Abhorsen

Garth Nix · Capítulo 7 de 33

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Abhorsen

Los Hemisferios de plata

Pese a que había amanecido, a unos doscientos kilómetros al noroeste de la Casa de la Abhorsen, las costas orientales del lago Rojo continuaban envueltas en la oscuridad. Se avecinaba una tormenta y el cielo estaba cubierto de nubarrones negros que abarcaban varias leguas a la redonda. La oscuridad se había instalado en aquel paraje desde hacía más de una semana. La poca luz del sol que se filtraba entre las nubes era débil y pálida, y los días estaban teñidos por una extraña penumbra que no favorecía en nada a los seres vivos. Del epicentro de las inmóviles nubes tormentosas surgía la única otra luz, el repentino, cruel y blanquísimo fulgor del relámpago.

Nicholas Sayre se había acostumbrado a la penumbra, de la misma manera que se había habituado a muchas otras cosas, y ya le parecía ini luso normal. Sin embargo, su cuerpo se rebelaba, aunque su mente se había abandonado. Tosió y se tapó la nariz y la boca con el pañuelo. La cuadrilla nocturna de Hedge estaba formada por trabajadores de un valor inestimable, pero olían fatal, como si la carne se les pudriera en los huesos. Por lo general, no le gustaba acercarse demasiado a ellos, pues temía que tuvieran algo contagioso, pero en esta ocasión, si deseaba comprobar lo que ocurría, no le quedaba más remedio.

—Verás, amo —le explicó Hedge—, no podemos acercar más los dos hemisferios. Hay una fuerza que los mantiene separados, independientemente de los métodos que utilicemos. Como si se tratara de polos idénticos de un imán.

Nick escuchaba atentamente mientras asimilaba la información. Tal como había soñado, había dos hemisferios de plata ocultos en las profundidades de la tierra y los habían encontrado gracias a su excavación. La sensación de triunfo que lo invadió tras el descubrimiento se disipó muy pronto debido a los problemas logísticos planteados por la recuperación de los hemisferios. Medían dos metros diez de diámetro y el extraño metal del que estaban hechos era mucho más pesado que el oro.

Los hemisferios habían sido enterrados a seis metros de distancia, separados por una extraña barrera construida de siete materiales distintos, incluido el hueso. Cuando comenzaron a sacarlos, resultó evidente que esa barrera había contribuido a neutralizar la fuerza repulsiva, pues era imposible acercar los hemisferios a más de quince metros.

Con la ayuda de rodillos, cuerdas y unos doscientos trabajadores del turno de noche, abían conseguido arrastrar uno de los hemisferios por una rampa en espiral hasta el borde del foso. El otro continuaba abandonado al final de la rampa, a una distancia considerable. La última vez que habían intentado subir el hemisferio inferior, la fuerza repulsiva había sido tan poderosa que cayó y aplastó a un montón de trabajadores bajo su peso.

Además de aquella extraña fuerza repulsiva, Nick notó otros efectos en la proximidad de los hemisferios. Desprendían un olor acre, a metal caliente que lograba cubrir incluso el hedor fétido de la cuadrilla nocturna. Aquel olor le daba náuseas, aunque no parecía afectar ni a Hedge ni a sus peculiares trabajadores.

Los relámpagos eran otro factor. Nick dio un respingo y quedó deslumbrado al producirse otra descarga, seguida de cerca por un trueno ensordecedor. Los relámpagos se sucedían con más frecuencia que antes, y ahora que ambos hemisferios estaban al aire libre, Nick detectó una cadencia. Cada hemisferio recibía ocho relámpagos seguidos, pero el noveno fallaba invariablemente y alcanzaba a los trabajadores.

Pese a ello, no parecían afectados, según observó Nick con una parte de su mente. Si no se prendían fuego o quedaban completamente descuartizados, seguían trabajando. Sin embargo, este detalle no consiguió cuajar en su mente, pues los pensamientos de Nick siempre volvían a su objetivo principal y se concentraban en él con una fuerza que impedía Cualquier otra elucubración.

—Habrá que mover un poco el primer hemisferio —dijo pugnando por recuperar el aliento que siempre le faltaba cuando sentía los embates de la náusea toda vez que se acercaba demasiado al metal de plata—. Precisaremos una barcaza más. Los dos hemisferios no cabrán en la que i encinos, y menos con una separación de quince metros. Espero que la licencia de importación que tengo permita dos embarques... En cualquier caso, no nos queda otra salida. No debemos demorarnos más.

—Como digas, amo —contestó Hedge, pero siguió mirando con fijeza a Nick, como si esperase algo más.

—Quería preguntarte si has encontrado otra cuadrilla —dijo Nick al fin, cuando el silencio se convirtió en una incómoda losa—. Para las barcazas.

—Sí —contestó Hedge—. Están junto al lago. Hombres como yo, .uno. Sirvieron en el ejército ancelstierrano, en las trincheras de la frontera. Al menos hasta que la noche los apartó de sus piquetes y puestos de guardia y los obligó a cruzar el Muro.

—¿Quieres decir que son desertores? ¿Serán de fiar? —preguntó Nick, molesto.

Lo único que le faltaba era perder uno de los hemisferios por culpa de la estupidez humana, o que surgiera alguna otra complicación cuando cruzaran de vuelta a Ancelstierre. Era algo que bajo ningún concepto debía suceder.

—No son desertores, señor, no —contestó Hedge, con una sonrisa—. Simplemente se han perdido en combate y se encuentran demasiado lejos de casa. Son muy de fiar. Me he encargado de ello.

—¿Y la segunda barcaza? —preguntó Nick.

Hedge no le contestó, levantó la vista de repente, las aletas de la nariz se le ensancharon mientras olía el aire. Nick también miró hacia el cielo v una gruesa gota de agua le cayó en la boca. Se lamió los labios y escupió enseguida al notar que la garganta perdía sensibilidad.

—Esto no puede ser —dijo Hedge por lo bajo, al comprobar que empezaba a llover con fuerza y a soplar el viento—. Lluvia de conjuro, viene del noreste. Será mejor que investigue, amo.

Nick se encogió de hombros, sin comprender del todo de qué le hablaba Hedge. La lluvia le hacía sentir raro, le recordaba cosas de sí mismo que yacían ocultas. A su alrededor todo parecía irreal y, por primera vez, se preguntó qué diablos hacía allí.

En ese mismo instante, notó un dolor agudísimo en el pecho que lo obligó a doblarse.

Hedge lo agarró y lo tendió en la tierra, que se convertía rápidamente en lodo.

—¿Qué ocurre, amo? —preguntó Hedge con un tono más inquisitivo que solícito.

Nick gimió y se agarró el pecho, las piernas no lo sostenían. Intentó hablar; de su boca no salió más que baba. Sus ojos miraban feroces a ambos lados, luego se quedaron en blanco.

Hedge se arrodilló junto a él y esperó. La lluvia siguió cayendo sobre la cara de Nick, pero en cuanto lo tocaba empezaba a hervir soltando un vapor que le chamuscaba la piel. Poco después, un denso humo blanco comenzó a salir por la nariz y la boca del muchacho y, en contacto con la lluvia, despedía un sonido siseante.

—¿Qué ocurre, amo? —repitió Hedge empezando a ponerse nervioso.

Nick abrió la boca y de ella salió más humo. Entonces movió la mano a una velocidad tal que Hedge no la vio, los dedos agarraron la pierna del nigromante con una fuerza descomunal. Hedge apretó los dientes para aguantar el dolor y volvió a preguntar:

—¿Qué pasa, amo?

—¡Idiota! —dijo la cosa que usaba a Nick para expresarse—. Ahora no es el momento de buscar a nuestro enemigo. Ellos encontrarán el foso muy pronto, pero para entonces estaremos lejos. Debes encontrar otra barcaza de inmediato y cargar los hemisferios. Y aparta este cuerpo de la lluvia, porque ya está demasiado deteriorado y aún nos queda mucho por hacer. ¡Demasiado por hacer para que mis siervos se dediquen a holgazanear y a decir tonterías!

Las últimas palabras estaban cargadas de inquina y Hedge lanzó un grito al notar que los dedos se le hundían en la pierna como una trampa dentada de acero. Cuando lo soltaron, cayó en el barro.

—Deprisa —susurró la voz—. Muévete, Hedge. Muévete.

Hedge hizo una reverencia desde donde se encontraba, no se atrevió a hablar. Quiso apartarse de aquellas manos que lo aferraban con fuerza sobrehumana, pero temía moverse.

La lluvia caía con más intensidad, y el humo blanco volvió a meterse por la nariz, y la boca de Nick. Al cabo de unos segundos, desapareció del todo y el muchacho quedó inerte.

Hedge le agarró la cabeza justo antes de que cayera en un charco. Lo levantó y lo cargó a hombros. A un hombre normal, la fuerza ejercida a través de la mano de Nick le habría roto la pierna, pero Hedge no era un hombre normal. Cargó sin problemas con Nick, y apenas hizo una mueca de dolor.

Estaba a punto de llegar a la tienda cuando el cuerpo inmóvil que llevaba a hombros se movió y el muchacho empezó a toser.

—Tranquilo, amo —dijo Hedge, apurando el paso—. Yo te resguardaré de la lluvia.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Nick, con voz ronca.

Notaba la garganta como si acabara de fumarse una docena de cigarros y de beberse una botella de coñac.

—Un desmayo —contestó Hedge entrando en la tienda de campana—. ¿Podrás secarte y meterte en la cama?

—Sí, sí, claro —le soltó Nick, pero las piernas le temblaron cuando Hedge lo depositó en el suelo y tuvo que apoyarse en un baúl.

La lluvia golpeaba la lona a ritmo pausado; de cuando en cuando, se oía el retumbo grave del trueno.

—Bien —contestó Hedge entregándole una toalla—. Debo irme para dar instrucciones a la cuadrilla nocturna, luego debo... comprar otra barcaza. Será mejor que descanses aquí, amo. Me aseguraré de que alguien, que no esté afectado, te traiga algo de comer, vacíe el orinal y demás.

—Sé cuidarme solo —contestó Nick, sin poder dejar de temblar mientras se quitaba la camisa y comenzaba a secarse el pecho y los brazos—. E incluso puedo controlar a la uadrilla nocturna.

—No será necesario —dijo Hedge.

Se inclinó sobre Nick y sus ojos parecieron hacerse más grandes y llenarse de una luz rojiza, como si fuesen ventanas que asomaran a un horno que ardía en el interior de su cráneo.

—Será mejor que descanses aquí —insistió Hedge, y echó el aliento caliente, con olor a metal, a la cara de Nick—. No hace falta que coni roles el trabajo.

—De acuerdo —convino Nick, como ausente, con la toalla en la mano—. Será mejor que descanse... aquí.

—Esperarás aquí hasta que regrese —le ordenó Hedge.

El tono sumiso desapareció por completo mientras se cernía sobre Nick como un director de escuela que se dispone a azotar a un alumno.

—Esperaré hasta que tú regreses —repitió Nick.

—Bien —dijo Hedge.

Sonrió, se dio media vuelta y salió a grandes zancadas bajo la lluvia. En cuanto las gotas tocaban su cabeza, se evaporaban al instante, envolviéndolo con un extraño halo. Al cabo de un rato, el vapor se disolvió, el agua siguió cayendo sobre su cabeza y le dejó el pelo completamente empapado.

En la tienda, Nick prosiguió secándose como si nada. Cuando terminó, se puso un pijama muy remendado y se metió en la cama cubierta de pieles. La cama traída desde Ancelstierre se había roto hacía días, los muelles se habían herrumbrado y la lona se había deshecho por obra del moho.

El sueño no tardó en llegar, no así el reposo. Soñó con los dos hemisferios de plata y la central productora de rayos que estaban construyendo al otro lado del Muro. Vio los dos hemisferios que absorbían la potencia de mil relámpagos y con esa energía lograban vencer la fuerza que los mantenía separados. Los vio juntarse con violencia, cargados con la energía de diez mil tormentas... y entonces el sueño volvía a empezar desde el principio, de modo que no lograba ver el momento en que los hemisferios se juntaban.

Fuera, la lluvia caía torrencialmente y alrededor del foso los relámpagos se sucedían sin pausa. Los truenos retumbaban y lo hacían vibrar todo mientras los braceros muertos de la cuadrilla nocturna tiraban de las cuerdas y arrastraban lentamente el primero de los hemisferios de plata hacia el lago Rojo, mientras el segundo iba ascendiendo hacia la boca del foso.