Trasplante

Frank G. Slaughter · Capítulo 61 de 63

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Trasplante

Capítulo XII

–Es muy amable -observó Gloria-. Pasamos parte de la tarde juntos.

–¿Qué dijo el gran John Fortuna?

–Jura que no tienen pensado haceros nada; dice que eso equivaldría a matar la gallina de los huevos de oro. Pero cuando me dijo que Al venía aquí, supe que iba por ti y por Selena, así que colgué y vine a advertiros.

–Al estaba aquí, en la piscina -explicó Henry-. Casi lo ahogamos, pero se escapó y corrió hacia los bungalows.

La brisa hizo temblar a Selena. Henry recogió el albornoz que Selena había dejado caer antes de zambullirse y lo extendió para que la muchacha metiera los brazos en las mangas. Gloria llevaba su propio albornoz y Henry se puso rápidamente el suyo, pues sus dientes empezaban a castañetear.

–Seguramente Al fue a buscar su pistola -indicó Gloria-. Tenemos que irnos de aquí.

–Si regresamos a los bungalows, nos verá a la luz de los focos -declaró Henry-. Selena y yo nos esconderemos en el bosque, mientras tú adviertes a Horace y a Jacque. No te está persiguiendo a ti.

–Yo te metí en esto y no te voy a abandonar ahora -apuntó Gloria con firmeza-. Si nos vamos, nos iremos los tres juntos.

–No seas tonta -le dijo Henry-. Al nos persigue a Selena y a mí.

–¿Qué haría Bart en una situación parecida? Selena sorprendió a Henry con la pregunta. – Seguiría el arroyo hasta el lugar en que pasa por debajo de la verja de Springhaven -contestó Henry-. Luego regresaría por fuera de la verja. Cuando me paseaba por la tarde, vi un camino que rodea la verja.

–¿Y luego? – preguntó Gloria.

–Bart trataría de encontrar un coche abierto o haría un puente en el motor con un alambre de la verja y saldría volando.

–¿A qué esperamos? – exclamó Selena-. ¡Vámonos!

XII

Gloria conducía por la carretera Interestatal 87, al sur del puente de Tappan Zee. Al llegar, finalmente, al aparcamiento, habían tenido suerte al encontrar un coche pequeño de cuyo encendido colgaban las llaves. Habían tardado unas dos horas en seguir el arroyo que fluía desde la «piscina matriz» hasta donde salía de la parte vallada, en deslizarse por debajo de la

verja, metiéndose en el arroyo mismo, y en rodear el bosque para llegar hasta el aparcamiento. Como estaban seguros de que Al los buscaba en la oscuridad, esperaron hasta que todas las luces del restaurante se apagaron, antes de moverse, con el fin de no ser detectados. Para evitar que se descubriera su plan al poner el coche en marcha, decidieron empujar el vehículo unos cien metros camino abajo, rumbo a la carretera, antes de poner el motor en marcha.

Ante la insistencia de Gloria, Henry y Selena se sentaron en el asiento posterior mientras ella conducía. Cuando Gloria habló, sin mirar atrás, las distantes torres de los rascacielos de Manhattan empezaban a desdibujarse a través del manto matutino de contaminantes.

Odio tener que echar a perder lo que hacéis, tortolitos, pero ¿podríais separaros sólo un momento, para decirme dónde debo ir?

–A mi apartamento -dijo Henry-. Angus duerme en el edificio y tiene una llave maestra, así que nos podrá abrir la puerta. Podemos vestirnos allí.

Llamaré a Springhaven para explicarle a Horace Aiken lo que ocurrió, y que haga arreglos con el dueño del coche y que me envíe el mío. Tengo que ponerme a escribir, si he de acabar Supersemental antes del plazo fijado para la publicación.

–Bueno: vamos a la parte alta de la Quinta avenida, pues -anunció Gloria-. Seguid con lo que hacíais…, como si yo no supiera lo que era.

A esa temprana hora de la mañana las calles se encontraban casi desiertas. Aparte los basureros, que golpeaban los cubos de basura contra la acera, sólo había unos cuantos camiones. Cuando Gloria detuvo el coche frente al inmueble de Henry, se estiró y bostezó.

–Ya llegamos -anunció-. Subamos y echémonos a dormir un poco.

–¿Por qué no vamos a la comisaría, primero? – preguntó una voz autoritaria.

Henry se sorprendió al ver un fornido policía en la acera, al lado del coche.

–¿Qué ocurre, agente? – preguntó Henry.

–No sé lo que ha estado ocurriendo, señor, aunque, a juzgar por su vestimenta, lo puedo adivinar. Hace un par de horas que lo esperamos, con ese coche robado, señor Walters.

–Pero no comprende…