Trasplante

Frank G. Slaughter · Capítulo 8 de 63

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Trasplante

Capítulo VII

La única persona en quien pudo pensar cuando iba a llamar fue Nick Darby, editor en jefe de Bennett Press.

–Habla Henry Walters -le dijo a la telefonista de Bennett Press-.

Quisiera hablar con el señor Darby.

Salió a comer, señor Walters, pero la señorita McGuire está aquí. La llamaré.

–¿Qué haces en Nueva York? – preguntó Henry cuando Selena contestó-. ¿No deberías estar en Aspen?

–Me vine un día antes -explicó Selena-. No pareces ser tú mismo, Henry. ¿Pasa algo malo?

–Todo va mal -gruñó Henry-. ¿Cuánto tiempo tardarás en llegar a la comisaría de policía del distrito central de Manhattan para sacarme de la cárcel?

–¿Qué diablos estás haciendo en la cárcel?

–Apresúrese, amigo -ordenó el alguacil que vigilaba a Henry-. El juez Peebles regresará al tribunal en cualquier momento.

1 El Police Court o tribunal de policía juzga inmeditamente tras su detención a los acusados de faltas o delitos menores, amenos que reclamen un juicio mediante jurado. (N. de la t.)

–Te lo explicaré cuando llegues -le dijo Henry a Selena-. Limítate a venir tan pronto como puedas. – Ya voy, pero…

Henry tuvo que colgar cuando el alguacil lo asió del brazo y lo arrastró hacia la puerta que conducía a la sala del tribunal.

VII

El juez Calvin Peebles, del tribunal de policía del distrito central de Manhattan, se veía melosamente satisfecho al sentarse en el estrado y bajar la vista hacia la sala atestada de gente.

Había comido raviolis y bebido una pequeña botella de Chianti en Luigi’s, a la vuelta de la esquina, y luego se detuvo para hojear unos libros, según su costumbre, en Serutano’s, una pequeña librería cercana, a la que a menudo iba a la hora de la comida. Allí tuvo la suerte, ese día, de comprar un ejemplar de La morte d’Arthur de sir Thomas Malory, en una edición que parecía conservar la flor del antiguo inglés en que fue escrito originalmente.

–El tribunal de policía del distrito central de Manhattan de la ciudad de Nueva York está en audiencia -entonó el alguacil-. Preside el juez Calvin Peebles.

Mientras se reducía el sonido de los movimientos en la sala, la mirada del juez Peebles escrutó las familiares filas de los maltratados banquillos.

Le encantaba ese momento en que veía las caras alzadas hacia él, los infractores por primera vez, con expresión esperanzada y los reincidentes con resignación. La mirada magistral se detuvo brevemente al llegar al semblante apuesto, estudioso, aunque ligeramente molido, del hombre de cuidada barba que se hallaba sentado en el banquillo de delante. Frunció el ceño un momento con aire pensativo, tratando de situar una cara ligeramente familiar.

–¿Le conozco a usted, señor? – preguntó.

–No lo creo, señoría -contestó Henry Walters.

–Rara vez olvido una cara. ¿Está seguro?

Henry asintió con la cabeza y la mirada del juez prosiguió su examen, pero una duda persistió en su mente. Ciertamente el hombre era, sin duda, de una categoría superior al grueso de los asaltantes, rateros de segunda fila y otros malhechores que a diario desfilaban por el tribunal. Obviamente, el acusado -ya que aquellos que tenían parientes y abogados siempre ocupaban los banquillos de enfrente-tenía buen gusto en cuanto a mujeres también. La joven sentada con rigidez al lado del hombre barbudo era asombrosamente hermosa y, al mirarla, el juez suspiró y le disparó al empleado sentado a su lado un punzante aroma de ajo, mientras su imaginación formaba una imagen.

Al lado de los dos que estaban juntos -aunque la joven parecía evitar cualquier contacto con el acusado- se encontraba una rubia un tanto escultural, cuyo aire de indignación justiciera comenzaba a atenuarse un poco ante la augusta presencia del juez. El juez Peebles había visto bastantes de éstas como para saber lo que le esperaba, y se enderezó un poco, inclinándose ligeramente hacia adelante para disfrutar más de los dos ejemplos de hermosura femenina que flanqueaban al hombre barbudo y bastante molido.

–Primer caso -anunció.

–Henry Walters -leyó el empleado; y Henry se puso en pie.

–¿Cuál es el cargo? – preguntó Peebles.

–Molestar a una mujer…, a la señorita Gloria Manning.

–¿Y dónde ocurrió ese delito tan interesante, alguacil? – inquirió Peebles.

–En el metro, señoría.

Peebles parpadeó.

–¿En serio?

–Eso dice aquí, señoría -repuso el empleado-. Ante la queja de la señorita Gloria Manning, el oficial Terrance O’Shea arrestó al acusado con el cargo de molestar a una mujer.

Peebles observó a la demandante un momento. Ella también se había puesto en pie cuando mencionaron su nombre y el juez Peebles, que podía apreciar una buena figura cuando la veía, particularmente desde el elevado estrado, se impresionó como era debido. Sin embargo volvió la mirada a Henry, aún convencido de que había conocido al acusado en algún lugar anteriormente.

–¿Es usted un artista de variedades, quizá, señor? – le preguntó Peebles a Henry.

–No exactamente -contestó Henry-. Soy novelista.

–¿Autor de El retorno de Lanzarote?

–Sí, señor.

En la parte trasera de la sala, donde se sentaban habitualmente los reporteros, cuando alguno de ellos se preocupaba por cubrir un juicio en el tribunal de policía, una amazona con una cámara se puso en pie y se encaminó por el pasillo central hacia el frente. Llevaba unos tejanos con la cintura a las caderas, una camiseta oscura que la envolvía casi como si fuera su propia piel, una zamarra con flecos y unas bambas azules. Todo ello se combinaba para poner de relieve una figura impresionante, aunque bastante extraña. Al verla, el juez Peebles parpadeó, pues sabía que si la casi legendaria Wilhelmina Dillingham -conocida por sus amigos como Willy la Dilly- cubría este caso, debía ocurrir algo decididamente fuera de lo corriente.

Mientras la decorativa reportera se sentaba en el extremo de la segunda fila, con la cámara preparada para lo que pudiera suceder, el juez se dirigió otra vez al acusado.

–Señor Walters -dijo-, tengo curiosidad por conocer la fuente que utilizó acerca de la leyenda de la huida de Ginebra y su reunión con Lanzarote.

–Se mencionaba en una antigua edición de La morte d’Arthur, señoría.

–¿Como ésta, quizá? – Peebles alzó el pequeño volumen que acababa de comprar.

–Parece la misma edición.

Henry se encontraba aún demasiado desanimado y le dolía demasiado el cuerpo para que le pareciera importante que el juez que decidiría su destino

-al menos en el tribunal menor- también fuera un estudioso de las leyendas de Arturo y, probablemente, inclinado por ello a ser indulgente.

Sin embargo, Selena, al reconocer la oportunidad, empujó a Henry por atrás, con lo que éste se tambaleó hacia el estrado, al lado de Gloria Manning y se sintió aún más deprimido -depresión que aumentó considerablemente con el destello de la bombilla de una cámara en manos de Wilhelmina Dillingham.

–Si me dejara ver el libro -sugirió, desanimado, al juez- podría verificar la edición.

–Hágalo, por favor, señor Walters.

A Henry le costó bastante examinar el pequeño libro bastante maltratado que el juez Peebles le entregó, sobre todo porque uno de sus ojos estaba casi cerrado por un enorme moretón. Pero, tras una breve hojeada al pequeño volumen, se lo devolvió al juez.

–Es la misma edición, señor -manifestó Encontrará la referencia a la posterior unión de Ginebra y Lanzarote en una bibliografía al final del libro.

–Éste ha sido un encuentro de lo más oportuno, señor Walters -declaró el juez Peebles, radiante ante el hecho de que un experto hubiera confirmado su buena suerte-. Creo haber leído en alguna parte que piensan hacer una película de El regreso de Lanzarote.

–Parece que la Twentieth Century Fox va a escoger pronto el reparto -

reconoció Henry.

–¿Tiene usted idea de quién interpretará a los personajes principales?

–No creo que hayan escogido aún a los actores, señoría, y, de todas formas, a los autores nunca se les consulta sobre esos asuntos.

–Tengo muchas ganas de ver la película y espero que será tan buena como el libro -dijo el juez Peebles, en tanto se volvía nuevamente hacia el secretario del tribunal-. ¿Cuál dijo que era el cargo contra el señor Walters?

–Molestar a una mujer, señor. La demanda la firmó la señorita Gloria Manning.

–Y bien, señorita Manning… -el tono del juez, al volverse hacia Gloria Manning, era decididamente severo.

En cuanto a la señorita Manning, echó una rápida mirada hacia la parte trasera de la sala, como si quisiera consultar con alguien allí, pero Henry estaba demasiado desanimado para notarlo. Quienquiera o lo que fuera que vio la chica pareció darle aliento, pues volvió a mirar hacia el frente y habló con firmeza en respuesta a la pregunta del juez:

–Me hizo insinuaciones, señoría…, en el metro.

–¿Estaban solos y juntos en el vagón?

–Bueno…, no, señor.

–El vagón estaba lleno de mujeres, señoría -informó el policía O’Shea-.

Hay rebajas en Macy’s hoy.

Esas insinuaciones, señorita Manning -preguntó el juez Peebles-, ¿no le parece que hacerlas en un vagón de metro abarrotado es una hazaña bastante asombrosa, dadas las circunstancias? Aunque -añadió con galantería- debo decir que sería una reacción masculina muy natural.

–Eso fue, señoría -interrumpió Henry-: una reacción.

–Yo lo vi, señoría -manifestó la mujer de cara de halcón que le había dado el primer golpe a Henry cuando éste trató de recuperar su anillo de graduación-. Metió la mano dentro de su vestido…, entre las tetas…

–¡Qué maravilloso objetivo! – observó sotto voce el alguacil, y una ola de risas atravesó la sala, hasta que el juez Peebles restableció el silencio a fuerza de martillazos.

–En vista de lo que les ha estado ocurriendo a las jóvenes en Nueva York últimamente, particularmente en el metro, señor Walters -señaló Peebles-, éste podría ser un cargo muy grave. ¿Podría preguntarle si la joven que lo acompaña es su abogado?

–Me llamo Selena McGuire, señoría. – Selena se unió a Henry ante el estrado-. Soy la editor del señor Walters en Bennett Press.

–¡Qué suerte la de un autor tan eminente al tener a una editor tan hermosa! – declaró, galante, el juez Peebles.

–Gracias, señor. – Selena habló enérgicamente-: ¿Podría marcharse ya el señor Walters?

–Me temo que no -contestó el juez, obviamente renuente-. Todavía queda el asunto de la denuncia…, a menos que la señorita Manning desee retirar los cargos. Nuevamente, Gloria Manning echó un vistazo hacia atrás,

pero ni siquiera en ese momento intentó Henry ver el motivo. De pie a su lado, desanimado y con Selena al otro lado, en una actitud de rígida desaprobación, la misma que tenía desde que llegó a la sala unos minutos después de que se presentara la acusación contra Henry, éste estaba deseando que se terminara todo y encontrarse de nuevo cómodamente en la cárcel, o donde fuera que lo enviara el juez Peebles.

–Hubo testigos del ataque, señoría.

La mujer de la cara de halcón habló fuertemente desde la primera fila y una docena más o menos de sus acompañantes emitieron un indignado zumbido.

–¿Sigue insistiendo en que el señor Walters le metió mano, señorita Manning? – preguntó el juez.

–Sí, señoría. Metió una mano dentro de mi vestido -respondió Gloria Manning sonrojándose de vergüenza-. Desde arriba, por supuesto.

–Por supuesto…, ya que estaban en el metro -señaló el juez Peebles-.

Pero dígame: ¿había usted alentado al señor Walters de algún modo antes de que ocurriera el suceso?

–Oh, no, señoría! – protestó Gloria Manning-. Estabamos bastante apretados en el vagón. De hecho, hasta era difícil respirar.

–¿Le hizo alguna señal el señor Walters de que pensaba molestarla, según su expresión?

–¡Oh, no, señoría! Incluso se podría decir que fue completamente al revés.

El juez parpadeó.

–Si entiendo lo que quiere usted decir…, y creo que sí…, ¿no diría usted que lo que hizo el señor Walters constituía una reacción muy natural, quizá una que usted ya ha experimentado?

–No pensé mucho en ello en ese momento, señoría. – La señorita Manning parecía estar un tanto avergonzada de nuevo-. Cuando una está apretada contra un hombre en el metro, ya sabe usted lo que pasa normalmente.

–Digamos que todavía lo recuerdo -afirmó el juez con un deje de tristeza-. Prosiga, por favor.

–Bueno: pues el metro frenó en una curva y todos nos tambaleamos un poco. Antes de que pudiera darme cuenta de lo que hacía el señor Walters, éste estaba metiendo la mano…, ya sabe. Entonces esa señora de allí -

señaló a la cara de halcón- vio lo que hacía y empezó a golpearlo en la cabeza con su bolsa.

–¿Qué ocurrió entonces? – preguntó el juez Peebles.

–Nada, señoría. El señor Wal…, el acusado, estaba gateando por el suelo cuando el tren se detuvo y se abrieron las puertas. Todos fuimos arrastrados hacia el andén, donde lo arrestó el agente O’Shea.

–Gracias. – El juez Peebles se volvió hacia Henry-. ¿Cuál es su versión, señor Walters? – preguntó con cortesía-. ¿Es usted culpable de molestar a la señorita Manning?

–Bueno: no exactamente en la forma en que se presentó la acusación -

indicó Henry-. Verá: me operaron recientemente y perdí algo de peso y el anillo de graduación que llevo puesto está un poco flojo. Cuando el vagón tomó una curva y me tambaleé hacia un lado, instintivamente alcé la mano para agarrar el asidero al que estaba cogida la señorita Manning. Al hacer eso, mi anillo voló y cayó… ¿Necesito describir exactamente adónde, señoría?

–Creo que no, señor Walters -apuntó el juez Peebles-, ya que las pruebas serían relativamente concluyentes.

–Recuerdo que traté de atrapar el anillo -confesó Henry- y supongo que inevitablemente la señorita Manning pudo considerar que la estaba molestando…

–De acuerdo -manifestó el juez Peebles-. Continúe, por favor.

–Bueno. Verá: había unas mujeres que estaban apretándome bastante y, como hace poco que me practicaron una importante intervención quirúrgica, temía que algo podría resultar perjudicado, por lo que, naturalmente, me protegí de la única manera que conozco. Estaba de rodillas en el suelo, con las manos sobre sus…, ya sabe qué -informó la de la cara de halcón.

–Usted no es un testigo, señora -le dijo con severidad el juez Peebles-.

Si la llaman a testificar, podrá detallar lo que vio -volviéndose hacia Henry, añadió-: El hecho de que estuviera en un vagón apiñado y que le hayan operado recientemente no justifica precisamente el hecho de que…, digamos, se familiarizara con la dama cuando su anillo cayó por casualidad en su pecho, señor Walters. Reconozco que sus héroes de ficción harían algo mejor que eso.

–Lo único que intentaba hacer al principio era atrapar el anillo. Pero cuando esa señora -señaló a la de la cara de halcón con un gesto de la

cabeza- me golpeó con su bolsa, mi primer impulso consistió en protegerme a mí y al trasplante.

Cuando vio que la amazona en la segunda fila se ponía en pie como un muñeco en una caja sorpresa, Henry se dio cuenta de que había metido la pata, pero ya estaba anotado, por lo que no podía cambiarlo.

¿Le hicieron un trasplante, señor Walters? – preguntó el juez Peebles.

–Sí, señoría.

–¿Podría preguntarle cuánto tiempo hace de eso?

–Aproximadamente un mes.

–Hace aproximadamente un mes que una persona muy conocida en el mundo de las películas, llamado Bart Bartlemy, tuvo un accidente fatal; recuerdo ahora que usted estuvo involucrado, según los registros policiales, aunque no era culpable de ningún delito. – El juez se inclinó hacia delante, con los ojos brillando por el interés-. Según un informe que presentó el doctor Sang ante la Academia de Medicina anoche…, según lo que dice el Times de esta mañana…, se practicaron varios trasplantes utilizando órganos del cuerpo de Bartlemy. ¿Recibió usted quizá alguno de ellos?

–Sí, señoría -reconoció Henry, incapaz de ver cómo podía negarlo cuando estaba bajo juramento.

–Muy interesante. – El jurista se apoyó en el respaldo de su asiento-. Sé, señor Walters, que el doctor Sang es uno de los urólogos más conocidos del país. ¿El trasplante que recibió estaría dentro de su especialidad?

–Sí, señoría, pero preferiría no hacer más comentarios al respecto. Bart Bartlemy era mi hermano mellizo, aunque nos separaron poco tiempo después de que naciéramos. Y, además, tengo un contrato para escribir una novela sobre la vida de Bart.

–La anatomía del señor Bartlemy se volvió bastante conocida, señor Walters, tras su presentación en ciertas revistas. – El juez Peebles formuló la pregunta clave-: ¿Recibió usted, por casualidad, las partes más famosas?

–Sí, señoría -contestó Henry, cariacontecido.

Wilhelmina Dillingham disparó otra bombilla y la sala estalló literalmente, en tanto los reporteros corrían hacia las puertas y los teléfonos afuera. Si Henry hubiera mirado, habría visto la alta silueta de Gregory Annunzio marcharse al mismo tiempo, pero estaba demasiado preocupado con su propia incomodidad para que le importara.