El apagón
Capítulo 2
Mientras la comisión del «Club Sequoia» seguía deliberando en su ausencia, Davey
Birdsong dejó la sede del club silbando un aire alegre. No le cabía la menor duda
acerca del resultado. Sabía que tendría a la Quinn en contra; estaba igualmente seguro
de que los otros tres, por razones personales, estarían de su lado. Tenía los cincuenta
mil en el bolsillo.
Sacó su coche —un «Chevrolet» desvencijado— de un aparcamiento cercano, y
cruzó el centro de la ciudad dirigiéndose luego unos cuantos kilómetros al sudeste. Se
detuvo en una calle cualquiera, donde jamás había estado, pero que era un lugar
apropiado para dejar el coche unas cuantas horas sin llamar la atención. Birdsong
cerró el automóvil, memorizó el nombre de la calle, caminó varias manzanas hasta
llegar a una más concurrida por la que (lo había observado al pasar) pasaban varias
líneas de autobuses. Cogió el primero que pasó hacia el oeste.
Viniendo del coche se había puesto un sombrero, que normalmente no usaba, y
también gafas con montura de carey, que no necesitaba. Los dos añadidos cambiaron
su aspecto sorprendentemente, de modo que quien estuviera acostumbrado a verle en
la televisión o en otra parte no podría reconocerle.
Después de viajar diez minutos en el autobús, Birdsong bajó y llamó un taxi que
pasaba; dijo al taxista que le llevara hacia el norte. Miró varias veces por el cristal
trasero para observar el tráfico. Las observaciones parecieron satisfacerle; ordenó al
conductor que se detuviera y le pagó. Pocos minutos después subía a otro autobús,
esta vez hacia el este. A estas alturas, su desplazamiento, desde que aparcara el coche,
había tomado la forma aproximada de un cuadrado.
Cuando dejó el segundo autobús, Birdsong observó a los pasajeros que bajaban y
luego comenzó a caminar a paso vivo, doblando varias esquinas y mirando hacia
atrás en cada ocasión. Después de unos cinco minutos de caminata se detuvo delante
de varias casitas iguales y subió una media docena de escalones hasta una puerta.
Pulsó el timbre y se detuvo donde pudieran verle desde dentro a través de la mirilla.
Casi en seguida, la puerta se abrió y él entró.
En el pequeño y oscuro vestíbulo del escondite de los «Amigos de la Libertad»,
Georgos Archambault preguntó:
—¿Ha tomado precauciones para venir?
—Claro que he tenido cuidado —gruñó Birdsong—. Siempre lo hago —y dijo,
acusador—: Ha estropeado el trabajo de la subplanta.
—Hubo razones —dijo Georgos—. Bajemos —le guio por una escalera de
cemento hasta el taller del sótano, con el amontonamiento usual de explosivos y
demás accesorios.
En un diván improvisado, contra la pared, estaba tendida una muchacha. Parecía
tener algo más de veinte años. Su cara pequeña y redonda, que en otras circunstancias
podría haber sido bonita, era del mismo color de la cera. El pelo rubio y largo, que necesitaba peine, se desparramaba sobre una almohada mugrienta. Tenía la mano
derecha vendada y la venda estaba manchada de marrón allí donde la sangre se había
filtrado y secado.
—¿Por qué está aquí? —explotó Birdsong.
—Es lo que le iba a explicar —dijo Georgos—. Me estaba ayudando en la
subplanta y estalló una cápsula de detonante. Le arrancó dos dedos y sangraba como
un cerdo. No había luz; no estaba seguro de que no nos hubieran oído. Terminé el
trabajo a toda prisa.
—Y el lugar donde puso la bomba fue una estupidez y además inútil —dijo
Birdsong—. Un petardo hubiera hecho lo mismo.
Georgos se mostró avergonzado. Antes de que pudiera contestar, la chica dijo:
—Tendría que ir a un hospital.
—No puede ir y no irá —Birdsong no dio ninguna muestra de la amabilidad que
le caracterizaba. Le dijo a Georgos, enfadado—: Ya conoce nuestro pacto. ¡Sáquela
de aquí!
Georgos hizo un gesto con la cabeza y la chica, abatida, se levantó del diván y se
fue hacia arriba. Georgos sabía que había cometido otro error al permitir que se
quedara. El pacto que Birdsong había mencionado, una precaución sensata, era que
debían estar solos cuando él y Georgos se encontraran. La conexión entre ellos no era
conocida por los otros miembros del grupo clandestino, Wayde, Ute y Félix, que, o
dejaban la casa, o se mantenían fuera de la vista cuando se esperaba una visita del
contacto externo de los «Amigos de la Libertad»: Birdsong. El verdadero problema,
se daba cuenta Georgos, era que sentía ternura por aquella mujer, Yvette, y eso no era
bueno. Fue lo que ocurrió cuando estalló la cápsula detonante; en ese momento
Georgos se preocupó más por las heridas de Yvette que por el trabajo que tenía entre
manos; fue éste el verdadero motivo por el que se había dado prisa, haciendo una
verdadera chapuza: quería llevarla a lugar seguro. Cuando la chica se fue, Birdsong
dijo en voz baja:
—Asegúrese bien; ni hospital ni médico. Le harían preguntas y sabe demasiado.
Si es necesario se deshace de ella. Hay maneras fáciles.
—Todo irá bien. Además es útil —Georgos se encontraba incómodo bajo la
mirada de Birdsong, y cambió de tema—. Lo del depósito de camiones salió bien
anoche. ¿Ha visto las noticias?
El corpulento sujeto asintió a regañadientes:
—Todo debería salir así. No tenemos tiempo ni dinero para desperdiciar.
Georgos aceptó el reproche en silencio, aunque no tenía por qué hacerlo. Era el
líder de «Amigos de la Libertad». El papel de Davey Birdsong era secundario, como
contacto con el exterior, sobre todo con los defensores de la revolución, «marxistas
de salón» que favorecían la anarquía activa pero no querían compartir sus riesgos. Sin
embargo, por naturaleza, a Birdsong le gustaba dominar, y a veces Georgos le dejaba
que se saliera con la suya porque le convenía, especialmente por el dinero que traía.
El dinero era ahora la razón para eludir una discusión: Georgos necesitaba más
desde que sus fuentes anteriores se secaron abruptamente. La perra de su madre, la
actriz de cine griega que le había pasado una renta segura durante veinte años, al
parecer también pasaba una mala racha; ya no le daban papeles en películas porque ni
siquiera el maquillaje podía disimular sus cincuenta años, ni que su aspecto de joven
diosa había desaparecido para siempre. Esto alegraba a Georgos y esperaba que a ella
las cosas le fueran progresivamente peor. Si estuviera muriéndose de hambre, se dijo,
no le daría ni una galleta podrida. De todos modos, la comunicación de los abogados
de Atenas —sin dar nombres, como siempre— de que no se harían más depósitos en
su cuenta del banco de Chicago, había caído en un mal momento.
La necesidad del dinero de Georgos estaba motivada por los gastos actuales y los
planes futuros. Un proyecto era construir una pequeña bomba nuclear y hacerla
estallar en la sede de la «Golden State», o muy cerca. Con esa bomba, pensaba
Georgos, destruiría el edificio, y a los explotadores y esbirros que estaban dentro de
él, además de muchas otras cosas en los alrededores. Una buena lección para los
capitalistas opresores del pueblo. Al mismo tiempo, los «Amigos de la Libertad» se
convertirían en una fuerza mucho más formidable que ahora, y deberían ser tratados
con temor y respeto.
El plan de hacer una bomba atómica era ambicioso y quizá poco realista, aunque
no del todo. Un estudiante de Princeton de veintiún años, llamado John Phillips,
había demostrado ya en un trabajo muy difundido, que los detalles de «cómo
hacerlo» podían conseguirse en obras de consulta en las bibliotecas, siempre que
alguien tuviera la paciencia de reunirlos. Georgos Winslow Archambault, inmerso en
la física y la química, había obtenido toda la información posible sobre la
investigación de Phillips y había preparado su archivo propio, utilizando también
información de bibliotecas. Un elemento en su archivo que no era de biblioteca era un
manual de diez páginas publicado por la Oficina de Servicios de Emergencia de
California para los departamentos de policía. Describía lo que debía hacerse en caso
de amenaza de bomba atómica, y eso también le había proporcionado informaciones
útiles. Georgos creía estar ahora cerca de poder elaborar un plan concreto y detallado.
Sin embargo, la construcción de la bomba requeriría material fisionable, que tendría
que robar, y para eso necesitaría dinero, mucho; además de organización y suerte.
Pero no era imposible; cosas más raras se han logrado.
—Ya que menciona tiempo y dinero —le dijo a Birdsong—, necesitamos algunos
billetes.
—Los tendrá —Birdsong se permitió una amplia sonrisa, la primera desde que
entrara—. Y muchos. He encontrado otra fuente de dinero.