Abhorsen

Garth Nix · Capítulo 23 de 33

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Abhorsen

El principio del fin

Despuntaba el amanecer cuando los motores de los camiones comenzaron a soltar ronquidos y a resollar otra vez hasta detenerse del todo.

El teniente Tindall lanzó una maldición cuando la pluma Chinagraph roja resbaló y el punto que se disponía a marcar en el mapa se convirtió en una línea que él después transformó en cruz. La cruz estaba sobre las demarcaciones densamente apiñadas que indicaban el descenso a Forvalle, un ancho valle separado de la Serrería de Forwin y del fiordo por una cadena de montañas larga y baja.

Lirael había vuelto a dormirse mientras los camiones proseguían su marcha en la noche, por lo que se había perdido los pequeños dramas que habían llenado esas horas en que los vehículos avanzaban sin parar ante nada, conducidos por unos hombres que iban más deprisa de lo que el sentido común aconsejaba. Gracias a la suerte o a la pericia de esos hombres no se habían producido accidentes dignos de mención. Algunos choques menores, arañazos, uno que otro susto, pero ningún accidente grave.

Lirael tampoco se enteró de las deserciones ocurridas a lo largo de la noche. Cada vez que los camiones aminoraban la marcha en las curvas complicadas, o cuando se veían obligados a detenerse antes de cruzar el tramo dañado del cruce de un camino secundario, los soldados que no se sentían con ánimos para otros encuentros con los muertos saltaban de los vehículos y desaparecían en la oscuridad. Al salir de la frontera, la compañía estaba formada por más de cien hombres. Cuando llegaron a Forvalle, sólo quedaban setenta y tres.

—¡Todos abajo ahora mismo!

Los gritos del sargento de la compañía despertaron a Lirael. Se incorporó como un esorte y con una mano tanteó en busca de las campanas, mientras con la otra empuñaba a Nehima. Sam reaccionó del mismo modo. Desorientado y asustado, fue a los tropezones hasta la parte trasera, justo detrás de la Perra Canalla que, poco después, se apeó de un salto.

—¡Cinco minutos de descanso! ¡Cinco minutos! ¡Hagan lo que tengan que hacer, pero háganlo deprisa! ¡Nada de bebidas calientes!

Lirael saltó del camión, bostezó y se restregó los ojos. Todavía había poca luz, hacia el este, detrás de las montañas comenzaba a verse la luz, pero el sol no había asomado. Gran parte del cielo comenzaba a volverse azul, menos un trozo, no muy lejos, que continuaba a oscuras, con aspecto amenazante. Lirael lo vio por el rabillo del ojo, se volvió rápidamente y comprobó que sus peores temores se habían hecho realidad. Los relámpagos surcaban la nube. Muchos relámpagos, más que antes, extendidos por una zona más amplia. Todo ocurría detrás de las montañas.

—La Serrería de Forwin y el fiordo —dijo el mayor Greene—. Está detrás de esas montañas... será posible...

Todos miraban hacia las montañas. Greene señaló el valle que los separaba. Eran tierras fértiles, tapizadas de verde y divididas en campos de cinco áreas por alambradas. En algunos de esos campos pastaban las ovejas. En el extremo sur del valle se notaba una masa azulada que iba avanzando. Miles de personas, una multitud de sureños tocados con pañuelos o gorros azules, una migración inmensa que cruzaba el valle de lado a lado.

Greene y Tindall se llevaron los prismáticos a los ojos en un santiamén. A Lirael no le hicieron falta prismáticos para ver hacia dónde iba la multitud. Los grupos de cabeza ya se dirigían al oeste, a las montañas y a la Serrería de Forwin que se encontraba al otro lado. A la central productora de rayos donde, a juzgar por la tormenta, los hemisferios ya estaban en su sitio.

—¡Debemos detenerlos! —dijo Sam señalando a los sureños.

—Es más importante impedir que los hemisferios se junten —dijo Lirael.

Dudó un segundo sin saber qué hacer ni qué decir. Había una única salida posible. Debían subir a la cima de las montañas, por la parte occidental, para ver qué ocurría del otro lado, lo cual implicaba que debían cruzar el valle a toda prisa.

—¡Debemos subir esas montañas! ¡Andando!

Fue camino abajo, en dirección al valle, partió trotando despacio y luego fue aumentando el ritmo. La perra corría a su lado, con la lengua colgando. Sam las seguía de cerca, con Zapirón montado sobre sus hombros. El mayor Greene y el teniente Tindall fueron más despacio, gritaban órdenes a voz en cuello y los soldados abandonaron la acequia, al costado del camino y comenzaron a formar.

El camino era más bien un sendero y, colina abajo, atravesaba recto los campos, cruzaba el arroyo que fluía en el centro del valle, por una zona que parecía un vado o quizás un puente hundido, y luego continuaba al costado de las montañas.

Lirael corrió como nunca en su vida. Su silueta solitaria cruzó el vado salpicando agua en todas direcciones y cortó camino justo delante de los sureños. Al verlos de cerca comprobó que iban en grupos de familias, a veces de varias generaciones. Cientos de familias. Abuelos, padres, hijos, bebés. Todos tenían la misma expresión horrorizada y casi todos, independientemente de la edad, cargaban con maletas, bolsos y hatillos. Algunos llevaban consigo extrañas posesiones, máquinas pequeñas y objetos de metal que Lirael no había visto nunca, pero Sam sí. Se trataba de máquinas de coser, fonógrafos y máquinas de escribir. Lo más extraño de todo era que la mayoría de los adultos llevaban pequeños trozos de papel.

—Hay que impedirles que crucen las montañas —dijo la Perra Canalla cuando Lirael se puso a observarlos—. Pero no debemos detenernos. Temo que los relámpagos estén umentando.

Lirael paró un momento y miró atrás. Sam se encontraba a unos cincuenta metros y corría con fría determinación.

—¡Sam! —gritó Lirael. Le señaló a los sureños que comenzaban a dirigirse a las montañas. Algunos jóvenes iniciaron el ascenso de la ladera—. ¡Detenlos! ¡Yo voy a seguir!

Lirael echó a correr otra vez haciendo caso omiso de la dolorosa punzada en el costado. Cuanto más avanzaba, más se extendían los relámpagos al otro lado de las montañas, y los truenos se fueron haciendo más sonoros y frecuentes. Lirael abandonó el camino y subió en zigzag por un largo espolón. Para ayudarse, se agarró de las piedras y las ramas de los árboles de blanca corteza distribuidos por la ladera.

A medida que subía fue notando cada vez más la presencia de los muertos al otro lado de las montañas. Al principio no superaban la veintena, subió más y aparecieron al menos otra decena. Era evidente que Hedge sacaba espíritus del más allá. En alguna parte debía de haber encontrado un suministro de cadáveres. Lirael dudaba de que se tratase de braceros fantasma, pues se tardaba más en preparar a un espíritu para volver a la vida si no había carne donde alojarlo. O al menos eso se suponía. Lirael temía no tener ni idea de lo que Hedge era capaz.

Y entonces, sin darse cuenta, se vio en la cima de las montañas, donde ya no había árboles de blanca corteza ni grandes piedras. Desde allí vio con claridad cuanto había desde la desnuda ladera occidental hasta las aguas azules del fiordo. La colina estaba completamente despejada, como si hubiese habido un gran incendio o por ella hubiese pasado una escoba gigantesca y dejado sólo la tierra parda, llena de surcos. De la tierra brotaba un extraño cultivo. Finas barras metálicas que doblaban a Lirael en altura. Eran cientos, distribuidas a intervalos de algo menos de dos metros, unidas en la parte inferior por gruesos cables negros que serpenteaban ladera abajo hacia un edificio de piedra destartalado que había perdido el techo. Unos haces metálicos paralelos, colocados encima de muchos travesaños cortos de madera formaban una especie de pista. Iban por el suelo, atravesaban el edificio y terminaban abruptamente a veinte metros de él. Sobre los haces metálicos había dos plataformas con ruedas, una a ambos lados. Lirael supo por instinto que se trataba de los hemisferios. Los cargarían sobre las plataformas y, de algún modo, los unirían utilizando la potencia de la tormenta eléctrica.

Los relámpagos cruzaron el cielo como para corroborar sus pensamientos. Cayeron sobre el muelle bifurcándose; brillaban tanto que Lirael hubo de cubrirse los ojos con la mano. Sabía lo que iba a ver, porque percibía el olor a metal caliente, el hedor corrosivo de la magia libre. Se le revolvió el estómago y dio gracias de llevar varias horas en ayunas.

Uno de los hemisferios de plata ya estaba en el muelle. Despedía destellos azules en cuanto lo tocaba un rayo. El otro hemisferio estaba en un barco, en el fiordo. Aunque gran parte de los rayos y relámpagos caían sobre los hemisferios, Lirael comprobó que la tormenta eléctrica ampliaba su radio de acción avanzando ladera arriba y golpeando las barras metálicas. Eran pararrayos, los mil pararrayos que juntos formaban la central productora de rayos de Nicholas.

Como si los negros nubarrones no hubiesen bastado, del fiordo comenzó a levantarse una densa niebla. Lirael supo que se trataba de una niebla mágica, hecha con agua de verdad, lo cual dificultaba más disiparla, luchar contra ella. Sintió crecer en su interior la magia libre y notó su fuente. Hedge se encontraba en el muelle y, secundado por muchos muertos, movía el primer hemisferio; alrededor de varios edificios cercanos al muelle había más muertos. Lirael sentía sus movimientos, y en el centro de todo estaba siempre Hedge. Se sintió como la mosca en el borde de la telaraña que nota el movimiento de la araña madre en el centro y sus crías distribuidas por toda la tela.

La Abhorsen desenvainó a Nehima; tras vacilar un momento, asió a Astarael. La plañidera. Todo aquel que la oyera sería lanzado al reino de los muertos, incluida Lirael. Si conseguía acercarse lo suficiente, enviaría a Hedge y a todos los muertos muy, muy lejos. Probablemente Hedge sería capaz de regresar al mundo de los vivos, pero cabía la remota posibilidad de que Lirael también pudiera regresar, con lo cual ganaría un tiempo precioso.

Cuando se disponía a sacar la campana de la bandolera, la Perra Canalla pegó un salto y desvió la mano de su ama con el hocico.

—No, amita —dijo—. Astarael sola no conseguirá nada. Hemos llegado demasiado tarde para impedir que los hemisferios se unan.

—Sam, los soldados... —dijo Lirael—. Si atacamos ahora mismo...

—No creo que consigamos atravesar fácilmente esta central productora de rayos —dijo la perra sacudiendo la cabeza—. El poder del Destructor está menos contenido aquí, y él es quien dirige los relámpagos. Además, los muertos de aquí están bajo las órdenes de Hedge, no de Chlorr.

—Pero si los hemisferios se juntan... —susurró Lirael para sus adentros. Tragó saliva y dijo—: Ha llegado la hora, ¿verdad?

—Sí —contestó la perra—. Pero no aquí. Hedge nos habrá visto, igual que nosotras lo hemos visto a él. Por el momento está concentrado en los hemisferios, aunque creo que no tardará mucho en ordenar un ataque.

Lirael se dio la vuelta para bajar por la ladera oriental de las montañas, se detuvo y volvió a mirar atrás.

—¿Y Nicholas?

—Ahora ya no hay nada que podamos hacer por él —contestó la perra con tristeza—. Cuando los hemisferios se junten, el fragmento que lleva en su interior estallará en su corazón y formará parte del todo. Él no se enterará. Será un fin rápido, aunque me temo que Hedge esclavice su espíritu.

—Pobre Nick —dijo Lirael—. Nunca debí dejarlo marchar.

—No tenías otra salida —dijo la perra. Empujó a Lirael dándole un topetazo en las rodillas, ansiosa por hacer que su ama se pusiera en marcha—. ¡Debemos darnos prisa!

Lirael asintió y volvió por el sendero que iba ladera abajo. Comenzó a bajar; en los trechos más inclinados resbaló y a punto estuvo de caer y mientras bajaba no dejaba de pensar en Nicholas y en todos los demás, incluida ella misma. Quizás a Nick le había tocado la parte más sencilla. Al fin y al cabo, era altamente probable que fuera de los primeros en morir, sin darse cuenta de nada. Todos los demás serían muy conscientes de su destino y, probablemente, todos acabaran sirviendo a Hedge.

Lirael había bajado hasta la mitad de la ladera cuando un vozarrón retumbante llenó el valle. Al principio se quedó de una pieza, hasta que reconoció que era Sam quien hablaba con una voz amplificada enormemente gracias a la magia del Gremio. Estaba de pie sobre un enorme peñasco a apenas cien metros del espolón, hacía bocina con la mano y los dedos le brillaban por efecto del hechizo.

—¡Sureños! ¡Amigos! ¡No crucéis las montañas occidentales! ¡Os espera la muerte! ¡No hagáis caso de las octavillas que os han dado, todo lo que dicen es mentira! ¡Soy el príncipe Sameth del Reino Antiguo y prometo distribuir tierras y granjas entre quienes se queden en el valle! ¡Si os quedáis en el valle, dispondréis de granjas y unas tierras al otro lado del Muro!

Sam repitió el mensaje y Lirael se detuvo jadeante cerca del peñasco desde el cual hablaba. Más abajo, los hombres del mayor Greene formaban una larga hilera al pie de las montañas. Los sureños se encontraban reunidos detrás de aquella hilera y ocupaban una amplia zona que se extendía varios cientos de metros hacia el extremo sur. La gran mayoría se había detenido para escuchar a Sam, aunque unos pocos seguían subiendo las ontañas.

Sam dejó de hablar y bajó de un salto.

—Es lo único que puedo hacer —dijo, nervioso—. Quizá consiga detener a algunos. Si es que han entendido lo que acabo de decirles.

—No podemos hacer nada más —comentó el mayor Greene—. No podemos disparar a estos pordioseros, y si intentásemos detenerlos a punta de bayoneta, nos arrollarían. Me gustaría hablar con la policía que se suponía que iba a...

—Ya han descargado uno de los hemisferios y se encuentra en la costa; el otro está muy cerca —lo interrumpió Lirael y sus noticias captaron de inmediato la atención de todos—. Hedge está allí, ha levantado una cortina de niebla y ha creado muchos más muertos. La central productora de rayos comienza a funcionar y El Destructor es ahora quien conjura a los rayos y los dirige.

—Será mejor que iniciemos la ofensiva ahora mismo —sugirió el mayor Greene.

Inspiró hondo para gritar y Lirael volvió a interrumpirlo.

—No —le dijo—. No podemos atravesar la central productora de rayos. Además, hay muchos muertos. No podemos impedir que los hemisferios se junten.

—Pero... eso significa que hemos perdido —dijo Sam—. Todo. El Destructor...

—¡No! —exclamó Lirael—. Me internaré en el más allá y utilizará el espejo oscuro. El Destructor fue sojuzgado y quebrado al principio. Cuando averigüe cómo lo hicieron, podemos repetirlo. Deberéis proteger mi cuerpo hasta que regrese y lo más seguro es que Hedge ataque.

Al hablar, Lirael miró a los ojos, muy decidida, primero a Sam, luego al mayor Greene y a los tenientes Tindall y Gotley. Abrigó la esperanza de infundirles algo de confianza. Era preciso que creyese que había una respuesta en el reino de la muerte, en el pasado. Algún secreto que les permitiera derrotar a Orannis.

—La perra me acompañará —dijo—. ¿Dónde está Zapirón?

—¡Aquí! —contestó una voz a sus pies.

Lirael bajó la vista y vio a Zapirón a la sombra del peñasco: lamía una segunda lata de sardinas vacía.

—Me pareció que ya puestos, podía comerse ésa también—observó Sam en voz baja.

—¡Zapirón! Ayúdanos en lo que puedas —le ordenó Lirael.

—En lo que pueda —confirmó el felino con una sonrisa maliciosa.

Su confirmación sonó casi a pregunta.

Lirael echó un vistazo a su alrededor, caminó hasta el centro de un círculo de piedras tapizadas de líquenes, donde el espolón se elevaba un poco tras desgajarse de las montañas. Comprobó que llevaba el espejo oscuro en el morral. Desenvainó a Nehima y empuñó a Saraneth, en esta ocasión, directamente por el mango. De esa manera resultaba más fácil que sonara accidentalmente, aunque sería más rápido emplearla.

—Me internaré en el reino de los muertos por aquí —anunció—. Mi protección depende de todos vosotros. Regresaré lo antes posible.

—¿Quieres que te acompañe? —preguntó Sam.

Extrajo la zampona y aferró la empuñadura de la espada. Lirael supo que su ofrecimiento era sincero.

—No —le dijo—. Creo que aquí tendrás bastante trabajo. Hedge no nos dejará tranquilos y menos estando en la puerta de su propia casa. ¿No sientes cómo se mueven los muertos? Nos atacarán pronto y alguien debe proteger mi cuerpo vivo mientras me interno en el reino de los muertos. Te dejo a ti el encargo, príncipe Sameth. Si tienes tiempo, levanta un escudo protector.

Sam asintió con seriedad y respondió:

—Sí, tía Lirael.

—¿Tía? —preguntó el teniente Tindall, pero Lirael ni siquiera lo oyó.

La muchacha se agachó con cuidado y abrazó a la Perra Canalla al tiempo que pugnaba por deshacerse de la horrible sensación de que quizá fuera la última vez que notaría la suave pelambre de la perra rozarle la mejilla llena de vida.

—Pongamos que consigo averiguar cómo hicieron los Siete para sojuzgar al Destructor, ¿cómo vamos a hacerlo? —le susurró en la oreja a la perra en voz muy, muy baja, para que no la oyeran—. ¿Cómo vamos a hacerlo?

La Perra Canalla la miró con sus tristes ojos pardos y no le contestó. Lirael recibió aquella mirada con una sonrisa atribulada y agridulce.

—Hemos recorrido mucho camino, ¿verdad? Estamos muy lejos del Glaciar — dijo—. Ahora nos alejaremos todavía más.

Se puso en pie y se internó en el reino de los muertos. A medida que el frío le mordía los huesos, oyó que Sam decía algo y un grito lejano. Después, los sonidos quedaron amortiguados, como la luz del día. Espada en alto, Lirael se adentró en el más allá, seguida de cerca de su perra fiel.

El sentido de la muerte de Sam dio un respingo. A Lirael se le congeló el aliento y la boca y la nariz se le cubrieron de escarcha. La Perra Canalla avanzó a su lado y desapareció dejando una momentánea silueta de luz dorada que, poco a poco, se fue apagando.

—¡Nick! ¿Qué me dices de Nick? —gritó Sam de repente. Se golpeó la cabeza y lanzó una maldición—. ¡Debí preguntarle!

—¡Algo se mueve en las montañas! —gritó alguien y siguió un frenesí de actividad.

Tindall y Gotley acudieron a la carrera a sus respectivos pelotones y el mayor Greene comenzó a vociferar una serie de órdenes. Los sureños, que se habían sentado a escuchar a Sam, se levantaron. Algunos de ellos empezaron a subir la ladera de las montañas; a continuación, una multitud avanzó en tropel.

Al mismo tiempo, al otro lado de las montañas, aumentó la frecuencia de los relámpagos y los truenos, más sonoros y más constantes, hacían temblar la tierra.

—Mandaré a cerrar filas y formaremos un círculo a su alrededor para defenderla —gritó Greene.

Sam asintió. Notaba la presencia de la muerte que avanzaba al otro lado de las montañas. Cincuenta o sesenta braceros muertos iban hacia ellos.

—Que vienen los muertos —dijo.

Miró hacia la cima de las montañas, luego a Lirael y, a continuación, a los sureños que había más allá. Todos comenzaban a avanzar pesadamente en dirección a las montañas, se alejaban del valle. Los soldados corrieron hacia el espolón, la hilera que formaban se contrajo. Ya nada separaba a los sureños de su sino.

—¡Maldición! —exclamó Greene—. ¡Pensé que los habías detenido!

—¡Hablaré con ellos! —dijo Sam tomando una súbita decisión. Los muertos estaban cerca y Lirael acababa de encomendarle que detuviera a los sureños. La Abhorsen no estaría en peligro si se daba prisa—. Regresaré dentro de unos minutos. ¡Mayor Greene, no abandone a Lirael! ¡Zapirón, protégela!

Dicho esto, corrió hacia un grupo de sureños a los que había visto pero a los que no había considerado importantes hasta ese momento, cuando tuvo una idea. El grupo era conducido por una anciana matriarca, de blanca cabellera, mucho mejor vestida que cuantos la rodeaban. Además, varios hombres y mujeres más jóvenes la sostenían. Se trataba del único grupo que no formaba una familia, iban sin niños y sin equipaje. La matriarca era la jefa, pensó Sam. Era cuanto sabía de los sureños. Y, además, sabía que se trataba de alguien capaz de hacer que la marea humana retrocediera.

Siempre y cuando consiguiera convencerla en pocos minutos. Cuando los muertos tacaran, podía ocurrir cualquier cosa. Los sureños podían espantarse, muchos saldrían corriendo hacia donde no debían y serían pisoteados. O bien podían negarse a aceptar lo que veían sus ojos y seguir ciegamente ladera arriba, impulsados por el optimismo y la esperanza de que por fin encontrarían un lugar al que llamar hogar.