Trasplante
WILHELMINA DILLINGHAM Apartamentos Naciones...
–¡Gracias! – Gloria se echó a reír mientras firmaba la hoja y la devolvía al mensajero-. Lo siento, pero no llevo monedero, porque no tengo dónde ponerlo.
–Es un recado de entrega inmediata…, de parte de una mujer -explicó Gloria al regresar a la cocina-. Ese perfume cuesta más que el papel.
–Ábrelo -le pidió Henry-. No tengo secretos contigo.
Gloria sacó la tarjeta de visita, le echó un vistazo, arqueó las cejas y se la entregó a Henry, que leyó el nombre grabado en la tarjeta y el mensaje que seguía:
WILHELMINA DILLINGHAM
Apartamentos Naciones Unidas. Estará
en casa el 25 de junio, a las 5 de
la tarde.
–He oído hablar de esas reuniones en casa que organiza Willy la Dilly -
dijo Gloria-. Sólo hay un invitado y sirve té con pastas.
–No voy a ir -manifestó con firmeza Henry-. Esa columna que escribió me puso en ridículo.
–Tienes que ir -adujo Gloria-. Si no vas, escribirá en su columna que te retó y que te negaste a aceptar el reto.
A las cinco menos un minuto, Henry, después de una veloz subida en el ascensor, pulsó un botón al lado de la puerta de la suite de Wilhelmina Dillingham. Willy misma abrió prontamente; se veía preciosa en una larga bata, de gran elegancia, cerrada con cremallera hasta la barbilla.
–¡Cuánto me alegra que vinieras, Henry! – le dijo cálidamente. Le dio la mano y, cuando Henry vaciló instintivamente, lo hizo entrar de un tirón-. Y
eres puntual. Espero que no estés resentido conmigo porque una vez sugerí en mi columna que tal vez no seas el hombre que pueda con la herencia de mi antiguo buen amigo, Bart Bartlemy.
Sin soltar la mano de Henry, lo llevó hacia una silla y se sentó en un sofá frente a él, del otro lado de una mesilla. Henry no se sorprendió al ver sobre la mesilla un servicio de té y una fuente llena de pastas que parecían deliciosas.
–Es una responsabilidad muy grande -murmuró Henry.
–Según mi recuerdo de Bart…, y lo conocí bastante bien…, ésa es una descripción muy buena. – Wilhelmina sirvió el té-. ¿Leche o limón?