Trasplante

Frank G. Slaughter · Capítulo 33 de 63

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Trasplante

notienen que seguir Estelibroy tu vida amorosa -

quieras a que Selena las verá. Es lo suficientemente inteligente para reconocer los indicios de la realidad.

–Está bastante furiosa conmigo ahora -señaló, escéptico, Henry.

–Lo que quiere decir que la llama todavía arde -le aseguró Westmore-.

La fecha de publicación está fijada para el diez de septiembre, pero mucho antes podrás comenzar a trabajar en el próximo somnífero de Abner Bennett y Selena habrá regresado a tu lecho.

–Si Abner no la despide antes.

–Hablé con Nick acerca de eso. Bennett Press ha publicado todas tus novelas históricas y, cuando Supersemental se convierta en un éxito, como seguramente ocurrirá, las ventas de tus libros van a subir mucho con las reediciones en libros de bolsillo, por lo que les conviene mantenerte contento.

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–No voy a escribir más libros para ellos a menos que Selena sea mi editor.

–Nick comprende eso también. Por lo que, cuanto más pronto resuelvas el problema de cómo volver a unir a Leonora y a Bart…, quiero decir tú y Selena… y acabes el libro, mejor para todos.

–¿Y qué pasa con la película?

–Gregory Annunzio y yo estamos trabajando en ello. Él cree que ya convenció a Aldo Palmieri para que la produzca; y Columbia Pictures la distribuirá.

–Supongo que no puedo pedir más.

No hacía falta que le dijeran a Henry que Aldo Palmieri era uno de los productores en boga de Hollywood, en aquel momento, y que tenía una serie de películas eróticas con desnudos que de milagro se habían librado de una clasificación de X y que, por tanto, habían proporcionado millones de dólares.

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V

La conferencia de prensa para anunciar la firma de los contratos de Supersemental, tanto en forma de libro como de película, iba a tener lugar en el hotel Plaza, en las últimas horas de una tarde. Patty O’Flynn fue a buscar a Henry para llevarlo. Gloria había pedido que le diera el día libre y, como Henry estaba demasiado inquieto para trabajar, preguntándose si algún miembro de la prensa haría acto de presencia, no necesitaba sus servicios ese día. Aún no estaba seguro de lo que la diminuta publicista y Barney tenían pensado y Patty no fue de gran ayuda cuando iban camino del Plaza, en taxi. Además llovía, lo que parecía añadir un elemento de mal agüero a todo lo planeado.

–¿Por qué estarían interesados en asistir a una firma de contrato?

–Es una gran noticia, Henry.

–Cada día aparecen novelas eróticas.

Pero ésas no las escribe el receptor del primer trasplante de un órgano sexual de la historia. Además, vamos a exhibir una enorme maqueta de la sobrecubierta.

–La foto de una chica desnuda es la foto de una chica desnuda, aunque la amplíes a tres metros. Puedes ver una docena o más en cualquier ejemplar de Playboy.

–El artista que Barney contrató para hacer la sobrecubierta ha hecho un buen trabajo…, en eso puedes confiar. Cuando se añada la campaña publicitaria, los compradores estarán ansiosos por entrar en las librerías.

–Hace tiempo que quiero hablar contigo acerca de eso -dijo Henry-. Me estáis convirtiendo en un super símbolo sexual y yo no soy, realmente…

–Hasta que aparezca uno, te toca el papel. Además, tú eres parcialmente Bart.

–Se supone que es al revés, anatómicamente hablando al menos, pero a veces lo dudo. Si me lo preguntas, te diré que el espíritu de Bart se ha posesionado casi enteramente de mi vida.

–Eres mucho más amable de lo que fue Bart -le aseguró Patty-. Yo me encargué de la promoción de una de sus películas y puedes creerme cuando te digo que si se le hubiera quitado lo que tú recibiste en el trasplante no hubiese quedado nada más que un tipo muy, pero muy aburrido.

–¿Estás segura de que habrá alguien en la conferencia de prensa? –

preguntó Henry por décima vez cuando atravesaban el vestíbulo del hotel.

–Sólo reporteros y los que tienen columnas de chismes, además de los redactores de las páginas literarias de todos los periódicos y todas las revistas de la ciudad. Sin contar las agencias de prensa y los cámaras… y cualquier otra persona que consiga que la manden donde las bebidas son gratis.

–Aún no entiendo…

–Nunca has asistido a una promoción de Patty O’Flynn, Henry. Déjalo todo en mis manos, querido, pero asegúrate de ser amable con las reporteras, particularmente con Willy Dillingham. Ella se come vivos a los autores.

–Ya comienzo a sentirme ridículo.

–Tú mantén esa mirada inocente. Nunca perjudica que un autor parezca falto de experiencia.

–¿Incluso cuando ha escrito ese tipo de cosas?

–Así es todavía mejor. Bueno: ya llegamos.

Habían llegado a la puerta del salón donde se llevaría a cabo la conferencia y Henry se detuvo antes de entrar, incapaz de creer lo que veía.

La sala estaba atestada de gente que se arremolinaba sobre todo alrededor de dos barras de bebidas colocadas detrás de las hileras de sillas. En una plataforma más elevada que el nivel de los asientos se encontraban unas cámaras de televisión y una profusión de equipo fotográfico sobre las sillas, abandonados allí mientras sus propietarios hacían cola en la barra. Todo eso evidenciaba claramente hasta qué punto la ocasión movilizaba los medios de comunicación.

El decorado del escenario, en el extremo del salón, se había dispuesto de tal forma que parecía ser un libro en posición vertical y parcialmente abierto; se veían el lomo, el frente y una parte de la sobrecubierta de atrás.

Al lado de la maqueta habían colocado un escritorio para Henry. Era una réplica del rincón de trabajo del propio Henry, con el ordenador/procesador de textos y una página de Supersemental en el monitor.

Lo que se podía ver de la sobrecubierta de atrás estaba dedicado a una fotografía del autor, pero una cortina ocultaba el frente de la sobrecubierta.

Henry supuso que, en el momento culminante, la descorrerían y revelarían

la maqueta de la sobrecubierta que había mencionado Patty O’Flynn, probablemente junto con una fotografía aumentada de Gloria Manning.

Barney Weiss se acercó para saludarlos con Harry Westmore y un hombre alto que llevaba un jersey de cuello de cisne y una chaqueta deportiva. De los hombros le colgaba un costoso impermeable; su profundo bronceado y sus resplandecientes dientes blancos parecían ir más con un actor que con un reportero.

–Éste es Aldo Palmieri, Henry -le informó Harry Westmore.

–Encantado, se lo aseguro, señor Walters -dijo Palmieri-. Esta será la película de mayor éxito de la historia.

–Espero que tenga razón -manifestó Henry, poco convencido.

Un hombre mayor, distinguido y de aspecto profesoral, apareció al lado de Harry.

–Éste es Paul Biddleman del Publisher’s Guild -indicó Westmore.

–Henry y yo nos conocimos en un coctel de Bennett Press hace algún tiempo -recordó el señor Biddleman-. Nos sentimos muy orgullosos de haber comprado los derechos de su novela para el Book Club, Henry.

–Aún no puedo creer que todo esto esté ocurriendo.

Paul Biddleman se echó a reír.

–Por lo que he oído decir, me gustaría que me ocurrieran a mí algunas de las cosas que le están sucediendo…, pero no tengo tanta suerte.

–¡Caballeros y damas!

Barney Weiss había subido a la plataforma donde se encontraba el escenario para los anuncios, y esperaba a que los bebedores tomaran sus asientos.

–El bar abrirá otra vez después de la conferencia de prensa.

Hubo aplausos antes de que Barney Weiss prosiguiera.

–El propósito de esta conferencia de prensa consiste en anunciar la firma de contratos entre el distinguido autor, el señor Henry Walters, a quien les presentaremos en breve, y varios medios de comunicación, incluyendo mi propio pequeño imperio. Con el fin de preparar el ambiente para lo que sigue, la señorita Patty O’Flynn, que todos ustedes conocen, les leerá la transcripción de una audiencia que tuvo lugar en el tribunal de faltas, hace unos dos meses, y que condujo a la elaboración de la novela que estamos a punto de desvelar.

Patty resultó ser toda una actriz. Al leer la relación de lo que había ocurrido en la sala del tribunal del juez Peebles, la inflexión de su voz cambiaba con cada persona que hablaba, dándole al relato una cualidad dramática de la que Henry no se había percatado que existiera. Cuando Patty acabó de leer, Henry notó que varias reporteras en las primeras filas se enderezaban y que su interés en la reunión se intensificaba, y entre ellas la amazona que había visto en la sala del juez Peebles. Wilhelmina Dillingham era una representante de su sexo mucho más hermosa de lo que recordaba, quizá porque ahora no llevaba una correa alrededor del cuello de la cual pendía una cámara.

–Esta serie de acontecimientos despertó mi interés y estoy seguro de que despertará el de ustedes -dijo Barney, cuando se terminó la lectura de la escena del tribunal-. Y ahora tengo el privilegio de presentarles a un hombre dueño de un gran talento de escritor, el señor Henry Walters.

Entre unos cuantos aplausos, Henry se dirigió a la plataforma y se colocó frente a lo que era probablemente el grupo más exigente y más duro de críticos literarios que se pudiera encontrar en el mundo.

El repentino brillo de las luces de la televisión casi lo cegó.

–Si me hubiese dado cuenta de que podría provocar tanta actividad por el simple hecho de sufrir un accidente y de hacer unas cuantas investigaciones literarias, hubiera empezado más temprano -reconoció.

La multitud aplaudió y Henry se sentó detrás del escritorio en su parte del escenario.

–Primero procederemos a la firma de los contratos de costumbre entre el señor Walters y Barney Weiss, Inc.

Barney extendió los contratos en el pequeño escritorio, mientras se disparaban los flashes y brillaban los ojos rojos debajo de las lentes de las cámaras de televisión. Henry y Barney garabatearon su firma en los contratos.

–Debo decir, para información de la prensa -añadió Barney mientras doblaba los contratos firmados-, que nuestra primera edición de Supersemental constará de cien mil ejemplares.

–Ahora -prosiguió- tengo el placer de anunciarles que el libro formará parte de las selecciones del Publisher’s Guild, y que ya se está planeando la primera impresión, que será la más amplia de la historia de la Guild.

Además, se han firmado contratos con Paperback Press, por los derechos de publicación del libro, con una garantía de un millón de dólares.

–¿Cómo se siente eso de ser un millonario y un símbolo sexual al mismo tiempo, señor Walters? – la pregunta provenía de Wilhelmina Dillingham.

–Tendrá que preguntárselo a Hacienda, señorita Dillingham -contestó Henry-. Somos una especie de socios en este asunto, y ella es socia mayoritaria.

–Aunque yo no participaré en las ganancias -dijo Barney Weiss-, me es muy grato anunciar que Aldo Palmieri producirá la versión cinematográfica de Supersemental. ¿Quieres subir aquí, Aldo?

Palmieri se subió a la plataforma y se quitó el impermeable de los hombros, colocándolo en el respaldo del asiento de Henry. Hubo movimiento entre los asistentes y los flashes de las cámaras volvieron a brillar mientras el productor se sacaba del bolsillo un documento doblado del bolsillo y lo extendía sobre el escritorio detrás del cual estaba sentado Henry.

–Tengo el gusto de mostrar al señor Walters un contrato para la filmación de su libro, cuando esté terminado -anunció Palmieri-. Mi propia compañía producirá la película junto con otros inversores y Columbia Pictures la distribuirá. Además, la divina Tatiana tendrá el principal papel femenino.

Henry se preguntó cómo era posible que interpretara el papel de Leonora, el amor adolescente de Bart, una finlandesa hambrienta de sexo, cuya mayor contribución a las películas, hasta entonces, había consistido en su habilidad para quitarse la ropa, sin importar cuál fuera la temperatura ambiente.

–Y ahora el acontecimiento que todos han estado esperando -anunció Barney Weiss-. La presentación de lo que, estoy seguro de ello, todos considerarán la sobrecubierta más impresionante y artística que haya sido diseñada para un libro.

Disminuyó la intensidad de las luces de la sala, a excepción de un par de potentes focos centrados en la cortina cerrada que ocultaba el otro lado del escenario. Permanecieron cerradas durante un momento preñado de expectación, y entonces se abrieron para revelar a Gloria en persona, que posaba ante la luz, exactamente en la misma posición en que había posado

para el fotógrafo que tomó las fotografías que Gloria le diera a Henry, al día siguiente del incidente del metro.

Un silencio lleno de asombro envolvió momentáneamente la sala y, luego, el pandemónium se desató cuando los fotógrafos se pusieron en pie sobre las sillas y chocaron unos contra otros, tratando frenéticamente de captar distintos ángulos con sus cámaras. Sobre la plataforma elevada las cámaras de televisión se daban vuelo también, mientras Gloria entraba sonriendo en los anales de la historia de la publicidad.

De pronto, por encima de las voces, se oyó un grito estridente por todos conocido -desde la parte trasera de la sala un hombre con voz de megáfono gritaba la advertencia tradicional:

–¡Fuera! ¡La poli!

Henry la vio instantáneamente; una falange de severas figuras enfundadas en uniformes azules que recorría el pasillo a grandes zancadas.

Vio la expresión de terror que se apoderó repentinamente de Gloria y se dio cuenta de que, como él, ella tampoco se había imaginado que eso sucedería.

Se percató también de que, por ser la causa original de lo que pudiera sucederle ahora, era responsable de ella. Y, con ese conocimiento, una oleada de caballeresca determinación llenó su pecho, urgiéndole a actuar como Lanzarote cabalgando hacia un enemigo para romper su lanza sobre el casco de éste.

Agarró el impermeable de Palmieri, que aún se encontraba en el respaldo de su silla, y rodeó rápidamente una porción del escenario que marcaba el lomo del libro, para llegar a la sobrecubierta del frente, con la idea de envolver a Gloria. Sin embargo, Gloria ya estaba huyendo, por lo que las cámaras de televisión que se encontraban en la plataforma elevada, así como cualquier fotógrafo lo suficientemente astuto como para mantener la lente centrada en el escenario, pudieron captar para la posteridad la imagen de Gloria Manning, corriendo desnuda, como un venadillo que huye, hacia la parte trasera del escenario. Detrás de ella iba Henry, con el impermeable debajo del brazo; parecía perseguirla, como si fuera el anciano de La búsqueda del sátiro -una obra que llevaba veinte semanas en la lista de bestsellers del New York Times-, corriendo tras la heroína ninfa adolescente -salvo que nadie podía confundir a Gloria con una ninfa adolescente-. Henry no pudo envolverla en el impermeable hasta que ella se