El apagón

Arthur Hailey · Capítulo 60 de 68

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El apagón

Capítulo 12

 

La crisis del petróleo estalló repentinamente en la última semana de marzo y eclipsó

todo lo demás, dominando las noticias nacionales e internacionales.

—Es como una guerra inminente —observó alguien en una reunión del comité

administrativo de la «CGS»—. Uno insiste en pensar que no va a ocurrir, y todo

parece irreal hasta que empiezan a sonar los tiros.

La decisión unánime de la OPEP no tuvo nada de irreal. Las naciones que la

formaban —los países árabes, Irán, Venezuela, Indonesia y Nigeria— habían

decidido unos días antes que cuando los petroleros en alta mar y en puertos de los

Estados Unidos hubieran depositado su carga, no se enviaría más petróleo hasta que

quedara resuelta la cuestión del pago.

Las naciones de la OPEP aseguraban tener amplias reservas de dólares, con las

que aguantarían el embargo, y señalaban que esas reservas eran mucho mayores que

la reserva de petróleo de los Estados Unidos.

—Desgraciadamente, es demasiado cierto —estalló un secretario de Estado

cansado de viajar ante los periodistas de Washington, en un arranque poco

diplomático e imprudente.

En la «Golden State», como en otras empresas de todo el país, se tomaron

decisiones urgentes sobre un plan de acción. En el ambiente de la «CGS» el problema

no era ya «si» habría apagones temporales, sino «cuándo» y en qué medida.

Los dos años de sequía en California y las escasas nevadas durante el invierno en

Sierra Nevada agravaban el problema, porque las reservas hidroeléctricas eran

notablemente menores que las usuales.

Nim, cuyo papel como vicepresidente en planificación lo ubicaba en el centro de

la cuestión, se vio envuelto en una agitada serie de reuniones para revisar planes de

emergencia y determinar prioridades.

Mientras tanto, ya se habían decretado algunas prioridades nacionales y estatales.

El presidente ordenó el inmediato racionamiento de la gasolina. En pocos días

pondría en marcha un sistema de cupones ya previsto. Además, se prohibía la venta

de gasolina desde el viernes por la noche hasta el lunes por la mañana.

También Washington expidió un decreto suspendiendo todos los acontecimientos

deportivos de magnitud y otras atracciones que reunieran grandes multitudes, y

cerrando los parques nacionales. El objetivo era reducirlos transportes no necesarios,

sobre todo en coche. Se decía que posiblemente más adelante se cerrarían los teatros

y los cines.

Se ordenó a todas las empresas de servicios públicos que utilizaban petróleo que

comenzaran a disminuir la provisión de energía durante el día, reduciendo el voltaje

en un cinco por ciento.

Se indicaba a las empresas de servicios públicos que producían electricidad con

carbón, principalmente en el centro de los Estados Unidos, que enviaran toda la energía de que pudieran disponer a las costas este y oeste, que serían las zonas más

perjudicadas por el embargo de petróleo, y donde se temía que se produjera el paro

laboral masivo debido a la falta de energía en fábricas y comercios. El esquema

recibió el nombre de «Carbón por Cable». Sin embargo, sería de efecto limitado,

porque el centro de los Estados Unidos necesitaba la mayor parte de la electricidad

para uso local, y además porque había pocas líneas de transmisión de larga distancia.

En muchas zonas se ordenaba cerrar las escuelas para abrirlas de nuevo en

verano, cuando disminuyen las necesidades de calefacción e iluminación.

Se programaban restricciones para vuelos, que se anunciarían en breve.

Se advertía que, probablemente, se tomarían medidas más drásticas, incluso fines

de semana de tres o cuatro días, si la situación energética no mejoraba.

Todas las medidas oficiales eran acompañadas por la petición de ahorrar energía

voluntariamente en todos los aspectos.

En la «Golden State», en todas las conversaciones pesaba el hecho de que la

reserva de petróleo de la empresa cubría solamente treinta días de funcionamiento

normal.

Puesto que con la llegada de los petroleros en camino entraría más petróleo, se

decidió que los «cortes de energía rotativos» se retrasarían hasta la segunda semana

de mayo. Al principio se efectuarían cortes de tres horas diarias; después, quizá se

necesitarían medidas más severas.

Pero era evidente que incluso los primeros cortes de energía desorganizarían y

perjudicarían la economía pública. Nim conocía la gravedad de la situación; lo mismo

ocurría con otra gente directamente involucrada. Pero a Nim le parecía que el público

en general todavía no había captado, o quizá no quería reconocer, toda la gravedad de

lo que estaba ocurriendo.

Sin perjuicio de sus tareas de planificación, y debido a sus renovadas funciones

de portavoz de la compañía, se le reclamaba para explicar la situación actual y las

perspectivas futuras.

Las dos responsabilidades representaban un esfuerzo agotador, y le dijo a Teresa

van Buren:

—Está bien, me ocuparé de las ocasiones importantes, pero tendrá que usar a su

gente para cosas menores —ella dijo que así lo haría.

Al día siguiente la directora de Relaciones Públicas apareció en la oficina de Nim.

—Hay un programa de televisión al mediodía que se llama «Hora de almuerzo».

—Quizá no me crea, Tess —dijo él—, pero nunca lo veo.

—Vaya, vaya, qué gracioso. Bueno, no se apresure a despreciar la televisión del

mediodía. La ven millones de amas de casas, y mañana el programa quiere que le

expliquen la crisis energética.

—Supongo que debo explicarla yo.

—Naturalmente —dijo Van Buren—. ¿Quién mejor?

—De acuerdo, pero haga algo por mí —dijo Nim, sonriendo—. Todos los canales de televisión se caracterizan por perder el tiempo. Le piden a uno que vaya temprano

y le tienen horas esperando. Usted sabe lo ocupado que estoy, así que, por una vez,

trate de arreglar una entrada y salida rápida.

—Yo misma le acompañaré —dijo Van Buren—. Y lo arreglaré. Lo prometo.

Tal como fueron las cosas, la promesa no se cumplió.

«Hora de almuerzo» era un espectáculo de una hora que salía al aire al mediodía.

La directora de Relaciones Públicas y Nim llegaron a los estudios de televisión a las

doce menos diez. En el vestíbulo les recibió una joven auxiliar del programa; como

mucha gente que trabaja en televisión, su aspecto físico y su ropa eran los de una

chica que acaba de terminar la escuela secundaria. Llevaba el distintivo usual de su

tarea, la tablilla con sujetapapeles, y las gafas sobre el pelo.

—Sí, señor Goldman. Usted será el último a la una menos diez.

—¡Oiga, un momento! —protestó Van Buren—. Me aseguraron que el señor

Goldman estaría al comienzo del espectáculo. Es uno de nuestros ejecutivos más

importantes y su tiempo es valioso, especialmente ahora.

—Lo sé —sonrió dulcemente la joven—. Pero el productor cambió de opinión. El

tema del señor Goldman es algo pesado. Podría deprimir a nuestra audiencia.

—Deberían deprimirse.

—Si se deprimen y cambian de canal, se terminaría el programa —dijo la joven

con firmeza—. Quizá le gustaría ver el estudio mientras espera. Así puede ver todo el

espectáculo.

Van Buren miró a Nim, levantando las manos con gesto de impotencia.

Resignado, consciente de todo lo que hubiera podido hacer en esa hora perdida, le

dijo:

—Está bien.

La auxiliar del programa, que había hecho lo mismo muchas veces, dijo:

—Acompáñenme, por favor.

El decorado del estudio, colorido y brillantemente iluminado, quería ser un salón.

El mueble central era un sofá de un anaranjado brillante, ocupado por dos

entrevistadores profesionales, Jerry y Jean, jóvenes, animados, encantadores: Gente

Guapa. Tres cámaras de televisión acechaban delante, en semicírculo. Los invitados

se reunirían con los entrevistadores bajo las luces brillantes, uno por uno.

Los primeros diez minutos del programa estuvieron dedicados a un oso bailarín

de un circo en gira, los segundos a una abuela de sesenta años que había venido desde

Chicago en patines. «Gasté cinco pares —se jactó—, y hubiera llegado antes si la

policía me hubiera dejado utilizar las carreteras principales.»

Inmediatamente antes de Nim salía el «médico de la casa» de «Hora de

almuerzo».

—Está todos los días y tiene mucha audiencia —les confió la asistente en un

susurro—. La gente sintoniza el programa por él especialmente, y por eso, cuando

usted le siga, le escucharán.

El médico, de un poco más de cincuenta años, de cabello gris y distinguido, era

un actor avezado que conocía todos los trucos del manual de televisión, incluso,

cómo sonreír para ganarse a la gente, cuándo actuar como médico paternal y en qué

momento utilizar un diseño esquemático del estómago.

—Hoy mi tema es —informó a su audiencia invisible— el estreñimiento.

Nim miró y escuchó fascinado.

—… Mucha gente se preocupa sin necesidad. Lo que no debe hacerse es tomar

laxantes. Todos los años se venden por millones de dólares; es un desperdicio.

Muchos perjudican la salud… Casi todos los estreñimientos son «imaginarios». El

movimiento diario de los intestinos puede ser un fetiche innecesario. Dejen que el

ciclo natural se cumpla. Para algunos es normal que no ocurra en cinco o seis días.

Tengan paciencia, y esperen… Un verdadero problema: algunos no prestan atención

inmediatamente a la llamada de la naturaleza. Están ocupados y lo postergan. Eso

está mal. Los intestinos se desaniman, se cansan de hacer llamadas… Coman

alimentos que dejen residuos, beban mucha agua para mantener la humedad.

Van Buren se inclinó.

—¡Dios mío, Nim! Lo siento.

—No lo sientas —la tranquilizó él en voz baja—. No me lo hubiera perdido por

nada del mundo. Lo único que espero es no ser un aguafiestas.

El doctor desapareció y pasaron un anuncio. La asistente del programa tomó a

Nim del brazo.

—Su turno, señor Goldman —lo acompañó al centro del decorado, donde le

sentaron.

Mientras seguía la tanda de anuncios, Nim y los entrevistadores se dieron la

mano. Jerry le advirtió seriamente:

—Se está haciendo tarde. No tenemos mucho tiempo, así que contestaciones

breves —cogió una hoja con anotaciones que le acercó un tramoyista y, como si le

hubieran tocado un botón, sonrió y miró a la cámara—. Nuestro último invitado del

día sabe mucho de electricidad y petróleo. Es…

Después de la introducción, Jean le preguntó animadamente a Nim:

—¿Es cierto que vamos a tener cortes de energía, o se trata solamente de otra

alarma, de algo que en realidad no va a ocurrir?

—No es una alarma, y va a ocurrir. («Si quieren contestaciones breves —pensó

Nim—, las tendrán.»)

Jerry consultaba la hoja que le habían dado.

—En cuanto a la supuesta escasez de petróleo.

—No es supuesta.

La sonrisa del entrevistador se hizo más amplia.

—Esa la pasaremos por alto —volvió a las notas—. De todos modos, ¿no tuvimos

un hartazgo de petróleo últimamente en California, de petróleo que venía de Alaska

por oleoducto?

—Ha habido algún exceso temporal —aceptó Nim—. Pero ahora que el resto del

país necesita petróleo desesperadamente, todo exceso desaparece rápidamente.

—Parece egoísta —dijo Jean—, pero ¿no es posible retener ese petróleo en

California?

—No —Nim sacudió la cabeza—. El gobierno federal lo controla y ya existe un

programa de distribución. Todos los estados, todas las ciudades del país, presionan a

Washington exigiendo una parte. Cuando el petróleo nacional se reparta, no quedará

para nadie.

—Tengo entendido —dijo Jerry, refiriéndose nuevamente a sus notas—, que la

«Golden State» tiene reserva para treinta días. No suena tan mal.

—Esa cifra es real en cierto sentido —admitió Nim—, pero engaña en otro. Por

supuesto, es imposible usar el petróleo hasta agotar la reserva. Además, el petróleo no

siempre está donde más se lo necesita; a una planta generadora puede faltarle y otra

tener reserva para varios días; y los medios para transportar grandes cantidades de

petróleo son limitados. Por ambas razones, veinticinco días es una cifra más realista.

—Bueno —dijo Jerry—, esperemos que todo haya vuelto a la normalidad antes

de que pasen esos días.

—No hay ni la menor posibilidad de que así sea —dijo Nim—. Aunque se llegara

a un arreglo con las naciones de la OPEP, se necesitarán…

—Disculpe —dijo Jean—, pero tenemos poco tiempo y tengo otra pregunta, señor

Goldman. ¿Su compañía no pudo prever lo que ha ocurrido con el petróleo y hacer

otros planes?

El descaro, la injusticia, la increíble ingenuidad de la pregunta, asombraron a

Nim. Luego, sintió rabia. Dominándola, contestó:

—La compañía «Golden State» ha estado intentando hacer precisamente eso

durante los últimos diez años. Pero todo lo que nuestra compañía propuso —plantas

nucleares, geotérmicas, depósitos, plantas de carbón— encontró oposición, fue

retrasado o frustrado por…

—Lo siento de veras —interrumpió Jean—, pero nuestro tiempo ha terminado.

Gracias por acompañarnos, señor Goldman —se dirigió a un objetivo—. Entre los

invitados interesantes que tendrá «Hora de almuerzo» mañana estará un swami hindú

y…

Mientras salían del edificio del canal de televisión, Teresa van Buren le dijo,

desanimada, a Nim:

—Aun ahora nadie nos cree, ¿no?

—Lo creerán demasiado tarde —dijo Nim—. Cuando empiecen a tocar

interruptores y no pase nada.

 

Las incongruencias persistieron durante la preparación de los severos cortes de

energía y bajo la impresión de crisis que invadía la «CGS».

Una fue la continuación de los debates de la Comisión de Energía sobre Tunipah,

sin cambios, al mismo ritmo lento y enervante del principio.

—Un habitante de Marte, usando su sentido común —observó Oscar O’Brien

durante el almuerzo con Nim y Eric Humphrey—, supondría, en vista de la actual

emergencia energética, que los procedimientos para otorgar permisos para proyectos

como Tunipah, Fincastle y Devil’s Gate, se acelerarían. Pues bien, el marciano señor

Sentido Común estaría totalmente equivocado.

El consejero general comió un bocado, lleno de malhumor, y luego continuó:

—Cuando uno está ahí dentro, en los debates, escuchando a los testigos y los

mismos remanidos argumentos sobre procedimientos, parecería que nadie está

enterado de lo que ocurre afuera, en el mundo real, o no le importa. Ah, de paso, hay

un grupo nuevo que se nos opone en lo de Tunipah. Se llama CODEI, que si no me

equivoco es la sigla de la Cruzada Contra el Desarrollo Energético Innecesario. Y en

comparación con las acusaciones que hace CODEI a la «Golden State», Davey

Birdsong era un amigo y un aliado.

—La oposición es un monstruo con cabeza de hidra —reflexionó Eric Humphrey;

luego, añadió—: El apoyo del gobernador al proyecto de Tunipah no parece haber

sido muy feliz.

—Es porque la burocracia es más fuerte que los gobernadores, presidentes o

cualquiera de nosotros —dijo O’Brien—. Hoy día luchar contra la burocracia es

como debatirse en un mar de barro cuando uno está hundido hasta los hombros. Haré

una predicción: cuando los apagones lleguen al edificio de la Comisión de Energía,

los debates sobre Tunipah continuarán a la luz de velas, sin que nada cambie.

En cuanto a la geotérmica de Fincastle y la propuesta del depósito de Devil’s

Gate, el consejero general informó que las oficinas responsables todavía no habían

fijado fecha para comenzar los debates públicos.

La desilusión de Oscar O’Brien, y de Nim, se extendió a la falsa encuesta a

consumidores del distrito de North Castle.

Habían pasado casi tres semanas desde la distribución del cuestionario tan

cuidadosamente planeado, y ya parecía que el intento de hacer caer en la trampa al

líder terrorista, Georgos Archambault, hubiera abortado; una pérdida de tiempo y

dinero.

Pocos días después del envío postal llovieron cientos de respuestas, y muchas más

siguieron llegando durante las semanas siguientes. En la sede de la «CGS» destinaron

una gran habitación del sótano para revisarlas, y se destacó allí a ocho empleados.

Seis vinieron de diversos departamentos de la compañía, y los otros dos de la oficina

del fiscal del distrito. Entre ellos examinaron detalladamente todos los cuestionarios.

La oficina del fiscal también envió ampliaciones fotográficas de muestras del

diario de Georgos Archambault, y los empleados las tenían delante cuando

trabajaban. Para prevenir errores, tres personas examinaban cada cuestionario por

separado. El resultado era terminante. No había llegado nada comparable a las muestras.

Ahora, el personal se había reducido a dos; el resto había vuelto a sus tareas

habituales. Todavía llegaban algunas respuestas y eran examinadas por el mismo

procedimiento. Pero a estas alturas no parecía posible que se llegara a saber algo de

Georgos Archambault.

Para Nim, de cualquier manera, el plan había perdido importancia ante el crítico

problema de escasez de petróleo, que ocupaba todos sus días y noches.

Durante una sesión nocturna de trabajo sobre el petróleo (una reunión en la

oficina de Nim con el director de suministro de combustible, el jefe de pronósticos de

carga y otros dos jefes de departamento de la compañía), recibió una llamada

telefónica que no tenía nada que ver con el tema en discusión, pero que le preocupó

mucho. Victoria Davis, la secretaria de Nim, que también se había quedado

trabajando hasta tarde, le llamaba desde otra oficina.

Fastidiado por la interrupción, Nim cogió el teléfono y contestó secamente:

—¿Sí?

—La señorita Karen Sloan llama por la línea uno —le informó Vicki—. No le

hubiera molestado, pero insistió en que era importante.

—Dígale… —Nim estaba a punto de decir que la llamaría más tarde, o a la

mañana siguiente, pero cambió de opinión—. Está bien, hablaré.

Con un «disculpen» a los otros, apretó un botón encendido.

—Hola, Karen.

—Nimrod —dijo Karen sin preámbulos; la voz parecía forzada—, mi padre tiene

un problema muy grave. Llamo para saber si puedes ayudar.

—¿Qué problema? —Nim recordó que la noche que él y Karen fueron al

concierto, ella había dicho algo muy parecido, pero sin especificar nada.

—Conseguí que mamá me lo dijera. Papá no quería —Karen se calló; él

comprendió que hacía un esfuerzo por calmarse. Luego, continuó—: Sabes que mi

padre tiene un pequeño negocio de fontanería.

—Sí —Nim recordó que Luther Sloan había hablado de su negocio el día en que

se conocieron en el apartamento de Karen. Fue el día en que los padres confiaron

luego a Nim la carga de culpa que llevaban por su hija cuadripléjica.

—Bien —dijo Karen—, a papá lo ha interrogado varias veces gente de tu

compañía, Nimrod, y ahora también, detectives de la policía.

—¿Interrogado sobre qué?

Nuevamente, Karen vaciló antes de contestar.

—Según mamá, papá ha hecho mucho trabajo para una compañía que se llama

«Quayle». Trabajó en cañerías de gas, algo que ver con cañerías que van a los

contadores.

—Repíteme el nombre de la compañía —le dijo Nim.

—«Quayle». ¿Te dice algo?

—Sí, me dice algo —dijo Nim despacio, mientras pensaba; parecía casi con seguridad que Luther Sloan estaba metido en el robo de gas. Aunque Karen no lo

sabía, la frase «que van a los contadores» le delataba. Eso y la referencia a «Quayle»,

los ladrones de energía en gran escala puestos ya en evidencia y aún bajo

investigación en el departamento de Harry London. ¿Qué había informado

recientemente Harry? «Hay un puñado de casos nuevos, a la par de otros que surgen

de la investigación “Quayle”.» A Nim le pareció que Luther Sloan podía estar entre

los otros.

La inesperada noticia, con todo lo que implicaba, le deprimió. Suponiendo que su

conjetura fuera correcta, ¿por qué lo habría hecho el padre de Karen? Probablemente

por la razón de siempre, pensó Nim: Dinero. Luego, se le ocurrió que también podía

adivinar adonde había ido a parar el dinero.

—Karen —dijo—, si es lo que pienso, es serio para tu padre y no creo que pueda

hacer nada.

Tenía conciencia de la presencia de sus subordinados, que mientras él hablaba le

esperaban tratando de fingir que no escuchaban.

—De todos modos, esta noche no puedo hacer nada —dijo Nim por teléfono—.

Pero por la mañana veré qué puedo hacer y te llamaré.

Karen estaba apesadumbrada.

—¡Oh, lo siento, Nimrod! No debí haberte molestado.

—No —le aseguró él—. Puedes llamarme en cualquier momento. Y mañana veré

si puedo hacer algo.

Cuando volvió a la conversación sobre la crisis del petróleo, Nim trató de

concentrarse en lo que se decía, pero varias veces se distrajo. Se preguntaba si la vida

que había golpeado tanto a Karen estaría a punto de causarle un nuevo pesar.