Trasplante

Frank G. Slaughter · Capítulo 56 de 63

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Trasplante

Capítulo VI

–Esa perspectiva sería agradable con una pelirroja que vi un momento anoche, en el comedor. Llevaba máscara y gafas oscuras, pero me pareció conocerla. De hecho, durante un instante pensé que era Selena, pero entonces descubrí que no tenía una marca de nacimiento en un lugar estratégico, como la que tiene Selena. ¿Le importaría decirme quién…?

–Lo siento -dijo Horace con firmeza-.

–Debo mantener en secreto la identidad de todos mis huéspedes, lo mismo que la suya.

–Tendré que investigar un poco, entonces -indicó Henry-. Ciertamente me gustaría verla…, o al menos ver lo que hay detrás de la máscara.

–Ya está usted mejorando -aseguró Horace.

–La puerta de la oficina se abrió y entró Jacque Broders.

–Estoy a punto de tener una sesión en el tanque -comunicó la joven-.

Apuntaste a Bart para participar esta mañana, Horace.

–Ya terminamos nuestra charla -manifestó el director-. ¿Está listo para comenzar con su programa de terapia, Bart?

–¿Debo hacerlo?

–No. Todos somos libres aquí, pero le recomiendo que participe en todos los programas.

–Está bien -asintió Henry y salió de la oficina con Jacque.

VI

–¿Qué es ese tanque al que vamos? – preguntó Henry cuando él y Jacque salían del chalet y se encaminaban hacia un edificio de aspecto utilitario que se vislumbraba a través de los árboles.

–Es una de las dos actividades principales de Springhaven -explicó Jacque.

Henry apartó una rama para que la joven pudiera pasar.

–Supongo que el otro edificio…, el que no tiene techo…, es «la piscina matriz», ¿correcto?

–Sí. Algunos de nuestros huéspedes…

–Veo que nunca hablan de nosotros como pacientes.

–Porque no lo son, realmente, al menos no en el sentido que se da normalmente a esa palabra.

–¿Podrías explicarte?

–Horace tiene un doctorado en psicología y yo una maestría, pero no pretendemos tratar a los enfermos mentales; sólo pretendemos ayudar a la gente a que se ayude a sí misma. Cuando se refieren al tanque, algunos de nuestros huéspedes hablan del «agujero negro», pero no es tan malo, en realidad.

–Dices que tienes una maestría… ¿Viniste a trabajar aquí cuando te graduaste?

–No, tardé varios años. Como muchos estudiantes de Berkeley, no tenía un objetivo claro en la vida, salvo lo que consideraba mi propio placer. Viví en Haight-Ashbury de San Francisco durante un tiempo y, cuando no fumaba marihuana, me drogada. Hasta me inyecté heroína ocasionalmente, hasta que casi me muero por una sobredosis. En Synanon me ayudaron y, cuando Horace se enteró de que estaba allí, fue a buscarme y me trajo aquí.

–¿Cómo te curaron en Synanon?

–No dije que me curaran. Si alguna vez me encuentro en una situación emocional lo suficientemente grave para amenazar mis defensas, acaso vuelva a tomar drogas. En Synanon me enseñaron a comportarme como si no necesitara las drogas. Cuando aprendí a hacer eso, llegué a un punto en que realmente no las necesitaba, mientras pudiera enfrentarme a las situaciones en que me encontrara. Horace me ha ayudado mucho aquí.

–¿Es eso lo que piensa hacer conmigo? ¿Enseñarme que no necesito el sexo? – preguntó Henry.

Jacque Broders sonrió.

–¿Es eso lo que quieres?

–¡Dios mío! ¡No!

–Entonces dejaremos que la naturaleza siga su propio curso. Es curioso ver hasta qué punto la naturaleza sabe cuidarse de sí misma.

Ya habían llegado al oscuro edificio que Henry vio a través de los árboles y ahora se percató de que no tenía ventanas. Jacque abrió la puerta y entraron. Todo el interior del edificio estaba pintado de negro. El tanque, una excavación redonda con paredes, que parecía tener unos tres metros de profundidad, también estaba pintado de negro.

Una docena de personas se encontraba en el edificio, bajo la luz de cuatro bombillas fijadas en la pared. La mitad llevaba máscara, igual que Henry. Entre estas personas se hallaba la pelirroja que había visto la noche anterior, en el comedor. Cuando la observó de nuevo, se impresionó por la

increíble semejanza que guardaba el cuerpo de la joven con el de Selena, pero, al moverse un poco para poder verla mejor, pudo asegurarse de que no tenía la marca de nacimiento que Selena le contó haber heredado como característica de la familia.

–Buenos días -dijo Jacque al grupo-. Durante las próximas dos horas os quedaréis todos en el tanque, a menos de que surja una emergencia. Si esto sucede, llamadme y haré que bajen la escalera y los ayudaré a salir. La oscuridad será total y os pedimos que guardéis silencio, que os comuniquéis sólo por medio de vuestros otros sentidos. Al principio es posible que os parezca opresivo, incluso atemorizante, pero aguantad y creo que aprenderéis algo sobre vosotros mismos.

–¿Y cuando hayamos acabado de sentir? – preguntó Bob, pero pocos se rieron.

–Cuando se apaguen las luces, quiero que cada uno de vosotros se acueste en el suelo del tanque -prosiguió Jacque-. Al principio, haced cuenta que queréis estar solos, hasta que ya no podáis aguantar. Entonces empezad a moveros hasta que toquéis a otra persona; pero mantened silencio todo el tiempo, a menos que surja una emergencia.

Jacque bajó los peldaños y esperó a que los otros bajaran, uno por uno.

Henry fue de los primeros en bajar; se sentía agudamente consciente del aspecto que debía tener su parte inferior ante la mirada de los que ya se encontraban abajo. La pelirroja fue de las últimas, y mientras esperaba a que los otros huéspedes llegaran, Henry trató de acercarse discretamente a ella. Cuando todos estuvieron abajo, en el tanque, Jacque Broders pulsó un botón en un pequeño panel de controles y la escalera se elevó suavemente, como la de desembarque de un avión, hasta quedar doblada en el borde superior del tanque, fuera del alcance de los de abajo.

–Escoged cada uno un lugar -sugirió Jacque-. Acercaos tanto como podáis al suelo y a la pared, poneos en posición fetal y quedaos así hasta que sintáis que debéis moveros.

Todos se veían ridículos, pensó Henry, mientras se agachaba contra la pared y el suelo del tanque, y se enroscaba para ocupar tan poco lugar como fuera posible. Cuando Jacque pulsó otro botón, el tanque se oscureció totalmente. Una mujer gritó y un hombre maldijo en voz baja, pero, fuera de eso, no hubo otro sonido que la respiración y el suave movimiento de los cuerpos contra el material plástico que tapizaba el interior del tanque.

Siguiendo las instrucciones, Henry trató de limpiar su mente de todo lo que no fuera la oscuridad y, después de un rato, sintió que lo envolvía una agradable languidez. Aunque percibía la presión de la pared y del suelo del tanque contra el cuerpo, le pareció que se iba volviendo ingrávido, como si estuviese suspendido en el espacio. Era una sensación infinitamente placentera y, contento de que disminuyera la ansiedad que lo había acompañado durante tanto tiempo, se animó y sintió ganas de gritar que era libre. Al mismo tiempo tenía la sensación de estar flotando hacia arriba, fuera del tanque y a través del techo, hacia un interminable vacío oscuro, donde no lo alcanzaba ningún estímulo, donde su único contacto era con su propio cuerpo. Suavemente, se tocó en varias partes, sorprendiéndose al descubrir que todavía tenía cuerpo.

Cuando, al cabo de un rato, el temor primordial se apoderó de él, Henry no entendía lo que ocurría, aparte la primera angustia causada por la claustrofobia que se siente al estar encerrado. Al principio la sensación de estar separado de los demás y del mundo había sido infinitamente placentera; ahora la sustituyó otra sensación, el temor de estar solo y sin contacto con otra persona. Mientras el temor aumentaba, Henry luchó contra la necesidad de tocar a otra persona para asegurarse de que, salvo él, ninguno de ellos había desaparecido dejándolo sólo frente a la eternidad.

Finalmente, no pudo soportar la creciente angustia y tuvo que confirmar que no era la única persona en el tanque.

Empezó a moverse lentamente, arrastrándose por el suelo y apoyándose siempre contra la pared curva del tanque, con el fin de mantener algún contacto con la realidad. Había avanzado unos dos metros, aunque a él le parecieron kilómetros, cuando sus manos tocaron una piel humana y, en la oscuridad, oyó un jadeo que intuyó femenino. Como no estaba seguro de lo que debía hacer, esperó hasta que una mano vacilante tocó su hombro y exploró su cara. Entonces, el cuerpo de la mujer se acercó al suyo, atraído, presintió Henry, por la misma angustia que se había apoderado de él.

Ahora los dedos exploradores de Henry trazaban los inconfundibles contornos de los pechos de la mujer; los pezones bajo sus manos eran turgentes; la piel de la aréola se erizó bajo su tacto. Lentamente, el cálido cuerpo que tocaba, ligeramente perfumado, se acostumbró al suyo.

Permanecieron en la cálida oscuridad, con todas las partes de sus cuerpos juntas.

Henry no tenía idea de quién era su compañera, ni quería saberlo. Le bastaba con la seguridad de que no se encontraba solo en el universo, de que esa otra persona había experimentado la misma soledad desesperada que se había apoderado de él, y que esa soledad se veía aliviada, tanto para ella como para él, a través del contacto con otra persona.

Extrañamente, no hubo ningún deseo sexual en el gran afecto que sintió por esa otra persona sin nombre que compartía su mundo y la liberación del temor que obtuvieron con su mutua presencia. Ni tampoco le preocupó la falta de impulso sexual, pues una parte integrante de su mutua comunión mental consistía en la seguridad de que, cuando ambos lo desearan, sus cuerpos podrían unirse, en una comunión mucho mayor que el placer de un encuentro casual.

Henry se contentó con yacer allí, mientras una multitud de sensaciones fluían del cuerpo de la mujer al suyo por los puntos de contacto entre ambas epidermis, y mientras una corriente igual, aunque opuesta, fluía del cuerpo de Henry al de la mujer. Además, la mujer sin nombre, aunque ya no desconocida, no era un individuo para Henry entre sus brazos y bajo su tacto nuevamente inspirado. Era, más bien, el símbolo de la humanidad, animada e inanimada. Su mutuo abrazo explorador no era más que una expresión física del deseo normal en la humanidad -Henry estaba seguro de ello- de compartir el pequeño mundo en que ambos se encontraban.

La feliz comunión se rompió con el repentino e intenso brillo del destello de una cámara. Momentáneamente cegado, como los demás, Henry no pudo identificar a la compañera con quien había compartido lo que sabía era una comunión casi divina, antes de que la culpabilidad y el temor del qué dirán los separara.

–Horace y yo os pedimos disculpas por asustaros. – La voz de Jacque parecía incorpórea en la oscuridad-. Necesitamos las fotografías para nuestros registros y para el seminario que tendrá lugar después de la comida. Las luces se encenderán gradualmente en el curso de los próximos minutos; sugiero, pues, que, si algunos de vosotros os encontráis en una posición que podría considerarse comprometedora, la cambiéis antes de que pulse el botón.

–¡Maldición! – una voz masculina, que Henry reconoció como la de Bob, habló en la oscuridad-. Alguien está siempre echando a perder mis juegos.