Trasplante
Capítulo VI
–Limón y dos terrones de azúcar.
–No hay nada como el azúcar puro para darle a uno energía. –
Wilhelmina levantó su taza-. Por una amistad más íntima entre nosotros.
Por cierto, ¿qué tal te va con Supersemental? – añadió al examinarlo por encima del borde de la taza.
«Como una leona que examina su posible cena», pensó Henry.
–Estoy volviendo a escribir algunas partes.
Eso era cierto; pues, como la historia se había vuelto a detener, Henry recurría al remedio de todo escritor contra el bloqueo mental: la revisión.
–Sólo otro escritor puede saber cuán necesaria es la revisión -concedió Wilhelmina al poner la taza sobre la mesilla-. ¿Otra pasta?
Henry aceptó. Había decidido que, mientras más pastas comiera, más podía retrasar el inevitable momento de la verdad, para el cual no lograba concitar un deseo real. Sin embargo, su anfitriona no tenía tanta hambre -de pastas- como él. A Henry aún le faltaba comer una cuarta parte del contenido de un plato, cuando Wilhelmina se puso en pie, lo miró y le sonrió de tal forma que a Henry normalmente se le hubiera erizado el pelo desde la coronilla hasta los nervios sacrales. Sin embargo, y extrañamente, la única emoción que sintió en ese momento fue temor.
–Bien, cariño -dijo Wilhelmina con calidez, a la vez que agarraba la cremallera en el cuello-. ¿«Le entramos», como dirían los ingleses?
La cremallera bajó, revelando lo que Henry había sospechado desde el principio: que debajo había sólo la belleza del cuerpo de Wilhelmina. Echó una mirada a una desnuda hermosura que podía adornar cualquier ópera wagneriana, un panorama que normalmente hubiera vivificado las partes de Bart, como la propia columnista las había llamado. Pero, cuando nada ocurrió, Henry hizo lo único que podía hacer, dadas las circunstancias: huyó.
Henry se metió en un taxi enfrente del enorme inmueble y regresó rápidamente a casa. Allí, con las manos aún temblorosas, se sirvió una copa de bourbon y lo apuró. Cuando vio que el efecto deseado no lo calmaba, se sirvió otra copa y recordó las píldoras verdes que el doctor Schwartz le había recetado. Tragó un par de éstas, se desvistió y se metió en la cama.
VI
Henry dormía todavía cuando, a la mañana siguiente, Gloria entró con su llave y se dirigió a la puerta del dormitorio, que Henry había dejado abierta.
–¿Estás bien, Henry? – preguntó la rubia al despertarlo.
–No -contestó Henry-. Anoche, como a las siete, tomé un par de copas de bourbon y dos tranquilizantes, de esos que me dio el doctor Schwartz, y supongo que me quedé dormido.
–Podías matarte -le recriminó Gloria-. Voy a la cocina y prepararé el café antes de ponerme mi ropa de trabajo.
–Yo me daré una ducha fría -manifestó Henry, que salió de la cama-. Tal vez eso me despierte.
En el cuarto de baño, Henry se duchó, castañeteando de dientes bajo el chorro frío, y pensó en afeitarse, pero desistió, pues sus manos temblaban tanto que tenía miedo de cortarse.
Se encontraba en la cocina, bebiendo una taza de café, cuando Gloria entró con su habitual bikini diminuto.
–¿Te sientes mejor? – preguntó al servirse también un café.
–No mucho.
–¿Qué ocurrió en casa de Willy la Dilly ayer por la tarde?
–Tomamos té con pastas.
–¿Eso fue todo?
–Para ella no, pero para mí sí. Empezó con el juego, pero yo me rajé.
–¿Qué quieres decir con que te rajaste?
–Eso exactamente. No se me levantó.
–¿Tú? – preguntó Gloria, en un tono de incredulidad.
–El trasplante no funcionó.
–No tomaste bourbon antes de llegar, para darte fuerzas, ¿verdad? –
inquirió Gloria.
–Ni una gota -declaró Henry-. Willy estaba dispuesta, pero las partes de Bart se negaron.
–Eso es difícil de creer.
Gloria se acercó a la mesa y metió unas rebanadas de pan en el tostador.
Henry se sorprendió mirando el profundo valle que lo había metido en líos con su anillo de graduación, en el metro. Normalmente eso bastaba para darle la sensación de que estaba a punto de sufrir un ataque de baile de San Vito, pero no ocurrió nada.