Trasplante
Capítulo IV
–¿Tienes ganas de jugar al pingpong, Gloria? – preguntó Bob al levantarse de la mesa.
–Claro. Y tú, Lois, ¿no quieres jugar?
Lois sonrió.
El atletismo es para los atletas. ¿Qué te parece si damos un paseo, Bart?
La luna ya debe de haber salido.
IV
–Gloria te describió como una Venus en miniatura cuando regresó de la piscina -le dijo Henry a Lois mientras atravesaban el pórtico y bajaban los escalones hacia una vereda que se adentraba en el bosque-. Debo confesar que estoy de acuerdo. ¿Cuánto pesas?
–Cincuenta kilos, sin mis sandalias. Soy más fuerte de lo que parece.
–Si yo fuera Bob, no perseguiría a una chica distinta cada noche.
–Eres muy amable, Bart -concedió Lois y se acercó a Henry-. Hace bastante fresco; rodéame con tu brazo.
Henry obedeció y le pareció agradable el contacto, aunque no estimulante. La parte superior de la cabeza de Lois le llegaba a la barbilla y, cuando ella lo miró, a Henry le pareció fácil besarla. Pero aunque los labios de Lois eran suaves y cálidos, y aunque la presión de ese cuerpo femenino contra el suyo no era nada desagradable, no sintió ningún deseo de ir más allá; era una lástima, pues estaba seguro de que no hubiese encontrado mucha resistencia, si resistencia había.
–¿Quieres tomar una copa? – preguntó-. Tengo un excelente bourbon en mi bungalow.
–Me parece una buena idea -contestó Lois-. Bob no bebe; cree que atrofia su capacidad sexual. Y a mí no me gusta beber sola.
La habitación estaba caliente. Henry conectó la televisión antes de servir las copas.
–Durante la cena tardé bastante tiempo en reconocerte -explicó Lois cuando Henry le entregó la copa.
Henry casi dejó caer la suya.
–¿Qué fue lo que hice mal?
–Nada. Fue porque le dijiste a Bob que eres historiador. Leí varias novelas tuyas en la universidad y una de ellas llevaba una foto tuya en la sobrecubierta.
–En ese caso, daría igual que me quitara la máscara.
Lo hizo, y Lois asintió con la cabeza.
–Me gustas más sin ella -declaró-. Bob se quitó la suya la tarde que llegamos, cuando nos desnudamos por primera vez. Está muy orgulloso de su cuerpo.
–Tiene razón. Cuando regresó de la piscina, Gloria lo describió como un dios griego.
–También tiene la inclinación de Zeus por hacer el amor a las mujeres hermosas.
–¿No te molesta?
–Me molestaba… y todavía me molesta un poco; por eso vinimos, realmente. Para Bob, hacer el amor es un poco como la cleptomanía…, no puede evitar hacerlo cuando se le presenta la oportunidad.
–Tuve la misma experiencia hasta hace poco -confesó Henry-. Pero todavía no entiendo cómo puede desatenderte a ti.
–No lo hace. Nuestros problemas no derivan de eso.
–Entonces, ¿de qué?
–Supongo que soy anticuada…
Henry se echó a reír.
–Nadie podría decir eso al vernos ahora.
–El problema es que yo creía que debía tener el monopolio -explicó Lois-. Pero Bob se siente como un regalo divino para las mujeres…
–Sé lo que es sentirse así -interrumpió Henry y añadió-: Más bien, lo que era.
–¿Era?
Henry se preguntó cómo hacer la confesión que parecía necesaria y, finalmente, reconoció:
–Wilhelmina Dillingham me comparó con «Casey en el bate».
Recuerdas el poema, ¿verdad?
–Creo que sí.
–Casey falló en el momento crucial… y yo también.
–¿Y estás en Springhaven para que te curen?
La expresión y la voz de Lois rezumaban comprensión. A Henry le pareció que cierta aura ponía de relieve su menuda pero simétrica perfección, como si fuera una hermosa pintura enmarcada. Sin embargo, el único deseo que sintió fue el de disfrutar hablando con ella y mirándola.