Trasplante
Capítulo IV
de publicidad a menos que las dos partes estemos de acuerdo. Mientras nadie sepa que está usted escribiendo esto, ningún escritor chapucero podrá hacer un trabajo apresurado y publicarlo antes que nosotros. Está bien, pero quisiera decírselo a la señorita McGuire cuando regrese de Aspen, lo que será más o menos cuando yo salga del hospital.
–Por supuesto -convino Annunzio-. Un hombre no debería tener secretos para su editor, ni para su prometida… o con su esposa, particularmente cuando espera que algún día sean una misma persona.
Adiós, señor Walters. Estoy seguro de que nuestra relación de negocios será tan agradable como provechosa.
–Diez minutos después de que Annunzio se fuera, sonó el teléfono de la habitación de Henry.
–Habla el señor Jackson del departamento de cuentas de los pacientes -
anunció alegremente la persona que llamaba-. Creí que le gustaría saber que todos sus gastos, pasados y futuros, han sido garantizados, señor Walters…
por Gregory Annunzio.
IV
Aquella noche, el teléfono al lado de la cama de Henry sonó alrededor de las ocho. Era Selena, y parecía estar contenta.
–¿Ya regresaste a Nueva York? – le preguntó Henry-. Creí que estarías en Aspen una semana más.
–Estaré dos semanas más -le informó Selena.
–¡Tres semanas! ¿Qué pasó?
–El director del seminario me pidió que me quedara dos semanas más para una sesión especial de posgraduados -explicó-. Parece que han programado una convención de directores de editoriales y de editors que comenzaría el día después del fin del seminario que estoy dando, y quiere que les dé un curso acerca de lo que implica el trabajo diario de un editor.
Si los editors no saben eso ya, no tienen nada que hacer en ese oficio.
–En teoría, es cierto -convino Selena-. Pero con eso de que las compañías conglomeradas están comprando tantas editoriales, ponen en cargos administrativos a mucha gente que no sabe nada en absoluto de la industria editorial.
–Quizá por eso hay tan poca calidad en lo que están publicando hoy en día -observó Henry.