Abhorsen

Garth Nix · Capítulo 30 de 33

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Abhorsen

Cuando cese el relámpago

Sam se levantó. Estaba muy débil y confundido. Se volvió despacio para observar las tres papelonaves posadas en el valle, a varios cientos de metros. Parecían pequeñísimas en frente de la multitud de sureños. Eran aeronaves mágicas, hechas de papel laminado y magia del Gremio, que tenían más de inmensas aves de brillante plumaje que de aviones.

Los pilotos y pasajeros de las tres papelonaves comenzaron a bajar. Sam los miró fijamente, incapaz de dar crédito a sus ojos.

—Son el rey y la Abhorsen, ¿no es así, príncipe Sameth? —preguntó el teniente Tindall—. ¡Creí que habían muerto!

Sam asintió, sonrió y sacudió la cabeza todo al mismo tiempo. El alivio lo invadió con una oleada irresistible. No sabía si reír, si llorar, si cantar; no se sorprendió al notar que las lágrimas le bañaban las mejillas, y entonces la risa brotó espontánea de su boca. Porque las personas que bajaban de la papelonave azul y plata eran, sin lugar a dudas, Piedra de Toque y Sabriel. Estaban sanos y salvos; las historias sobre su desaparición se vinieron abajo en cuanto los vio ante él.

Las sorpresas no acabaron allí. Sam se enjugó las lágrimas, contuvo la risa antes de que se convirtiera en carcajada histérica y se quedó sin respiración al ver que una muchacha de cabello color azabache descendía con agilidad de la nave roja y dorada, y corría para alcanzar a sus padres, con la espada desenvainada. Detrás de ella, dos mujeres esbeltas, muy rubias, de piel bronceada, descendían de la papelonave verde y plata, sin correr, pero a paso vivo.

—¿Quién es esa chica? —preguntó el teniente Tindall. Su pregunta dejó traslucir algo más que un mero interés profesional por sus salvadores—. Quiero decir, ¿quiénes son esas señoras?

—¡Ésa es mi hermana, Ellimere! —exclamó Sam—. ¡Y esas dos de ahí, por el aspecto, son clarvis!

Se disponía a correr hacia ellos, pero se contuvo. Todos avanzaban deprisa, y Sam pensó que era mejor que se quedara en su sitio, al lado de Lirael, cuyo cuerpo seguía congelado, mientras su espíritu se encontraba en algún lugar del más allá, enfrentándose a quién sabe qué tipo de peligros. Ese pensamiento devolvió a Sam a la situación en la que se encontraban. Los muertos habían huido de Saraneth tal como la Abhorsen la había hecho sonar. Pero se trataba de meros subalternos del verdadero enemigo.

—Los relámpagos han cesado —observó Tim Wallach—. Ya no se oyen los truenos.

Todos se volvieron para observar la cima de las montañas. A Sam le duró poco la sensación de alivio. Los relámpagos y los truenos habían desaparecido, eso estaba claro, pero la niebla era más espesa que nunca. Ya no la iluminaban los destellos azulados, sino una luz rojiza que latía y, a ojos vistas, se iba haciendo cada vez más brillante, como si un enorme corazón de fuego brotara del valle, al otro lado de las montañas.

De la cima bajaba algo, una silueta con un exceso de brazos, iluminada desde atrás por n fulgor rojo sangre.

Sam levantó la espada y tanteó en busca de la zampona. No sabía lo que era aquello, pero no tenía pinta de estar muerto... o al menos no lograba sentirlo así. Despedía un hedor caliente a magia libre... e iba directamente hacia ellos.

Y entonces, aquella cosa gritó con la voz de Zapirón.

—¡Soy yo... Zapirón! ¡Traigo a Nicholas!

La niebla se arremolinó y Sam vio que la voz provenía de un extraño hombrecito de cabello y piel casi transparentes al que había visto por última vez en la colina, cerca del lago Rojo. Cargaba un cuerpo descarnado que le recordó al de Nick. Fuera quien fuese, Zapirón sostenía el brazo derecho del hombre a un lado, donde se retorcía y se movía con vida propia, como si fuese un tentáculo.

—¿Qué es eso? —preguntó el mayor Greene en voz baja al tiempo que ordenaba a sus hombres que cerraran filas alrededor de Lirael.

—Es Zapirón —contestó Sam con el ceño fruncido—. En tiempos de mi abuelo tenía esa forma. Y ése... ese de ahí es mi amigo Nick.

—¡Claro que es tu amigo Nick! ¿Quién iba a ser? —gritó Zapirón, que seguía bajando la ladera—. ¿Dónde está la Abhorsen? ¿Y Lirael? Debemos darnos prisa, los hemisferios están casi unidos. Si conseguimos alejar más a Nicholas, el fragmento no podrá sumarse a la unión y los hemisferios estarán incompletos...

Un grito tremendo lo interrumpió. Nick abrió los ojos de par en par y su cuerpo, completamente rígido, se sacudió: con un brazo apuntaba hacia el valle del fiordo como si fuese una pistola. Algo más reluciente que el sol brilló un instante en la punta de su dedo y luego partió como el rayo hasta la cima de las montañas, a una velocidad tan impresionante que fue imposible seguirlo.

—¡No! —gritó Nick.

La boca se le llenó de espuma ensangrentada y con los dedos intentaba aferrar inútilmente el vacío. Su grito quedó ahogado por otro sonido, un sonido que comenzó a brotar del corazón rojo de la niebla acumulada más allá. Un grito indescriptible de triunfo, codicia, furia, acompañado de una columna de fuego que se proyectó hacia el cielo. Subió y subió hasta llegar más alto que la cadena de montañas. La niebla daba vueltas a su alrededor como un manto y comenzó a disiparse.

—¡Libreee! —bramó El Destructor.

Aquel alarido pasó encima de los espectadores como un vendaval de aire caliente bebiéndose la humedad de sus ojos y sus bocas. Y siguió y siguió, su eco llegó hasta las colinas distantes, recorrió pueblos lejanos, llenó de miedo los corazones de cuantos lo oían hasta mucho después de haberse acallado.

—Demasiado tarde —dijo Zapirón.

Depositó a Nick con sumo cuidado sobre el suelo de piedra y se agachó. El pelo blanco comenzó a caerle sobre el cuello y la cara, los huesos se le contrajeron y juntaron debajo de la piel. Un minuto más tarde, volvía a ser un gatito blanco de cuyo collar colgaba Ranna.

Sam apenas notó la transformación. Corrió al lado de Nick, se inclinó sobre él mientras buscaba las marcas del Gremio de los hechizos curativos más potentes y las reunió en su mente. No cabía duda de que su migo se moría. Además de ver en el rostro de su amigo una palidez mortal, la boca llena de sangre, el pecho y el brazo cubiertos de hematomas, Sam sintió que su espíritu se deslizaba hacia el más allá.

En las manos del príncipe Sameth comenzó a formarse un fuego dorado a medida que extraía marcas del Gremio afanosamente. Con delicadeza posó las palmas de las manos sobre el pecho de Nick y transmitió al cuerpo enfermo la magia curativa.

El hechizo se negaba a arraigar. Las marcas resbalaban y se perdían, unas chispas azules repitaban bajo las palmas de Sam. El muchacho lanzó una maldición y repitió el encantamiento sin ningún éxito. Nick conservaba en su interior un residuo demasiado fuerte de magia libre que hacía que los esfuerzos de Sam resultaran baldíos.

Lo único que consiguió la magia del príncipe fue devolverle a su amigo algo de conciencia. Nick sonrió al ver a Sam, creyó estar otra vez en la escuela, noqueado por una pelota lanzada con demasiada fuerza. Lo que no cuadraba era que Sam vestía una extraña armadura en lugar del equipo de críquet. Y a su espalda se veía una densa niebla y no el sol brillante; piedras y árboles achaparrados en lugar del césped bien cortado.

Nick lo recordó todo y la sonrisa se le borró de los labios. Con el recuerdo llegó la conciencia del dolor, pues le dolía todo el cuerpo, pero también llegó la sensación de alivio. Se sintió limpio y libre, como si fuese un prisionero al que acabaran de liberar tras haberse pasado casi toda la vida en el interior de un cuarto reducido.

—Lo siento —dijo con un hilo de voz, ahogándose con la sangre—. No lo sabía, Sam. No lo sabía...

—Quédate tranquilo —le pidió Sam. Con la manga de la sobrevesta le limpió la boca cubierta de espumarajos ensangrentados—. Tú no tienes la culpa. Debí darme cuenta de que algo te había pasado...

—En el camino hundido —murmuró Nick. Cerró los ojos, respiraba con un enorme esfuerzo—. Fue en el camino hundido, después de que tú te internaras en el reino de la muerte, en la colina. Ahora lo recuerdo. Corrí para ver qué podía hacer y me caí. Hedge estaba esperando. Pensó que eras tú, Sam...

La voz se le fue apagando. Sam se inclinó otra vez sobre él e intentó que las marcas curativas entraran en su amigo poniendo en ello toda su voluntad. Por tercera vez resbalaron y desaparecieron.

Nick movió los labios y dijo algo apenas audible. Sam se acercó más y pegó la oreja a la boca de Nick. Lo tomó de la mano y lo sujetó con fuerza, como si pudiera tirar físicamente de su amigo e impedir que partiera al más allá.

—Lirael —musitó Nick—. Dile a Lirael que la recuerdo. Intenté...

—Se lo dirás tú mismo —se apresuró a comentar Sam—. ¡Volverá en cualquier momento! ¡Nick... tienes que luchar!

—Eso mismo me dijo ella.

Nick tosió.

Unas cuantas gotitas de sangre mancharon la mejilla de Sam, pero no se movió. No oyó el ladrido quedo de la Perra Canalla cuando Lirael regresó a la vida, ni el hielo al resquebrajarse, ni la exclamación sorprendida de su tía. Para Sam no existía más espacio que el que ocupaban él y su amigo Nicholas. Todo lo demás había dejado de existir.

Notó entonces una mano fría en el hombro y se volvió. Lirael estaba allí. Seguía cubierta de escarcha y, al moverse, iba dejando un rastro de pedacitos de hielo. Miró a Nick, y Sam notó en ella una efímera expresión que no consiguió interpretar. Desapareció de inmediato, reprimida por una dureza que a Sam le recordó a su madre.

—Nick se está muriendo —dijo Sam, los ojos brillantes de lágrimas—. Los hechizos curativos no... el fragmento salió de él volando... ¡no hay nada que yo pueda hacer!

—Sé cómo sojuzgar y quebrar al Destructor —dijo Lirael con tono urgente. Apartó la vista de Nick y miró a Sam a los ojos—. Tienes que construirme un arma ahora mismo, Sam. ¡Ahora mismo!

—Pero... ¿y Nick? —protestó Sam, sin soltarle la mano a su amigo.

Lirael observó la columna de fuego. Notó su calor y pudo calibrar el grado de poder del Destructor por el color y la altura de las llamas. Quedaban unos pocos minutos... muy pocos. Y tal vez, aunque fuesen el doble, a Nick no le habrían bastado.

—No puedes hacer nada por Nick —dijo con un sollozo—. No hay tiempo y debo... ebo decirte lo que se ha de hacer. ¡Tenemos una oportunidad, Sam! No creí que sería posible, pero las clarvis vieron quiénes debían intervenir y están aquí. ¡Pero debemos poner manos a la obra ahora mismo!

Sam miró a su mejor amigo. Nick había abierto otra vez los ojos, pero no miraba a Sam, sino a Lirael.

—Haz lo que ella te dice, Sam—susurró Nick, tratando de sonreír—. Y trata de arreglarlo.

Se le vidrió la vista y la respiración entrecortada se fue haciendo cada vez más débil hasta cesar del todo. Sam y Lirael notaron cómo volaba su espíritu y supieron que Nicholas Sayre estaba muerto.

Sam abrió la mano y se puso en pie. Se sentía viejo y cansado, le dolían las articulaciones. Además, era presa del desconcierto, incapaz de aceptar que el cuerpo que yacía a sus pies era el de Nick. Se había propuesto salvarlo y había fallado. Todo lo demás también parecía destinado al fracaso.

Lirael lo agarró al ver que le fallaban las piernas y se le nublaba la vista. El gesto de su tía contribuyó a sacarlo de su ensimismamiento y, de mala gana, la miró a los ojos. Lo obligó a darse media vuelta y señaló a Sabriel, a Piedra de Toque, a Ellimere y a dos clarvis, que trepaban rápidamente el espolón.

—Debes tomar una gota de sangre mía, otra de tus padres, de Ellimere, de Sanar y de Ryelle, mezclarla con la tuya, y luego fundirla con Nehima y el metal de la zampona. ¿Crees que podrás hacerlo? ¡Muévete!

—No dispongo de forja —contestó Sam como un tonto, pero aceptó la espada Nehima que Lirael le entregaba.

Seguía mirando a Nick.

—¡Utiliza la magia! —le gritó Lirael y lo sacudió con fuerza—. ¡Eres un constructor del Muro, Sam! ¡Date prisa!

Fue tal el sacudón que Sam acabó por volver al presente. Y entonces notó el calor de la columna de fuego y el horror del Destructor le llegó hasta los huesos. Se alejó de Nick, utilizó la espada para hacerse un corte en la palma y enjugar la sangre con la hoja.

Lirael fue la siguiente en hacerse el corte y dejar fluir su sangre por la hoja de la espada.

—Me acordaré —murmuró, tocando la espada.

Y acto seguido, consciente del poco tiempo del que disponían, gritó a los soldados:

—¡Mayor Greene! ¡Reúna a sus hombres con los sureños! ¡Adviértales! Deben ir todos al otro lado del arroyo y ocultarse lo más posible. Que no miren el fuego. ¡Y cuando se vuelva más brillante, que cierren los ojos! ¡Vamos, vamos, vamos!

Antes de que nadie le contestara, Lirael volvió a gritar, esta vez al grupo encabezado por Sabriel, que se encontraba casi a su lado:

—¡Deprisa! ¡Deprisa, por favor! ¡Debemos levantar al menos tres escudos protectores en los próximos diez minutos! ¡Daos prisa!

Sam corrió hacia sus padres, su hermana y las dos clarvis con la espada plana, dispuesta a recibir la sangre de todos ellos. Mientras avanzaba, lanzó mentalmente un hechizo para fraguar y vincular, con las marcas tejió una red amplia y compleja. Cuando la hoja de la espada estuviera llena de sangre, colocaría la zampona encima y lo envolvería todo con el hechizo. Si funcionaba, la sangre y el metal se fundirían para fraguar una espada nueva y única. Si funcionaba...

A sus espaldas, la perra se acercó sigilosa al cuerpo inerte de Nicholas. Miró a su alrededor para asegurarse de que nadie se fijaba en ella y le ladró despacito en la oreja.

Nada ocurrió. La perra se mostró perpleja, como si hubiese esperado un efecto inmediato, y le lamió la frente. El lametón dejó una marca brillante. Una vez más, nada ocurrió. Al cabo de un instante, la perra dejó el cuerpo y corrió a reunirse con Lirael, que staba lanzando la marca oriental de un escudo protector inmenso. Iba a ser el más exterior de los tres, si quedaba tiempo de levantarlos, porque si no quedaba tiempo, no sobreviviría nadie.

Al otro lado de las montañas, la inmensa columna de fuego ardía con más fuerza emitiendo un intenso calor, sin que las llamas perdieran el inquietante tono rojizo. Era el color de la sangre fresca de una herida.