Trasplante

Frank G. Slaughter · Capítulo 27 de 63

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Trasplante

Capítulo XIII

–Sé muchas más cosas acerca de Bart que no te he contado -dijo Elena-.

Tendremos que repetir esto en otra ocasión.

–¡Claro que sí! – respondió una voz ronca, que Henry reconoció vagamente como la suya-, pero más vale que me vaya o la gente empezará a cotillear. Adiós… y gracias por todo.

–Las gracias… Yo debería dártelas a ti -replicó Elena-, y te las doy.

–Por cierto -preguntó Henry, desde la puerta del dormitorio-, ¿dónde está Rashid?

–Está encerrado en el dormitorio de Carling. – Elena se echó a reír-.

Cuando lo lleve de paseo al parque esta mañana, sé que estará endiabladamente enfurecido, de modo que no cometas el error de ponerte al alcance de sus garras.

–Puedes estar segura de que no lo haré -declaró Henry-. Adiós.

Cuando iba de regreso a su casa, Henry se detuvo en la cafetería que estaba en la esquina de la manzana en que se levantaba el inmueble que habitaba. Sybil, su camarera habitual, le sirvió y, al llevarle la cuenta, le preguntó, como lo había hecho docenas de veces anteriormente:

–¿Algo más, señor Walters?

–Bueno: me gustaría un poco de esto.

Como lo había hecho a menudo en el pasado, Henry le dio una palmada juguetona en el trasero, donde la redonda prominencia amenazaba con reventar el nilón verde. Henry se sorprendió al oírla contestar:

–Creo que eso se puede arreglar. Tengo un descanso dentro de media hora. Todavía vive en el mismo apartamento, ¿verdad?

–Si. – Henry oyó que respondía la misma voz con que había hablado antes a Elena Hartsfield-. Estaré allí dentro de un rato.

–No tardaré mucho en seguirlo -le dijo Sybil-. Eso es, si está usted listo.

Ella no lo estaba, pero Henry sí.

XIII

–En realidad no tenía hora en mi agenda -le dijo el doctor Schwartz cuando, poco después de las diez de la mañana, hizo pasar a su despacho a Henry, que temblaba como un hoja al viento veraniego-. Pero parecía estar muy trastornado cuando hablamos por teléfono.

–¡Estoy poseído, doctor! Por el espíritu de Bart Bartlemy… o más bien por su demonio.

Schwartz se dirigió a un botiquín que se encontraba en un rincón, y tomando dos cápsulas verdes del frasco que allí se hallaba, se las llevó a Henry con un vaso de agua.

–Tómelas -le ordenó.

–¿Qué son?

–Sólo un tranquilizante suave. En su condición trastornada…

–Usted también estaría trastornado si estuviese poseído por el demonio de Bart. Cuando el doctor Sang practicó la operación me convirtió en una doble personalidad.

–En psiquiatría tratamos a menudo los casos de doble personalidad, señor Walters, pero hace cientos de años que no creemos en los demonios.

–Eso es porque nunca uno se ha apoderado de usted. Usted liberó el espíritu de Bart del trasplante, la primera vez que me trató con la bola vibrante de luz, y ahora ese espíritu está tratando de tomar el dominio de mi vida.

–Vamos, señor Walters -le dijo el psiquiatra-. Lo único que hice fue inducir un estado hipnótico para aliviar sus temores de que no fuera capaz de vivir según las posibilidades que le proporcionaba el trasplante.

–He vivido según ellas -dijo Henry-. Y ahora Bart está tratando de dominar mi vida.

–¿Podría ser más específico?

–Anteanoche Selena McGuire estuvo de acuerdo en casarse conmigo, pero me hizo jurar que nunca volvería a mirar a otra mujer.

–Las esposas jóvenes hacen eso a menudo, pero rara vez funciona.

–Pero yo quiero que funcione esta vez, doctor…; al menos lo quiere la parte de mí que no está dominada por el espíritu de Bart Bartlemy. De veras que albergaba todas las intenciones de serle fiel a Selena, pero se me olvidó que tenía una cita para cenar anoche con una joven divorciada muy hermosa que, durante un tiempo, vivió en Hollywood con Bart Bartlemy. Cenamos en su apartamento y hablamos acerca de su relación durante varias horas…

–Pero cuando llegó el momento de irse, ¿no lo hizo?

–No sólo no me fui, sino que, cuando estaba desayunando en el café a la vuelta de la esquina de mi apartamento esta mañana, después de pasar la noche con otra mujer, le di a Sybil, la camarera, una pequeña palmada en el trasero cuando me trajo la cuenta; es algo que hago a menudo. Sin embargo, antes de que me diera cuenta de lo que ocurría, Sybil estaba arriba en mi

apartamento, quitándose el uniforme. ¿Podrá creer que tuve a la chica desnuda, tumbada…, como digo en mis novelas históricas…, vestida y de vuelta al trabajo en veintinueve minutos?

–¿Por qué tantas prisas?

–Sybil sólo tenía treinta minutos de descanso -explicó Henry-. Pero

¿cómo puedo serle fiel a Selena si nunca sé si algo así va a ocurrir cuando me acerco a una rica hembra?

–¿Qué es lo que quiere que haga, señor Walters?

–Ese primer tratamiento me ayudó, fue maravilloso. Por primera vez en mi vida me sentí a gusto con las mujeres.

–Si pudiera conseguir resultados así con todos mis pacientes -expuso el psiquiatra con un deje soñador-, sería millonario.

–Lo único que quiero es deshacerme de este demonio.

–El exorcismo no es parte de mi especialidad, señor Walters, pero le puedo asegurar que lo que ha ocurrido se debe sólo a que su verdadero ego ha sido liberado por la operación del doctor Sang. Además, tal vez algunas de sus tendencias normales se hayan intensificado, al saber que tiene usted el mejor aparato sexual de la actualidad y quizá de toda la historia.

–¿No podría usted hacer algo para dominar un poco el instinto, sin alterar el aparato?

–Eso sería realmente desperdiciar un equipo soberbio, señor Walters -

dijo el doctor Schwartz-. Sería algo como manchar el recuerdo de Bart Bartlemy.

–¡Me importa un comino Bart! Está arruinando mi matrimonio incluso antes de que me case, y a pesar de estar muerto.

–Existe otra dificultad, señor Walters. Una operación psiquiátrica de envergadura…, aunque pudiera practicarla, lo que no puedo garantizarle…, podría destruir el funcionamiento del trasplante.

–¿Quiere decir…?

–Al tratar de cambiar algo que funciona de modo tan espectacular ahora, se corre el riesgo de incapacitarlo, en cuanto a relaciones sexuales, por el resto de su vida. Podría casarse con la señorita McGuire y luego descubrir que sólo es esposo de nombre. ¿Está usted dispuesto a aceptar ese riesgo?

–¡Dios mío! ¡No!

–Entonces ¿por qué desnaturalizar un proceso físico normal que, podríamos decir, funciona con un éxito asombroso?

–Acabo de decirle que ya no soy normal -objetó Henry.

–Si no lo es…, y eso tampoco lo acepto, señor Walters…, hay millones de hombres que darían cualquier cosa por poseer su tipo de anormalidad. Le aconsejo que se fortalezca contra la tentación tomando tranquilizantes, hasta que consume su matrimonio. Por lo que me ha dicho hoy, creo que la situación se normalizará por sí misma, después de eso.

Fuera del consultorio del doctor Schwartz hacía calor y las calles estaban llenas de gente, particularmente de mujeres que iban a comer. Con la mirada baja, para evitar caer en la tentación que ofrecía a sus sentidos la profusión de estímulos, Henry se apresuró a llegar a la parada de taxis más cercana y se metió en el destartalado interior del primero de ellos. Al llegar a su apartamento, pagó al taxista y salió, rodeando a un hombre delgado, de cara flaca y casi inexpresiva, mejilla atravesada por una larga cicatriz, que se encontraba casi al borde de la acera, hablando con Angus, el portero.

–Señor Walters -dijo una voz desconocida, cuando Henry había llegado a medio camino de la puerta.

Henry se dio media vuelta y, al lado del portero -que, por alguna razón, parecía atemorizado-, vio al hombre de la cicatriz; contra la acera también se encontraba aparcado una larga limusina negra a poca distancia de la marquesina del inmueble. Otro joven estaba al volante mientras que un tercer caballero, de apariencia particularmente elegante, se hallaba sentado en el asiento de atrás.

Era Gregory Annunzio.

–Alguien quiere verlo -le dijo la cara marcada, haciéndole una señal a Henry para que lo siguiera.

Cuando, debido al ademán, el abrigo del hombre delgado se ciñó a su pecho, Henry habría jurado que, bajo la tela, se delineó brevemente la forma de un arma en una pistolera de hombro. El hombre de la cara marcada abrió la puerta de la limusina, tomó a Henry del brazo y lo forzó a entrar, con la misma facilidad con que hubiera manejado a un niño.

–No se alarme, señor Walters -le dijo Annunzio-. Sólo quiero hablar un poco con usted, y éste es un día muy placentero para pasearse por el parque en coche.

–Tengo una cita…

–Le prometo que no tardaré mucho. ¿Puedo felicitarlo por el éxito del trasplante? Sé, de fuente fidedigna, que es usted tan hombre como lo era Bart Bartlemy.

–¡Gloria! – De pronto la situación se aclaró en la mente de Henry-.

¿Trabaja para usted?

–Para mí no, señor Walters. La señorita Manning…, como le gusta llamarse profesionalmente…, es la cuñada de un cliente mío, uno de los patrones de las artes de quien le hablé cuando nos vimos en el hospital.

–Entonces, ¿el lío en el metro fue planeado?

–No exactamente en la forma en que ocurrió; no somos lo suficientemente listos para eso. Sólo se suponía que Gloria lo seguiría y que usted la invitaría al apartamento, donde seguramente ocurrirían ciertas cosas. Entonces ella concedería una entrevista a un reportero del Washington Post…

-¡Willy la Dilly!

–La señorita Dillingham fue al tribunal el otro día, porque así se lo sugerí, cuando Gloria me llamó antes de la audiencia -reconoció Annunzio-.

Afortunadamente para nosotros, la curiosidad del juez Peebles nos presentó la oportunidad que esperábamos y el secreto del trasplante se reveló de forma dramática, además del hecho de que usted iba a escribir una novela biográfica acerca de Bart Bartlemy.

–Su plan original me hubiese sido más fácil de soportar.

–Pero no hubiera sido realmente tan efectivo como el verdadero espectáculo que resultó ser; ni siquiera su fértil imaginación hubiese podido conjurar esa rápida secuencia de acontecimientos. No me importa decirle que a mis clientes y a mí nos encantó el modo en que el plan funcionaba…

hasta esta mañana.

Henry sintió un repentino estremecimiento de temor.

–¿Hasta… esta… mañana? – balbució.

–Cuando me enteré, por accidente, por cierto, que usted pensaba escribir otra novela sobre la mesa redonda antes de terminar Supersemental.

–No entiende, señor Annunzio -suplicó Henry-. La señorita McGuire se va a casar conmigo, pero insistió en que escribiera esa novela histórica antes de escribir Supersemental. Abner Bennett así lo quiere.

–Hablemos claro, señor Walters. Mis clientes y yo queremos que las cosas se hagan según lo acordado.

–Mi carrera consiste en escribir novelas históricas; no puedo permitirme romper mis lazos con Bennett Press -protestó Henry.

–Una vez que haya terminado Supersemental puede escribir lo que le apetezca -le aseguró Annunzio.

–Y perder a Selena…

–La señorita McGuire es una joven demasiado inteligente para no darse cuenta de cuál es su interés, una vez que se percate del éxito en el mundo editorial que significaría el ser su editor bajo Barney Weiss.

–Pero no voy a escribir Supersemental ahora.

Con la misma fascinación que le hubiese causado ver una cobra saliendo de una canasta a tres metros de distancia, Henry observó cómo los dedos del joven matón de la cara marcada se movían despreocupadamente hacia su cazadora y la desabrochaban.

–Oí ese rumor esta mañana, pero no podía creerlo. – La voz de Gregory Annunzio se había enfriado visiblemente.

–Esto debe ser un sueño -dijo Henry atontado-. O una pesadilla.

–Le puedo asegurar de que ganar al menos medio millón de dólares, y probablemente más, por seis meses de trabajo, quizá aún menos, no es un sueño, señor Walters. Personalmente, yo preferiría que no se convirtiera en una pesadilla, pero la vida es real.

Las palabras contenían una evidente amenaza y Henry la reconoció como tal.

–Si escribo su libro, pierdo a mi prometida -protestó.

–Si escribe el libro basándose en la forma en que ha estado viviendo desde el día en que se topó con la señorita Manning en el metro, sería un tonto si se casara con alguien -le dijo Annunzio sin rodeos-. Si juega bien sus cartas podría estar en camino de convertirse en un símbolo sexual aún más importante de lo que jamás fue Bart Bartlemy.

–No puedo hacerlo -manifestó Henry-. Y no tiene sentido que me diga que me van a hacer desaparecer…

–¡Por favor! – interrumpió Annunzio con una mueca afligida.

–… porque si lo hace, perderá la oportunidad de que más tarde decida escribir la novela.

Henry jugó su triunfo y esperaba que fuera lo suficientemente alto como para ganar la partida, pero el abogado no pareció intimidarse: