Abhorsen
La prueba de Sameth
Sam recorrió de nuevo el reducido perímetro y se cercioró de que nada estuviera acercándose. Aunque entre la lluvia que caía y la espesura de los árboles no veía demasiado bien. Para el caso, tampoco oiría nada hasta que estuviese demasiado cerca para poder defenderse.
Volvió a observar a Lirael por si había experimentado algún cambio, pero seguía en el reino de los muertos, su cuerpo era como una estatua, envuelto en hielo, el frío partía de ella en oleadas y congelaba los charcos que se formaban a sus pies. Sam pensó en romper un trozo de hielo para refrescarse pero, tras una breve reflexión, decidió que no era una buena idea. En el centro del charco congelado había varias huellas de perro, porque la
Perra Canalla, a diferencia de su ama, era capaz de cruzar con su cuerpo la frontera e internarse en el reino de los muertos, lo cual confirmaba la intuición de Sam de que la forma física del can era pura magia.
El cuerpo de la guardia seguía apoyado contra el árbol. Sam quiso tenderla como era debido, pero le pareció una tontería porque hubiera supuesto acostarla en el barro. Deseaba darle un final adecuado a aquel cuerpo, pero no se atrevía a utilizar la magia del Gremio que se precisaba. Al menos hasta que Lirael hubiese regresado.
Sam suspiró al pensar en ello y deseó poder refugiarse de la lluvia debajo del árbol mientras volvía Lirael. Se sentía muy responsable de la seguridad de Lirael y no se atrevió. Estaba de nuevo solo, y esta vez ni siquiera contaba con la dudosa compañía de Zapirón. Estaba nervioso, pero el miedo, que no lo había abandonado en toda su huida de Belisaere, había desaparecido. En esta ocasión, sencillamente no quería decepcionar a tía Lirael. Sopesó la espada y volvió a pasearse por el estrecho círculo de árboles que había elegido como ruta de vigilancia.
Había completado la mitad del círculo cuando, por encima del ruido cadencioso de la lluvia, oyó algo. El chasquido amortiguado de unas ramas húmedas al romperse bajo unos pies, o algo parecido. Un sonido bastante impropio de aquel paraje.
De inmediato, Sam se arrodilló detrás del abigarrado tronco de un helecho inmenso y se quedó inmóvil para oír mejor.
Al principio, no oyó más que la lluvia y los latidos de su corazón. Y entonces oyó de nuevo el ruido. Una pisada leve, las hojas aplastadas bajo unos pies. Alguien o algo intentaba pillarlo por sorpresa. El ruido se encontraba a unos seis metros, por la ladera de la loma, oculto entre la maleza verde. Se acercaba muy despacio, paso a paso.
Sam volvió a mirar a Lirael. No había señales de que regresara del reino de los muertos. Por un instante, pensó en echar a correr y darle un golpecito en el hombro, para avisarle que regresara. Resultaba tentador, porque entonces tomaría las riendas de la situación.
Desechó aquel pensamiento. Lirael tenía que cumplir una misión y él también. Tendría tiempo suficiente de llamarla si hacía falta. Quizá no fuera más que un lagarto grande que andaba merodeando entre los helechos o un perro salvaje, o uno de esos pájaros grandes y negros que no volaban y que vivían en las montañas. No recordaba cómo se llamaban.
No era nada muerto. Lo había notado, estaba seguro. Una criatura de la magia libre estaría echando chispas bajo la lluvia y la habría olido. Alo mejor...
Se movió otra vez, pero no subió la colina. Sam advirtió que estaba tratando de rodearlo. Tal vez su intención era dejarlos atrás para atacar desde una posición más ventajosa. Para esa clase de trucos había que ser humano.
Quizá se tratara de un nigromante, pensó Sam. No estaba muerto, de manera que no podía detectarlo. Usaba magia libre y no era producto de ella, de manera que no podía olerlo. ¿Y si fuera él? ¿El mismo Hedge?
A Sam empezó a temblarle la mano con la que empuñaba la espada. La asió con más fuerza, se obligó a dejar de temblar. Las cicatrices de la quemadura que tenía en las muñecas se pusieron moradas y brillaron a raíz del esfuerzo.
«Me ha llegado la hora—se dijo—. Me ha tocado la prueba.» Si no se enfrentaba a eso que estaba ahí fuera, sabría de una vez por todas que era un cobarde. Lirael no lo tenía por un cobarde, la perra tampoco. El príncipe Sameth había conseguido huir de Astarael, pero no del miedo, aunque la huida había sido producto de la magia; Lirael también había echado a correr por obra de la magia. No había por qué avergonzarse.
La cosa se movió otra vez, sigilosa. Sam no la veía, pero estaba seguro de dónde se encontraba.
Buscó en el Gremio; notó que el corazón, hasta ese momento desbocado, comenzaba a latirle más despacio cuando se entregó a la calma familiar de la magia que unía todas las osas vivas. Con una mano dibujó en el aire cuatro brillantes marcas del Gremio. Pronunció la quinta con Un hilo de voz, haciendo bocina con la mano. Cuando las marcas se juntaron, Sam sujetaba una daga parecida a un rayo de luz. Era tan brillante que deslumbraba y, si se le echaba un vistazo, se percibía un fulgor Jurado.
—¡Por el Gremio!
Con la daga solar en una mano y la espada en la otra, Sam lanzó un grito de batalla y de un salto se internó entre los helechos; a punto estuvo de resbalar en el barro y de caer colina abajo. Vio un movimiento veloz detrás de un árbol y cambió de dirección, gritando como un poseso; la sangre enfurecida de su padre le latía en las sienes. Ante él vio al enemigo, un hombrecillo raro y pálido...
Y desapareció.
Sam intentó detenerse. Enterró los talones, pero los pies resbalaron en el barro y fue a estrellarse contra el tronco de un árbol, rebotó en un helecho y cayó de espaldas. Tendido en el barro, se acordó de su maestro de armas cuando le decía: «La mayoría de los que se caen durante Una batalla, no vuelven a levantarse. O sea, que ni se te ocurra caerte, ¡maldita sea!».
Sam soltó la daga solar, que se apagó de inmediato, sus marcas se disolvieron en el suelo, y se levantó. Llevaba en el suelo apenas unos segundos, pensó mientras miraba a su alrededor como enloquecido. No había señales de... de lo que fuese aquello...
Lirael.
Se acordó de golpe e inmediatamente subió corriendo la ladera por la que acababa de caer, agarrándose a los helechos y las ramas para avanzar más deprisa. ¡Debía regresar! ¿Qué pasaría si a Lirael la atacaban mientras seguía en el reino de los muertos? ¿Si la atacaban por la espalda con una daga o un puñal? No tendría posibilidad de salvación.
Llegó al pequeño claro. Lirael continuaba allí. Las gotas de lluvia que caían de sus brazos se habían congelado formando pequeños carámbanos. El charco helado que rodeaba sus pies había crecido y resultaba de lo más raro en aquel bosque cálido. Su tía no había sufrido daño alguno. —Una suerte que yo estuviera aquí —dijo una voz a espaldas de Sam. Una voz familiar. La voz de Zapirón. Sam se volvió como un rayo. —¿Zapirón? ¿Eres tú? ¿Dónde estás?
—Aquí, y lo lamento, como de costumbre —contestó Zapirón. Un garito blanco asomó detrás de un helecho.
Sam no bajó la guardia. Comprobó que Zapirón seguía llevando el collar con la campana. Pero podía tratarse de una trampa. ¿Y dónde estaría... y quién sería aquel extraño hombrecito pálido?
—Vi a un hombre —dijo Sam—. Tenía el pelo y la piel blancos como la nieve. Blancos como tu pelambre...
—Sí —bostezó Zapirón—. Era yo. Pero Jerizael me prohibió utilizar esa forma, ya sabes, ella fue... vamos a ver... fue la cuadragésimo octava Abhorsen. No puedo utilizarla en presencia de un Abhorsen, aunque se trate de un aprendiz, sin permiso previo. Tu madre casi siempre me lo niega, pero su padre era más flexible. En estos momentos, Lirael no puede decir esta boca es mía, de manera que vuelves a verme como soy.
—La perra dijo que ella... que Astarael no te iba a soltar —explicó Sam.
No había bajado la espada.
Zapirón bostezó otra vez y la campana que le colgaba del collar sonó. Era Ranna. Sam la reconoció por el tañido y por su propia reacción: le fue imposible reprimir un bostezo.
—¿Eso dijo el chucho ese? —comentó el gato. Se acercó a la mochila de Sam y de un zarpazo deshizo las puntadas del remiendo y se metió dentro—. ¿Astarael? ¿Entonces era ella? Ha pasado tanto tiempo que ya no sé quién es quién. En cualquier caso, dijo lo que quería decir y luego me marché. Despiértame cuando estemos en un lugar seco y cómodo, ríncipe Sameth. Con comida civilizada.
Sam bajó despacio la espada y suspiró, exasperado. Era Zapirón, no había duda. No estaba seguro de si se alegraba o no de que el felino hubiese regresado. No se quitaba de la cabeza la risita y el regodeo que había oído en el túnel debajo de la Casa y el olor y el brillo de la magia libre...
Se oyó crujir el hielo. Sam se volvió; el corazón le martilleaba en el pecho. Tras el crujido del hielo, oyó el eco lejano de una campanada. Tan lejano que podía haber sido un recuerdo o producto de su imaginación.
Se oyó crujir el hielo otra vez y Lirael cayó sobre una rodilla; el hielo se desprendió de todo su cuerpo como si se tratara de una pequeña tormenta de nieve. Siguió un resplandor y apareció la perra saltando nerviosa por todas partes y gruñendo a más no poder.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Sam—. ¿Estás herida?
—No mucho —dijo Lirael con una mueca que demostraba que algo n 1.11 o sucedía, y levantó la muñeca izquierda—. Un horrible vigilante de la quinta puerta intentó morderme el brazo. Pero no consiguió perforarme el abrigo... sólo tengo magulladuras.
—¿Qué le hiciste? —preguntó Sam.
La perra seguía corriendo en círculos como si la criatura muerta fuei .1.1 aparecer de repente.
—La perra lo partió en dos de un mordisco —contestó Lirael, y pugno por inspirar bien hondo—. Aunque con eso no se detuvo, pude conseguir que me obedeciera. Está de camino a la Novena Puerta... y ya no volverá.
—Ahora sí que eres la Abhorsen en ciernes —dijo Sam, lleno de admi ración.
—Supongo —contestó Lirael.
La muchacha tuvo la sensación de que había adquirido algo cuando en el reino de los muertos se había presentado como la Abhorsen. Al mismo tiempo, había perdido algo. Una cosa era coger las campanas en la Casa. Y otra bien distinta, utilizarlas en el reino de los muertos. Su vida anterior le parecía muy lejana. Ya no volvería nunca más. Y todavía Ignoraba qué le depararía la nueva que iniciaba; por no saber, todavía no sabía quién era. Se sentía incómoda en su propia piel y esa incomodidad nada tenía que ver con el hielo que se derretía, ni con la lluvia ni con el barro.
—Huelo algo —anunció la perra.
Lirael levantó la mirada y, por primera vez, notó que Sam llevaba encima más barro que nunca y que en la mano tenía una herida que le sangraba, aunque él no parecía notar nada.
—¿Qué te ha pasado? —preguntó la muchacha.
—Ha regresado Zapirón —contestó Sam—. Bueno, creo que es Zapirón. Está en mi mochila. Al principio era una especie de enano albino y lo tomé por un enemigo...
Se interrumpió cuando la perra fue hasta la mochila y la olfateó. Una pata blanca salió a toda velocidad y la Perra Canalla se echó atrás justo a tiempo para evitar el zarpazo en la nariz. Se sentó sobre las patas traseras y, llena de asombro, frunció la frente.
—Es el Zapirón —confirmó—. Pero no lo entiendo... —Es que me ha dado lo que, según ella, es otra oportunidad —dijo una voz desde el interior de la mochila—. Más de lo que has hecho tú.
—¿Otra oportunidad para qué? —gruñó la perra—. ¡No tenemos tiempo para tus jueguecitos! ¿Sabes lo que están desenterrando a cuatro leguas de aquí?
Zapirón asomó la cabeza por la mochila. Ranna tintineó y la modorra invadió a cuantos oyeron la campana.
—¡Claro que lo sé! —escupió el gatito—. No me importaba antes ni me importa ahora. ¡Es El Destructor! ¡El que todo lo deshace! ¡El que todo lo desbarata...! El...
Zapirón calló para recuperar el aliento. Y cuando se disponía a continuar, la perra soltó un ladrido corto e intenso, cargado de poder. Zapirón maulló como si alguien le hubiese isado el rabo y se metió en la mochila siseando.
—No pronuncies su nombre —le ordenó la perra—. Y menos con rabia, y menos cuando estamos tan cerca.
Zapirón guardó silencio. Lirael, Sam y la perra miraban la mochila.
—Tenemos que marcharnos de aquí —suspiró Lirael, secándose las gotas de lluvia de la frente antes de que se le metieran en los ojos—. Pero primero quiero aclarar una cosa.
Se acercó a la mochila de Sam y se inclinó sobre ella manteniéndose fuera del alcance de los zarpazos.
—Zapirón. Sigues obligado a ser sirviente de los Abhorsens, ¿verdad?
—Sí —contestó de mala gana—. Por desgracia.
—Entonces me vas a ayudar, nos vas a ayudar, ¿verdad?
No le contestó.
—Conseguiré un poco de pescado —intervino Sam—. Quiero decir, cuando encontremos un lugar donde haya pescado.
—Y un par de ratones —añadió Lirael—. Si te gustan los ratones, claro está.
Los ratones se comían los libros. Todas las bibliotecarias detestaban los ratones y Lirael no era ninguna excepción. Comprobó con satisfacción que convertirse en una Abhorsen no le había hecho olvidar su pasado de bibliotecaria, tan esencial para ella. Y además de disgustarle los ratones, odiaba los lepismas.
—No tiene sentido tratar de convencer a ese felino —dijo la perra—. Hará lo que se le ordene.
—El pescado, cuando lo encontremos, y los ratones y un pájaro cantor —dijo Zapirón saliendo de la mochila, y se lamió los bigotes con la lengua rosada como si estuviera ya en presencia de unos ricos pescados.
—Nada de pájaros cantores —dijo Lirael con firmeza.
—Bueno —convino Zapirón. Lanzó una mirada desdeñosa a la perra—. Un acuerdo civilizado, muy acorde con mi forma actual. Comida y alojamiento a cambio de la ayuda que pueda prestar. Es mejor que ser un esclavo.
—Eres un... —comenzó a protestar la perra, con rabia, pero Lirael la agarró del collar y se calmó, aunque no dejó de gruñir.
—No hay tiempo para discutir —dijo Lirael—. Hedge dejó que Mareyn, la guardia, se fuera con la intención de esclavizar su espíritu más adelante, una muerte lenta hace que el espíritu se fortalezca. Sabe más o menos dónde murió la guardia y es posible que en el reino de los muertos cuente con otros siervos que le hablarán de mi presencia. Debemos marchamos.
—Deberíamos... —comenzó a decir Sam cuando Lirael echó a andar—. Debemos darle a la guardia un fin adecuado.
Lirael movió la cabeza en diagonal en un gesto que no era ni de aceptación ni de rechazo, sólo de fatiga.
—Debo de estar cansada —dijo, y volvió a secarse la frente—. Le prometí que así lo haría.
Igual que había ocurrido con los cuerpos del grupo de mercaderes, si dejaban el de Mareyn donde estaba, corrían el riesgo de que lo habitase otro espíritu muerto, cabía incluso la posibilidad de que Hedge lo utilizara con peores fines.
—¿Puedes hacerlo, Sam? —preguntó Lirael mientras se restregaba la muñeca—. Estoy un poco cansada, la verdad.
—Hedge olerá la magia —les advirtió la Perra Canalla—. Igual que las criaturas muertas que se encuentren a la distancia adecuada. Aunque la lluvia ayudará.
—Ya he lanzado un encantamiento —dijo Sam en tono de disculpa—. Creí que nos estaban atacando...
—No te preocupes —lo interrumpió Lirael—. Pero date prisa.
Sam se acercó al cadáver y dibujó en el aire las marcas del Gremio. Poco después, una mortaja incandescente lo envolvió casi del todo, excepto las partes de la cota de malla ennegrecida.
Sam se dio la vuelta para marcharse; Lirael avanzó y de su mano abierta partieron tres marcas del Gremio sencillas que fueron a clavarse en la corteza del árbol, encima de las cenizas.
Pronunció las marcas y allí dejó grabadas sus palabras para que en años futuros las oyeran los magos del Gremio, mientras el árbol siguiera en pie.
«Aquí murió Mareyn, lejos de su hogar y sus amigos. Fue miembro de la Guardia Real. Mujer valiente que luchó contra un enemigo demasiado fuerte y no pudo con él. Pero cumplió su deber incluso en el reino de los muertos. Será recordada siempre. Adiós, Mareyn.»
—Un detalle muy adecuado —comentó la perra—. Y...
—Bastante estúpido, por cierto —interrumpió Zapirón asomando detrás de la cabeza de Sam—. Los muertos se nos echarán encima en menos que canta un gallo si seguís haciendo magia cada dos por tres.
—Gracias, Zapirón —dijo Lirael—. Me alegra que ya nos estés ayudando. Nos vamos, así podrás volver a dormirte. Perra... adelántate a explorar el terreno. Sam... tú sígueme.
Sin esperar respuesta, se dirigió a la cadena de montañas, hacia un lugar donde los árboles crecían más tupidos. La perra corrió detrás de ella y luego la adelantó sin dejar de menear el rabo.
—Qué mandona, ¿no? —le comentó Zapirón a Sam, que avanzaba más despacio —. Me recuerda a tu madre.
—Cállate —le ordenó Sam, y apartó una rama que amenazaba con golpearle la cara.
—Sabes de sobra que deberíamos correr a toda velocidad en dirección contraria —dijo Zapirón—. ¿O no lo sabes?
—En la Casa me dijiste que no tiene sentido salir corriendo ni tratar de esconderse —le soltó Sam—. ¿O no me lo dijiste?
Zapirón no le contestó, pero Sam sabía que no se había vuelto a dormir. Lo notaba moverse dentro de la mochila. Sam no repitió la pregunta porque la ladera fue haciéndose más empinada y prefirió no malgastar el aliento. La conversación quedó descartada a medida que fueron subiendo y sorteando los árboles que seguían en pie y los que el viento había derribado porque carecían de raíces profundas.
Finalmente llegaron a la cima, empapados a pesar de los chubasqueros, muertos de cansancio tras el ascenso. El sol se había perdido entre las nubes y estaba a punto de ponerse, por lo que tuvieron claro que antes del anochecer no iban a avanzar mucho más.
Lirael pensó en anunciar un descanso, pero cuando le hizo una seña a la perra, ésta la pasó por alto y fingió no ver las frenéticas indicaciones de su ama. Lirael suspiró y continuó andando, agradecida de que la perra hubiese dirigido sus pasos hacia el oeste y siguiera la cadena montañosa en lugar de descender. Continuaron así una media hora más, aunque se les hizo eterna, hasta que al final llegaron donde un desprendimiento de piedras había cavado una especie de senda despejada en la cara norte de la cresta de las montañas.
La perra se detuvo entonces y escogió un matorral de helechos que les daría cobijo. Lirael se sentó a su lado, Sam llegó poco después y se dejó caer como un acordeón roto. En cuanto se sentó, Zapirón saltó de la mochila, se acomodó sobre las patas traseras y apoyó las Los cuatro miraron hacia abajo, en dirección al claro, y pasearon la vista por el valle hasta el lago Rojo, que se veía a lo lejos como una extensión de agua oscura, iluminada por los destellos de los relámpagos y los pocos rayos del sol poniente que conseguían abrirse paso entre las nubes.
El foso de Nick también se veía con claridad, era una herida desagradable de tierra roja y arcilla amarilla en la verde inmensidad del valle. Sobre los campos que lo rodeaban caían constantemente los relámpagos; el retumbo del trueno regresaba hasta los cuatro observadores como ruido de fondo. Cientos de siluetas empequeñecidas por la distancia se afanaban alrededor del foso. Incluso a kilómetros de distancia, Lirael y Sam notaban que se trataba de seres muertos.
—¿Qué hacen los braceros? —murmuró Lirael.
Aunque estaban bien escondidos en la cima, entre árboles y helechos, la Abhorsen en ciernes presentía que Hedge y sus siervos podían descubrirlos de un momento a otro.
—No sabría decirte —contestó Sam—. Mueven algo... una cosa que brilla... me parece. La llevan al lago.
—Sí—dijo la perra, sentada completamente tiesa junto a Lirael—. Están arrastrando dos hemisferios de plata que se encuentran a trescientos pasos de distancia el uno del otro.
Zapirón siseó junto a la oreja de Sam y éste notó que un escalofrío bajaba por su espalda.
—Cada hemisferio encierra la mitad de un espíritu antiguo —dijo la perra en voz muy baja—. Un espíritu del principio, de antes de que se creara el Gremio.
—Ese que le prohibiste nombrar a Zapirón —musitó Lirael—. El Destructor.
—Sí —asintió la perra—. Lo apresaron hace mucho tiempo y lo encerraron en el interior de los hemisferios de plata. Los hemisferios fueron enterrados en lo más hondo, bajo defensas de plata, oro y plomo, serbal, fresno y roble. La séptima defensa era de huesos.
—¿Entonces sigue sojuzgado? —preguntó Sam con un hilo de voz—. Quiero decir que habrán desenterrado los hemisferios, pero el espíritu continúa preso en su interior, ¿no es así?
—Por ahora —dijo la perra—. Si fallara la prisión, poca esperanza podemos depositar en los vínculos que lo atan. Alguien debe de haber encontrado el modo de unir los hemisferios, aunque no entiendo cómo, ni adonde los llevan... —Tras una pausa añadió—: Siento haberte fallado, amita. —Se dejó caer sobre el vientre y hundió el morro en el suelo, completamente abatida.
—¿Cómo? —preguntó Lirael, y contempló a la perra hundida en la tristeza.
No supo qué decir. En su interior una vocecita le insistía, machacona, «¿Que haría una Abhorsen?». Y entonces lo vio claro, debía mostrarse como se suponía que tenía que hacerlo. Animosa, aunque tuviera el ánimo por los suelos.
—¿De qué hablas? Tú no tienes la culpa.
La voz le tembló un instante y para disimularlo tosió un poco antes He continuar:
—Además, el... El Destructor sigue sojuzgado. Sólo tendremos que impedir que los hemisferios se unan o lo que sea que Hedge esté planeando hacer con ellos.
—Deberíamos rescatar a Nick —dijo Sam. Tragó con tanta fuerza que lo oyeron todos—. Aunque allá abajo hay un montón de muertos.
—¡Eso es! —exclamó Lirael—. Eso es lo que haremos. Al menos para empezar. Nick sabrá exactamente adonde piensan llevar los hemisferios.
—Y además, planifica igual que tu madre —dijo Zapirón—. ¿Qué se supone que debemos hacer? ¿Llegar hasta ahí andando y pedirle a Hedge que nos entregue al muchacho?
—Zapirón... —comenzó a protestar Sam, y la perra le gruñó, pero Lirael se impuso sobre todos.
Se le acababa de ocurrir un plan y quería comentarlo antes de que le sonara descabellado incluso a ella.
—No seas tonto, Zapirón. Descansaremos un rato; luego me pondré la piel del Gremio ue hice en la barca y volaré hasta allá abajo en forma de búho. La perra también puede bajar volando y entre las dos encontraremos a Nick y nos lo llevaremos. Sam y tú podéis bajar y nos reuniremos cerca de un curso de agua... ese arroyo de ahí. Para entonces ya será de día y tendremos luz y agua corriente. Entonces Nick nos contará lo que está pasando. ¿Qué os parece?
—Es el cuarto plan más estúpido que le oigo proponer a una Abhorsen —contestó Zapirón—. Lo que más me gusta es lo de dormir un rato. Ah, y se te ha olvidado hablar de la cena.
—No estoy seguro de que debas ser tú quien baje volando —dijo Sam, incómodo —. Creo que con un poco de concentración podría cogerle el truco a la piel de búho y me parece que soy el más adecuado para convencer a Nick de que nos acompañe. ¿Y cómo puede volar la perra?
—No hará falta que lo convenzas —gruñó la perra—. Tu amigo Nick debe de estar ahora dominado por El Destructor. Habrá que obligarlo... y además, tendremos que ser precavidos con él y con los poderes que quizá le hayan concedido. En cuanto a lo de volar, me hago más pequeñita y me crecen alas.
—Ah —dijo Sam—. Ya. Te crecen alas.
—También habrá que vigilar a Hedge —añadió Lirael, y empezó a preguntarse tardíamente si no habría otro plan mejor—. Pero yo tendré que usar la piel del Gremio. La hice a mi medida. A ti no te cabría. Espero que dentro de la mochila no se haya arrugado demasiado.
—Sin poder volar, tardaré al menos dos horas en bajar al arroyo de allá abajo — explicó Sam mirando desde la cima—. Quizá convenga que nosotros salgamos más tarde, luego vosotras podéis volar desde aquí. De esa manera estaré más cerca y preparado por si hubiera algún problema. Y mejor me prestas tu arco, así preparo algunas flechas hechizadas mientras espero.
—Buena idea —dijo Lirael—. Debemos seguir. El arco te servirá de poco si continúa lloviendo... y ya no podemos arriesgarnos a hacer más encantamientos meteorológicos para parar la lluvia. Nos delataríamos.
—Dejará de llover antes del amanecer —comentó la perra con gran autoridad.
—¡Ja! —exclamó Zapirón—. Eso lo sabe cualquiera. Para que sepas, ya está escampando.
Sam y Lirael miraron el dosel de árboles y, en efecto, aunque la tormenta continuaba hacia el noroeste, las nubes que cubrían el cielo en lo alto y hacia el este estaban abriéndose y dando paso a la luz rojiza del sol poniente y al lucero vespertino. Era Uallus, la estrella roja que indicaba el norte. Lirael se animó al verla, aunque sabía que eso de que Uallus daba suerte si era la primera estrella en asomar al cielo no era más que un cuento de pastores.
—Bien —dijo Lirael—. No me gusta nada volar bajo la lluvia. Las plumas mojadas son un engorro.
Sam no hizo comentarios. Oscurecía, pero los relámpagos que rodeaban el foso permitían divisar algunas de las cosas que pululaban por el valle, aunque con intermitencias. Se veía una mancha cuadrada que muy bien podía ser una tienda. Quizá la de Nick, porque no había ninguna otra a la vista.
—Aguanta, Nick —murmuró Sam—. Te salvaremos.