Trasplante

Frank G. Slaughter · Capítulo 49 de 63

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Trasplante

Capítulo 1

Henry hubiese estado dispuesto a concederle el premio Pulitzer.

La columnista había decidido parafrasear uno de los poemas más queridos por los norteamericanos, uno que ensalzaba el lado bucólico de la vida de esa nación, Casey at the Bat. Sólo que la versión de Wilhelmina Dillingham se titulaba «La vergüenza de Henry». Decía así: Esa noche parecía que habría éxtasis seguro para el sexo femenino, pues el fervor de Henry, nacido de Bart, nunca había brillado tanto.

Con las manos tendidas y esperando, consciente de su poder, nuestro Henry, dispuesto, era el amante del momento.

Aun las doncellas más atrevidas, veteranas de muchos intentos de conquista, habían encontrado su destino y se entregaban a nuestro héroe…

todas las doncellas.

No había pretendiente que no supiera que al día siguiente perdería seguramente el afecto de su amada si Henry la escogía.

¿Qué hogar estaba al abrigo del peligro?

¿Qué votos matrimoniales podían durar más de un día?

Cuando Henry empezaba su asedio, sin encontrar resistencia, con gemidos de repentina pasión, cedían todas, cuando el poderoso Henry, SUPERSEMENTAL, utilizaba el poder prestado de Bart.

Como don Juan, o Elvis, o Frank, o Peter, o Dean, o

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Sammy, nuestro héroe conquistó doncellas con sufamosa picha trasplantada.

Pero hasta Goliat cayó al fin, y a Sansón le cortaron los rizos y las tijeras de la bella Dalila lo dejaron débil como un recién nacido.

Nuestro Henry siempre pasaba todo por alto y, habiéndosele subido el éxito a la cabeza, trató de conservar los favores ganados y olvidarse de lo demás.

Pero los días del hombre están contados, y las noches aún más, mientras el que baila aún debe pagar al flautista, como antaño.

Llegó el día en que Henry trató de nuevo de seducir a una bella doncella, olvidando que a Venus había que hacerle sacrificios. Como el poderoso Casey al bate, muy seguro de su poder, nuestro Henry trató de conservar su fama de «amante del momentos.

Pero, así como Casey se enteró de que la fuerza humana puede flaquear, y que los alabados poderes de los campeones también fallan a veces, así el poderoso Henry perdió su «facultad» y, con ello, la batalla, cuando, en el campo de juego de un boudoir, él también perdió.

Que el destino de aquel a quien ninguna joven osaba 1Elvis Presley, Frank Sinatra, Peter Lawford, Dean Martin y Sammy Davis, Jr. Todos ellos cantantes y actores norteamericanos. (N. de la t.) resistirse recuerde a todo caballero que quisiera alistarse en el campo del amor:

Que no se divida entre demasiadas, caballero, por si, cuando empieza la partida, se encuentra que, como Henry el Avergonzado, usted también pierde.

Justo cuando Henry acababa de leer la columna, una llave dio vuelta en la cerradura, y Gloria entró.

–Vi la columna de Dilly en el Post hace un momento, al marcharme, y regresé para ver si podía ayudarte, Henry. Deberían matar a esa Dillingham.

–Gracias, Gloria. Eres la primera en venir al entierro…, y probablemente la última. – ¿Ha llamado alguien más? –

Solamente Harry Westmore… para decirme que

estoy muerto. – ¿No puedes demandar a esa mujer… o al periódico? – No mencionó mi apellido, Gloria. – Pero todo el mundo sabe que se trata de ti. – Cierto, pero no lograría nunca hacer valer la

demanda.

–Seguro que algo pasará que te permita acabar el libro; pero no me gusta que le den una paliza a alguien tan amable como tú, sobre todo cuando no has hecho nada.

–Ese parece ser el problema. – Henry logró reírse débilmente y añadió sombrío-: Si al trabajar conmigo, Gloria, puedes verte involucrada en situaciones embarazosas, lo enten…

–¿Estás tratando de despedirme? – preguntó indignada Gloria.

–No. Sólo estoy pensando en tu tranquilidad.

–Después de todo lo que has hecho por mí, no pienso dejarte, como lo hicieron la señorita McGuire y esa Elena.

–Entonces, con tu ayuda, me las apañaré. – Henry puso más seguridad en su tono del que experimentaba en realidad-. ¿Cómo va a reaccionar tu cuñado ante todo esto?

–No he hablado con mi hermanita todavía, pero supongo que John no estará muy contento. ¿No puede hacer nada el doctor Schwartz?

–Dice que tengo que poner en orden mi psique.

–Para hacer eso me temo que vas a tener que alejarte de aquí -indicó Gloria.

–Ésa es la mejor sugerencia que he oído hoy -manifestó Henry-. El doctor Schwartz me dijo esta mañana que tenía uno o dos ases todavía. Le llamaré y veré de qué se trata.

–Hazlo -repuso Gloria-. Nos veremos por la mañana y me puedes contar lo que te dijo.

Henry llamó al doctor Schwartz a su consultorio y le contestaron que el psiquiatra no se había marchado todavía.

–¿Ha leído «Entretenerse con Dilly» en el Post hoy?

–Acabo de terminarlo -contestó Schwartz-. Es una obra maestra para ese tipo de columna.

–Obra maestra o no, ¿qué va a hacer usted para ayudarme?

–Existe otra posibilidad.

Schwartz parecía alegre.

–Usted dirá. Haré lo que sea.

–Un amigo mío administra una especie de clínica en las Catskills. Es muy sofisticada y atiende allí a gente que ha perdido la capacidad de comunicarse con los demás; se los ayuda a base de terapia de «encuentros».

–He leído que existen lugares así en California y creo que hasta vi una película sobre eso en una ocasión. La que usted menciona, ¿es algo así como un manicomio? Me estoy volviendo loco poco a poco, pero no creo haber llegado todavía a ese punto.

–No es así en absoluto. A menudo envío a Springhaven a personas que han perdido la capacidad de relacionarse con los demás, o que, sencillamente, no la tenían desde un principio.

–Iré a donde sea. Es una cuestión de vida o muerte.

–Veré si puedo conseguir que Horace Aiken lo hospede -indicó el doctor Schwartz-. Hablaré con usted por la mañana para contarle cómo van las cosas.

–Sólo quiero hacer mis maletas. ¡Ah! Una cosa más. Si ese tal Horace Aiken es capaz de ayudarme, me será probablemente posible trabajar en Supersemental mientras me encuentre allí. ¿Cree usted que permitirá que Gloria vaya conmigo?

–Estoy seguro que sí, cuando le haya explicado la importancia de su presencia -le dijo Schwartz-. Le llamaré mañana, Henry.

Cuando el doctor Schwartz colgó, Henry llamó a las oficinas de Bennett Press y pidió hablar con Selena.

–Creo que salió de la ciudad, señor Walters -le informó la telefonista-.

Le comunicaré con el señor Darby.

El editor en jefe se puso al aparato casi inmediatamente.

–¿Qué hay, Henry? O tal vez no debería preguntártelo.

–La telefonista dice que Selena salió de la ciudad…

–Ha estado bastante angustiada desde que vosotros dos discutisteis en el Baile de Artistas y Modelos -indicó Nick-. Ayer me dijo que su médico le había recomendado que cambiara de aire unos días, lo que me hace suponer que ha sufrido otra pequeña crisis nerviosa. Pasó por una hace unos años, y tomó una especie de cura de reposo durante unas semanas. Cuando regresó, era una persona distinta. Así que, si va a obtener el mismo resultado esta vez, quizá cuando regrese las cosas mejoren entre vosotros.

–¿No sabes dónde está?

–No tengo la menor idea. – Después de una ligera vacilación, Darby añadió-: ¿Tienes problemas con tu libro, Henry? No quiero meterme en tus asuntos, pero corren muchos rumores por ahí.