El apagón

Arthur Hailey · Capítulo 6 de 68

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El apagón

Capítulo 5

 

La puerta de entrada estaba abierta y se oía un murmullo de voces. Nim llamó y

esperó. Como nadie contestó, entró.

En el vestíbulo las voces se hicieron más claras. Se dio cuenta que venían del

salón, a la derecha. Nim oyó a Ardythe. Parecía histérica y sollozaba. Distinguió

palabras sueltas: «¡… esos asesinos, oh Dios mío…! era bueno y dulce, no le haría

mal a nadie… decir esas cosas de él…» Oyó otras voces entremezcladas que trataban

de traer calma, pero no lo lograban.

Nim vaciló. La puerta del salón estaba entreabierta, aunque no alcanzaba a ver

adentro ni podían verle a él. Tuvo la tentación de salir de puntillas, para irse tan

inadvertidamente como había entrado. Pero, de pronto, la puerta se abrió del todo y

salió un hombre. Cerró la puerta rápidamente y se apoyó en ella, la cara barbuda,

sensitiva, pálida y tensa, los ojos cerrados fuertemente como para un alivio

momentáneo. La puerta cerrada eliminó casi todo el ruido de adentro.

—Wally —dijo Nim suavemente—. Wally.

El otro abrió los ojos, y necesitó unos segundos para serenarse.

—Ah, eres tú, Nim. Gracias por venir.

Nim conocía al joven Walter Talbot, hijo único, desde casi el mismo momento en

que había comenzado su amistad con el padre muerto. Wally también trabajaba para

la «CGS», como ingeniero de mantenimiento de líneas de transmisión. Estaba casado,

con hijos, y vivía al otro lado de la ciudad.

—No hay mucho que pueda decirte —le dijo Nim—. Excepto que lo siento.

—Lo sé —Wally Talbot asintió. Hizo un gesto de disculpa señalando la

habitación que acababa de dejar—. He tenido que salir un minuto. Un maldito idiota

puso la televisión y oímos el anuncio que han hecho esos degenerados de mierda.

Antes habíamos calmado un poco a mamá. Con eso empezó de nuevo. Probablemente

la hayas oído.

—Sí, la he oído. ¿Quiénes están dentro?

—Mary, naturalmente. Dejamos a los niños con alguien y nos vinimos. Y han

estado llegando muchos vecinos; la mayoría están aún ahí. Supongo que la intención

es buena, pero no ayuda. Si papá estuviera aquí hubiera… —Wally se calló, forzando

una débil sonrisa—. Es difícil hacerse a la idea de que ya no va a estar aquí.

—Yo también estaba pensando lo mismo —Nim comprendió que Wally no estaba

en condiciones de hacerse cargo de lo que ocurría en la casa.

—Oye —dijo Nim—, esto no puede seguir así. Entremos. Hablaré con tu madre y

haré lo que pueda. Tú y Mary comenzad a hacer salir a la gente.

—Okay, es lo sensato. Gracias, Nim —era obvio que Wally necesitaba que

alguien tomara la iniciativa.

Cuando Nim y Wally entraron en el salón, habría allí unas diez personas. La

habitación era luminosa y confortable, normalmente resultaba amplia, pero ahora parecía llena de gente. También hacía calor, a pesar del acondicionador de aire. Se

oían varias conversaciones al mismo tiempo y habían dejado encendida la televisión,

que contribuía al ruido general. Ardythe Talbot estaba en un sofá, rodeada por varias

mujeres, una de las cuales era Mary, la mujer de Wally. Nim no reconoció a las otras;

debían ser las vecinas que había mencionado Wally.

Aunque Ardythe había cumplido los sesenta (Nim y Ruth habían estado en la

fiesta con la que se había celebrado su último cumpleaños), seguía siendo una mujer

llamativamente atractiva, de buena figura y cara expresiva, apenas marcada por un

comienzo de arrugas. Su bien peinado pelo, corto y castaño rojizo, tenía algunas

hebras grises. Ardythe jugaba al tenis regularmente y por eso su salud era radiante.

Hoy su aplomo se había derrumbado. La cara cubierta de lágrimas parecía demacrada

y vieja.

Ardythe seguía hablando, la voz ahogada, las palabras inconexas. Pero cuando

vio a Nim se calló.

—¡Oh, Nim! —tendió los brazos y las otras hicieron lugar cuando él se acercó, se

sentó en el sofá y la abrazó—. ¡Oh, Nim! —repitió ella—. ¿Ya sabes la cosa horrible

que le ha pasado a Walter?

—Sí, querida —dijo él suavemente—. Lo sé.

Nim vio que en el otro extremo de la habitación Wally apagaba la televisión,

llevaba a su mujer a un lado y le hablaba en voz baja. Mary asintió con la cabeza.

Inmediatamente ambos se acercaron a los otros, dándoles las gracias y

acompañándolos a la puerta uno por uno. Nim siguió abrazado a Ardythe sin hablar,

tratando de calmarla y consolarla. Pronto la sala quedó tranquila.

Nim oyó que la puerta se cerraba tras la partida del último vecino. Wally y Mary,

que habían ido al vestíbulo, volvieron. Wally se pasó una mano por el pelo y la barba.

—Me vendría muy bien un whisky muy cargado —anunció—. ¿Alguien más?

Ardythe aceptó. Nim también.

—Yo los traigo —dijo Mary.

Se ocupó de los vasos y de servirles, luego, de los ceniceros, ordenando la

habitación, eliminando los rastros de su reciente ocupación. Mary era delgada,

graciosa y eficiente. Antes de casarse con Wally trabajaba en el departamento de

creaciones de una agencia de publicidad, y ahora lo hacía por su cuenta a la vez que

se ocupaba de la familia.

Ardythe estaba sentada, ya sin ayuda, bebiendo su whisky, dando alguna señal de

que iba recuperando su aplomo. Repentinamente dijo:

—Supongo que estoy hecha un desastre.

—No más que cualquiera en un caso así —le aseguró Nim.

Pero Ardythe se miró en el espejo.

—¡Dios mío! —les dijo a los otros—. Tomad vuestras bebidas. Vuelvo en

seguida. —Dejó la sala con su whisky, y la oyeron subir las escaleras. Nim pensó con

cierta ironía: «Pocos hombres pueden ser tan adaptables a las circunstancias como lo son las mujeres.»

De todos modos, decidió que primero le comunicaría a Wally la advertencia de

Eric Humphrey acerca de que la familia no viera los restos de Walter. Con un

estremecimiento recordó las palabras del presidente: «… no queda virtualmente

piel… las caras son irreconocibles». Mary había ido a la cocina. Mientras los dos

hombres estaban solos, Nim explicó la situación, tan suavemente como pudo y

omitiendo detalles.

La reacción fue inmediata. Wally tomó de un trago lo que quedaba de su whisky.

Con lágrimas en los ojos, protestó:

—¡Dios mío!, ya es horrible oírlo. No podría decírselo a mamá. Tendrás que

decírselo tú.

Nim se quedó callado, temiendo lo que se acercaba.

Ardythe volvió quince minutos después. Se había maquillado, arreglado el pelo y

cambiado el vestido que llevaba por un falda y una blusa elegantes. Si bien sus ojos y

su actitud revelaban dolor, superficialmente se acercaba a su atractiva personalidad

normal.

También Mary había vuelto a la sala de estar. Esta vez fue Wally quien llenó los

vasos, y los cuatro se quedaron sentados, incómodos al principio, sin saber qué decir.

Ardythe quebró el silencio y dijo con firmeza:

—Quiero ver a Walter —luego, volviéndose hacia Wally—: ¿Sabes adónde han

llevado a tu padre, qué… arreglos han hecho?

—Bueno… hay un… —Wally se calló, se levantó, besó a su madre y luego, de

pie donde no necesitaba mirarla a los ojos, continuó—: Hay un problema, mamá.

Nim te va a hablar de eso. ¿Verdad, Nim?

Nim deseó estar a mil kilómetros, en cualquier parte.

—Mamá querida —dijo Wally, siempre de pie—, Mary y yo tenemos que ir a

casa un momento a ver a los niños. Luego volvemos. Y uno de los dos se quedará

contigo esta noche.

Como si no le hubiera oído, Ardythe salmodió:

—¿Qué problemas…? ¿Por qué no puedo ver a Walter…? Que alguien me lo

diga.

Wally salió silenciosamente, con Mary detrás. Ardythe no pareció darse cuenta de

que se habían ido.

—Por favor… ¿Por qué no puedo…?

Nim le cogió las manos y las sostuvo entre las suyas.

—Ardythe, escúchame. Walter murió repentinamente. Todo terminó en menos de

un segundo. No alcanzó a darse cuenta de lo que ocurría y no pudo sentir ningún

dolor —Nim deseó que fuera cierto. Continuó—: Pero dado lo que ocurrió quedó

desfigurado.

Ardythe gimió.

—Walter era mi amigo —insistió Nim—. Sé lo que pensaba. No hubiera querido que lo vieras tal como está ahora. Hubiera querido que le recordaras… —se calló,

ahogado por su propia emoción, dudando que Ardythe hubiera oído o que

comprendiera. Una vez más quedaron sentados en silencio.

Había pasado más de una hora desde la llegada de Nim.

—Nim —dijo Ardythe por fin—. ¿Has cenado?

—No he tenido tiempo —dijo, moviendo la cabeza—. No tengo hambre —le

costaba adaptarse a los repentinos cambios de actitud de Ardythe.

—Voy a prepararte algo —dijo ella levantándose.

Él la siguió a la cocina compacta y ordenada que Walter Talbot había diseñado.

Típicamente, Walter había hecho primero un estudio de tiempos y movimientos de las

funciones a cumplir, luego había ubicado todo para lograr la mayor comodidad y

reducir la movilidad al mínimo. Nim se sentó en una mesa aislada y observó a

Ardythe, dejándola hacer, pensando que era mejor que tuviera algo en que ocuparse.

Calentó sopa, que sirvió en cuencos de barro; tomó la suya mientras preparaba

una tortilla de cebollas y setas. Cuando repartió la tortilla entre los dos, Nim

descubrió que después de todo tenía hambre, y comió con gusto. Ardythe hizo un

esfuerzo inicial y luego dejó casi toda su porción. Terminaron la comida con un café

fuerte, que tomaron en la sala de estar.

Tranquila y razonable, Ardythe dijo:

—Quizás insista en ver a Walter.

—Si lo haces, nadie puede negártelo —le dijo Nim—. Pero espero que no lo

hagas.

—¿Crees que lograrán detener a la gente que puso la bomba que mató a Walter y

a los otros?

—En algún momento. Pero nunca es fácil cuando se trata de fanáticos. Como no

son racionales, es más difícil agarrarlos. Pero si intentan algo similar, lo que

probablemente harán, lo más probable es que los detengan y les hagan pagar su

delito.

—Supongo que debería importarme que los castigaran. Pero no me importa. ¿Está

mal?

—No —dijo Nim—. Por otra parte, hay gente que se ocupará de eso.

—Pase lo que pase, nada cambiará. Walter no volverá… ni los otros. —Ardythe

reflexionó—. ¿Sabías que hemos estado casados treinta y seis años? Debería estar

agradecida por eso. Es más de lo que mucha gente tiene, y la mayor parte del tiempo

fue bonito… Treinta y seis años… —empezó a llorar suavemente—. Abrázame, Nim.

Él le pasó los brazos alrededor de los hombros y le apoyó la cabeza sobre el suyo.

Sentía que lloraba, aunque ya no con histeria. Eran lágrimas de despedida y

resignación, de recuerdo y amor; lágrimas suaves y purificadoras a la par que el

espíritu comenzaba su proceso de curación, algo tan viejo, tan inexplicable y

maravilloso como la vida misma.

Abrazado a Ardythe, Nim sintió un perfume fragante, agradable. No lo había notado cuando estaban juntos y se preguntó cuándo se lo habría puesto.

Probablemente cuando subió. Interrumpió ese curso de sus pensamientos.

Nim comprendió que se hacía tarde. Afuera estaba totalmente oscuro; las únicas

luces exteriores eran las de los vehículos que pasaban ocasionalmente. Pero la calle

era retirada y tranquila, de escaso tránsito. Adentro, la casa se había aquietado, como

lo hacen las casas por la noche, y estaba en silencio.

Ardythe se movió en los brazos de Nim. Había dejado de llorar y se le acercó aún

más. Él aspiró de nuevo el embriagador perfume. Entonces, para su consternación,

descubrió que se sentía excitado y veía a Ardythe cada vez más como mujer. Trató de

apartar ese pensamiento con otros, de controlar y negar lo que estaba ocurriendo, pero

sin éxito.

—Bésame, Nim —ella se había acercado de modo que las caras estaban pegadas.

Los labios se tocaron, suavemente al principio, luego muy fuerte; la boca de Ardythe

era seductora, cálida, exigente. Cuando sintió que la excitación sexual les invadía a

ambos, se preguntó: «¿Es posible que nos esté ocurriendo esto?»

—Nim —dijo ella suavemente—, apaga las luces.

Él obedeció mientras algo le instaba: «¡No lo hagas! ¡Vete! ¡Vete ya!» Pero aun

despreciándose, sabía que no se iría, y que la voz interior era tan solo una protesta

simbólica.

En el sofá había mucho sitio. Mientras él apagaba las luces, Ardythe se había

quitado parte de la ropa; él le ayudó con el resto y luego se desvistió rápidamente.

Cuando se buscaron y abrazaron, la sintió ansiosa, excitada y experimentada. Sus

dedos lo recorrían con ligereza, hábiles, tratando de causarle placer, y lo lograron. Él

respondió de la misma manera. Pronto Ardythe gimió y gritó con fuerza:

—¡Dios mío, Nim! No esperes más, por favor… ¡por favor!

Él tuvo un último, vago remordimiento, y la repentina y desagradable noción de

que Wally, hijo, y Mary, podían volver, como habían dicho que lo harían, y entrar.

Luego, eso y todo lo demás se desvaneció al invadirle el placer y la pasión.

 

—Estás preocupado, ¿verdad?

—Sí —confesó Nim—. Preocupado como el demonio.

Era una hora más tarde. Se habían vestido y las luces estaban encendidas. Hacía

unos minutos había llamado Wally, avisando que él y Mary ya volvían y que los dos

pasarían la noche allí.

—No te preocupes —Ardythe le tocó el brazo levemente y le dirigió una sonrisa

suave y tímida—. Me has ayudado más de lo que imaginas.

El instinto de Nim le dijo que ella omitía algo: que la actuación que acababan de

compartir era una experiencia rara para dos personas y que, muy probablemente, esa

experiencia se repetiría. De ser así existía ahora una preocupación doble: no solo se

había comportado vergonzosamente el día de la muerte de su gran amigo, sino que en su vida se presentaba una complicación adicional, algo que no necesitaba.

—Me gustaría explicarte algo —dijo Ardythe—. Quise mucho a Walter. Era un

hombre dulce, bondadoso, tierno. Nos divertíamos juntos; siempre fue interesante

estar con él. La vida sin él… bueno, todavía no puedo empezar a pensar en eso. Pero

el sexo no existía para nosotros desde hacía tiempo, unos seis o siete años.

Sencillamente, Walter ya no podía. Ocurre a menudo con los hombres, ¿sabes?,

mucho más que con las mujeres.

—No quiero saber… —protestó Nim.

—Lo quieras o no, vas a saberlo. Porque no quiero que te vayas de aquí

sintiéndote confuso y desgraciado. Te diré otra cosa, Nim. Hace un rato no me

sedujiste, yo te seduje a ti. Y sabía lo que iba a ocurrir, lo que quería que ocurriera,

mucho antes que tú.

Él pensó: el perfume. Había obrado en él como un afrodisíaco. ¿Es posible que

ésa hubiera sido la intención de Ardythe?

—Cuando una mujer se ve privada de sexo en el hogar —continuó Ardythe, firme

—, o se conforma, o lo busca en otra parte. Bien, yo me conformé con lo que tenía,

un hombre bueno al que seguía amando, y no fui a otra parte. Pero eso no calmó mi

deseo.

—Ardythe —dijo Nim—, por favor…

—No, ya casi he terminado. Hoy… esta noche… cuando comprendí que lo había

perdido todo, necesité el sexo más que nunca. De pronto ésos siete años de privación

me asaltaron. Y tú estabas aquí, Nim. Siempre me has gustado, quizás algo más que

«gustado», y estabas aquí cuando más te necesitaba —sonrió—. Si has venido a

consolarme, lo has conseguido. Eso es todo. No lo compliques, ni sientas culpa donde

no la debe haber.

—Si lo dices, no la sentiré —suspiró. Parecía una manera fácil de tranquilizar la

conciencia. Quizá demasiado fácil.

—Lo digo. Ahora dame otro beso y vete a casa con Ruth.

Hizo lo que ella le decía y se sintió aliviado al irse antes de que llegaran Wally y

Mary.

En el coche, volviendo a casa, Nim reflexionó sobre las complejidades de su vida

personal. En comparación, los intrincados asuntos de la «CGS» parecían simples y

preferibles. En su lista inmediata de problemas estaba Ruth, su matrimonio que daba

vueltas en círculo, y ahora Ardythe. Luego estaban otras mujeres con las que había

tenido amores de vez en cuando, incluso un par recientes que se estaba alternando.

Esos problemas parecían presentársele a Nim sin que él los buscara. ¿O se engañaba a

ese respecto? ¿No sería que en realidad buscaba enredos, y después pensaba que

simplemente se habían presentado? Fuera como fuese, desde que se acordaba nunca

le habían faltado oportunidades para las relaciones sexuales.

A partir de su matrimonio con Ruth, quince años atrás, se mantuvo decididamente

como hombre de una sola mujer durante cuatro años. Entonces tuvo una oportunidad sexual extramatrimonial, y no se opuso a ello. Luego hubo aún más oportunidades,

algunas las comunes de una noche, otras que duraron cierto tiempo, con entusiasmo,

y luego se apagaron como estrellas fugaces que disminuyen su intensidad antes de

extinguirse. Al principio, Nim supuso que podría mantener sus devaneos sexuales

secretos para Ruth, pues le ayudaba la naturaleza de su cargo, con sus pesadas

exigencias de tiempo, además de los horarios irregulares. Quizá fue así durante un

tiempo. Luego, el sentido común le dijo que Ruth no solo era sensitiva, sino

perspicaz, que tenía que darse cuenta de lo que ocurría. Lo extraordinario fue que

nunca protestó, sencillamente pareció aceptarlo. Ilógicamente, la reacción de Ruth, o

más bien su ausencia de reacción, le irritaba. Debió haberle importado, debió

protestar, quizás hasta verter lágrimas de furia. Es cierto que nada de eso hubiera

cambiado en nada las cosas, pero Nim se había preguntado: ¿Acaso sus infidelidades

no merecían por lo menos eso?

Otra cosa en la que Nim pensaba de vez en cuando era que su afición a las faldas

parecía haberse difundido, a pesar de lo discreto que había intentado ser. Tenía varios

ejemplos de filtraciones, y el último había tenido lugar esa tarde. ¿Qué había dicho

Teresa van Buren? «Necesita aprender unas cuantas cosas sobre las mujeres, Nim,

aparte de la gimnasia de la cama que, según rumores, practica bastante.» Era obvio

que Teresa se apoyaba en algo más que rumores para decirlo, pues de lo contrario no

hubiera sido tan directa. Y si lo sabía Teresa, también lo sabrían otros en la «CGS».

¿Estaría poniendo en peligro su carrera? De ser así, ¿valía la pena? Además, ¿por

qué lo hacía? ¿Y era inevitable, o se trataba solo de un juego?

—Maldito si lo sé —dijo Nim en voz alta, en el pequeño coche cerrado, y la

afirmación pareció aplicable a lo que acababa de pensar y a muchas otras cosas más.

Su casa, cerca de las afueras de la ciudad, estaba en silencio cuando llegó. Solo

una luz de noche en el corredor de abajo. Debido a la insistencia de Nim, la familia

Goldman era de las que ahorraban energía.

Arriba, entró de puntillas en los dormitorios de Leah y Benjy. Ambos chicos

dormían profundamente.

Ruth se movió cuando él entró en el dormitorio y preguntó adormilada:

—¿Qué hora es?

—Un poco pasada la medianoche —le contestó suavemente.

—¿Cómo está Ardythe?

—Te lo cuento por la mañana.

La respuesta pareció satisfactoria, y Ruth volvió a dormirse.

Nim se dio una ducha rápida, recordando que debía hacer desaparecer todo rastro

del perfume de Ardythe, y se metió en la cama. Al cabo de un rato, exhausto por las

tensiones del día, también él dormía.