Trasplante
Capítulo VIII
–Sin ningún movimiento, lo que, si no me equivoco, tiene relevancia legal…
–Hace mucho tiempo era así, señor Walters; más o menos en los tiempos de esos retratos vivientes del circo que mencionaba usted. Pero eso ya no tiene mucha validez.
–Estoy dispuesto también a presentar una prueba de que la pose de la señorita Manning era una copia exacta de la fotografía de la sobrecubierta, señoría.
–¿Una prueba, señor Walters? – El juez alzó la mirada. Sus ojos chispeaban con un interés renovado.
–Si puede usted pedir al alguacil y al secretario que vayan a la parte trasera de la sala, haremos una demostración sólo para usted. Creo que con eso se verá claramente la veracidad de mi declaración.
El juez hizo una señal con la cabeza y los dos hombres se alejaron, aunque muy renuentes.
La señorita Manning tomará ahora la pose en que la fotografiaron esta tarde.
Henry ayudó a Gloria a sacar los brazos de las mangas del impermeable, a la vez que ocultaba su cuerpo tanto como le era posible, dado lo corto del abrigo.
Por favor, examine la fotografía nuevamente, señoría -pidió Henry cuando Gloria tomó una pose ante el estrado en que se encontraba sentado el juez Peebles-. Luego examine la pose que tomó la señorita Manning.
Henry esperó a que la mirada del juez se alzara y entonces abrió por completo el impermeable, ocultando a Gloria de la sala, pero definitivamente no de la mirada del juez Peebles. Éste tragó saliva, echó un nuevo vistazo a la foto, como para asegurarse de los hechos, y volvió a mirar a Gloria.
–Se rechazan los cargos -exclamó con voz ronca, y dio un martillazo en el escritorio-. El caso siguiente.
VIII
Gloria llegó al trabajo a la mañana siguiente radiante de felicidad.
–Me has convertido en una celebridad, Henry -le dijo-. En el autobús, esta mañana, tres personas me reconocieron. Mi fotografía aparece en todos los periódicos.
–Vas camino de la fama y espero que de la dicha -manifestó Henry-.
Quisiera poder decir lo mismo de mí.
Gloria se mostró instantáneamente preocupada.
–¿La señorita McGuire?
–Después de lo de ayer, no volverá a hablarme nunca más. ¿Te importaría si te hiciera una o dos preguntas, Gloria?
–Claro que no. Adelante.
¿Recuerdas cuando me llamaste esa noche, acerca de la sobrecubierta de mi libro y te dije que no lo iba a escribir?
–Claro. Estaba muy decepcionada.
–¿Se lo contaste a alguien más?
–A nadie más que a mi hermana, Maria.
–¿La que está casada con el gran John Fortuna?
Los ojos azules de Gloria se abrieron desmesuradamente.
–Pues, sí. ¿Cómo lo supiste?
–No importa. ¿Pediste a tu hermana que tratara de ver si su marido me podía convencer de escribir Supersemental primero?
–¡Oh, no, Henry! Sencillamente le dije que estaba muy desilusionada -
Gloria se interrumpió-. ¿Quieres decir que…?
–Me convencieron de que escribiera el libro, sí.
–Pero ¿cómo? No pudieron obligarte a hacerlo.
–La señorita McGuire sufrió un accidente casi fatal en el metro a la tarde siguiente. Alguien la empujó, haciéndola caer del andén sobre las vías, y un hombre la sacó de allí justo antes de que llegara el tren.
–¡Ay, Henry! No creerás que yo… Pero sí que lo creíste, ¿verdad? –
Gloria se sentó de golpe-. Ahora recuerdo que te comportaste de un modo extraño cuando llegué esa mañana y te dije que Greg Annunzio me había avisado que necesitabas una secretaria.
–Al principio pensé que estabas metida en todo esto -reconoció Henry-.
Pero cuando resultaste ser una secretaria tan buena…
–Maria debió de hablar con John y él hizo que dos de sus chicos simularan el accidente.
–Creo que eso es exactamente lo que ocurrió. Por cierto, Annunzio fue a la cárcel ayer y ofreció ayudarnos a salir, pero no se lo permití.
–¿Por el incidente en el metro?
–En parte, pero, sobre todo, porque me pareció que no nos haría bien a ninguno de los dos que Annunzio nos defendiera, puesto que se sabe que tiene relaciones con tu cuñado…, sin ánimo de ofenderte, por supuesto.
–¡Esa tonta de Maria! Siempre está armando líos. ¡Ya le he dicho varias veces que no se meta en mis asuntos! – exclamó enfurecida Gloria-. Sólo la llamé aquella noche porque estaba tan desilusionada y quería que supiera que yo era capaz de tener relaciones con un hombre tan agradable y educado como tú, Henry…, un autor de bestsellers y todo eso.
–Gracias, Gloria.
–¿Estás seguro de que no me guardas rencor por lo ocurrido?
–Por supuesto que no.
–¿Ni por lo que ocurrió ayer por la tarde tampoco?
–Eso lo organizó Patty O’Flynn.
–Bueno: sí que sabe organizar las cosas…, excepto la redada, claro.
–Estoy casi seguro de que sabía también cómo manejar eso. Lo averiguaré cuando la vea de nuevo.
Henry logró hablar por teléfono con Patty O’Flynn poco antes de las cinco de la tarde.
–Tengo que ajustar cuentas contigo -le dijo a Patty.
Ajustémoslas con una copa en el Luis XIV… dentro de media hora en el bar. Sabes dónde está, ¿verdad?
–Debería saberlo. Allí le vendí mi alma a Barney Weiss y, desde entonces, no he tenido más que problemas.
–La clase de problemas que has tenido no debería desperdiciarse en hombres jóvenes. Nos veremos en el Luis XIV.
Henry se encontraba sentado a una mesa, comiendo cacahuates, cuando, según su costumbre, Patty O’Flynn llegó como un pequeño huracán.
–¿Cómo está Gloria? – preguntó Patty.
–Muy bien.
–Espero que no se resfriara al estar expuesta a los elementos tanto tiempo, la otra tarde.
–Gloria tiene la constitución de un buey…; supongo que sería más apropiado hablar de la de una vaca.
–Tú deberías saberlo, Henry. ¿Qué es lo que te pasa?
–Esa redada de ayer… fue organizada adrede, ¿verdad?
–¿Estás diciendo que yo puedo manipular a la policía de Nueva York?
–Si te lo propusieras, podrías poner un candado en las puertas del paraíso y organizar una manifestación en el exterior para que allí hubiera un departamento de música soul.
–¡Ay, Henry! ¡Qué cosas tan amables dices!…
–Nada de darme coba. Lo organizaste tú, ¿verdad?
–Bueno: la verdad es que me encargo, gratis, de la publicidad del baile anual de caridad de la Orden Fraternal de la Policía, por lo que los chicos de azul me lo agradecen, naturalmente.
–¿Qué era lo que esperabas que ocurriera?
–La idea era que metieran a Gloria en chirona un tiempo, pero tú decidiste actuar como Lanzar…
–Y me comporté como un tonto -le reprochó Henry con amargura.
–Fuiste muy gentil, aunque todo pareciera una escena sacada de El regreso de Lanzarote, filmado por Aldo Palmieri. Logramos que salierais en la primera plana de los periódicos de todo el país, y no hablemos de las revistas Newsweek y Time. ¿Leíste lo que decía de ti Willy la Dilly?
–Sí. Igual hubiera podido ponerme en una cuadra, como cualquier otro semental. Por cierto, ¿qué tiene contra mí?
–Nuestra Wilhelmina es una ardiente defensora de los derechos femeninos, así que cualquier hombre que haga que las mujeres se desmayen como lo haces tú se convierte automáticamente en un enemigo natural.
–Nunca he hablado con esa mujer, salvo en la conferencia de prensa -
protestó Henry, pero Patty hizo un gesto negativo con la cabeza.
–Para ser el amante más famoso del mundo, eres increíblemente ingenuo, cariño.
–Siempre hay alguien que me dice eso o que me llama bobo. ¿A qué te refieres esta vez?
–Las mujeres como Willy Dillingham son naturalmente competitivas, cuando de hombres se trata. Hablando francamente, Henry, está ansiosa por participar en la acción.
–¡Dios mío! Salen de la madera, como termitas.
–Después de lo de ayer por la tarde, eres un hombre marcado. Si ese impermeable con el que tratabas de envolver a Gloria hubiera sido unos centímetros más corto, probablemente hubiéramos logrado aparecer hasta en el Wall Street Journal. Me enteré que esta mañana las acciones de
London Fog, el fabricante de impermeables, subieron dos puntos y medio en la bolsa.
–Por favor, no estoy para bromas.
–¿Cómo quieres que no haga bromas al referirme a la mina de oro a la que te estás pegando? Barney Weiss me dijo esta mañana que, de todos los rincones del país, las librerías están enviando telegramas con pedidos por adelantado y que el Publisher’s Guild ha añadido diez mil dólares a la garantía. Si esa clase de éxito te molesta, Henry, debería ocurrir a diario.
–Es sólo que no estoy muy acostumbrado a que me consideren como un maniático sexual.
–Pero un maniático sexual gentil, Henry…; uno al que ninguna mujer se puede resistir. Siento no haber podido estar en el tribunal ayer, para escuchar tu galante defensa de Gloria, pero Calvin Peebles y yo hemos trabajado juntos en algunas galas de beneficencia de la Orden Fraternal de la Policía. Es generalmente juez en los concursos de belleza porque tiene buen ojo para la hermosura femenina, pero, si me hubiese visto allí, habría sospechado. Sin embargo, lo hiciste muy bien; me dicen que fuiste muy teatral cuando abriste ese impermeable y le enseñaste a Peebles la razón por la cual Dios creó a la mujer.
»Por cierto -añadió Patty-, debido a lo ocurrido ayer, Aldo me ha contratado para promocionarle también la película, lo que me obligaría a trabajar mucho con él.
–Has hecho un trabajo tan bueno con esto de la conferencia de prensa que quiero que hagas algo por mí -le pidió Henry.
–Tú dirás.
–Todo esto empezó realmente porque hace años que estoy enamorado de Selena McGuire. Sin embargo, después de lo que ha ocurrido últimamente, se necesitará tu truco más poderoso para lograr que vuelva al punto de partida.
–Por lo que he oído decir de Selena, si en algún momento te deja volver al punto de partida, a la larga ganarás el juego. Es del tipo serio…, de las que se casan.
–Pero me ha sacado de su vida para siempre.
–Entonces, ¿por qué regresar, cuando te va tan bien fuera de corral?
–Ya te dije que no estoy hecho para ser un símbolo sexual.
–Quizá no, pero tu imitación es la mejor que he visto nunca. Espera a que se publique el libro y que comiencen a afluir los derechos de autor; algunas mujeres pueden resistirse a un hombre apuesto y sensual…, aunque no pude nunca entender por qué…, y otras…, las tontas…, pueden resistirse a los millonarios. Pero casi nadie que lleve faldas puede resistirse durante mucho tiempo a la combinación de ambos.
–Selena sí puede…
–Eso, lo dudo -manifestó Patty-. Con tu récord es seguro que ganarás la próxima carrera, Henry. Lo único que tienes que hacer es esperar y llegar a la meta en el momento adecuado. Entretanto, no te duermas sobre tus laureles.
–La idea en sí comienza a repugnarme.
–Pide a tu amigo, el doctor Schwartz, que te recete belladona, pues. Si tu estómago empieza a revolverse, todo tu cuerpo y tu mente podrían rebelarse también. Y entonces todos tendríamos problemas.
Cuando faltaban unas dos semanas para terminar Supersemental, Henry se enfrentó a un bloqueo mental que interrumpió repentinamente la narración. Pasaron cuatro días sin que su normalmente fácil pluma produjera nada, y entonces llamó a Harry Westmore.
–No puedo pensar en nada nuevo que escribir -se quejó cuando contestó el agente.
–No necesitas nada nuevo, Henry, sólo nuevas formas de describir lo mismo.
–Ya se me acabaron ésas también.
–¿No te puede ayudar Gloria?
–Ya hizo todo lo que sabe hacer.
–Entonces, realmente es un problema -manifestó el agente-. ¿Por qué no tomas unos días libres?
–Acabo de decirte que llevo cuatro días en blanco.
–Esos bloqueos son siempre psicológicos -aseguró Westmore-. ¿Tienes idea de cuál es la raíz del problema?
–Sé exactamente cuál es la raíz. Todavía no encuentro la forma de reunir a Bart y a Leonora al final del libro.
–Supongo que tampoco lo estás logrando con Selena.
–Ni siquiera quiere hablar conmigo.
–Siento recordártelo, Henry, pero al gran John Fortuna no le gustará que no termines el libro a tiempo.
–Con eso, sólo logras empeorar la situación, Harry.
–Por cierto, Barney cree que hay muchas posibilidades de convertir a Gloria en otra Marilyn Monroe. Va a pedir a Palmieri que le haga una prueba cinematográfica.
–Me alegro por Gloria.
–Sin embargo, eso empeorará las cosas para ti. Si el libro fracasa, Palmieri se echará probablemente atrás en lo de la prueba para Gloria, y a la esposa de Fortuna no le va a gustar ver frustrada a su hermanita.
–Bueno, ¿y qué puedo hacer?
–Encuentra algo en qué ocuparte, que no sea escribir. ¡Espera! Tal vez tenga la solución. ¿Por qué no vas al Baile de Artistas y Modelos mañana por la noche? El Bart que llevas dentro de… sobre… ti, debería encontrar allí muchos «temas» de inspiración.
–Ya tengo suficientes problemas tal como están las cosas. Si las mujeres se ponen tan poquita ropa en este baile como en el baile al que fui hace unos años…
–Se ponen menos ropa…, si eso es posible.
–Entonces es probable que acabe otra vez ante el juez Peebles.
–Las cosas podrían ser peores, pero ya hemos explotado bastante esa mina, por lo que más vale dejarla como último recurso. – Harry parecía más animado en ese momento-. Te diré lo que voy a hacer: voy a pedir a Patty que te envíe un par de entradas con un mensajero. Entretanto, puedes llamar a Selena y averiguar si quiere ir contigo.
–¿Y que me vuelva a dar otra vez con la puerta en las narices?
–Lo dudo. Selena es una mujer, lo que significa que daría cualquier cosa por ir a ese baile con un símbolo sexual masculino, aunque pretenda haber renunciado a ti durante la cuaresma. Voy a llamar a Patty y le pediré que te envíe las entradas. Se encarga siempre de la publicidad para el baile, así que no tendrá problemas en conseguir un parde entradas. Lo único que debes hacer es llamar a Selena en seguida y concertar la cita, para que tenga tiempo de ir a la peluquería.
Gloria había salido, pero regresó poco tiempo después de que Harry colgara.
–Estaré lista para trabajar en unos minutos, Henry -dijo-. Sólo dame tiempo para quitarme la ropa.
–No te molestes, Gloria. No encuentro la forma de reunir a Bart y a Leonora.
–En una ocasión, leí un cuento en el que al final no se sabía si el protagonista se casaría con la chica o si se lo comería un tigre.
–Ése es un cuento corto muy famoso, llamado La dama o el tigre.
–¿No podrías dejar que el lector elija su propio desenlace?
–No funcionaría para una película.
–No, supongo que no. Pero siempre puedes cambiar el final del libro poco antes de que lo impriman, si piensas en algo, ¿no?
–Probablemente. Lo más importante en este momento es saber lo que hará tu cuñado si resulta que no puedo acabar el libro.
–¡Ay, Dios mío! – Gloria abrió desmesuradamente los ojos-. El tendría que ser el tigre, ¿verdad?
–Lo que estoy preguntando es: ¿lo sería?
–Mi hermana está muy orgullosa de que yo aparezca en la sobrecubierta y todo eso. Les ha estado contando a sus amigos que van a invitarlos, a ella y a John, al estreno de la película.
–Lo que significa que no les gustaría que el libro se retrasara.
–Me temo que no, Henry. ¿Recuerdas lo que ocurrió antes?
–Lo recuerdo. Supongo que tendré que salir de esta situación como mejor pueda.
–¿Vas a trabajar más hoy?
–No. ¿Por qué?
–Porque Barney Weiss me va a llevar al Baile de Artistas y Modelos mañana por la noche. Yo iba a ir de Eva, pero no pudimos encontrar nada que sostuviese las tres hojas de parra que tendría que usar, salvo ese pegamento ultrarrápido que te arranca la piel cuando tratas de quitar lo que pegaste con él.
–¿Qué vas a hacer, entonces? – preguntó Henry.
–¡Oh! Puedo pasar con un sostén y bragas de malla, como los que usan las que hacen striptease. La gente que fabrica los disfraces coserá las hojas sobre el sostén y las bragas y, de lejos, no se notaría que hay algo debajo de las hojas. Pero tengo que ir a que me lo prueben, para asegurar que las hojas estén en el lugar adecuado.
–Eso es evidente -dijo Henry-. Harry Westmore y Patty O’Flynn desean que lleve a Selena, pero no creo que ella quiera ir.
–Tiene que odiarte mucho más de lo que creo que te odia para no ir -
aseguró Gloria.
El teléfono sonó poco después de que Gloria se marchara. Era la secretaria de Harry Westmore que le indicaba que un mensajero ya había salido de la oficina de Patty O’Flynn rumbo al apartamento de Henry, con dos entradas para el Baile de Artistas y Modelos. Henry encontró media docena de excusas para no llamar a Selena, pero cuando vio que no valían nada, marcó finalmente el número de Bennett Press.
–Habla Henry -anunció cuando Selena contestó.
–¿Y cuál es la otra mala noticia? – preguntó Selena con frialdad, pero sin colgar.
–Tengo un par de entradas para asistir al Baile de Artistas y Modelos mañana por la noche.
–¿Y bien?
Algo le dio a Henry la impresión de que Selena no se había sorprendido.
–Veamos: ¿quién te dejó plantado en el último momento? – preguntó Selena.
–Nadie. ¿Por qué?
–Veinticuatro horas es poco tiempo para invitar a una chica a un baile de disfraces.
–Acabo de enterarme de que Patty O’Flynn me podía conseguir las entradas. ¿Irás conmigo?
–Si, a pesar de que no me parece sensato…, y regresaremos a casa inmediatamente cuando se haya terminado.
–Si quieres, regresaremos a casa antes de que termine.
–Más vale que entiendas esto desde un principio: cuando se acabe el baile, me llevarás a mi apartamento y regresarás directamente al tuyo.
–Si así lo quieres.
–¿Qué te hace pensar que querría otra cosa? Después de todo, sólo me puedes presionar hasta cierto punto y no más.
–No sé de qué me hablas, cariño, pero me alegra tanto que vayas conmigo que ni siquiera me preocuparé por eso.
–Por cierto, ¿qué tipo de disfraz vas a llevar?
–¿Cómo voy a saberlo? Hace apenas cinco minutos que me invitaste.