Trasplante

Frank G. Slaughter · Capítulo 2 de 63

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Trasplante

Capítulo II

–¿No quieres guardar el taxi, cariño? – preguntó Henry-. Puedo subir a mi apartamento ahora con mi propia energía.

–Tienes que terminar una novela para Bennett Press -le dijo Selena-.

Más vale que al menos me asegure de que llegas sano y salvo a tu apartamento.

–¡Oiga! – El taxista estaba mirando nuevamente la primera plana del Post-. Ambos están en la foto y la rubia no está mal tampoco. ¿No dijo que Bart Bartlemy era su mellizo, señor?

–Sí.

–Parece que usted va a tomar su lugar, entonces, ¿verdad?

–Espero que no -contestó Henry con fervor-. ¡Dios mío, espero que no!

Selena asió a Henry por un codo…, al que le habían arrancado bastante piel más temprano en el metro, en el alboroto que inició todo el asunto.

–Tengo que regresar a la oficina tan pronto como me asegure de que estás sano y salvo en tu apartamento, donde no puedas meterte en más líos -

le dijo, y cuando Henry hizo una mueca de dolor añadió-: Siento haberte cogido el brazo herido, pero te daré unas aspirinas de doble potencia que tengo en la bolsa.

–Lo que necesito es un whisky de doble potencia -rectificó Henry-.

Puedes prepararnos unos cuando lleguemos arriba y te contaré toda la historia exactamente cómo sucedió.

II

Henry se había sentido bastante deprimido al regresar del aeropuerto donde se despidió de Selena. Esta subió al avión de Denver, de donde iría a Boulder, sitio en que se encontraba la Universidad de Colorado y uno de los lugares más hermosos de toda la zona de las Montañas Rocosas. Cuando detuvo su Mercedes frente al inmueble de su apartamento, vio que Ezra, el portero, parecía discutir con un hombre que estaba de espaldas a Henry. De los fragmentos de conversación que oyó, Henry dedujo que el propietario del Rolls Royce descapotable aparcado, con la capota baja, delante de su Mercedes, quería dejar su coche allí durante un rato, pese al estricto reglamento de no aparcar frente a la marquesina del inmueble.

–Puede meter el mío en el aparcamiento cuando tenga un momento libre, Ezra -dijo Henry y le arrojó las llaves al portero.

–Muy bien, señor Walters -contestó Ezra-. Lo haré en un minuto.

Cuando Ezra mencionó el nombre de Henry, el hombre con quien hablaba se dio la vuelta bruscamente y miró de frente a Henry, que lo reconoció de inmediato. Pues no sólo la cara, sino el resto de Bart Bartlemy, el mellizo de Henry, eran conocidos por millones de personas en todo el mundo.

–¿Henry? – preguntó Bartlemy.

–Sí -contestó Henry-. Tú eres Bart.

–¿Por qué te dejaste crecer la barba? – preguntó Bartlemy-. No te habría reconocido nunca con ella, si el portero no hubiese mencionado tu nombre.

–Fue para evitar que me confundieran contigo -aclaró Henry, encogiéndose de hombros.

–Sí, supongo que tendrías ese problema desde que apareció la última edición de Fun Girl -reconoció Bartlemy-. ¿Sabes que no nos hemos visto en treinta y dos años?

–Desde que nuestras tías nos sacaron de cunas adyacentes y nos adoptaron -adujo Henry-. Sube a mi apartamento y te daré un trago.

–No hay tiempo para eso. Tengo un trabajo para ti.

–¿Un trabajo?

Desde que salió esa foto en Fun Girl mi abogado cree que sería una buena idea que escribiera mi autobiografía. Quiero que tú la escribas.

–¡Por Dios! ¿Por qué?

–Ésa es idea de ellos; a mí no me lo preguntes -contestó Bart-. Pero si entras en el Rolls te llevaré al despacho de mi abogado. Está cerca de Wall Street y apenas podremos llegar allí antes de que cierren.

–Entonces, ¿va en serio eso de la autobiografía?

–Muy en serio, si me va a dar dinero. Y también debería dártelo a ti.

–Supongo que en eso tienes razón.

–¿Tienes algo que hacer durante el próximo par de horas? – inquirió Bart.

–No.

–Entonces entra e iremos a hablar de eso con Greg.

Como se había despertado su curiosidad y quería ver de qué se trataba, Henry se sentó en el Rolls.

–El bar está detrás del asiento -le indicó Bartlemy, en tanto el motor arrancaba con un rugido y el coche se alejaba de la acera.

–No, gracias.

–Entonces prepárame un trago -repuso el actor-. Hace un par de horas que no he tomado uno.

¿Crees que deberías estar bebiendo cuando conduces? – preguntó Henry.

–Conduzco mejor cuando estoy borracho que cuando estoy sobrio –

Bart Bartlemy se echó a reír estrepitosamente-. Sírveme un trago de whisky mientras busco una rampa para salir al East Side Drive. Así llegaremos más rápido al centro.

Como estaba ocupado sirviendo whisky de un amplio surtido en el estante detrás del asiento, Henry no se dio cuenta de la dirección que tomaban hasta que, al entregarle el vaso a su hermano, alzó la mirada y vio una señal que decía claramente «NO ENTRAR».

Un enorme camión iba bajando por la rampa, prohibida según la señal, y Henry apenas tuvo tiempo de agarrarse al cinturón de seguridad. Como no estaba acostumbrado a los Rolls, no lo había encontrado antes de que Bart le pidiera un trago -y, por tanto, no pudo atarlo antes del choque- y, durante unos instantes voló por encima del parabrisas y del capó.

–¿Ya decidió regresar a la tierra, señor Walters?

La cara femenina que flotó dentro del campo de visión de Henry era de mediana edad, regordeta y llevaba una cofia almidonada de enfermera.

–¡Cómo duele! – gimió Henry-. Es como un cuchillo.

–Le voy a dar una inyección.

La enfermera desapareció más allá de un montón de botellas y tubos que estaban pegados al rincón de lo que era, evidentemente, una cama de hospital. Regresó al poco rato con una jeringa hipodérmica y le clavó la aguja en el trasero.

–Ya está -le dijo a Henry-. Eso lo aliviará.

–¿Dónde estoy? – preguntó Henry.

–En el hospital de Investigaciones de Manhattan -le informó la enfermera-. Tuvo un accidente en el East River Drive hace dos semanas.-

¡Dios mío! ¿He estado inconsciente tanto tiempo?

–Sí, con una severa conmoción cerebral.

–Si tuve una conmoción cerebral, ¿por qué me duele tanto abajo?

–No conozco los detalles, pero hubo otras heridas, aparte la conmoción.

–¡Y que lo diga! – exclamó Henry. Su voz ya se estaba deformando un poco por efecto de la inyección.

–Le diré al doctor Sang que ya regresó a la vida. – Henry oyó la voz de la enfermera disminuir en tanto él caía en un vacío tenebroso.

Cuando Henry volvió a despertarse, afuera estaba oscuro y un médico rechoncho que vestía la bata blanca de los facultativos del hospital se encontraba sentado en la silla al lado de su cama, examinando su historia clínica.

–Bien, señor Walters -le dijo el médico-. Celebro verlo de nuevo entre los vivos. Se salvó de milagro, ¿sabe?

–No lo sabía y todavía me lo pregunto -contestó Henry.

–Soy el doctor Sang -le informó el médico-. Estuvo usted en un accidente del Rolls Royce de Bart Bartlemy que iba en dirección contraria por una rampa de subida al East River Drive.

–Recuerdo eso y un gran camión que me miraba fijamente a través del parabrisas, pero no recuerdo nada después de eso.

–Estaba usted apenas vivo cuando llegó a la sala de urgencias -continuó el doctor Sang.

–¿Qué sucedió con Bart?

–Siento decirle que su hermano murió en el accidente. ¿Se querían mucho?

–Esa fue la primera vez que nos veíamos desde que nuestros padres murieron en un accidente y dos tías nos adoptaron; una vivía en California y la otra en Connecticut. ¿Qué le pasó a Bart?

–Bueno: estaba borracho en el momento del accidente; leí que había estado tomando mucho desde que apareció en la página central de esa revista para mujeres… Fun Girl.

–Ésa es. Cuando el Rolls chocó de frente con el camión, usted fue proyectado por encima del parabrisas y a través del adorno de plata que representaba la insignia de Bartlemy.

–¿El que representa el símbolo científico masculino?

–Sí. La flecha en la parte de arriba rasgó su cinturón y le rebanó sus genitales externos tan limpiamente como lo hubiera hecho un escalpelo.

–¡Dios mío! Soy un eunuco.

–Afortunadamente, su condición de eunuco…, si quiere llamarla así…, duró sólo unas horas -aseguró el doctor Sang-. El accidente ocurrió a sólo unas manzanas del hospital, si no probablemente habría muerto debido a la hemorragia y a la conmoción.

–No recuerdo nada de eso. ¿Cómo murió Bart?

–No se había puesto el cinturón de seguridad y recibió tal golpe que le aplastó el cráneo. Como en todos los casos en que el paciente llega aparentemente muerto, practicamos de inmediato un electroencefalograma al señor Bartlemy y vimos que no había ondas en el cerebro.

–¿Estableciendo así la muerte cerebral?

–Sin duda alguna. Afortunadamente para usted, también encontramos una copia de lo que ahora se ha dado por llamar un «testamento en vida» en la cartera del señor Bartlemy. Nos daba permiso para utilizar cualquier parte de su cuerpo que se considerara adecuada para un trasplante.

–Recuerdo haber firmado uno de ésos el año pasado durante una campaña por televisión.

–Naturalmente, lo primero que hicimos cuando el cuerpo del señor Bartlemy llegó a la sala de urgencias fue enchufarlo a una máquina de respiración y a un marcapasos para que siguiera respirando y su corazón siguiera latiendo, proporcionándole así oxígeno a sus tejidos, aunque su cerebro y, por tanto, su cuerpo legal, por así decirlo, estuvieran muertos.

–Está tratando de decirme que… -Henry se interrumpió-. Pero eso no ha sido hecho antes, que yo sepa.

–Hemos tratado de trasplantar los órganos genitales externos en varios casos, pero sin éxito -reconoció el doctor Sang-. Afortunadamente, sin embargo, un nuevo medicamento, llamado Ciclosporín, ha cambiado todo eso; así que decidimos arriesgarnos otra vez con un trasplante, utilizando el medicamento para evitar el rechazo.

–Creo que me voy a desmayar -dijo Henry.

El doctor Sang sacó de su bolsillo un pequeño objeto y lo aplastó debajo de la nariz de Henry, reviviéndolo así rápidamente con el punzante olor del amoniaco aromático.

–Entretanto -prosiguió el urólogo- estábamos haciendo todo lo posible en su caso para luchar contra la conmoción y la hemorragia, mientras lo preparábamos para la cirugía. Naturalmente, también iniciamos una prueba para ver si los tejidos de usted y los del señor Bartlemy eran compatibles, como siempre hacemos cuando preparamos un trasplante. Pero como el señor Bartlemy había firmado su testamento diciendo que se podía disponer de cualquier parte de su cuerpo, no esperamos los resultados, sino que

practicamos la intervención quirúrgica de inmediato. Mientras tanto otros cirujanos trabajaban también quitando tejidos para trasplante.

–Parece que ustedes los cirujanos tuvieron realmente un gran día.

–Yo personalmente pasé seis horas de ese día en su caso -refirió el doctor Sang-. Ese mismo día uno de los riñones de Bartlemy fue trasplantado a un joven estudiante de medicina y el otro iba hacia otra parte de Nueva York para salvar a un niño que se estaba muriendo de nefrosis. El corazón de Bartlemy está latiendo ahora en el pecho de un joven profesor de la Universidad de Nueva York, un científico genetista con tremendo potencial por el bien de la humanidad, que tuvo un grave ataque de fiebre reumática cuando estudiaba medicina y que, poco a poco, iba muriéndose por insuficiencia cardíaca. Ambas córneas fueron a dos niños ciegos que ahora verán por primera vez en su vida.

–Parece que todos en el hospital estaban ocupados quitando las piezas de recambio de Bart -bromeó Henry-. No puedo evitar comparar esto con las operaciones que se llevan a cabo en los cementerios de coches.

–Existen ciertas similitudes -concedió el doctor Sang con una sonrisa-.

Afortunadamente, pudimos llevar a cabo un trasplante total de sus órganos generativos externos y, mientras hacíamos eso, descubrimos algo interesante.

–Creo que ya sé lo que eso quiere decir.

–Cuando recibimos el resultado de la concordancia entre los tejidos no podíamos creer lo que veíamos, así que hicimos otra prueba…, con los mismos resultados.

–Naturalmente, ya que Henry Walters y Bart Bartlemy eran mellizos idénticos.

–Lo que quería decir que un trasplante del cuerpo de su hermano al suyo seguramente prendería, a condición de que nuestra técnica fuera lo suficientemente hábil para conectar las arterias, las venas y los nervios necesarios; y parece que lo fue. Afortunadamente, un joven cirujano de este hospital recibió entrenamiento en microcirugía del mismo cirujano de Saint Louis que practicó el primer trasplante de testículo.

–Leí algo sobre eso -informó Henry-, pero nunca soñé que…

–Le puede interesar saber que el mellizo que recibió el testículo en ese caso se convirtió recientemente en padre.

–En otras palabras, ahora poseo…

–Los genitales más famosos y mejor conocidos de la historia moderna.

–Nunca podré conseguir que se olvide eso -gimió Henry.

–A juzgar por la reacción del público femenino ante Bart Bartlemy y particularmente ante esa página central, señor Walters, una vez que se enteren de lo que ocurrió, creo que usted no va a querer olvidarlo.

–Y todo por un mellizo al que nunca había visto antes, salvo en la pantalla.

–Aún no comprendo cómo sucedió que, siendo mellizos idénticos, usted y el señor Bartlemy no se conocieran.

–Nuestros padres tuvieron un accidente hacia el final del embarazo de nuestra madre -explicó Henry-. Mi padre murió en el lugar del accidente y mi madre apenas estaba viva cuando llegó al hospital, pero, por fortuna, un cirujano se encontraba allí y le practicó una cesárea de urgencia para salvarnos a Bart y a mí.

–La Lex caesarea fue incluida en la codificación de la ley romana en el setecientos quince antes de Cristo, y requería que un médico, cuando llegara a donde está una mujer embarazada moribunda, sacara el feto para que éste pudiera vivir -observó el doctor Sang.

–Ni Bart ni yo tuvimos heridas en el choque y dos tías maternas que no tenían hijos propios quisieron adoptarnos, por lo que dieron uno de nosotros a cada una.

–El principio salomónico.

–Supongo que ése fue el único modo de contentar a todos los interesados -concedió Henry-. La tía Nadia Bartlemy se llevó a Bart a California, donde éste se crió entre la gente de las películas y se convirtió en un pasota crónico y luego en una especie de estrella de la pantalla. La tía Helen Walters me llevó a Boston, donde el tío John era profesor de inglés en Harvard, por lo que, naturalmente, me convertí en profesor de historia y luego en escritor.

–¿Y ninguno de ustedes sabía que tenía un mellizo?

–Lo sabíamos y a veces yo sentía curiosidad por ponerme en contacto con Bart. Pero resultó ser una manzana podrida y lo enviaron a un reformatorio cuando tenía trece años, por dejar a una chica embarazada, y después de eso mi familia dejó de reconocer el parentesco.

–Una reacción bastante natural -concedió el doctor Sang.