Trasplante

Frank G. Slaughter · Capítulo 47 de 63

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Trasplante

Capítulo VII

–¿Qué te pasa, Henry? – preguntó Gloria. Su voz denotaba un ligero toque de temor.

–No siento nada.

–¿Ni siquiera en el trasplante?

Henry movió la cabeza negativamente, con aire sombrío. De momento no podía hablar, pues se iba dando cuenta de que el desastre de la tarde anterior no constituía un incidente aislado.

–No siento nada.

–¡Dios mío! – gritó Gloria-. ¡Lo has perdido!

–Todos lo hemos perdido -convino Henry con un gruñido.

VII

–Usted es la última persona que esperaba ver por aquí, a juzgar por lo que dice la prensa, pues parece que todo le va muy bien.

En eso consistió el saludo del doctor Schwartz cuando Henry entró tambaleándose en su despacho, poco antes de la hora de la comida.

–¡Estoy hecho un manojo de nervios! Mire mis manos. No puedo ni siquiera coger una copa sin que se derrame.

–Es obvio que padece un estado de ansiedad aguda.

Schwartz se dirigió al botiquín, sacó tres píldoras verdes de un frasco y luego entró en el cuarto de baño adjunto y llenó un vaso de agua.

–Tómeselas -ordenó a Henry.

Henry se tomó obedientemente las cápsulas y se dejó caer en la silla al lado del escritorio.

–Ahora dígame: ¿cuál es su problema, señor Walters? – preguntó el psiquiatra, en un tono de voz calculado para tranquilizarlo.

–Lo he perdido -gruñó Henry.

–¿Qué ha perdido?

–¡El demonio! Abandonó el trasplante… y me abandonó a mí.

Schwartz frunció el ceño.

–No hace mucho estaba usted desesperado por librarse del impulso de utilizar las partes que Bart Bartlemy le dio. Ahora me dice que eso ocurrió sin que hiciera nada por conseguirlo. Me parece que debería estar contento de ser usted mismo otra vez.

–Es que he perdido hasta los impulsos que tenía antes del accidente.

–¿Me está diciendo que no siente ningún impulso sexual?

–Le dije que lo había perdido. ¡Se acabó!

–¿Lo ha examinado el doctor Sang?

–Lo hizo hace una hora; vine directamente de su consultorio. Según él, el trasplante está perfectamente normal, en términos anatómicos.

–Entonces, tal vez las cosas no sean tan malas como usted piensa. Lo que le ocurre podría deberse a un simple caso de impotencia psíquica, señor Walters. Al menos una vez por semana veo pacientes con ese problema, particularmente recién casados.

–Entonces, ¡por amor de Dios!, haga algo. Todo mi futuro peligra.

–Tal vez sea mejor que empecemos desde el principio -señaló el doctor Schwartz-. Dígame todo lo que ha ocurrido desde la última vez que lo vi.

–Debo decir que ha vivido muy intensamente en los últimos meses -

apuntó Schwartz con un deje de admiración y de envidia cuando Henry hubo terminado el relato de sus amoríos-. Disfrutó más o menos de tantos romances en este lapso como la mayoría de los hombres en toda la vida, si tienen suerte.

–Si no me puede usted curar para que esté como antes de ayer por la tarde, no va a haber mucha más vida -exclamó Henry-. No podré acabar Supersemental y la Mafia me echará al río… con zapatos de cemento.

–¿Tiene usted idea de lo que ocurrió…, quiero decir, a su psique?

–Todo fue por el condenado gato.

–Estoy de acuerdo, al menos parcialmente.

–Pero ¿por qué? Y ¿cómo?

–Analizaremos primero el cómo; quizá nos dé una pista para entender el porqué. Usted sabe, por supuesto, que las emociones tienen un papel importante en el deseo sexual.

–Si no supiera eso ya, seguramente estaría muerto del cuello para arriba.

–Muy bien expresado -dijo Schwartz-. Pero, por lo que usted dice, ¿no es más bien al revés?

–Por favor, nada de adivinanzas. Ahora mi cabeza y mi trasero me duelen demasiado, ambos.

–¿Ha leído alguna vez las conferencias del doctor A.

A. Brill sobre la psiquiatría psicoanalítica?

–No, creo que no.

–Serían muy útiles para un novelista…, particularmente la sección de los errores freudianos.

–¿Qué tiene eso que ver con el hecho de que no puedo hacer lo que antes me era natural?

–Analicemos lo que acaba de decir. Repetiré sus palabras exactas:

«Ahora mi cabeza y mi trasero me duelen demasiado, ambos.»

–Perdí el hilo en algún punto entre el trasero y la cabeza.

–Entonces analizaremos cada frase por separado -manifestó Schwartz-.

El elemento psicológico de la función sexual se encuentra en la cabeza, en el cerebro; es una de las emociones humanas más fuertes.

–No se tiene idea de cuán fuerte es hasta que uno no la pierde.

–Bien dicho -repuso Schwartz-. Por otro lado, el elemento físico se encuentra en el trasero, o sea en la parte baja del cuerpo, ya que los nervios sacrales salen de la espina dorsal en su porción terminal y controlan la función del aparato sexual.

–Vine aquí para que me ayudara, no para que me diera una lección de anatomía.

–Es un simple hecho psicológico que, cuando el elemento psíquico del deseo sexual se reprime, por diversas razones, el elemento físico no funciona en absoluto.

–¿Aun con el equipo de Bart Bartlemy?

–Le concedo que, en ese caso, la represión psíquica debe ser extraordinariamente fuerte.

–¡Deje de buscar tres pies al gato! – exclamó Henry-. ¿Puede curarme?

–La observación, aún superficial, sugiere que su caso no es nada sencillo.

–Pero ¿por qué? Todo me salía bien hasta que ese maldito gato…

–Exactamente -indicó Schwartz-. Sospecho que las heridas en su trasero están impidiendo que actúe usted según sus capacidades normales como amante.

–Pero el dolor está desapareciendo rápidamente.

–Sin embargo, su mente aún recuerda inconscientemente que le infligieron a usted unas dolorosas heridas la última vez que ejerció sus ya conocidas aficiones sexuales. En otras palabras, su subconsciente trata de protegerlo del dolor al asegurarse de que no haga usted lo que tuvo por resultado ese penoso accidente.

–En otras palabras, se trata de dilucidar si el perro menea la cola o si la cola menea al perro, ¿no?

–Un poco de ambas cosas, me imagino. Es sin duda conmocionante que un gato bufando te clave las garras en el trasero en las circunstancias en que eso me ocurrió -reconoció Henry-. Pero no comprendo por qué eso me haría perder tanto el deseo como la capacidad.

–Puedo ver al menos dos razones, en su caso -especificó Schwartz-.

Primero, sus hazañas amorosas con otras mujeres han interferido en su relación con la señorita McGuire. Al saber que, si sigue por ese camino puede perderla definitivamente, su inconsciente le impidió, así de sencillo, funcionar como amante…, excepto tal vez con ella.

–No creo que tendré la oportunidad de poner esa teoría a prueba. Mírese como se mire, estoy metido en un lío endemoniado.

–Existe otra posibilidad -apuntó el psiquiatra-. Podría intentarlo otra vez en las mismas circunstancias que…

–¿Y pasarme todo el tiempo mirando por encima del hombro, preguntándome cuándo me arañará el gato? Ni siquiera Casanova podría hacer el amor en tales condiciones.

–El propósito de eso consistiría en convencer a su inconsciente de que el gato no lo va a atacar de nuevo. Una vez que el inconsciente esté seguro de que no experimentará ningún dolor, su mente se liberará y, junto con eso, el elemento físico mejorará.

–Veré lo que puedo hacer -convino Henry-. Pero más vale que me dé hora para mañana.

–Tengo unos cuantos ases más, si con éste no gana -le prometió el doctor Schwartz-. Anímese, señor Walters. Un corto ayuno no le hará ningún daño.

En el drugstore de la esquina, Henry metió una moneda en el teléfono público y marcó el número del apartamento de Elena Hartsfield. Estaba dispuesto a colgar si contestaba un hombre, pues no conocía a Carling Hartsfield lo suficientemente bien como para pedirle permiso para acostarse con su ex esposa. Fue Elena quien contestó. Habla Henry. ¿Estás sola?

–Si…,excepto por Rashid.

–Necesito verte unos minutos.

–Bueno, no sé si…

–Por favor, Elena. Es un asunto urgente y no puedo hablar de ello por teléfono.

-Podría dar un paseo por el parque con Rashid. ¿Estás en casa?

–No. Estoy en la entrada del parque en la calle Ochenta y cinco.

–Entraré en el parque por la calle Ochenta y cinco -indicó Elena-. Hay un banco justo al lado de la entrada y nos podemos encontrar allí.

–Estaré allí antes que tú -aseguró Henry.

Henry se encontraba en el banco cuando llegó Elena. Rashid tiraba de la correa. Henry se sentó en un extremo del banco y Elena en el otro. El gato se sentó entre los dos.

«Seguramente está convencido de que está protegiendo a su ama», pensó Henry.

–Te ves muy mal -dijo Elena.

–Me siento todavía peor.

–¿Por las heridas?

–No las que imaginas. El doctor Schwartz dice que cuando Rashid me clavó las garras en el trasero, me las clavó también en el cerebro.

Elena frunció el ceño.

–Creo que no te entiendo.

Henry echó un vistazo a su alrededor y, al ver que no había nadie cerca de ellos, se acercó un poco a Elena, para no tener que hablar muy alto. Pero el brillo siniestro en los ojos de Rashid le advirtió que no se acercara más.

Le explicó rápidamente a Elena lo que había ocurrido, pese a su vergüenza al tener que reconocer su situación ante una hermosa joven, con cuyas capacidades para hacer el amor estaba familiarizado y que ahora necesitaba urgentemente.

–¿No podría ser una condición transitoria? – preguntó Elena-. Fuiste asombrosamente eficaz antes de que interviniera Rashid.

–El doctor Schwartz cree que va más allá. Y que sólo tú puedes ayudarme.

–¿Qué podría hacer?

A sabiendas de que tenía que ser más elocuente que nunca, Henry inspiró profundamente.

–El psiquiatra dice que necesito reconstruir el crimen…

–¿Qué?

–Dice que si seguimos los mismos pasos que seguimos esa noche…, sin que el gato me ataque esta vez, por supuesto…, entonces mi mente inconsciente podría aceptar que al hacer el amor no siempre acabaré como esa mañana.

–Supongo que debería sentirme halagada -reflexionó Elena en un tono un poco escéptico.

–Una sola vez no puede perjudicarte… y podría curarme.

–En circunstancias normales, ninguna mujer debería pasar sin la experiencia de hacer el amor contigo al menos una vez en la vida, lo reconozco…

–Entonces es muy sen…

–Carling y yo nos casamos esta mañana. Por eso, lo que fue divertido después del baile sería adulterio ahora. Sé que eres una persona demasiado refinada para querer que haga eso.

Puesto así, Henry no podía menos que reconocer que noblesse oblige, aunque dudaba que Bart Bartlemy

o el demonio pensaran igual. – Créeme, Elena -declaró con sinceridad-.

No sabía que te habías vuelto a casar cuando te lo pedí.

–Estoy segura de que no lo sabías -aseguró Elena-. De hecho, de haber sabido que me lo ibas a pedir, hubiera pospuesto la boda al menos un día, sólo para reconstruir el crimen. Pero ahora…

Elena dejó caer la correa y alargó el brazo para colocar su mano sobre la de Henry en un gesto de consuelo.

Enternecido por su preocupación, Henry iba a levantar la mano de Elena para besársela, cuando Rashid atacó de nuevo.

Cuando, más tarde, para el manuscrito y en el procesador de textos, hizo la cronología de los acontecimientos que siguieron, Henry decidió que el gato había interpretado el gesto nuevamente como un ataque contra su ama.

Sin embargo, esta vez Henry se movió con suficiente rapidez, lo que le permitió repeler al agresor, agarrándolo por la piel de la cabeza y arrojándolo sin ceremonias a un arbusto, detrás del banco; pero no pudo evitar que las afiladas garras le rasgaran la piel de la mano.

–Una cosa es segura -exclamó Henry al envolver su mano sangrante con un pañuelo-. Rashid no tiene intención de hacer las paces conmigo, ni ahora ni nunca.

–¡Gato malo! – Elena regañó al felino, que nuevamente se encontraba sentado entre los dos.

Henry estaba seguro de haber visto un destello de triunfo en las pupilas del animal.