Trasplante
Capítulo XIV
–Su respuesta fue buena y rápida, señor Walters, y va de acuerdo con sus mejores tramas, pero me temo que no mucho con la vida real.
–¿Qué quiere decir con eso?
–Que usted no es indispensable. Nadie lo es. ¿Debo decirles a mis clientes que, definitivamente, no se va a dedicar primero a Supersemental?
–Definitivamente.
A Henry le hubiera gustado que su voz no sonara tan aguda.
–En ese caso no ganaremos nada con desperdiciar mutuamente nuestro tiempo. Regresemos al apartamento del señor Walters, Jerry.
Después de un expectante silencio continuó:
–Siento que se niegue a cooperar. – Cuando el coche se detuvo delante del inmueble en que vivía Henry y mientras Angus abría la portezuela Annunzio inquirió-: ¿No hay resentimientos?
–Por supuesto que no. – Henry estaba dispuesto a concederle casi cualquier cosa ahora que se hallaba en casa sano y salvo-. Haga el favor de saludar de mi parte a la señorita Manning.
–De acuerdo -declaró Annunzio-. Lo pone a usted por las nubes.
Mientras Henry se quedaba inmóvil observándola, la limusina se alejó suavemente de la acera y entró en el flujo del tráfico que se dirigía hacia el norte.
–¿Está bien, señor Walters? – preguntó el portero.
–Claro que sí. ¿Por qué?
–Lo veo un poco pálido. Por cierto, reconocí a Annunzio. De vez en cuando los veo a él y a su jefe en el hipódromo.
Henry vaciló y entonces hizo la pregunta que más le importaba:
–¿Quién es su jefe, Angus?
–El gran John Fortuna. Es el cabeza de la Familia1 aquí en Nueva York.
1La Familia, forma de designar popularmente a la Mafia. (N. de la t.) XIV
Ni siquiera una atareada, pero muy placentera, media hora con Sybil, a las tres de la tarde, logró restablecer la serenidad de Henry. Por más que se asegurara asímismo que había manejado la entrevista con Annunzio con toda la firmeza y la habilidad típicas de los héroes caballerescos de El regreso de Lanzarote, no podía deshacerse de la sensación de que las cosas
no marchaban como debían. Cuando oyó el agudo sonido del teléfono poco antes de las seis de la tarde, saltó de su asiento para contestar.
–¿Señor Walters?
Era una voz sin inflexiones, aunque un tanto siniestra. No recordaba haber oído nunca una voz así.
–¿Quién habla?
–Mi nombre no importa. Digamos que soy un buen samaritano que hace unos minutos rescató a su prometida, la señorita Selena McGuire, de una muerte segura de entre los rieles del metro.
–¿Qué…?
–Se encuentra en la sala de urgencias del Hospital de Nueva York.
–¿Está malherida?
–La señorita McGuire está un poco trastornada y tiene unas cuantas magulladuras y cortes de poca importancia…, además de una ligera conmoción. La próxima vez quizá no tenga tanta suerte.
–¿La próxima vez?
Henry comprendió mejor cómo se sintieron las personas que viajaban en las carretas de París cuando vieron a madame Lafarge tejiendo bajo la amenazadora sombra de la guillotina.
–Debería cuidar mejor a la señorita McGuire, señor Walters -prosiguió la voz siniestra, pero antes de que Henry pudiera hablar, o más bien chillar, oyó un clic que indicaba que se había cortado la línea.
Henry no perdió el tiempo mirando el teléfono. Corrió hacia el armario empotrado, cogió una cazadora y salió del apartamento; pulsó el botón del ascensor dos veces para indicar al portero que quería un taxi. Uno se detuvo frente al edificio justo en el momento en que Henry salía y se dejó caer, jadeando, en el asiento.
Entrada de urgencias del Hospital de Nueva York -le indicó al taxista.
–¿Está enfermo, señor? – preguntó el taxista al alejarse de la acera con pericia.
–No. Una amiga sufrió un accidente en el metro.
–Es un lugar peligroso, ese metro. Yo estoy muerto de miedo desde el momento en que salgo del trabajo hasta que llego a casa.
El taxista se abrió paso a través del laberíntico tráfico vespertino mientras hablaba; rozó un guardabarro aquí, sacudió a Henry allá, haciendo
que casi cayera de cabeza, y pisó el freno justo a tiempo para evitar chocar con un enorme camión de reparto.
Cuando el taxi, aún milagrosamente intacto, se detuvo en la pista circular de la entrada de urgencias del enorme Hospital de Nueva York, que formaba parte de la Facultad de Medicina de la Universidad de Cornell, Henry le entregó diez dólares al taxista -el doble de lo que marcaba el taxímetro-, y corrió hacia la puerta. No tuvo problemas para encontrar a Selena; ésta discutía acaloradamente con un médico alto que vestía una bata blanca. Lo que era más importante, parecía estar bien, a excepción de unos cuantos parches aquí y allí.
–Tengo un apartamento muy cómodo en Grammercy Park, doctor Crawford -decía Selena-. No voy a permitir que me encierre en una sala de hospital con un montón de gentuza, donde podrían contagiarme quién sabe qué cosas.
–Pero, señora…
-Señorita McGuire, Selena McGuire.
–Sólo queremos tenerla en observación esta noche, señorita McGuire.
Después de todo, estuvo usted inconsciente.
–Sólo un minuto.
–Con mucho gusto cuidaré a mi prometida, doctor -le dijo Henry al interno de la sala de urgencias.
Selena dio media vuelta de repente y se encaró con Henry:
–No te mandé llamar, Henry Walters.
–Lo sé…
–Soy perfectamente capaz de cuidarme a mí misma.
–Si el señor Walters se hace responsable, se podrá marchar, señorita McGuire.
Era evidente que el doctor Crawford deseaba quitarse de encima la responsabilidad.
–Sé lo que tengo que hacer, doctor -indicó Henry-. Fui sanitario en el ejército.
–Entonces firme el alta, por favor.
El doctor Crawford le entregó un papel que estaba sujeto al historial clínico de Selena y que había cogido de la mesa al lado de la cual estaba sentada Selena.
–La señorita McGuire sufrió una ligera conmoción, y si tiene usted alguna dificultad para despertarla tráigala de inmediato a urgencias.
–Entiendo, doctor.
–Le dimos un sedante suave y debería dormir, pero no tan profundamente que no la pueda despertar con facilidad.
–¡Ja! – exclamó Selena, que parecía estar resuelta a que ni siquiera el sedante la afectara.
–¿Dónde pago la cuenta? – preguntó Henry.
–En la ventanilla de caja.
El médico le dio un formulario con la cuenta y se alejó para encargarse de otra persona entre la constante corriente de humanidad golpeada y enferma que fluía por la sala.
–¿Estás bien, cariño? – preguntó solícito Henry, a la vez que tomaba a Selena de un brazo y la llevaba hacia la caja.
–Puedo caminar sola. – Selena dio dos pasos, pero se tambaleó y se aferró a Henry, buscando apoyo-. Debe de ser por el sedante que me dio. No quería acostarme en la camilla en el metro, pero un poli fortachón casi me maltrató; y todo el mundo miraba y yo tenía la falda alzada.
Henry deslizó el formulario debajo de los barrotes de la ventanilla, junto con dos billetes de veinte dólares, y un sello de goma cayó sobre el papel, marcando «Pagado».
–¿Cuarenta dólares para eso? -exclamó Selena, indignada, mientras Henry la llevaba hacia la salida.
Una vez afuera, la ayudó a entrar en un taxi y se sentó a su lado.
–Grammercy Park -le señaló al taxista, añadiendo el número del inmueble.
Cuando colocó su brazo alrededor del hombro de Selena, ésta se dejó caer contra él como una niña soñolienta que ya no sentía la necesidad de hacer alarde de su hosca independencia irlandesa frente a la autoridad.
–¿Cómo ocurrió? – preguntó Henry.
–Fue todo tan rápido que casi no lo recuerdo -las palabras ya se iban deformando, debido al efecto del sedante que le dieron en el hospital-. Yo estaba esperando que llegara el metro cuando un hombre me rozó y me arrojó sobre la vía.
–¡Pudiste electrocutarte! – exclamó Henry, horrorizado.
–Fue en la parte más cercana al andén, no en el tercer riel, que es el que lleva la corriente eléctrica.
–¿Viste bien al hombre que te empujó?
–¿Quién reconoce a alguien en el metro a la hora punta? Pero era un hombre…, eso sí lo vi. Y el tren ya estaba llegando; pude sentir las vibraciones en el riel durante un momento, mientras yacía allí.
–Es un milagro que pudieras subir trepando.
–No lo hice. Otro hombre se inclinó y me alzó hasta el andén, justo cuando el tren tomaba la curva antes de entrar en la estación. Cuando me di cuenta de lo cerca que estuve de morir, yo…, bueno, pues creo que me desmayé durante un ratito. Lo que recuerdo después es que me acostaban en la camilla…
–¿Te diste cuenta de cómo era el hombre que te ayudó?
–No mucho. Tez pálida y una cara afilada totalmente inexpresiva; pero tenía una cicatriz. Es extraño, Henry, pero juraría que, justo antes de desmayarme, le oí decir: «Debería usted obligar al señor Walters a cuidar mejor de usted, señorita McGuire.»
Henry sintió de pronto que le inundaba el sudor frío que había ido formándose bajo la superficie de la piel a lo largo del relato de Selena.
«Debería cuidar mejor a la señorita McGuire, señor Walters», había dicho el hombre que lo llamó para informarle acerca del accidente de Selena, y ahora Henry sabía exactamente lo que significaban esas palabras.
–¿Por qué diría eso Henry? ¿Tienes alguna idea? – preguntó Selena soñolienta-. Juraría que lo había visto antes.
–Probablemente fue alguien que te ha visto en las oficinas de Bennett Press. Eres bastante decorativa, ¿sabes?
–Pero también conocía tu nombre.
–Nuestros nombres aparecieron juntos en ese artículo del periódico cuando yo…, cuando ocurrió ese asunto del metro el otro día.
–Eso no tiene mucho sentido -murmuró Selena-, pero tengo demasiado sueño para preocuparme por eso.
–No te preocupes por nada, cariño. Te voy a cuidar de ahora en adelante.
–El buenazo de Lanzarote que llega al rescate.
Un suave ronquido interrumpió el diálogo.
Lo que Selena acababa de contarle acerca del accidente cristalizó una decisión; una decisión que podría hacer que Henry perdiera la oportunidad de utilizar la licencia matrimonial que llevaba en su cartera, pero eso no importaba ahora. Lo importante era que Selena estaba sana y salva y que dependía de él que así se mantuviera, al menos en cuanto a la gente que habían ordenado esa demostración de lo que podía ocurrir.
Selena apoyó todo su peso en Henry cuando salieron del taxi y entraron en el edificio. Una vez en el piso en que se encontraba el apartamento de Selena, caminaron pasillo abajo, arrastrando los pies, y Henry abrió la puerta con la llave de Selena; se aseguró de sacar la llave de la cerradura y de echar el cerrojo por dentro antes de llevar a Selena a la puerta de su dormitorio.
–¿Crees que puedes ponerte el pijama sola? – le preguntó.
Selena se rió tontamente; Henry estaba seguro que la risa se debía al efecto del sedante que le habían dado.
–Te apuesto a que esperas que diga que no.
–Puedes apostar que así es.
–Entonces lo haré yo misma.
Cuando no oyó nada al cabo de diez minutos, Henry abrió la puerta del dormitorio y encontró a Selena acostada, profundamente dormida y aún vestida. La desvistió, sacó un pijama del armario y se lo puso, tratando -sin lograrlo por completo- de que su mirada no se festejara en la hermosura que, hasta ese mediodía, había esperado que pronto le pertenecería sólo a él.
Selena se despertó una vez, mientras Henry le abotonaba el pijama, y le rodeó el cuello con los brazos.
–Dame un beso de buenas noches, cariño -le dijo y Henry obedeció con prontitud, pero sintió que sus labios se ablandaban debajo de los suyos propios, cuando la soñolencia debida al sedante se apoderó completamente de ella.
La acostó, la cubrió con la sábana y le tomó el pulso; vio que era de ochenta. Respiraba relajadamente dieciséis veces por minuto y, cuando le levantó los párpados, ambas pupilas se contrajeron por el efecto de la luz -
todos ellos constituían síntomas bastante indicativos de que no tenía ninguna herida cerebral de importancia, como lo sabía Henry-. Bajó las persianas para oscurecer el dormitorio ante la luz solar vespertina que aún quedaba y fue a la cocina a buscar algo de comer.
Una rebanada de la pizza que había traído de Antonelli’s se encontraba en el congelador del frigorífico, cuidadosamente envuelta en papel transparente. La sacó, la metió en el horno microondas para calentarla y, cuando estuvo lista, abrió una lata de cerveza. Mientras comía la pizza, revisó los acontecimientos de las últimas veinticuatro horas, una serie de sucesos que empezaron con la llamada de Gloria Manning y condujeron al roce de Selena con la muerte, tan cuidadosamente planificado. Como fuera que enfocara el problema, la solución siempre era la misma: no tenía alternativa: debía escribir el libro que querían Harry Westmore y Barney Weiss -pero sobre todo el gran John Fortuna, Gloria Manning y Gregory Annunzio-. Además, tenía que ser un bestseller, lo que implicaba que Henry debía proseguir con sus investigaciones para poder describir gráficamente las escenas íntimas que eran ya de rigor en obras de esa clase.
Después de colocar en el lavavajillas los platos que ensució, Henry entró en el dormitorio y examinó nuevamente a Selena, sin encontrar motivos para alarmarse. Selena dormía tranquilamente y Henry estaba seguro que su sueño se debía al sedante que le había administrado el doctor Crawford, y no a la conmoción, único daño potencialmente grave del accidente. Lo que tenía que evitar a toda costa era el próximo accidente, y sólo había una forma de hacerlo. Levantó el auricular del teléfono que se hallaba al lado de la cama de Selena y marcó el número de teléfono de Harry Westmore.
–Habla Henry -dijo cuando contestó su agente-. Te pido disculpas por llamarte después de las horas de trabajo.
–¿Y cuándo hay que esperar que un Judas pida sus treinta monedas de plata?
–¿Qué te parecerían un millón de piezas?
–¿Dónde estás? – La voz del agente sonaba excitada de pronto-. ¿Y
cuántas copas has tomado?
–La respuesta a la primera pregunta es: en el apartamento de Selena. En cuanto a la segunda, ninguna.
–¿Qué está haciendo Selena?
–Durmiendo. Sufrió un accidente en el metro a la hora punta esta tarde, y el médico de la sala de urgencias del Hospital de Nueva York le dio un sedante bastante fuerte.
–Me parece que vi algo sobre esto en el telediario de las siete, pero no mencionaron nombres -manifestó Westmore-. Parecía que se salvó de milagro.
–Así pareció, porque así lo planearon.
–¿Perdón?
–Te voy a decir algo, Harry, si me prometes que no lo revelarás nunca.
–¡Dios mío, Henry! ¿En quién puedes confiar si no es en tu agente?
Henry le hizo a Westmore un breve resumen de la llamada de Gloria, de la visita de Annunzio y del accidente de Selena.
–No hay duda de que lo planearon para forzarte a hacer lo que ellos quieren -convino Harry cuando Henry hubo terminado su relato-. No me gusta nada, Henry.
–A mí tampoco. Pero ¿tienes alguna duda de que exista realmente un peligro para Selena?
–No, en absoluto. ¿Qué vas a hacer?
–Voy a escribir Supersemental primero, por supuesto. Es la única forma de salvar a Selena.
–Supongo que tienes razón.
–Ya he escrito una parte; la has visto. En cuanto al resto, contaré la historia como está ocurriendo ahora.
–¿Crees que eso es sensato?
–En una ocasión, Jung dijo: «Todo lo secreto degenera; no hay nada seguro que no pueda resistir la discusión y la publicidad.» Si nada es seguro, a menos de que se pueda discutir y hacer público, entonces cualquier cosa que se discuta plenamente y se dé a conocer al público es segura… para Selena y para mí. Tengo intenciones de escribir este libro de tal manera que todos sepan quiénes son los personajes reales.
–Como en A sangre fría. Es posible que esto se convierta en el éxito del siglo, pero te estás arriesgando mucho, Henry.
–No lo creo. Mientras no se pueda probar nada contra esa gente, les encanta ser el foco de atención; así que, ¿qué tienen que perder? Ellos obtienen el libro y entonces las viejas películas de Bart, ya no digamos Supersemental, se convierten en minas de oro. ¿Podrías llamar a Barney esta noche para decirle que voy a escribir el libro?
–Lo haré tan pronto como cuelgues. Podemos tener los contratos listos en menos de una semana.