Trasplante

Frank G. Slaughter · Capítulo 42 de 63

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Trasplante

Capítulo III

adhesiva que Elena le había puesto. Henry estaba seguro de que, al hacerlo, se había llevado varias capas de epidermis.

–¡Debió ser un gato enorme! – La voz del médico denotaba gran asombro-. Me sorprende que no lo tirara al suelo. – Bueno: sí lo hizo… más o menos.

El doctor Crawford silbó suavemente.

–Su nombre no me dijo nada, señor Walters, hasta que una reportera que viene mucho por aquí por la noche me dijo quién era usted y quién era la dama que lo trajo. ¿Me permite felicitarlo por su buen gusto en cuanto a mujeres se refiere? Y por el hecho de que parece que su trasplante no haya sido dañado.

Henry se sobresaltó cuando el médico le inyectó novocaína en la piel dolorida.

–Voy a sajar esas heridas a fin de reducir el peligro de infección y luego le daré unos puntos para cerrarlas -explicó el doctor Crawford.

–¿Dijo usted algo acerca de una reportera?

Henry esperaba haberse equivocado.

–Wilhelmina Dillingham acude a menudo después de una gran fiesta, en busca de material para su columna. Se sorprendería al conocer algunos de los accidentes por los que la gente viene aquí después de una juerga como el baile de anoche; pero tengo que reconocer que el suyo es el más raro hasta ahora.

Henry gruñó.

–Ese gato sí que le clavó bien las garras -señaló el médico, equivocándose en cuanto a la causa de los gruñidos de Henry-. ¿Cómo fue que dejó que el gato se le acercara?

–Se podría decir que no sabía que el gato estaba observando y, cuando me enteré, ya estaba yo herido. ¿Le falta mucho para terminar?

–Sólo tengo que darle una inyección de toxoide de tétanos y una de penicilina. No es alérgico a la penicilina, ¿verdad?

–En este momento sólo soy alérgico a las mujeres y a los gatos.

–Con el tipo de reacción que suscita usted, todos deberíamos tener esa clase de alergias -adujo el doctor Crawford-. Son cuarenta dólares. Pague al salir.

III

Era casi el mediodía cuando Gloria terminó de pasar a máquina lo que Henry le había dictado temprano por la mañana.

Parece que tu velada después del baile fue mucho más excitante que la mía -señaló Gloria mientras amontonaba cuidadosamente las hojas que la impresora había sacado-. Creo que el pasar tanto tiempo contigo aquí me ha mal acostumbrado.

–Es un sentimiento mutuo -aseguró Henry-. Por cierto, de camino a casa, ¿podrías llevar lo que queda de la piel de cabra a la tienda de alquiler en la calle Lexington? Está en el suelo del armario de mi habitación.

Gloria echó un vistazo al disfraz y meneó la cabeza negativamente.

–Dudo que lo acepten. Se podría decir que, anoche, ese macho cabrío dio rienda suelta a sus inclinaciones… de muchas maneras. Bart Bartlemy se hubiera sentido orgulloso de ti, Henry.

–Eso no es precisamente un cumplido.

–Creo que sí. Esperaba que tú y Selena os unierais, pero ahora creo que no deberías casarte.

–¿Por qué no?

–Deberías dedicarte a las mujeres del mundo, Henry…Deberían conservarte como si fueras un monumento nacional, o algo así.

Gloria se fue cuando hubo terminado de imprimir lo que Henry había metido en la memoria del procesador de textos. Después de tomar dos analgésicos, Henry durmió el resto de la tarde… acostado boca abajo. El teléfono sonó alrededor de las ocho de la noche. Era Patty O’Flynn.

–En hora buena -le dijo-. Parece que ya no necesitas los servicios de la vieja Patty, Henry.

–¿De qué hablas?

–¿No has visto la columna de Willy la Dilly en el periódico de la tarde?

–Estaba durmiendo.

–¿Has tratado alguna vez de dormir de noche? ¿Y solo?

–Basta de bromas, Patty. Mi trasero me duele y más cuando me río.

¿Qué dice de mí esta vez?

–Tienes que leerlo para saborearlo bien. He llegado a esperar cosas extraordinarias de ti, Henry, pero ésta tiene que ser la mayor travesura de todas. Espero que lo estés escribiendo.

–Gloria acaba de sacarlo de la impresora.

–¡Muy bien! Se tiene que conservar esa escena para la posteridad.

Además, añadirá otros cincuenta mil dólares a las ventas.

–Selena me ha excluido para siempre de su vida y tú sólo puedes pensar en ventas -estalló Henry-. Tú y Barney Weissy también Harry Westmore…, sois un montón de buitres.

–Me pareció que te veías muy viril anoche en el Baile de Artistas y Modelos, con ese disfraz de sátiro. En cuanto a Selena, estaba hermosa.

¿Era realmente un cinturón de castidad lo que llevaba?

–Eso dijo.

–¿No lo sabes?

–Gloria se encontró con Selena en el tocador y le dijo que Selena es Leonora en el libro y que estoy escribiendo todo lo que ha ocurrido entre nosotros. Selena se enfadó muchísimo y tuve que llevarla a casa antes de la medianoche.

–Si ha leído la columna de Willy, «Entretenerse con Dilly», es probable que estés metido en un lío peor que el de anoche -le recordó Patty-. Pero con Elena Hartsfield en tu rincón…

–De todos modos amo a Selena.

–¿Te molestaría decirme cómo lograste llegar tan lejos tan rápido con Elena?

–Bueno: no se ve muy a menudo un gato en el extremo de una correa.

Elena se pasea todos los días por el parque con un gato, y eso evidentemente debía despertar el interés de un escritor. Además, conoció bastante bien a Bart en Hollywood, y me ha dado mucha información útil acerca de cómo era Bart en esos tiempos.

–Por cierto, ¿qué tal es la hermosa Elena en la cama?

–Un caballero no refiere esas cosas.

–Ese es uno de los problemas que conlleva el envejecer. Alguien siempre inventa algo que no tienes la fuerza de probar -continuó Patty con tristeza-. Todos hemos estado un poco preocupados últimamente por lo de tu libro, Henry. Durante un rato parecía que habías perdido el interés por lo que ansía todo norteamericano vigoroso. Pero parece que ya estás bien, a juzgar por lo de anoche. Llámame cuando no te duela demasiado el trasero y puedas sentarte, y gastaremos algo del dinero del viejo Barney en algún lugar…, a menos que conozcas a un médico que esté dispuesto a darme una enorme inyección de hormonas.