Trasplante

Frank G. Slaughter · Capítulo 39 de 63

Páginas del PDF

Trasplante

Capítulo XII

La gente seguía llegando en tropel al arsenal y pasando frente al lugar donde Henry esperaba a Selena. Entre ellos se encontraba un alto Mefistófeles y una esbelta Bo Peep envuelta en una muselina blanca con puntitos en relieve, casi transparente, sobre un taparrabo y dos enormes lunares que cambiaban incesantemente de lugar, revelando así un interesante desarrollo mamario. Esta última pasó frente a Henry, dio media vuelta y regresó a donde éste seguía esperando, cerca de la entrada principal.

–¿Eres tú, Henry?

–Henry reconoció la voz de Elena Hartsfield.

–En persona -aseguró Henry- y en una piel de macho cabrío.

–Quisiera presentarte a Arthur Coneyman. – Elena se volvió hacia su acompañante-. El señor Henry Walters, el famoso autor.

–Encantaaado.

–El alto Mefistófeles se inclinó, pero, como estaba evidentemente ya bastante ebrio, perdió un poco el equilibrio.

–¿Dónde está su… rebaño?

–En el tocador -informó Henry-. Me sorprende que Rashid te haya soltado esta noche, Elena.

–No le gustó y estará enfurecido cuando regrese -explicó Elena con una sonrisa.

Selena salió del tocador a tiempo para oír la última parte del intercambio y, por las chispas de sus ojos, Henry se dio cuenta de que algo había ocurrido en el tocador.

–Tráeme mi abrigo, Henry -ordenó Selena-. ¡Nos vamos!

–Pero si apenas va a comenzar lo divertido -protestó Elena.

–Ya se acabó para el cabrón de mi amigo -comunicó Selena con frialdad.

Elena se echó a reír.

–Según lo que he estado leyendo, debería decir más bien macho cabrío.

–Vamos, Henry. A menos que pienses quedarte.

Selena dio media vuelta bruscamente y estaba abriéndose paso entre las oleadas de gente que seguían entrando en el arsenal cuando Henry la alcanzó, cargando los abrigos que habían llevado sobre sus disfraces.

–¿Cuál de tus amantes era ésa? – inquirió Selena.

–Elena Hartsfield es una vecina. Saca su gato a pasear en el parque cada día.

–¿Y todavía no la has invitado a tu apartamento para que se eche una siesta y unos stingers contigo? Estás perdiendo el tino.

Ya se encontraban en el exterior y Selena hacía como si Henry no estuviera allí.

–¿Podría conseguirme un taxi, por favor? – pidió al portero.

–No necesitas ser grosera sólo porque me encontré con una o dos amigas en el arsenal -farfulló Henry.

–Parece que éste es mi día para encontrarme con tus ex amantes. Había otra en el tocador.

–Seguramente era Gloria; la vi entrar. ¿Qué fue lo que dijo que te molestó tanto? Sólo que le estás diciendo a todo el mundo cómo yo… -

Selena se atragantó.

–No es así en absoluto, cariño…

–No me llames cariño. Deseo no verte más.

–Es probable que podamos lograr tu deseo. – La paciencia de Henry llegó a su fin, pero lamentó de inmediato sus palabras-. Lo que quiero decir es que… ¡Al diablo! ¡No sirve de nada!

El trayecto estuvo cargado de un furioso silencio, hasta que el taxi se detuvo ante el inmueble de Selena, en Grammercy Park. Selena abrió la portezuela por su lado, antes de que Henry pudiera salir por el suyo.

–No te molestes en subir conmigo -le espetó-. Ni trates de verme otra vez.

Como sabía que sólo empeoraría las cosas, Henry no intentó seguirla, pero su conciencia no le permitía irse sin asegurarse de que estuviera en casa, sana y salva.

–Espéreme -le pidió al taxista y cruzó al otro lado de la calle, desde donde podía ver las ventanas del apartamento de Selena. Cuando vio que se encendía la luz de su dormitorio y que, al poco rato, se cerraba la persiana, regresó al taxi, entró y cerró la puerta.

–Quinta avenida con calle Nueve -empezó, pero cambió de parecer-. Al arsenal -pidió al taxista y se reclinó contra el respaldo, muy consciente del perfume de Selena que todavía impregnaba el vehículo y convencido de que ése sería, probablemente, el último recuerdo que tendría de ella.