Trasplante
Capítulo VIII
Harry Westmore llamó poco después de que Gloria se marchara a las cinco de la tarde.
–¡Por Dios, Henry! – gritó el agente-. ¿No tienes suficiente sentido común para no vértelas con Willy Dillingham?
–¡Vérmelas! ¡Maldito sea! ¡Tuve que correr para escapar!
–¿Has visto la edición matutina del Post?
–No.
–Entonces cómprala en seguida. ¿Qué demonios estabas haciendo ayer por la tarde?
–Me invitó a tomar el té en su apartamento, pero no ocurrió nada.
–¡Lo creo! Odio tener que decírtelo yo, Henry, pero la columna
«Entretenerse con Dilly» es tu epitafio.
–Ella me invitó…, fue una orden de la reina.
–¿No pudiste alegar que estabas enfermo o algo así?
–Sólo lo hubiera exagerado en su columna -señaló Henry-. No quería ir, pero Gloria me convenció de que no podía permitírmelo.
–Supongo que tiene razón -reconoció Harry Westmore-. Pero si las partes de Bart hubiesen llegado a la meta con Willy y lo hubieses integrado a Supersemental, hubiéramos vendido cien mil ejemplares más…
–Heme aquí, muriéndome, y en lo único que piensas es en las ventas del libro -balbució indignado Henry-. Además, no sé de qué demonios me estás hablando.
–Lo sabrás cuando hayas leído el periódico. Dilly no se anduvo por las ramas esta vez.
–Entonces ¿por qué no cuelgas el teléfono, para que yo vaya a buscarlo y vea de qué se trata todo esto?
–Te lo puedo decir en unas cuantas palabras concretas. Willy acaba de convertirte en el hazmerreír de Nueva York. Compra un periódico y lee tu obituario, pero primero tómate un tranquilizante.
–De todos modos, casi vivo a base de tranquilizantes ahora. Adiós.
Henry compró el Post enfrente de su inmueble, pero no lo abrió hasta no regresar a su alojamiento.
La columna «Entretenerse con Dilly» se encontraba encuadrada en la primera plana de la segunda sección. De haberse tratado de otra persona,