Trasplante
Capítulo V
–Tal vez podríamos tomarnos otra copa -señaló Lois-. ¿Has estado en la piscina?
–No. Pero me gustaría hacerlo.
–Entonces llevemos nuestras copas mientras todavía podamos caminar.
Lleva tu albornoz; puede hacer bastante frío al salir, del agua, y más vale que pongas la cartera en el bolsillo. Horace dice que ha habido varios robos; cree que algunos empleados los han cometido.
Ya era casi medianoche y Henry yacía sobre la cama escuchando el último telediario cuando Gloria entró por la puerta de su habitación. Parecía un tanto cansada.
–¿Qué tal el pingpong? – preguntó Henry.
–Bien, pero se hizo monótono después de un rato.
–Parecías bastante interesada cuando Bob te sugirió que jugarais.
–Tenía curiosidad por saber cómo actuaba. Además, pude ver que te sentías atraído por Lois, así que traté de mantener a Bob alejado durante un rato, para dejarte la ocasión de jugar tú también. ¿Tuviste suerte?
–Casey ni siquiera levantó el bate.
–Ni modo -dijo Gloria-. La razón principal por la que me fui con Bob fue porque vi que Lois empezaba a entusiasmarse contigo…, y quién no.
–Gracias por el sacrificio. Siento que no sirviera de nada.
–¡Oh! No fue tan duro. Bob fue zaguero en Rutgers, pero cuando yo era chica jugaba a fútbol con los muchachos del barrio. Y hasta logré recibir muy bien los pases, aunque no me esté bien decirlo.
V
Horace Aiken se apoyó en el respaldo de su silla, detrás de su escritorio y se golpeó suavemente los nudillos con un bolígrafo. Henry acababa de contarle la historia de su vida, incluyendo la fallida aventura de la noche anterior.
–Lois es una joven muy hermosa -reconoció Aiken-. ¿Dice que no sintió usted ningún deseo?
–Deseo, sí. Pero no ocurrió nada.
–¡Qué pena! Hacer el amor os hubiera hecho mucho bien a ambos.
Cuando Bob y Lois llegaron aquí, hace una semana, ella estaba a punto de divorciarse. Verá: Lois se crió en una familia de ideas muy estrechas y no
ha aprendido a deshacerse de sus inhibiciones, como lo hizo con su ropa. El resultado es que no ha aprendido a comunicarse fácilmente con los demás.
–¿Incluyendo a Bob?
Aiken asintió con la cabeza.
–Como habrá notado, Bob es un peso ligero desde el punto de vista intelectual… Pasó sus cuatro años en la Universidad de Rutgers con una beca para integrarse allí al equipo de fútbol. Hace el amor como un experto en el aspecto puramente físico, pero Lois esperaba más cuando se casó con él. La verdad es que ese algo más no existe y, cuando Bob siguió con sus aventuras, Lois trató de limitarlo con una cantidad de reglas.
–Me imagino que eso equivale a tratar de convertir las cataratas del Niágara en una fuente para beber.
–Más o menos -concedió Aiken-. Las defensas de Lois eran tan frágiles al principio que tuvimos que tratarla con mucha suavidad, pero empieza a darse cuenta de que su situación es realmente mejor que la de muchas otras mujeres.
–¿Cómo logró eso?
–Enseñándole que debe considerar a Bob como una sencilla máquina para hacer el amor; que debe hacerla funcionar cuando el ciclo de estro requiere de sus servicios. La otra parte de su naturaleza, la que necesita comunicarse con los demás a un nivel más elevado, puede desarrollarse independientemente de Bob. Cuando le hicimos comprender eso, empezó a darse cuenta de que podía tener lo mejor de dos mundos sin sentirse culpable…, y eso es algo que quizá una de cada mil mujeres logra en su matrimonio.
–¿Cree que le ha enseñado eso?
–Francamente, no estoy tan seguro de ello esta mañana como lo estaba ayer.
–¿Por qué?
–Usted llegó ayer por la tarde, ¿lo recuerda?
–¿En qué afectaría a Lois mi presencia aquí?
–Porque usted es exactamente lo que ella… y millones de mujeres…
sueñan, un hombre que puede satisfacer tanto el aspecto físico como el intelectual de su naturaleza. De hecho, yo apostaría a que en eso estriba gran parte de su fabuloso éxito como el don Juan de Megalópolis.
–Me da demasiada importancia, Horace.
–No lo creo, y menos después de la charla que sostuve con Gloria anoche.
–¿Dónde fue eso?
–En la piscina. Ella estaba a punto de regresar al bungalow, después de haber pasado la velada con Bob y se detuvo un rato en la piscina. A menudo me meto en la piscina bien entrada la noche, para pensar, y charlamos agradablemente.
–Gloria está predispuesta a mi favor -advirtió Henry.
–Por supuesto. Si no fuera por usted, seguiría siendo sólo una modelo…, como se hacía llamar.
–Y yo probablemente no me hubiese convertido nunca en un símbolo sexual sin ella; así que supongo que nos debemos mucho mutuamente.
–De todos modos, le agradecería que evitara a Lois tanto como le sea posible -pidió Aiken-. No quiero que lo compare demasiado con su esposo, en este momento, porque podríamos perder todo lo que hemos ganado con ella.
–¿Dónde me deja eso a mí?
–Donde estaba… o tal vez no. ¿Se ha detenido a pensar en la importancia del papel que ha desempeñado en la vida de varias mujeres últimamente?
–Sólo un poco -reconoció Henry.
–Entonces es usted demasiado modesto en cuanto a sus éxitos. Después de todo, usted es el Pigmalión de la Galatea en Gloria, y ella está más orgullosa de eso que de cualquier otra cosa. Aparte eso, por lo que me dice, usted reunió a Carling Hartsfield y a su esposa.
–Y un gato me atacó al intentarlo, sin mencionar el hecho de que perdí mi hombría…, para decirlo en términos populares.
–No creo que las dos cosas tengan relación entre sí -opinó Aiken.
–¡¿Qué?!
Henry miró asombrado al psicólogo.
–Lo que dije. La pérdida de su hombría probablemente no tiene relación con el ataque del gato.
–Pero si el doctor Schwartz…
–Isadore es un psiquiatra muy inteligente y un viejo amigo mío. Me envió un resumen de su caso; llegó un día antes que usted. Verá, Henry: los psiquiatras no reciben a menudo urgencias como la suya, donde algo tiene
que hacerse de inmediato. Les gusta moverse con lentitud y guiar al paciente para que éste descubra por sí mismo el mecanismo que produce los síntomas. En el caso de usted, Schwartz tuvo que improvisar y la teoría del gato parecía ser la que usted mejor aceptaría…
–Particularmente cuando me dolía tanto el trasero.
–Exactamente. El diagnóstico inventado rápidamente bastó para que usted se convenciera de que necesitaba tratamiento. Después de todo, nada trastorna más a un hombre que el hecho de ver que no puede funcionar en la cama. Creo que la parte inconsciente de su psique…
–¿El Id freudiano?
–Algunos lo llaman así, aunque yo prefiero verlo como el hombre primitivo que todos llevamos dentro. El hombre cavernícola no tenía el instinto de la monogamia y el cortejar le era casi desconocido. Algunos de esos instintos sobreviven en el ego masculino; así que el Id…, como lo llaman algunos…, no encuentra razón alguna para contentarse con una sola mujer cuando el mundo está lleno de ellas.
–De acuerdo con eso, Bart Bartlemy era ciertamente un primitivo.
–Exactamente. Y eso explica hasta cierto punto la tremenda atracción que tenía para las mujeres, además de su asombroso físico, por supuesto.
–Puedo atestiguar que eso es cierto, en más de una forma.
Horace Aiken sonrió.
–Y casi todo el mundo en Springhaven también. Su equipo físico es la comidilla del momento. Sin embargo, la civilización ha decretado que el hombre se aferrará a una sola mujer…, al menos hasta que se divorcien, lo que no requiere mucho tiempo en la mitad de los matrimonios actuales. En las primeras etapas del cortejo, la hembra alaba al macho al hacerle creer que la escogió entre todas las demás, pero, al mismo tiempo, él se queda con la convicción de que, si quisiera hacerlo, podría tener muchas mujeres más.
–Lo que es cierto.
–En su caso, sí -convino el psicólogo-. El problema surge cuando una hembra convence al macho, el macho que ella escogió, que él la quiere solo a ella. A veces el hombre primitivo dentro del hombre que corteja se da cuenta de que lo traicionaron, y decide hacer algo para evitar el desastre. El fabuloso éxito que usted tiene como amante, desde que recibió el trasplante, prueba que, pese al hecho de que es un estudioso y sin duda un caballero…,
cualidades de las que carecía, por lo visto, su desafortunado hermano…, su inconsciente primitivo es también excepcionalmente fuerte.
–Es eso. Aunque es más probable que las partes que recibí de Bart se han apoderado de mi vida y la están dominando, como parece que ocurrió con su propia vida.
–No puedo aceptar eso -dijo Aiken.
–Entonces ¿cómo explica lo que me está ocurriendo?
–De momento, yo diría que, antes del accidente, usted era un hombre de fuertes impulsos en lo que concierne a las mujeres, y que sublimaba esos impulsos en su obra…, y con mucho éxito, por cierto.
–Bueno: los autores de ficción romántica describen generalmente sus propias fantasías -convino Henry.
–Otros escritores me han dicho lo mismo. En su caso, a través de la sublimación, usted logró convencerse de que sólo quería a la señorita McGuire, pero entonces tuvo el accidente. Su ser primitivo encontró de pronto que era capaz de conquistas en las que probablemente nunca se había atrevido a soñar; como resultado, su conciencia… (Freud la llamóel super ego) se vio abrumada.
–Pero no completamente.
–Exactamente. El super ego lo obligó a tratar de controlarse mediante varios métodos: los calmantes, el aislamiento, o lo que fuera. Sin embargo, todos fallaron, según lo que me acaba de contar; así que, finalmente, utilizó su arma más poderosa, un bloqueo entre sus emociones y el trasplante.
–Tal vez tenga usted razón -concedió Henry-. ¿Cuánto tiempo cree que puedo aguantar?
–No podría decírselo -reconoció Aiken-. En el último mes su reacción ante todas las mujeres que ha visto ha consistido en tratar de conquistarlas.
Y como convenció temporalmente a su super ego de que no podía evitar que su ser primitivo se saliera con la suya, se fue de caza, por así decirlo.
Sin embargo, ahora que su super ego ha tomado las riendas, yo diría que la forma más sencilla de recuperar el equilibrio consiste en desarrollar relaciones no sexuales.
–¿Es posible eso… con mujeres?
–En Springhaven creemos que se puede lograr a menudo a través de la terapia de encuentros, al descubrir aspectos de otra gente que no se imaginó
nunca que existieran. Ese descubrimiento le permite aprender más sobre sí mismo.
–Espero que tenga usted razón – dijo Henry, dubitativo-. Pero no debe subestimar el poder del espíritu de Bart Bartlemy.
–El espíritu de Bart Bartlemy se encuentra allí adonde fue en el momento en que su cerebro dejó de funcionar -explicó Aiken-. Tenemos que vérnoslas con el espíritu de Henry Walters…, o más bien su espíritu en conflicto. Denos una oportunidad, y estoy seguro de que podrá acabar su libro, que Bart ganará a Leonora…
–Espere un minuto -exclamó Henry-. ¿Estaba ese nombre en el resumen del doctor Schwartz?
–Sí… Pero Gloria me habló de Leonora anoche.
–¿Y del hecho que Leonora y Selena son la misma persona?
–Sí.
–No entiendo -dijo Henry-. ¿Cómo pudo el doctor Schwartz saber más acerca de Selena McGuire de lo que yo sabía?
Horace Aiken miró a Henry sorprendido.
–¿No sabía que fue paciente del doctor Schwartz?
–Fue Selena quien me envió a verlo, así que hubiera debido establecer la relación, supongo. Pero la verdad es que no lo analicé.
–¿Nunca le habló de Springhaven?
–¿Quiere decir que ella ha estado aquí, caminando desnuda por ahí?…
–Usted está desnudo, ¿verdad, Henry?
–Sí, pero…
–¿Y Gloria?
–Bueno…, sí.
–¿Le pareció mal que Lois estuviera desnuda?
–No, pero no puedo creer que Selena lo haya hecho.
–Espero no violar ningún secreto al decirle que la señorita McGuire estuvo aquí hace unos años. Hasta aquel momento era muy tímida, por lo que pude ver; trabajaba como lectora en Bennett Press y no llegaba a ninguna parte. Cuando Schwartz la envió aquí, al principio estaba tan cohibida que llevó la máscara durante tres días antes de poder quitársela.
–Siempre tiene hombres libres aquí, quiero decir, solteros, ¿verdad? –
preguntó Henry.
–Sí.
–¿Cree que ella…? Quiero decir…
–Estoy casi seguro de que la respuesta es negativa, aunque por la noche no fiscalizo a los huéspedes. De todos modos, cuando logramos que la señorita McGuire se quitara la ropa y la máscara, hizo rápidos progresos.
–Ahora recuerdo que se fue de vacaciones y que, cuando regresó, parecía una persona distinta. Yo solía verla en las oficinas de Bennett, pero casi no me hablaba. Al volver tenía confianza en sí misma, incluso se volvió emprendedora, y al cabo de poco tiempo se convirtió en mi editor.
–A mi entender -expuso Horace Aiken-, cuando usted descubrió que estaba a punto de acabar el libro y que, probablemente, dejaría de ser Bart en sus fantasías y se casaría con Selena, el Henry Walters primitivo…
–Ese es Bart. Es como Bob…,toma sus mujeres donde las encuentra.
–Bueno: si insiste en ello… Bart tomó el control y bloqueó el flujo de la energía nerviosa del aparato psicosexual.
–¿No sería eso como fastidiarse a sí mismo por querer fastidiar a los demás?
–El Bart que todos llevamos dentro no es muy racional -concedió Horace Aiken-. Lo que intentamos hacer aquí consiste en ayudar a nuestros huéspedes a deshacerse de lo que oculta su ser primitivo, así como se deshacen de su ropa.Cuando se ven como son realmente, pueden aprender a comunicarse con los demás tanto en el nivel primitivo como en el convencional.
–¿Cuál de esos niveles gana?
–Idealmente, una mezcla de ambos; pero a mí me gusta ver que la gente recupere una gran proporción de lo primitivo mientras están aquí. Así tienen muchos menos problemas después.
–Entonces ¿qué debo hacer? – preguntó Henry.
–Ya ha dado un paso gigantesco al quitarse la ropa. Lo único que me preocupa ahora es lo que ocurrirá cuando alguien lo reconozca, particularmente cuando mis huéspedes femeninas se enteren de su identidad.
–Una de ellas ya lo hizo… Lois.
–Entonces ya se sabrá y probablemente se lo comerán vivo…, igual que las bacantes, cuando se comían a los varones sacrificados en el festival de Dionisos de la antigua Grecia -explicó Horace Aiken sonriendo.