho tiempo

atrás.

Karen, según se enteró Nim, había tenido poliomielitis justamente un año antes de

que en Norteamérica se impusiera la vacuna Salk, que, junto con la Sabin unos años

más tarde, erradicó la polio del panorama.

—Mi bichito me picó demasiado pronto —dijo Karen—. No llegué a tiempo.

A Nim le conmovió esa afirmación tan sencilla. Le preguntó:

—¿Piensa mucho en ese año?

—Solía hacerlo… bastante. Durante un tiempo lloré por esa diferencia de un año.

Me preguntaba: ¿Por qué tuve que ser una de los últimos? Y pensaba: si tan solo la

vacuna hubiera llegado un poco antes, todo hubiera sido diferente. Podría caminar,

bailar, escribir, usar mis manos.

Se calló, y en el silencio Nim oyó el tic tac de un reloj y el suave ronroneo del

respirador de Karen. Al cabo de un momento ella siguió:

—Luego comencé a decirme: lamentarse no cambia nada. Lo pasado, pasado está.

No puede deshacerse jamás. Entonces empecé a disfrutar lo que tenía, a vivir al día, y

cuando se hace eso, si ocurre algo inesperado uno lo agradece. Hoy ha llegado usted

—ofreció su sonrisa radiante—. Ni siquiera sé su nombre.

Cuando se lo dijo, ella preguntó:

—¿Nim es por Nimrod?

—Sí.

—¿No hay algo en la Biblia…?

—En el Génesis —Nim citó—. Cush también engendró a Nimrod, que fue el

primer hombre fuerte en la tierra. Por la gracia del Señor fue un gran cazador —

recordó haberle oído las palabras a su abuelo, el rabino Goldman. El viejo había

elegido el nombre para su nieto, una de las pocas concesiones al pasado hechas por

Isaac, el padre de Nim.

—¿Es cazador, Nim?

A punto de contestar negativamente, recordó lo que Teresa van Buren le había

dicho no mucho tiempo atrás: «Es un cazador de mujeres, ¿no?» Quizá, pensó, en

otras circunstancias hubiera ido detrás de aquella hermosa mujer, de Karen. Egoísta,

se entristeció por esa vacuna que había llegado un año tarde.

—No soy un cazador —dijo, sacudiendo la cabeza.

Más adelante, Karen le contó que durante doce años la habían atendido en

hospitales, buena parte del tiempo con un pulmón de acero antiguo. Luego, se

construyeron equipos más modernos, portátiles, que permitían al paciente vivir fuera

de los establecimientos sanitarios. Al principio había vuelto a vivir con sus padres,

pero no había resultado. «Era un esfuerzo demasiado grande para todos.» Luego, se

trasladó a aquel apartamento, donde estaba desde hacía casi once años.

—Los gastos se pagan con algunos subsidios del gobierno. A veces paso ciertas

dificultades económicas; pero, en general, me arreglo —le explicó que su padre tenía un pequeño negocio de fontanería, y que su madre era vendedora en una tienda.

Estaban tratando de ahorrar dinero para comprarle a Karen una camioneta que

facilitara la movilidad. La camioneta, que conduciría Josie o alguna otra persona de la

familia de Karen, estaría adaptada para recibir la silla de ruedas.

Aunque Karen casi no podía valerse por sí misma y debía ser aseada, alimentada

y acostada por alguien, le dijo a Nim que había aprendido a pintar sosteniendo el

pincel con la boca.

—Y puedo escribir a máquina —le dijo a Nim—. Es eléctrica y la hago funcionar

con un palito en la boca. A veces escribo poemas. ¿Le gustaría que le mandara

algunos?

—Sí, por favor, me gustaría mucho —se levantó para irse, y se sorprendió al ver

que había pasado una hora con Karen.

—¿Vendrá otra vez? —preguntó ella.

—Si usted quiere.

—Claro que quiero… Nimrod —una vez más la sonrisa cálida, atractiva—. Me

gustaría que fuera mi amigo.

Josie le acompañó a la puerta.

La imagen de Karen, su hermosura deslumbrante, la sonrisa cálida y la voz suave,

acompañaron a Nim durante el resto del viaje al centro. Pensó que nunca había

encontrado a alguien así. Seguía pensando en ella cuando dejó el coche en el

aparcamiento de las oficinas de la «Golden State», tres pisos bajo el nivel de la calle.

Un ascensor directo, al que se entraba solamente con llave, iba del garaje a las

oficinas de los ejecutivos principales, en el piso veintidós. Nim usó su llave, símbolo

de estatus en la «CGS», y subió solo. Mientras ascendía, recordó su determinación de

hablar personalmente con la presidente del «Club Sequoia».

Su secretaria, Victoria Davis, una competente joven negra, levantó la mirada

cuando entró en la oficina de dos habitaciones.

—Hola, Vicki —dijo—, ¿hay mucha correspondencia?

—Nada urgente. Pero hay algunos mensajes, incluso varios que dicen que anoche

estuvo muy bien por la televisión. A mí también me lo pareció.

—Gracias —sonrió—, bienvenida a mi club de admiradoras.

—Ah, hay uno marcado «privado y confidencial» sobre su escritorio: ha llegado

hace poco. Y tengo algunas cosas para que las firme —le siguió a la oficina interna.

En ese momento se oyó un ruido sordo y fuerte a cierta distancia. Una jarra de agua y

los vasos sonaron; también la ventana que daba sobre un patio interior.

Nim se detuvo, escuchando:

—¿Qué ruido ha sido ese?

—No tengo ni idea. Hace unos minutos se oyó un ruido igual. Justo antes de que

usted entrara.

Nim se encogió de hombros. Podía ser cualquier cosa desde un temblor de tierra

hasta algo relacionado con una gran construcción próxima. Hojeó rápidamente los mensajes que tenía sobre el escritorio y echó una mirada al sobre al que se había

referido Vicki, marcado «privado y confidencial». Era un sobre de papel duro,

marrón, con una pizca de lacre atrás. Comenzó a abrirlo distraídamente.

—Vicki, antes de hacer otra cosa, trate de conseguir a la señora Carmichael por

teléfono.

—¿En el «Club Sequoia»?

—Correcto.

Ella dejó los papeles que llevaba en una bandeja marcada «firma» y se volvió

para irse. En ese momento la puerta exterior de la oficina se abrió de golpe y Harry

London entró corriendo. Tenía el cabello en desorden, la cara roja por el esfuerzo.

London vio a Nim.

—¡No! —gritó—. ¡No!

Mientras la sorpresa inmovilizaba a Nim, London voló por la habitación y se tiró

sobre el escritorio. Le quitó el sobre de las manos y lo dejó sobre la mesa.

—¡Fuera de aquí! ¡Pronto! ¡Todos!

London agarró el brazo de Nim y tiró de él al tiempo que empujaba a Victoria

Davis bruscamente. Pasaron por la oficina externa y salieron al pasillo; London se

detuvo solo lo necesario para cerrar de un golpe las dos puertas que dejaban atrás.

Nim comenzó a protestar, enfadado:

—Qué demonios…

No terminó. Desde la oficina interna llegó el ruido de una explosión. Las paredes

del pasillo se sacudieron. Una lámina de madera cayó al suelo y el cristal se rompió.

Un segundo después, otro golpe, como el que Nim había oído antes, pero esta vez

más fuerte, y evidentemente una explosión, llegó desde un punto debajo de ellos.

Dentro del edificio, sin lugar a dudas. Gente que salía por otras puertas corría por el

pasillo.

—¡Dios mío! —dijo Harry London. En su voz había desesperación.

Nim exclamó ansioso:

—¡Demonios! ¿Qué pasa?

Ahora se oyeron gritos excitados, teléfonos que sonaban estridentes, el ruido de

sirenas que se acercaban por la calle, abajo.

—Sobres explosivos —dijo London—. No son grandes, pero bastan para matar a

quien esté cerca. La última fue la cuarta. Fraser Fenton murió; los otros están heridos.

Se está advirtiendo a todos en el edificio, y si tienes ganas de rezar, ruega porque no

haya más.