Trasplante
Capítulo XI
–Mira lo que has hecho!
Selena tomó un pañuelo desechable y esparció loción sobre las líneas blancas, pero con mucha más suavidad que cuando le cubría la espalda. De hecho, parecía ser casi una caricia.
–Sea lo que sea lo que llevas bajo ese abrigo, acaba de hacer un ruido metálico otra vez -dijo Henry-. ¿Te molestaría decirme lo que es?
–Una armadura donde la necesitaría… ¿Qué más podía ser? ¿Crees que iría a algún lugar contigo sin protección?
XI
El Arsenal de la Guardia Nacional estaba atestado de gente con todo tipo de vestimenta -la mayor parte muy escasa-. Henry entregó a la joven encargada del guardarropa las entradas y el abrigo ligero que llevaba sobre su disfraz. Sin embargo, Selena no se quitó el largo abrigo.
–Me voy a empolvar la nariz -declaró-. Entregaré el abrigo cuando regrese. ¿Por qué no nos consigues unas copas?
Henry tardó unos quince minutos en comprar dos stingers en la barra, alrededor de la cual había una multitud. Durante todo ese tiempo no dejó de preguntarse en qué podría consistir realmente el disfraz de Selena. Como todos llevaban máscara, era difícil reconocer a alguien, y Henry buscaba a Selena cuando una bailarina turca le quitó una de las copas; la bailarina llevaba unas placas metálicas sobre los pechos, que sólo ponían de relieve lo que debían cubrir, y una faja asombrosamente diminuta debajo de un pantalón bastante diáfano.
–¡Oiga! – gritó Henry, tratando de recobrar la copa-. Esto no es…
Se interrumpió de pronto, al darse cuenta de que la bailarina no era otra que Selena.
–Estás casi desnuda -balbució-. No me gusta que mi prometida ande por ahí desnuda.
–Estoy protegida. La faja es, en realidad, un cinturón de castidad.
–No lo creo. Esas cosas desaparecieron en la Edad Media.
–Dame tu reloj.
Henry se quitó el reloj de la muñeca y, cuando Selena golpeó con él la diminuta faja, se oyó un sonido inconfundiblemente metálico.
–¿Cómo haces para que esa cosa no se te caiga? – preguntó.
–Alrededor de la pretina hay unas pequeñas gomas de succión, pero tengo que ir con cuidado.
–De todas formas, no me gusta. Estás exhibiendo demasiado.
–Creo recordar que no te molestó cuando, en otra ocasión, exhibí considerablemente más que ahora.
–Eso fue distinto. No teníamos público.
Selena bebió su stinger; parecía que no recordaba que tres de esas bebidas habían puesto en marcha la sucesión de acontecimientos que terminaron, unas dieciocho horas más tarde, con su marcha enfurecida y precipitada del apartamento de Henry, después de que Gloria se presentara buscando sus pendientes.
–Gloria anda por aquí -le dijo Henry-. Dijo que se disfrazaría de Eva.
–Igual que la mitad de las mujeres presentes…, pero estoy segura de que la reconocerás.
Una Brunilda pasó frente a ellos, dio media vuelta y regresó.
–¡Vaya! Si es el supermacho en persona -exclamó Wilhelmina Dillingham-. ¡Y con un disfraz muy adecuado! Bart llevaba uno igual en la película La búsqueda del sátiro. Henry oyó que Selena bufaba a su lado, pero Willy la Dilly prosiguió imperturbable: Estoy segura de que ya sabe la suerte que tiene, señorita McGuire, al tener a su disposición unas capacidades masculinas tan notables.
–¿Cómo es ella en la cama? – preguntó Selena, con furia contenida.
–¿Y cómo lo voy a saber? No he estado nunca más cerca de ella de lo que estamos ahora. – Y añadió-: Pero te puedo decir una cosa; no sería maravillosa…, como tú. Tú eres todo lo que un hombre puede pedir en una mujer.
–¿Una dama en el salón, un Cordon Bleu en la cocina y una ramera en el dormitorio?
–Una ramera no…, una mujer sensual -protestó Henry-. Existe una diferencia.
–No me vengas con cuestiones semánticas en este momento. Tengo que ir al lavabo otra vez, para arreglar esta faja; me está matando.
–¿Es realmente un cinturón de castidad lo que lleva la señorita McGuire? – preguntó la chica del guardarropa, mientras Henry esperaba.
–Eso dice.
La chica le sonrió cálidamente.
–Es un poco tarde para encontrar un cerrajero a esta hora de la noche, pero, si he de creer lo que he leído sobre usted, señor Walters, estoy segura de que se las arreglará.
En el lavabo, Selena se ajustó la faja para sentirse un poco más cómoda.
Cuando estaba a punto de terminar vio por el espejo que entraba una rubia cuya cara le pareció conocida, pero la máscara ocultaba el rostro de la mujer, aunque su disfraz, compuesto de tres hojas de parra, ocultaba muy poco del resto de su cuerpo. Selena siguió ajustando su faja, hasta que habló la rubia.
–¡Usted es Leonora? – exclamó la rubia.
–¿Disculpe? – preguntó Selena con cierta rigidez.
–La reconocería en cualquier lugar -dijo Gloria.
–Lo siento, pero mi nombre es Selena McGuire.
–Lo sé, señorita McGuire, pero en el libro de Henry usted es Leonora.
He mecanografiado ese nombre tantas veces en el último mes que ya sólo la conozco a usted así.
La boca de Selena se abrió.
–¿Usted es…?
–Gloria, la secretaria de Henry; yo tampoco la reconocí con ropa puesta.
– Gloria se echó a reír-. Y no es que ninguna de las dos llevemos mucho encima, ¿verdad?
Selena estaba demasiado aturdida para percatarse de que Gloria trataba de ser amistosa.
–Me temo que nunca la he visto desnuda antes -dijo Selena.
–Bueno: eso nos pone en igualdad de condiciones -contestó Gloria, todavía riéndose-. Cuando salí del apartamento ayer por la tarde, Henry no creía que usted viniera, pero le dije que ninguna chica rechazaría la oportunidad de asistir al Baile de Artistas y Modelos.
–¿No trabajó hoy?
Gloria negó con la cabeza.
–A Henry se le secó la fuente de inspiración.
–¡Qué desgracia!
Gloria frunció el ceño ante el sarcasmo de Selena.
–¿No le molesta eso?
–¿Debería molestarme?
–Es casi lo peor que podría sucederles a ambos.
–Le aseguro que lo que le ocurra al señor Walters no me interesa en absoluto -repuso airadamente Selena.
–¿Quiere decir que no está enamorada de él?
En lugar de contestar, Selena preguntó:
–¿Lo está usted?
–¡Cielos, no! No podría esperar nunca que alguien tan refinado como Henry se enamorara de mí. No estoy a su nivel.
–Parece estar muy encariñada con él.
–Y ¿por qué no? – preguntó indignada Gloria-. Me permitió posar para sus investigaciones, ¿verdad? ¿Y para la sobrecubierta del libro? Es muy probable que vaya a Hollywood dentro de poco…, y todo gracias a Henry.
Pero es a usted a quien él realmente ama; esas otras mujeres… y yo… no significamos nada para él.
–Según lo que he oído decir, el señor Walters ha imitado muy bien eso del significado.
–¡Bah! Esas son sólo investigaciones -aseguró Gloria-. Lo importante ahora es que si no puede ponerse a escribir de nuevo, Leonora y Bart…, quiero decir usted y Henry… tendrán graves problemas.
–¿Cómo puede afectarme lo que le ocurra a un personaje de un libro que está escribiendo?
–Porque usted es ese personaje. Todo lo que ocurre entre usted y Henry entra a formar parte del libro…, sólo que es entre Bart y Leonora, la heroína. Y debería leer las descripciones que hace de usted; es casi como si estuviera pintando un retrato, hasta la marca de nacimiento color fresa en su trasero. Cuando se publique el libro, todas las mujeres del país desearán estar en su lugar.
–¡Todas las mujeres excepto yo! – espetó Selena.
Al darse cuenta de que Henry había utilizado la parte íntima de su relación, describiéndola en el libro, la ira fue apoderándose de ella.
–¡Oiga!… -protestó Gloria, pero Selena ya había salido del tocador, dando un sonoro portazo.
Gloria hizo el ademán de seguirla, pero se detuvo y se encogió de hombros.
«Pobre Henry -pensó-. Cualquiera que sea el final del relato ahora, parece que acabará con un tigre.»