Trasplante

Frank G. Slaughter · Capítulo 9 de 63

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Trasplante

Capítulo VIII

–Sin embargo, y con renuencia, tendré que sentenciarle a diez días en la cárcel o una multa de cien dólares, señor Walters -indicó el juez Peebles-.

Después de todo, reconoció usted que había molestado a la señorita Manning.

–Gracias, señoría. – Henry hizo el ademán de buscar su cartera y, de pronto, recordó que alguien se la había robado mientras estaba rodando por el suelo del vagón del metro.

–¿Ocurre algo malo?

–Me temo que me robaron la cartera, con todas mis tarjetas de crédito.

Ni siquiera tengo mi talonario aquí.

–En ese caso… -empezó a decir el juez, pero Selena interrumpió antes de que pudiera terminar:

–Yo puedo pagar la multa, señoría, si me da usted tiempo para regresar a mi oficina a buscar el dinero.

–Está bien, señorita McGuire -declaró el juez, galantemente-.

Dejaremos que el señor Walters se quede aquí sentado en la sala hasta que usted regrese con el importe de la multa.

VIII

–Supongo que no se te puede culpar realmente por lo que ocurrió -

concedió Selena cuando Henry acabó el relato de su doloroso contratiempo.

Ambos se encontraban en el apartamento de Henry y éste estaba acostado en la cama, un vaso de whisky vacío en la mano, cuyo contenido acababa de trasegar.

–Un momento -añadió Selena-. Te traeré otro trago. Después de lo que te ocurrió esta mañana y esta tarde, ciertamente te lo mereces.

Cuando regresó y le entregó el vaso a Henry, le preguntó:

–¿No me equivoco, verdad? ¿Le dijiste al juez Peebles que estás escribiendo una novela acerca de la vida de Bart Bartlemy?

–Sí.

–¿Y cómo llegaste a eso?

Henry le dio un breve resumen de la visita de Gregory Annunzio mientras se hallaba en el hospital y lo que había transcurrido.

–¿Tienes una copia del contrato? – preguntó Selena cuando Henry terminó.

–Está en el cajón de arriba de mi escritorio. Lo estaba guardando para enseñárselo a Harry Westmore.

–Me parece que sería lo más razonable.

Selena se dirigió a la sala donde Henry solía trabajar frente a una ventana que daba al parque, y regresó con una hoja de papel en la mano y frunciendo el ceño.

–Esto es increíble, Henry -exclamó. Annunzio quería la mitad de los derechos, pero insistí en un setenta y cinco por ciento para mí, y gané -

manifestó orgullosamente Henry.

–¿Tienes alguna idea de quién es realmente Gregory Annunzio?

–Es el abogado de un grupo que da apoyo financiero a las artes, según me dijo. Supongo que se le podría llamar un tipo de agencia o algo así.

–Lo de agencia, al menos, es correcto. Annunzio es uno de los hombres que blanquean legalmente el dinero del gran John Fortuna y de su grupo.

–¿Blanquea?

–El grupo invierte dinero en muchos negocios legítimos para blanquear el dinero que sacan de sus chanchullos y de las mesas de juego de Las Vegas. El despacho de abogados de Annunzio se encarga de colocar mucho dinero para uno de los mayores grupos de mafiosos del país.

–¿Cómo es que sabes tanto al respecto?

–Ese mismo grupo quería apoderarse de Bennett Press el año pasado; hubiera sido ideal para ellos, con las ventas al extranjero y todo eso. Por supuesto, Annunzio se encargó de las negociaciones. Incluso trató de cortejarme, invitándome a salir, pero yo no quise tener nada que ver con él.

–Esperemos que no -dijo Henry con fervor-. Pero dijiste que los tratos que negocia son legítimos, ¿verdad?

–Sí, si no le importa a uno manejar ese tipo de dinero.

–El único dinero que he recibido consistió en el pago de mis cuentas hospitalarias; el resto tendré que ganármelo con el libro que voy a escribir.

Por cierto, Bennett Press también va a ganar mucho dinero al publicar Supersemental.

Selena lo miró con asombro.

–¿Así lo vas a titular?

–¿Cómo, si no? Fue el apodo de Bart en Hollywood. Si hubieses visto la página central de Fun Girl…

–No insultes mis gustos literarios…

–No hablo de literatura, hablo de fotografías. ¿Viste o no la página central?

–Bueno: sí; le eché un vistazo. – Selena se sonrojó, con lo que su tez irlandesa del color de los melocotones se puso más hermosa-. Pero sólo porque se armó tanto escándalo al respecto. Por cierto, aunque hayas firmado un contrato para escribir un libro sobre Bart Bartlemy, Bennett Press todavía no ha firmado un contrato para publicarlo.

–¿Y qué sucede con las opciones en mi contrato?

–Las opciones son para impedir que los autores abandonen las editoriales. Una editorial puede dejar a un autor en el momento en que quiera hacerlo.

–¿Qué piensas acerca de las posibilidades de

Supersemental?

Selena hizo una mueca.

–Si se escribe sin cortapisas, es un éxito seguro, por supuesto. Pero

¿eres tú la persona adecuada para escribirlo?

–Annunzio cree que sí y sus clientes están de acuerdo. ¿Puedes darme una buena razón por la cual no pueda hacerlo?

–Tiene que ser un libro tremendamente lujurioso, Henry. No quiero herir tus sentimientos, pero, con franqueza, no estoy nada segura que seas lo suficientemente lujurioso para poder escribirlo.

–Deberías saber algo al respecto, después de los fines de semana que pasamos en mi chalet de las Catskills.

–Estoy hablando de otra cosa, Henry; hablo de algo como ternura y galantería… y amor. No creo que esas emociones caracterizaran muchas de las relaciones de Bartlemy, pero a ti te son naturales. Además, tendrías que investigar mucho.

Tengo un archivo completo de recortes y de más informaciones acerca de Bart. Annunzio me envió varios centenares de documentos adicionales, así que lo único que necesito para empezar a escribir está aquí en este apartamento. El único problema es que…

–¿Qué?

–Que se me está haciendo difícil empezar.

–Eso es justamente lo que te estaba diciendo. Podrías escribir de manera convincente sobre Bart Bartlemy, pero la diferencia entre una novela chapuceada más acerca de un mujeriego de Hollywood y un verdadero

estudio de una personalidad compleja no va a ser suficiente para que tenga un éxito rotundo. Necesitas sentir lo que escribes, y eres demasiado caballero para poder imitar a tu hermano en ese aspecto.

Selena estaba poniendo a prueba la paciencia de Henry.

–Lo que intentas decir es que, con el fin de adquirir la capacidad emocional necesaria para pensar como Bart y escribirla, tengo que acostarme con algunas fulanas. O quizá incluso pasarme por tu oficina con fotografías obscenas para probar que me he convertido en un libertino.

–¡Un libertino! – exclamó Selena-. Eso podría ser.

–¿De qué demonios estás hablando?

–Tú eres el hombre menos lascivo que conozco, Henry. Pero para que ese libro sea un éxito rotundo en cuanto a ventas, necesitas escribir al menos como si parecieras ser el tipo de persona que era tu hermano mellizo.

–Eso es absurdo -declaró Henry con firmeza-. Aún tengo la imaginación de un escritor y a Annunzio no le importa que me tome ciertas libertades con algunos hechos.

–Quizá puedas recrear a Bartlemy en tu imaginación -dijo Selena pensativa-. Ciertamente tuviste éxito en las escenas de amor entre Ginebra y Lanzarote.

–Entonces ¿qué te preocupa?

–Hay algo en todo este asunto que me huele mal -precisó Selena-.

¿Estás absolutamente seguro que esa rubia te siguió en el metro?

–Te dije eso hace una hora.

–Entonces el que estuviera a tu lado en el vagón podría ser más que una simple coincidencia.

–Ahora estás diciendo algo absurdo.

–Puede que no. Dos veces durante la audiencia, cuando el juez Peebles le preguntó si aún quería mantener los cargos contra ti, Gloria Manning, o cualquiera que sea su nombre verdadero, miró a alguien en la parte trasera de la sala, buscando consejo. Y, por lo visto, cada vez la persona que estaba allá atrás, quienquiera que fuera, le hizo una señal para que prosiguiera.

Henry clavó una mirada asombrada en Selena.

–¿Estás tratando de decirme que amañaron las pruebas para que saliera a relucir todo el asunto del trasplante en la sala del tribunal, donde recibiría un máximo de publicidad?

–Eso va de acuerdo con lo que ocurrió. ¿Puedes pensar en una serie de circunstancias en las que el anuncio podría obtener mejor publicidad?

–No. Pero, ¿por qué?

–Acabo de decirte que no creo que seas la clase de escritor que puede presentar el tipo de cosas que, en principio, debe contener esta novela, si ha de convertirse en el tremendo éxito, el bestseller que Annunzio y su grupo evidentemente desean.

–Entonces, ¿qué debo hacer ahora?

–Tan pronto como tengas ganas de hacerlo, escribe algo como un guión cinematográfico de la historia…, ya sabes, una larga sinopsis. Envíamela y yo se la presentaré a la sección de libros de ficción de Bennett Press y veremos qué les parece.

–Hay otra cosa -señaló Henry-. Desde que salí del hospital me siento mucho más como Bart Bartlemy que como Henry Walters.

Selena lo miró sorprendida.

–¿Qué quieres decir con eso?

–Bueno: es posible que con el trasplante me hayan traspasado algunos de los instintos lujuriosos de Bart Bartlemy… Estoy utilizando tus propias palabras, recuerda…

–¡Dios no lo quiera!

–No hagas ascos antes de haberlo probado -dijo. Henry-. Todavía podríamos ir un fin de semana a las Catskills, como me lo prometiste cuando estabas en Aspen.

–Tendré que pensármelo para decidir si acepto la oferta -manifestó Selena-. ¿Estás seguro de que no ocurrió nada más mientras estuve fuera?

–Nada que no te haya dicho -mintió Henry resueltamente-. Si no me doliera todo el cuerpo por los puntapiés y los golpes de esas mujeres, en este momento estaría fuera de la cama persiguiéndote a través del apartamento.

–Ya me has convencido en cuanto a lo que crees -concedió Selena-.

Bien pensado, si realmente estás seguro de que una parte del sex appeal de Bart Bartlemy te fue transferido, aunque eso no pudo haber ocurrido en realidad, quizá tengas también la imaginación necesaria para escribir Su persemental.

–Ahora estás hablando en oro -le dijo Henry con fervor.

–¿Tienes algún plan para el relato?

–Tengo uno perfecto; lo encontré en uno de los boletines publicitarios de Bart. Verás: la primera chica con la cual hizo el amor se llamaba Leonora. Según este artículo, Bart y Leonora tuvieron un breve romance y luego ella huyó y se casó. Desde entonces, Bart ha ido de aventura en aventura, buscando siempre lo que encontró por tan breve tiempo en Leonora, pero sin encontrarlo.

–Lo que estás haciendo es estructurar la novela como una serie de ciclos de seducciones.

–¿No se trata de eso en la mayor parte de las novelas?

–Claro que sí.

–Entonces ¿estás de acuerdo?

–Hasta ahora, sí. Pero ¿qué pasa con el final? ¿Encuentra Bart a Leonora?, y, si es así, ¿cómo vas a manejar lo del accidente?

–Quizá Bart encuentra a su Leonora y precipitadamente va a reunirse con ella cuando ocurre el accidente -dijo Henry-. Es un final de esos donde se ve desaparecer al héroe hacia el ocaso, que hará que todas las lectoras aburridas con sus esposos dejen caer lágrimas en su cerveza.

Selena se puso en pie con un movimiento afectadamente casual que la llevó bastante lejos de la cama.

–¿Qué pasa? – preguntó Henry con malicia-. ¿Ya te está poniendo caliente la parte de la mística sexual de Bartlemy que me ha sido transferida?

–Por supuesto que no -profirió Selena, pero el repentino sonrojo de sus mejillas desmintió su afirmación-. ¿Cuándo vas a empezar a escribir?

–Hace ya una semana que estoy tratando en vano de hacer que arranque la historia. Supongo que estoy como bloqueado, y lo que ocurrió esta tarde lo va a empeorar.

–Creo que puedo encargarme de eso.

Selena cogió el auricular del teléfono que estaba sobre el escritorio de Henry.

–¿Qué haces?

–Estoy pidiendo hora para ti… con un psiquiatra que conozco.

–¿Para qué necesito un loquero?

–Es evidente que el bloqueo que dices tener desde hace una semana se debe a que Henry Walters, el altamente respetado autor de cinco buenas

novelas, manifiesta su rechazo a escribir la clase de porquería que tendrá que ser Su persemental, si ha de constituir un éxito clamoroso.

–¡Llama al loquero!

–El doctor Schwartz me ayudó mucho en una ocasión -explicó Selena, mientras marcaba el número.

–¡Tú! Eres la última persona de la que pensaría que puede perder un tornillo.

–No había perdido nada…, salvo algo de la confianza en mí misma. El doctor Schwartz me puso en contacto con unas personas que me ayudaron a volver a asentarme en la realidad.

–Lo que yo necesito es ayuda para dejar de tomar contacto con las cosas.

–Sí, que parece que estás en la etapa aguda -concedió Selena con una risa maliciosa-. ¿Reconociste a la mujer alta que vestía tejanos y llevaba una cámara?

No reconocí nada, salvo el hecho de que tenía unos dolores endemoniados donde me habían dado los

puntapiés…

–Pues era Wilhelmina Dillingham.

Henry se quedó boquiabierto.

-¿Willy la Dilly?

–Me alegra ver que no dañaron tu cerebro. Asegura que consigue sus mejores historias en las salas de urgencia de los hospitales o en los tribunales de la policía. Esta tarde le tocó el gordo de la lotería.

Henry no necesitaba que le dijera nada más acerca de la famosa Wilhelmina Dillingham. La reputación de Willy la Dilly -un título bajo el cual la conocían tanto sus amigos como el público- como reportera malintencionada y destructora, de pluma envenenada, que sacaba a relucir los errores humanos en su columna, «Entretenerse con Dilly», era tan formidable como la lista de sus amores.

–Fue probablemente ella la que sacó ese titular acerca de las partes de Bart -dijo Henry-. Nunca conseguiré que se olvide eso.

–Habla la señorita McGuire -anunció Selena al auricular-. ¿Sería posible que el doctor Schwartz se ocupara de un caso urgente, como un favor para mí?… El señor Henry Walters, uno de nuestros autores.

Hubo una pausa y entonces Selena habló de nuevo: