Trasplante

Frank G. Slaughter · Capítulo 3 de 63

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Trasplante

Capítulo III

–¿No es extraño que, después de tantos años, fuera Bart el que diera su vida para devolverme mi hombría? – Henry se interrumpió de pronto-. ¿O

seré…?

–¿Tan potente como Bart Bartlemy? Sí, estoy seguro de ello.

–Pero no tan promiscuo, espero.

–Eso depende de muchas cosas. Ambos testículos fueron trasplantados con éxito y sin duda seguirán produciendo una plétora de la hormona sexual, como, por lo visto, sucedió con su hermano. Sin embargo, su educación y otros muchos factores incidirán para establecer un patrón de comportamiento. – El doctor Sang sonrió-. Si lo recuerdo bien, hay algunas escenas de los libros suyos que he leído…

–Eso es sólo sublimación, según mi editor y mi prometida -interpuso rápidamente Henry.

–Sublimación o lo que sea. – El doctor Sang se puso en pie-. Si algún día se decide por la realidad en vez de la imaginación, es usted uno de los amantes mejor equipados de la historia, un hombre que podría hacer sombra a Casanova.

–Hay una cosa que no entiendo -dijo Henry-: vi esa fotografía de Bart en Fun Girl y él estaba mucho mejor… dotado digamos… que yo, tanto para la fotografía como para los papeles que interpretaba.

¿Cómo explica usted eso?

–Es un simple asunto de fisiología, señor Walters -contestó el urólogo-.

Si alguna vez ha visto a aquellos que, para hablar en términos populares,

«bombean hierro», sabrá que sus músculos se hipertrofian tremendamente a fuerza de levantar pesas. Lo mismo es válido, estoy seguro de ello, de cualquier órgano que se utiliza con exceso.

–Ya entiendo -dijo Henry.

–Yo diría -adujo el doctor Sang con una sonrisa- que usted ya tiene ese órgano.

III

Unos días después de su conversación con el doctor Sang, Henry acababa de comer cuando, por el pequeño altavoz instalado en la pared al lado de su cama, crepitó la voz de la secretaria del pabellón, que llamaba desde su escritorio:

–Tiene usted una visita, señor Walters… Un tal señor Gregory Annunzio.

–No conozco a nadie con ese nombre, pero hágalo pasar de todos modos.

–Gregory Annunzio era un hombre alto, de cabello oscuro y apuesto que vestía impecablemente.

–Me alegra ver que se está usted recuperando tan bien después de un accidente tan grave, señor Walters -le dijo el visitante, estrechándole la mano con entusiasmo.

–Al menos tuve más suerte que Bart Bartlemy.

–¡Pobre Bart! No pudo soportar la fama, ni siquiera la que consiguió después de su última calaverada.

–Bueno: eso es algo de lo que no tendré que preocuparme nunca.

–No sea usted tan modesto, señor Walters; conozco bastante bien la reputación literaria que ha alcanzado por medio de sus novelas históricas.

¿Puedo sentarme?

–Siento parecer descortés, pero el doctor Sang me dijo hace unos días que por poco me muero y todavía no me he repuesto de la impresión.

–Al menos esa información no debería deprimirlo -le aseguró Annunzio-. He estado leyendo sus libros desde que iba a la facultad de derecho en la Universidad de Yale. Son muy, pero muy buenos… en su género, por supuesto.

–Eso fue hace mucho, antes de que las epopeyas sexuales publicadas en libros de bolsillo sacaran las obras de los escritores serios de las estanterías.

–Los escritores de su clase volverán; un buen libro siempre encontrará un mercado, a largo plazo, cuando ya haga tiempo que a ésas…, las que usted llama epopeyas sexuales…, las hayan tirado a la papelera. Además, creo que tengo un proyecto que le interesará y le intrigará.

–¿Es usted editor?

–No. Soy abogado. – Annunzio abrió su portafolios-. Represento a varios clientes que han formado una compañía para apoyar las artes.

–¿Angeles, sociedad anónima?

Annunzio se echó a reír.

–No del todo. Verá: encargamos libros, obras de teatro y guiones cinematográficos, y proporcionamos ayuda financiera tanto al teatro como

al cine. Por ejemplo, firmamos con Bart Bartlemy un contrato exclusivo el día después de que apareciera su fotografía al desnudo en Fun Girl.

–¿Como actor? – preguntó Henry, incrédulo.

–Bueno: no exactamente -concedió Annunzio, sonriendo-. Nos pareció que podríamos utilizarlo en proyectos que con toda seguridad tendrían éxito.

–¿Pornografía suave?

–Algo así. De todos modos, tanto Bartlemy como mi grupo tenían posibilidades de obtener ganancias con sus… digamos atributos.

A Henry le llegó una repentina inspiración.

–Quizá me pueda usted decir si puedo demandar la testamentaria de Bart y su compañía aseguradora por este accidente, para poder pagar mis facturas de hospital y los honorarios de los médicos.

–Perdería tiempo y dinero. Bart llevaba seis semanas en una borrachera continua. El seguro de su coche había caducado y le debía a todo el mundo.

– Annunzio sacó una hoja de computadora de su portafolios-. Su factura del hospital, por si le interesa saberlo, ya ha alcanzado más de cincuenta mil dólares.

–¡Cincuenta mil! ¿Cómo demonios voy a conseguir esa cantidad escribiendo libros de los cuales se venden veinte mil ejemplares y que ya ni siquiera se vuelven a publicar en libros de bolsillo?

–Por eso, precisamente, estoy aquí, señor Walters -dijo Annunzio-. Mis clientes están dispuestos a hacerle un encargo.

–¿A quién quieren asesinar?

–Este proyecto será tan provechoso como agradable para usted, estoy seguro de ello. Quizá usted no lo supiera, pero cuando Bart subió por la rampa equivocada, lo estaba llevando a usted a mi despacho para hablar sobre una novela autobiográfica de su vida, la de él.

–Sí, me habló de eso -dijo Henry-. Fui por curiosidad, para ver qué ocurría.

–En primer lugar, usted es… o, más bien, era… su mellizo.

–¿Cómo se enteró usted de eso? – preguntó Henry, suspicaz-. Se supone que los registros del hospital son confidenciales.

–Sin embargo tenemos nuestras propias fuentes de información, señor Walters.

–Pero ¿cómo podría yo escribir una novela biográfica sobre Bart cuando nunca lo había visto en persona, salvo quizá en la maternidad del hospital o en una película o en la televisión, hasta el día en que murió?

–Todo eso lo sabemos también -contestó Annunzio alegremente-.

Después de todo, tampoco conocía usted al rey Arturo o a Lanzarote o a la reina Ginebra, y, sin embargo, los hizo tomar vida en El regreso de Lanzarote.

–Pero eso necesitó una investigación; Bart ya murió.

–No en su mente, señor Walters, ni en sus archivos. Sabemos que ha guardado usted una serie de álbumes que contienen recortes de periódicos y de revistas acerca de Bart Bartlemy y su carrera desde hace muchos años.

–¿Cómo demonios descubrió usted eso?

–Uno de nuestros representantes fue a su apartamento ayer por la tarde.

–¡Pero eso constituye allanamiento de morada!

–No exactamente -dijo Annunzio-. La propietaria del inmueble fue muy amable y, con su llave maestra, abrió la puerta a un pariente para que pudiera recoger unas cosas que usted necesitaba en el hospital. A juzgar por el volumen de su colección de recortes acerca de su mellizo, es obvio que se interesaba mucho por él y por su carrera. Y al combinar lo que usted sabe ahora con otro material del que nosotros disponemos, usted podría producir una biografía realmente sensacional y me atrevería a decir que muy vendible acerca de una persona real que era muy conocida.

–¿Del estilo de A sangre fría 1?

–Más o menos, pero desde otro ángulo.

–Bart es, ciertamente, bastante conocido…,

1 Libro de Truman Capote, In cold blood, sobre dos famosos asesinos, a base de entrevistas con ellos y con las personas que los conocieron. (N. de la t.)

particularmente entre las jóvenes -dijo Henry, pensativo-. Creo que en algún lugar leí que iban a ver sus películas en manadas.

–Así es. Verá: Bart Bartlemy era, de hecho, un don nadie, un actor de segunda fila con papeles en los que sólo contaba su presencia, en los que apenas hablaba, hasta que posó para esa página central. Pero esa fotografía hizo de él un ídolo sexual mundial de un día para otro.

–Muchos hombres han posado desnudos para esa revista, así como para otras.

–Ya lo sé. La diferencia, creo, estriba en que, mientras la mayoría de los modelos en Fun Girl se fotografían de perfil o de frente, Bart posó de cuarto de perfil, lo que estaba calculado para hacer resaltar sus mejores puntos.

–Algo sobresaliente, según recuerdo -comentó Henry.

El visitante se echó a reír.

–Sí que tiene usted el don de la palabra justa, señor Walters; ésa es una de las cosas que me gustan más de lo que escribe. Y por eso, tan pronto como me enteré de que estaba usted vivo, tuve la idea de que sería usted un escritor ideal para nuestros proyectos.

–¿No leí en alguna parte que Bart había casi terminado una película antes del accidente?

–Lo suficiente para que podamos filmar lo que falta y utilizar unos cuantos recortes para terminarla, además de unas tomas de usted sin la barba. Después de todo, ustedes eran mellizos idénticos.

–¡Pero si soy un pésimo actor! Ni siquiera pude interpretar un papel de zoquete en Harvard.

–Su participación como actor sería mínima -le aseguró Annunzio-.

Además, el pobre de Bart no ganó nunca un premio por sus interpretaciones.

–Con eso estoy muy de acuerdo.

Otra película que produjimos con Bart se estrenó antes de que apareciera esa página central -prosiguió Annunzio-. No tuvo mucho éxito la primera vez, pero la vuelven a presentar ahora, y creemos que será un éxito rotundo en todo el país. Tenemos otra enlatada y creo que podemos atar los cabos de esta última para tener una tercera, en tanto que transferimos todas las películas de Bart a videocasetes que, estos días, constituyen un mercado muy provechoso.

–Entonces ¿para qué me necesitan a mí?

–Francamente, señor Walters, a mis clientes les gusta arriesgarse y tienen muchas posibilidades de obtener una considerable ganancia, si podemos hacer de Bart el tipo de leyenda en que se convirtió James Dean hace algunos años, después de morir en un accidente de automóvil. Nadie mejor que usted para crear héroes y heroínas reales a partir de una leyenda,

por lo que contamos con su habilidad literaria para crear una leyenda del tipo de la de James Dean alrededor de Bart. Por cierto, ambos eran malísimos actores y tenían una personalidad decididamente desagradable, así que el precedente ya ha sido establecido.

El cerebro de Henry estaba generando un hervidero de ideas en relación a lo que sugería Annunzio, pero retuvo suficiente sentido común, pese a la conmoción, para darse cuenta de que éste era un momento en que debía jugar con mucha cautela las cartas que le estaban ofreciendo.

–Si puedo hacer un trabajo como el que usted ha esbozado para una novela acerca de mi mellizo…, no acerca de Bart como era en realidad, según usted, sino del Bart que millones de mujeres imaginaban…, no sería probablemente mucho más que una sucesión de cópulas. Partiendo del mismo patrón usado en los libros que están atascando las estanterías de las librerías estos días, no van a conseguir enormes ventas.

–No estaría tan seguro, tomando en cuenta la cantidad de libros pornográficos escritos por mujeres de Hollywood que han inundado el mercado últimamente -dijo Annunzio-. Sin embargo, la razón por la cual lo escogimos es que usted puede crear literatura de seducción…, si entiende lo que quiero decir…, de gran clase.

–No es mucho como tributo a mi amor propio como escritor -contestó Henry con un deje de amargura-, pero entiendo exactamente lo que quiere decir. Entiendo también que, una vez que se haya terminado este proyecto, Bart Bartlemy muerto tendrá mucho más valor para sus clientes del que tenía en vida. Así que ¿qué puedo esperar sacar yo de eso?

–Fama, señor Walters…, y dinero. Quizá no la fama sólida que ya ha conseguido como autor de novelas históricas, pero ciertamente muchísimo más dinero del que podría esperar ganar con su género habitual.

–Particularmente si utilizo uno de los apodos de Bartlemy como título para la biografía novelada… Supersemental.

–Eso es genial -convino Annunzio-. Ponga ese título en una novela y oriente la publicidad sobre el hecho de que la novela se basa aproximadamente en unos cuantos de los interludios más escabrosos de la vida del difunto Bart, y luego añada algunos acontecimientos ficticios aún más escandalosos, inventados por su fértil imaginación de escritor, y producirá el bestseller del año. De hecho, yo y mis clientes estamos dispuestos a apostar a su favor.