El apagón
Capítulo 12
La crisis del petróleo estalló repentinamente en la última semana de marzo y eclipsó
todo lo demás, dominando las noticias nacionales e internacionales.
—Es como una guerra inminente —observó alguien en una reunión del comité
administrativo de la «CGS»—. Uno insiste en pensar que no va a ocurrir, y todo
parece irreal hasta que empiezan a sonar los tiros.
La decisión unánime de la OPEP no tuvo nada de irreal. Las naciones que la
formaban —los países árabes, Irán, Venezuela, Indonesia y Nigeria— habían
decidido unos días antes que cuando los petroleros en alta mar y en puertos de los
Estados Unidos hubieran depositado su carga, no se enviaría más petróleo hasta que
quedara resuelta la cuestión del pago.
Las naciones de la OPEP aseguraban tener amplias reservas de dólares, con las
que aguantarían el embargo, y señalaban que esas reservas eran mucho mayores que
la reserva de petróleo de los Estados Unidos.
—Desgraciadamente, es demasiado cierto —estalló un secretario de Estado
cansado de viajar ante los periodistas de Washington, en un arranque poco
diplomático e imprudente.
En la «Golden State», como en otras empresas de todo el país, se tomaron
decisiones urgentes sobre un plan de acción. En el ambiente de la «CGS» el problema
no era ya «si» habría apagones temporales, sino «cuándo» y en qué medida.
Los dos años de sequía en California y las escasas nevadas durante el invierno en
Sierra Nevada agravaban el problema, porque las reservas hidroeléctricas eran
notablemente menores que las usuales.
Nim, cuyo papel como vicepresidente en planificación lo ubicaba en el centro de
la cuestión, se vio envuelto en una agitada serie de reuniones para revisar planes de
emergencia y determinar prioridades.
Mientras tanto, ya se habían decretado algunas prioridades nacionales y estatales.
El presidente ordenó el inmediato racionamiento de la gasolina. En pocos días
pondría en marcha un sistema de cupones ya previsto. Además, se prohibía la venta
de gasolina desde el viernes por la noche hasta el lunes por la mañana.
También Washington expidió un decreto suspendiendo todos los acontecimientos
deportivos de magnitud y otras atracciones que reunieran grandes multitudes, y
cerrando los parques nacionales. El objetivo era reducirlos transportes no necesarios,
sobre todo en coche. Se decía que posiblemente más adelante se cerrarían los teatros
y los cines.
Se ordenó a todas las empresas de servicios públicos que utilizaban petróleo que
comenzaran a disminuir la provisión de energía durante el día, reduciendo el voltaje
en un cinco por ciento.
Se indicaba a las empresas de servicios públicos que producían electricidad con
carbón, principalmente en el centro de los Estados Unidos, que enviaran toda la energía de que pudieran disponer a las costas este y oeste, que serían las zonas más
perjudicadas por el embargo de petróleo, y donde se temía que se produjera el paro
laboral masivo debido a la falta de energía en fábricas y comercios. El esquema
recibió el nombre de «Carbón por Cable». Sin embargo, sería de efecto limitado,
porque el centro de los Estados Unidos necesitaba la mayor parte de la electricidad
para uso local, y además porque había pocas líneas de transmisión de larga distancia.
En muchas zonas se ordenaba cerrar las escuelas para abrirlas de nuevo en
verano, cuando disminuyen las necesidades de calefacción e iluminación.
Se programaban restricciones para vuelos, que se anunciarían en breve.
Se advertía que, probablemente, se tomarían medidas más drásticas, incluso fines
de semana de tres o cuatro días, si la situación energética no mejoraba.
Todas las medidas oficiales eran acompañadas por la petición de ahorrar energía
voluntariamente en todos los aspectos.
En la «Golden State», en todas las conversaciones pesaba el hecho de que la
reserva de petróleo de la empresa cubría solamente treinta días de funcionamiento
normal.
Puesto que con la llegada de los petroleros en camino entraría más petróleo, se
decidió que los «cortes de energía rotativos» se retrasarían hasta la segunda semana
de mayo. Al principio se efectuarían cortes de tres horas diarias; después, quizá se
necesitarían medidas más severas.
Pero era evidente que incluso los primeros cortes de energía desorganizarían y
perjudicarían la economía pública. Nim conocía la gravedad de la situación; lo mismo
ocurría con otra gente directamente involucrada. Pero a Nim le parecía que el público
en general todavía no había captado, o quizá no quería reconocer, toda la gravedad de
lo que estaba ocurriendo.
Sin perjuicio de sus tareas de planificación, y debido a sus renovadas funciones
de portavoz de la compañía, se le reclamaba para explicar la situación actual y las
perspectivas futuras.
Las dos responsabilidades representaban un esfuerzo agotador, y le dijo a Teresa
van Buren:
—Está bien, me ocuparé de las ocasiones importantes, pero tendrá que usar a su
gente para cosas menores —ella dijo que así lo haría.
Al día siguiente la directora de Relaciones Públicas apareció en la oficina de Nim.
—Hay un programa de televisión al mediodía que se llama «Hora de almuerzo».
—Quizá no me crea, Tess —dijo él—, pero nunca lo veo.
—Vaya, vaya, qué gracioso. Bueno, no se apresure a despreciar la televisión del
mediodía. La ven millones de amas de casas, y mañana el programa quiere que le
expliquen la crisis energética.
—Supongo que debo explicarla yo.
—Naturalmente —dijo Van Buren—. ¿Quién mejor?
—De acuerdo, pero haga algo por mí —dijo Nim, sonriendo—. Todos los canales de televisión se caracterizan por perder el tiempo. Le piden a uno que vaya temprano
y le tienen horas esperando. Usted sabe lo ocupado que estoy, así que, por una vez,
trate de arreglar una entrada y salida rápida.
—Yo misma le acompañaré —dijo Van Buren—. Y lo arreglaré. Lo prometo.
Tal como fueron las cosas, la promesa no se cumplió.
«Hora de almuerzo» era un espectáculo de una hora que salía al aire al mediodía.
La directora de Relaciones Públicas y Nim llegaron a los estudios de televisión a las
doce menos diez. En el vestíbulo les recibió una joven auxiliar del programa; como
mucha gente que trabaja en televisión, su aspecto físico y su ropa eran los de una
chica que acaba de terminar la escuela secundaria. Llevaba el distintivo usual de su
tarea, la tablilla con sujetapapeles, y las gafas sobre el pelo.
—Sí, señor Goldman. Usted será el último a la una menos diez.
—¡Oiga, un momento! —protestó Van Buren—. Me aseguraron que el señor
Goldman estaría al comienzo del espectáculo. Es uno de nuestros ejecutivos más
importantes y su tiempo es valioso, especialmente ahora.
—Lo sé —sonrió dulcemente la joven—. Pero el productor cambió de opinión. El
tema del señor Goldman es algo pesado. Podría deprimir a nuestra audiencia.
—Deberían deprimirse.
—Si se deprimen y cambian de canal, se terminaría el programa —dijo la joven
con firmeza—. Quizá le gustaría ver el estudio mientras espera. Así puede ver todo el
espectáculo.
Van Buren miró a Nim, levantando las manos con gesto de impotencia.
Resignado, consciente de todo lo que hubiera podido hacer en esa hora perdida, le
dijo:
—Está bien.
La auxiliar del programa, que había hecho lo mismo muchas veces, dijo:
—Acompáñenme, por favor.
El decorado del estudio, colorido y brillantemente iluminado, quería ser un salón.
El mueble central era un sofá de un anaranjado brillante, ocupado por dos
entrevistadores profesionales, Jerry y Jean, jóvenes, animados, encantadores: Gente
Guapa. Tres cámaras de televisión acechaban delante, en semicírculo. Los invitados
se reunirían con los entrevistadores bajo las luces brillantes, uno por uno.
Los primeros diez minutos del programa estuvieron dedicados a un oso bailarín
de un circo en gira, los segundos a una abuela de sesenta años que había venido desde
Chicago en patines. «Gasté cinco pares —se jactó—, y hubiera llegado antes si la
policía me hubiera dejado utilizar las carreteras principales.»
Inmediatamente antes de Nim salía el «médico de la casa» de «Hora de
almuerzo».
—Está todos los días y tiene mucha audiencia —les confió la asistente en un
susurro—. La gente sintoniza el programa por él especialmente, y por eso, cuando
usted le siga, le escucharán.
El médico, de un poco más de cincuenta años, de cabello gris y distinguido, era
un actor avezado que conocía todos los trucos del manual de televisión, incluso,
cómo sonreír para ganarse a la gente, cuándo actuar como médico paternal y en qué
momento utilizar un diseño esquemático del estómago.
—Hoy mi tema es —informó a su audiencia invisible— el estreñimiento.
Nim miró y escuchó fascinado.
—… Mucha gente se preocupa sin necesidad. Lo que no debe hacerse es tomar
laxantes. Todos los años se venden por millones de dólares; es un desperdicio.
Muchos perjudican la salud… Casi todos los estreñimientos son «imaginarios». El
movimiento diario de los intestinos puede ser un fetiche innecesario. Dejen que el
ciclo natural se cumpla. Para algunos es normal que no ocurra en cinco o seis días.
Tengan paciencia, y esperen… Un verdadero problema: algunos no prestan atención
inmediatamente a la llamada de la naturaleza. Están ocupados y lo postergan. Eso
está mal. Los intestinos se desaniman, se cansan de hacer llamadas… Coman
alimentos que dejen residuos, beban mucha agua para mantener la humedad.
Van Buren se inclinó.
—¡Dios mío, Nim! Lo siento.
—No lo sientas —la tranquilizó él en voz baja—. No me lo hubiera perdido por
nada del mundo. Lo único que espero es no ser un aguafiestas.
El doctor desapareció y pasaron un anuncio. La asistente del programa tomó a
Nim del brazo.
—Su turno, señor Goldman —lo acompañó al centro del decorado, donde le
sentaron.
Mientras seguía la tanda de anuncios, Nim y los entrevistadores se dieron la
mano. Jerry le advirtió seriamente:
—Se está haciendo tarde. No tenemos mucho tiempo, así que contestaciones
breves —cogió una hoja con anotaciones que le acercó un tramoyista y, como si le
hubieran tocado un botón, sonrió y miró a la cámara—. Nuestro último invitado del
día sabe mucho de electricidad y petróleo. Es…
Después de la introducción, Jean le preguntó animadamente a Nim:
—¿Es cierto que vamos a tener cortes de energía, o se trata solamente de otra
alarma, de algo que en realidad no va a ocurrir?
—No es una alarma, y va a ocurrir. («Si quieren contestaciones breves —pensó
Nim—, las tendrán.»)
Jerry consultaba la hoja que le habían dado.
—En cuanto a la supuesta escasez de petróleo.
—No es supuesta.
La sonrisa del entrevistador se hizo más amplia.
—Esa la pasaremos por alto —volvió a las notas—. De todos modos, ¿no tuvimos
un hartazgo de petróleo últimamente en California, de petróleo que venía de Alaska
por oleoducto?
—Ha habido algún exceso temporal —aceptó Nim—. Pero ahora que el resto del
país necesita petróleo desesperadamente, todo exceso desaparece rápidamente.
—Parece egoísta —dijo Jean—, pero ¿no es posible retener ese petróleo en
California?
—No —Nim sacudió la cabeza—. El gobierno federal lo controla y ya existe un
programa de distribución. Todos los estados, todas las ciudades del país, presionan a
Washington exigiendo una parte. Cuando el petróleo nacional se reparta, no quedará
para nadie.
—Tengo entendido —dijo Jerry, refiriéndose nuevamente a sus notas—, que la
«Golden State» tiene reserva para treinta días. No suena tan mal.
—Esa cifra es real en cierto sentido —admitió Nim—, pero engaña en otro. Por
supuesto, es imposible usar el petróleo hasta agotar la reserva. Además, el petróleo no
siempre está donde más se lo necesita; a una planta generadora puede faltarle y otra
tener reserva para varios días; y los medios para transportar grandes cantidades de
petróleo son limitados. Por ambas razones, veinticinco días es una cifra más realista.
—Bueno —dijo Jerry—, esperemos que todo haya vuelto a la normalidad antes
de que pasen esos días.
—No hay ni la menor posibilidad de que así sea —dijo Nim—. Aunque se llegara
a un arreglo con las naciones de la OPEP, se necesitarán…
—Disculpe —dijo Jean—, pero tenemos poco tiempo y tengo otra pregunta, señor
Goldman. ¿Su compañía no pudo prever lo que ha ocurrido con el petróleo y hacer
otros planes?
El descaro, la injusticia, la increíble ingenuidad de la pregunta, asombraron a
Nim. Luego, sintió rabia. Dominándola, contestó:
—La compañía «Golden State» ha estado intentando hacer precisamente eso
durante los últimos diez años. Pero todo lo que nuestra compañía propuso —plantas
nucleares, geotérmicas, depósitos, plantas de carbón— encontró oposición, fue
retrasado o frustrado por…
—Lo siento de veras —interrumpió Jean—, pero nuestro tiempo ha terminado.
Gracias por acompañarnos, señor Goldman —se dirigió a un objetivo—. Entre los
invitados interesantes que tendrá «Hora de almuerzo» mañana estará un swami hindú
y…
Mientras salían del edificio del canal de televisión, Teresa van Buren le dijo,
desanimada, a Nim:
—Aun ahora nadie nos cree, ¿no?
—Lo creerán demasiado tarde —dijo Nim—. Cuando empiecen a tocar
interruptores y no pase nada.
Las incongruencias persistieron durante la preparación de los severos cortes de
energía y bajo la impresión de crisis que invadía la «CGS».
Una fue la continuación de los debates de la Comisión de Energía sobre Tunipah,
sin cambios, al mismo ritmo lento y enervante del principio.
—Un habitante de Marte, usando su sentido común —observó Oscar O’Brien
durante el almuerzo con Nim y Eric Humphrey—, supondría, en vista de la actual
emergencia energética, que los procedimientos para otorgar permisos para proyectos
como Tunipah, Fincastle y Devil’s Gate, se acelerarían. Pues bien, el marciano señor
Sentido Común estaría totalmente equivocado.
El consejero general comió un bocado, lleno de malhumor, y luego continuó:
—Cuando uno está ahí dentro, en los debates, escuchando a los testigos y los
mismos remanidos argumentos sobre procedimientos, parecería que nadie está
enterado de lo que ocurre afuera, en el mundo real, o no le importa. Ah, de paso, hay
un grupo nuevo que se nos opone en lo de Tunipah. Se llama CODEI, que si no me
equivoco es la sigla de la Cruzada Contra el Desarrollo Energético Innecesario. Y en
comparación con las acusaciones que hace CODEI a la «Golden State», Davey
Birdsong era un amigo y un aliado.
—La oposición es un monstruo con cabeza de hidra —reflexionó Eric Humphrey;
luego, añadió—: El apoyo del gobernador al proyecto de Tunipah no parece haber
sido muy feliz.
—Es porque la burocracia es más fuerte que los gobernadores, presidentes o
cualquiera de nosotros —dijo O’Brien—. Hoy día luchar contra la burocracia es
como debatirse en un mar de barro cuando uno está hundido hasta los hombros. Haré
una predicción: cuando los apagones lleguen al edificio de la Comisión de Energía,
los debates sobre Tunipah continuarán a la luz de velas, sin que nada cambie.
En cuanto a la geotérmica de Fincastle y la propuesta del depósito de Devil’s
Gate, el consejero general informó que las oficinas responsables todavía no habían
fijado fecha para comenzar los debates públicos.
La desilusión de Oscar O’Brien, y de Nim, se extendió a la falsa encuesta a
consumidores del distrito de North Castle.
Habían pasado casi tres semanas desde la distribución del cuestionario tan
cuidadosamente planeado, y ya parecía que el intento de hacer caer en la trampa al
líder terrorista, Georgos Archambault, hubiera abortado; una pérdida de tiempo y
dinero.
Pocos días después del envío postal llovieron cientos de respuestas, y muchas más
siguieron llegando durante las semanas siguientes. En la sede de la «CGS» destinaron
una gran habitación del sótano para revisarlas, y se destacó allí a ocho empleados.
Seis vinieron de diversos departamentos de la compañía, y los otros dos de la oficina
del fiscal del distrito. Entre ellos examinaron detalladamente todos los cuestionarios.
La oficina del fiscal también envió ampliaciones fotográficas de muestras del
diario de Georgos Archambault, y los empleados las tenían delante cuando
trabajaban. Para prevenir errores, tres personas examinaban cada cuestionario por
separado. El resultado era terminante. No había llegado nada comparable a las muestras.
Ahora, el personal se había reducido a dos; el resto había vuelto a sus tareas
habituales. Todavía llegaban algunas respuestas y eran examinadas por el mismo
procedimiento. Pero a estas alturas no parecía posible que se llegara a saber algo de
Georgos Archambault.
Para Nim, de cualquier manera, el plan había perdido importancia ante el crítico
problema de escasez de petróleo, que ocupaba todos sus días y noches.
Durante una sesión nocturna de trabajo sobre el petróleo (una reunión en la
oficina de Nim con el director de suministro de combustible, el jefe de pronósticos de
carga y otros dos jefes de departamento de la compañía), recibió una llamada
telefónica que no tenía nada que ver con el tema en discusión, pero que le preocupó
mucho. Victoria Davis, la secretaria de Nim, que también se había quedado
trabajando hasta tarde, le llamaba desde otra oficina.
Fastidiado por la interrupción, Nim cogió el teléfono y contestó secamente:
—¿Sí?
—La señorita Karen Sloan llama por la línea uno —le informó Vicki—. No le
hubiera molestado, pero insistió en que era importante.
—Dígale… —Nim estaba a punto de decir que la llamaría más tarde, o a la
mañana siguiente, pero cambió de opinión—. Está bien, hablaré.
Con un «disculpen» a los otros, apretó un botón encendido.
—Hola, Karen.
—Nimrod —dijo Karen sin preámbulos; la voz parecía forzada—, mi padre tiene
un problema muy grave. Llamo para saber si puedes ayudar.
—¿Qué problema? —Nim recordó que la noche que él y Karen fueron al
concierto, ella había dicho algo muy parecido, pero sin especificar nada.
—Conseguí que mamá me lo dijera. Papá no quería —Karen se calló; él
comprendió que hacía un esfuerzo por calmarse. Luego, continuó—: Sabes que mi
padre tiene un pequeño negocio de fontanería.
—Sí —Nim recordó que Luther Sloan había hablado de su negocio el día en que
se conocieron en el apartamento de Karen. Fue el día en que los padres confiaron
luego a Nim la carga de culpa que llevaban por su hija cuadripléjica.
—Bien —dijo Karen—, a papá lo ha interrogado varias veces gente de tu
compañía, Nimrod, y ahora también, detectives de la policía.
—¿Interrogado sobre qué?
Nuevamente, Karen vaciló antes de contestar.
—Según mamá, papá ha hecho mucho trabajo para una compañía que se llama
«Quayle». Trabajó en cañerías de gas, algo que ver con cañerías que van a los
contadores.
—Repíteme el nombre de la compañía —le dijo Nim.
—«Quayle». ¿Te dice algo?
—Sí, me dice algo —dijo Nim despacio, mientras pensaba; parecía casi con seguridad que Luther Sloan estaba metido en el robo de gas. Aunque Karen no lo
sabía, la frase «que van a los contadores» le delataba. Eso y la referencia a «Quayle»,
los ladrones de energía en gran escala puestos ya en evidencia y aún bajo
investigación en el departamento de Harry London. ¿Qué había informado
recientemente Harry? «Hay un puñado de casos nuevos, a la par de otros que surgen
de la investigación “Quayle”.» A Nim le pareció que Luther Sloan podía estar entre
los otros.
La inesperada noticia, con todo lo que implicaba, le deprimió. Suponiendo que su
conjetura fuera correcta, ¿por qué lo habría hecho el padre de Karen? Probablemente
por la razón de siempre, pensó Nim: Dinero. Luego, se le ocurrió que también podía
adivinar adonde había ido a parar el dinero.
—Karen —dijo—, si es lo que pienso, es serio para tu padre y no creo que pueda
hacer nada.
Tenía conciencia de la presencia de sus subordinados, que mientras él hablaba le
esperaban tratando de fingir que no escuchaban.
—De todos modos, esta noche no puedo hacer nada —dijo Nim por teléfono—.
Pero por la mañana veré qué puedo hacer y te llamaré.
Karen estaba apesadumbrada.
—¡Oh, lo siento, Nimrod! No debí haberte molestado.
—No —le aseguró él—. Puedes llamarme en cualquier momento. Y mañana veré
si puedo hacer algo.
Cuando volvió a la conversación sobre la crisis del petróleo, Nim trató de
concentrarse en lo que se decía, pero varias veces se distrajo. Se preguntaba si la vida
que había golpeado tanto a Karen estaría a punto de causarle un nuevo pesar.