Trasplante

Frank G. Slaughter · Capítulo 12 de 63

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Trasplante

Capítulo III

la tienda, marcó el número del departamento de editors de Bennett Press y pidió que le comunicaran con Selena.

–¿Qué te parece si comemos juntos? – le preguntó.

–Lo siento, Henry; los del grupo de publicaciones que no son de ficción vamos a tener una comida-conferencia, aquí en la oficina, dentro de diez minutos.

–¿Y si cenáramos?

–Esta noche daré una clase sobre edición, en la Universidad de Nueva York.

–Entonces, ¿qué tal mañana?

–Tendré que decírtelo mañana. Voy a presentar el plan de la novela que resumiste, por fin, a la sección de libros de ficción en la mañana. ¿Viste al doctor Schwartz?

–Acabo de salir de su consulta.

–¿Cree poder ayudarte con tu bloqueo mental?

–Ya lo hizo.

Reinó el silencio durante un momento, y entonces Selena preguntó:

–¿Cómo?

–No sé exactamente lo que hizo, pero, sea lo que fuera, me ha convertido en un hombre nuevo. De hecho, me siento como debió de sentirse Bart en la flor de la vida.

–¿No es un tanto arriesgado eso, tomando en cuenta tu historial clínico?

–El doctor Sang dice que estoy bien y el doctor Schwartz también lo dice. Por cierto, ¿qué te parece si vamos a mi chalet en las Catskills este fin de semana?

Selena se echó a reír.

–Estás realmente muy animado. Te daré mi respuesta mañana, cuando te diga cuál fue la opinión de la sección de libros de ficción.

–Seguramente les interesará tener un superbestseller. Podremos celebrarlo en la cena mañana por la noche.

–Te diré en la mañana si estoy libre o no -le prometió Selena.

III

Tras una tarde muy productiva con su ordenador/procesador de textos, Henry estaba atravesando la sala de su apartamento, para ir a la cocina, donde pensaba servirse su whisky de las cinco, cuando sonó el timbre de la

puerta. Fue a la puerta, la abrió y se encontró con la señorita Gloria Manning que le sonreía cálidamente. Su primer impulso fue cerrar la puerta en las narices de su visitante, pero la señorita Manning colocó previsoramente el pie adentro y Henry tuvo que renunciar a su primera intención.

–Por favor, señor Walters -dijo la chica en tono de ruego-, vine a disculparme por lo de ayer y a entregarle esto.

Cuando ella le enseñó el anillo de graduación que había empezado todo el lío el día anterior, Henry no pudo negarse. Además, como la miraba bajo circunstancias más favorables de las que le fueron permitidas el día anterior, y particularmente con la nueva sensación de confianza en sí mismo generada por la vibrante luz del doctor Schwartz, Henry vio una evidente semejanza entre Gloria Manning y la heroína de muchas de las novelas de éxito actuales, tal como la presentaban en las sobrecubiertas de los libros.

–¿Dónde encontró el anillo? – le preguntó al dejarla entrar.

–Dentro de mi sostén -le confió.

–Estaba a punto de tomar un trago -le informó Henry al aceptar el anillo de graduación y ponérselo en el dedo-. ¿Le apetece acompañarme?

–Me encantaría -repuso su visitante-. Es muy amable por su parte ofrecérmelo… teniendo en cuenta las circunstancias.

–Olvídelo -respondió Henry generosamente.

El mueble central de la cocina tenía una tabla de trabajo que permitía una vista excelente de la sala, por lo que Henry, sin el menor esfuerzo, vio cómo la señorita Manning colocaba su chaqueta en el respaldo de la silla, revelando así que llevaba un jersey de angora sin mangas y bastante ajustado. Ella se sentó en el sofá, cruzó sus soberbias piernas y se instaló cómodamente.

Al preparar las bebidas -whisky doble para ambos-, Henry sintió que su interés por la visitante rubia aumentaba en forma constante, según lo probaba una reacción similar del trasplante. Llevó los vasos a la sala, entregó el suyo a la joven y se sentó en el sillón frente a ella.

–Esto está delicioso -dijo la rubia tras tomarse, de un solo sorbo, la mitad del contenido de su vaso-. Hace calor afuera y tenía yo mucha sed.

Henry sintió cómo el potente whisky llegaba a su estómago vacío y era rápidamente absorbido.

–De veras que debo disculparme con usted, señor Walters -dijo la señorita Manning-. Pero, en circunstancias como las de ayer, estoy segura de que se dará cuenta de que una chica no puede jamás estar segura de cuáles son las intenciones de un caballero.

–Lo entiendo muy bien.

–En circunstancias distintas…

La rubia dejó el final de la frase en el aire, pero Henry entendió perfectamente su sentido y sintió cómo crecía la expectación de una posible conquista.

–Me alegro de que sea usted tan comprensiva, señorita…

–Por favor, llámeme Gloria.

–Por supuesto, Gloria. Todo lo ocurrido debió de ser muy embarazoso para usted también.

–Un poco. Pero en realidad usted me estaba haciendo un cumplido.

–Uno muy merecido -se oyó decir Henry y se percató de que el malicioso genio del espíritu de Bart Bartlemy, que el doctor Schwartz había logrado liberar de algún modo con su luz vibrante, dominaba y controlaba ahora la situación.

Más importante aún: el genio estaba haciéndolo muchísimo mejor de lo que el antiguo Henry Walters hubiera siquiera intentado hacerlo.

Gloria vació su vaso, se incorporó y fue a examinar las estanterías en la pared, en las que se veían sobre todo ejemplares de ediciones extranjeras de las obras del propio Henry.

–¿De veras se publican sus libros en todos esos países? – preguntó.

–Esos y unos cuantos más. ¿No quiere otro trago?

–No vendría mal.

A Henry no le parecía que el whisky doble que Gloria había ingerido con tanta rapidez la afectara en lo más mínimo, aunque él empezaba a sentir como si caminara sobre un colchón de aire. Mientras servía el segundo trago -el de Gloria doble y el suyo sencillo-, la chica se acercó a la puerta de la cocina.

–¿No dijo algo el juez Peebles acerca de que iban a rodar una película y que se basaba en una de sus novelas? – preguntó.

–La Twentieth Century Fox compró los derechos de El retorno de Lanzarote.

–Leí ese libro -Gloria tomó el vaso que Henry le entregaba-. Es precioso.

–Gracias. Me pareció que todo el mundo debía saber que Ginebra era toda una mujer, además de ser reina.

–Yo estoy en el mundo del espectáculo -confesó Gloria-. Hasta ahora sólo he conseguido pasar modelos y tengo algunos papeles de figurante en la televisión, pero tengo esperanzas.

–Le aseguro que podría ser la protagonista de Naked Lust.

El nuevo Henry Walters -con los cumplidos de Bart Bartlemy-reconocía las oportunidades cuando se le presentaban y utilizó el título de la última novela de sexo como anzuelo.

–¿Lo cree usted de veras?

La cálida sonrisa de placer de Gloria envolvió a Henry.

–Estoy seguro de ello.

–Todavía no han escogido los actores para su libro, ¿verdad?

–Que yo sepa, no.

Traje unas fotos… en color. ¿Cree usted que podría lograr que alguien en Twentieth Century Fox las mirara…, por si acaso pudieran utilizarme en la película?

En otros tiempos, sin duda, Henry le habría dicho la verdad, que los de la Fox no se habían comunicado con él y que no esperaba que lo hicieran, pues había firmado los contratos y cobrado el primero de los cinco cheques anuales que la Fox le pagaba por los derechos de filmación de su más reciente novela, El regreso de Lanzarote. Pero eso no cuadraba con el genio que el doctor Schwartz había logrado liberar.

–Me encantaría hacerlo -aseguró a su hermosa visitante-. Pero, por supuesto, no puedo prometerle nada.

–Claro que no…

De su voluminoso bolso, Gloria sacó un sobre y se lo entregó a Henry.

–Son un tanto realistas -le advirtió a Henry mientras éste sacaba las fotos del sobre.

Como la advertencia lo había preparado, Henry logró no quedarse boquiabierto ante las fotos que sacó: seis poses de la chica a todo color, y, en todas, completamente desnuda.

–¡Hermosas! – Henry casi rompe su vaso por la fuerza con que lo apretó-. Espléndidas.

–Un cumplido significa tanto viniendo de un hombre de mundo como usted, que comprende tan bien las emociones y las necesidades de las mujeres, señor Walters -suspiró Gloria.

–Llámeme Henry, por favor.

En este momento un relámpago de inspiración cayó sobre Henry y, aspirando profundamente, se lanzó de lleno a su estratagema.

–En este momento estoy haciendo investigaciones para mi nueva novela.

–¿Investigaciones?

La expresión vacía de Gloria Manning le dijo claramente a Henry que, en el contexto actual, no entendía el significado de la palabra. Lo que no le sorprendió, pues él nunca la había usado en semejante circunstancia.

–Se trata de Bart Bartlemy -le confió.

Vi esa página central de Fun Girl. Era todo un hombre.

Henry decidió usar su triunfo.

–¿Sabía usted que muchos autores utilizan modelos para sus protagonistas? Igual que los artistas.

–No lo sabía. ¡Qué interesante!

–Como dije, mi novela acerca de Bart será muy realista.

–Tendría que serlo para hacer justicia a su recuerdo. ¿Ya tiene un título?

–Se llamará Supersemental.

Los ojos de Gloria se dilataron y Henry vio que la chica se dio entonces perfecta cuenta de las implicaciones del título.

–¡Ganará un millón! ¡Como mínimo!

–Usted acaba de decirme que ha modelado, por lo que se puede imaginar lo que la publicidad significaría para la modelo que yo utilice como protagonista. – Henry prosiguió con su estratagema, exactamente como suponía que lo habría hecho Bart Bartlemy-. Incluso su fotografía podría figurar en la sobrecubierta.

–¡Oh, sí! – suspiró Gloria-. Después de ver mis fotos, ¿cree usted que podría yo posar para algunas de las escenas…, quizá hasta para la sobrecubierta?

–Las fotos ayudan, por supuesto, pero para los pasajes de descripción realista, necesito un cuerpo vivo…, ya sabe, para eso de las tonalidades de