Abhorsen
En las Profundidades
En cuanto tomaron la decisión, tardaron poco más de una hora en completar los preparativos de la partida. Lirael vistió armadura por primera vez desde las lecciones de Arte de la Lucha que había tomado hacía tantos años. No obstante, la cota que le dieron los enviados era mucho más ligera que el camisote de malla, guardado por las clarvis en el cuarto de armas de la escuela. Estaba hecha de diminutas escamas o placas superpuestas de un material que Lirael no consiguió reconocer y, pese a que le llegaba a las rodillas y que las largas mangas llevaban una especie de faldones, resultaba bastante ligera y cómoda. Tampoco tenía el olor característico del acero bien aceitado, algo que Lirael agradeció.
La Perra Canalla le contó que las escamas estaban confeccionadas con una cerámica denominada «gezre», hecha con magia del Gremio, pero sin propiedades mágicas, aunque era más fuerte y ligera que cualquier metal. El secreto de su fabricación se había perdido y hacía un milenio que no se hacían cotas nuevas. Lirael palpó una de las escamas y se sorprendió al pensar: «Sam sería capaz de reproducir este material», aunque no tenía motivos verdaderos para suponer que conseguiría hacerlo.
Sobre la cota de malla, Lirael se puso el chaleco con las estrellas doradas y las llaves de plata. Sobre el pecho se cruzaría la bandolera con las campanas, pero todavía no se la había puesto. Sam había cogido la zampona de muy mala gana y Lirael guardó el espejo oscuro en su bolsa. Sabía que era más que probable que tuviese que volver a ver el pasado.
Completaba su equipo con la espada Nehima, el arco y la aljaba de las clarvis y un paquete ligero que, con gran maestría, los enviados habían llenado de todo tipo de cosas que Lirael no tuvo ocasión de mirar.
Antes de reunirse con Sam y Zapirón en la planta de abajo, Lirael se detuvo un instante ante el espejo plateado de cuerpo entero que colgaba de la pared de su cuarto. La imagen que le devolvió se parecía bien poco a la auxiliar segunda de bibliotecaria de las clarvis. Ante ella tenía a una joven guerrera, de gesto adusto y cabello negro recogido con, una cuerdecilla plateada, que le dejaba la cara al descubierto. Ya no llevaba el chaleco de bibliotecaria, y en lugar de la daga propia de su cargo anterior, de su costado colgaba Nehima, la espada larga. Pese a todo, le resultaba imposible olvidarse por completo de su identidad anterior. Tiró de un hilo suelto del chaleco y sacó una fina hebra de seda roja, le dio varias vueltas alrededor del meñique hasta formar un anillo, ató los extremos y lo guardó en la bolsa que le colgaba del cinto, junto con el espejo oscuro. Era probable que ya no volviera a ponerse el chaleco, de esa manera una parte de la prenda viajaría siempre con ella.
Se había convertido en una Abhorsen, pensó Lirael. Al menos por fuera. El signo más visible de su nueva identidad y de sus nuevos poderes como Abhorsen en ciernes era la bandolera con las campanas, la que Sabriel le había entregado a Sam, después de que apareciera misteriosamente en la Casa el invierno anterior. Lirael desató los morrales de cuero uno por uno, metió los dedos dentro, tocó la plata fría y la caoba, y palpó el delicado equilibrio que mantenían las marcas del Gremio y las de la magia libre labradas en el metal y la madera. Lirael puso sumo cuidado en que las campanas no sonaran, porque hasta el más leve toque bastaba para arrancar a cada campana su voz característica.
La más pequeña se llamaba Ranna. Adormecedora, le decían, porque su voz era una ulce canción de cuna que sumía en el sueño a quienes la escuchaban.
La segunda era Mosrael, la despertadora. Lirael la rozó apenas, porque Mosrael era la responsable del equilibrio entre la vida y la muerte. Cuando se la tañía de forma adecuada, traía a los muertos de vuelta a la vida y a quien la tocaba lo enviaba de la vida al reino de los muertos.
Kibeth era la tercera campana y se la conocía también por el mote de «la caminante». Daba libertad de movimientos a los muertos, aunque también podía utilizarse para hacerlos ir allí donde quisiera quien la hacía tañer. Era también capaz de volverse en contra de quien la empuñaba y obligarlo a marchar a lugares donde jamás hubiese deseado ir.
La cuarta había sido bautizada con el nombre de Dyrim, la habladora. Según la descripción de El libro de los muertos, era la más musical de todas las campanas, y la más difícil de utilizar. Dyrim tenía la capacidad de devolver la palabra a los muertos sumidos en el largo silencio de la nada. También revelaba secretos y permitía incluso leer el pensamiento. Encerraba otros poderes sombríos, fomentados por los nigromantes, porque Dyrim era capaz de hacer callar para siempre a cualquier hablante.
Belgaer era el nombre de la quinta campana, conocida también como «la pensadora». Belgaer tenía la capacidad de subsanar los estragos que la muerte producía en las mentes, devolvía a los muertos el pensamiento y la memoria. Y también podía borrar los pensamientos, tanto en el reino de los vivos como en el de los muertos. Esgrimida por un nigromante, servía para destruir la mente del enemigo y, en ocasiones, destrozaba la mente del nigromante mismo, pues a Belgaer le encantaba el sonido de su propia voz, por ello intentaba aprovechar todas las oportunidades de cantar espontáneamente.
La sexta campana era Saraneth, también conocida como sojuzgadora. Saraneth era la campana preferida de todos los Abhorsens. Grande y fiable, poderosa y fiel. Saraneth se empleaba para dominar y someter a los muertos, para que obedecieran los deseos y las órdenes de quien la tañía.
A Lirael le imponía tocar la séptima campana, aunque era consciente de que no sería diplomático por su parte hacer caso omiso de la más poderosa de todas, pese a que era fría al tacto y daba mucho miedo.
Astarael, la afligida. La campana que enviaba al reino de los muertos a cuantos oían su toque.
Lirael retiró el dedo y procedió con mucho método a comprobar todos los morrales para asegurarse de que las lengüetas de cuero estuviesen en su sitio, y las correas atadas con firmeza pero no tanto, para poder desatarlas con una mano. Entonces se puso la bandolera. Las campanas le pertenecían; había aceptado las armas de los Abhorsens.
Sam la esperaba en la puerta principal, sentado en los escalones. Iba equipado y armado de forma parecida, aunque no llevaba arco ni bandolera con campanas.
—Encontré esto en la sala de armas —dijo, enseñándole una espada, e inclinó la hoja para que Lirael viese las marcas del Gremio grabadas en el acero—. No es una espada de las que llevan nombre, pero está encantada y permite destruir a los muertos.
—Más vale tarde que nunca —observó Zapirón, sentado en los escalones con cara de amargura.
Sam no le hizo ni caso, del interior de la manga sacó un papel y se lo entregó a Lirael.
—Es el mensaje que remití por halcón mensajero a Barhedrin. El Puesto de la Guardia que hay allí lo enviará al Muro y se distribuirá entre la gente ancelstierrana, ellos a su vez... hum... lo mandarán a mis padres, que están en Corvere, con un sistema llamado telégrafo. Por eso está escrito en idioma telegráfico, que resulta bastante extraño si no se está acostumbrado. En las caballerizas hay cuatro halcones, sin contar el de Ellimere, que no podrá volar hasta dentro de una o dos semanas, así que mandé dos a Belisaere para Ellimere y dos a Barhedrin.
Lirael echó un vistazo al papel y leyó las palabras que Sam había escrito en letra de imprenta.
PARA REY PIEDRA DE TOQUE Y ABHORSEN LIRAEL EMBAJADA REINO ANTIGUO CORVERE ANCELSTIERRE COPIAELLIMERE VÍA HALCÓN MENSAJERO
CASA RODEADA MUERTOS AHORA CHLORR MUERTA MAYOR STOP HEDGE ES NIGROMANTE STOP NICK CON HEDGE STOP DESENTERRARON MALIGNO CERCA EDGE STOP MARCHO EGE CON TÍA LIRAEL EXCLARVI AHORA ABHORDEN EN CIERNES STOP CON ZAPIRÓN Y PERRA GREMIO DE LIRAEL STOP HAREMOS CUANTO PODAMOS STOP ENVIAD AYUDA VENID VOSOTROS ULTRAURGENTE STOP ENVIADO DOS SEMANAS ANTES DÍA SOLSTICIO VERANO SAMETH STOP
El mensaje estaba redactado de un modo extraño, no cabía duda, pero tenía sentido, pensó Lirael. En vista de la limitada capacidad de la mente de los halcones mensajeros, el lenguaje telegráfico era una buena forma de comunicación, aunque no se utilizara un telégrafo propiamente dicho.
—Espero que los halcones lleguen a destino —comentó mientras Sam recuperaba la hoja de papel.
En algún lugar, allá fuera, en medio de la niebla, merodeaban los cuervos sanguinarios, una bandada de aves cadavéricas animadas por el espíritu de un solo muerto. Los halcones mensajeros se verían obligados a eludir no sólo el peligro que representaban esos seres sino otros más, antes de volar raudos a Barhedrin y Belisaere.
—No podemos contar con ello —dijo la perra—. ¿Lista para descender al pozo?
Lirael bajó los escalones y dio unos cuantos pasos por el sendero de ladrillos rojos. Se acomodó la mochila en lo alto de la espalda y ató las correas. Levantó la vista al cielo soleado, apenas un retazo azul encima de su cabeza, pues las murallas de niebla lo rodeaban por tres lados y la bruma de la cascada remataba el cuarto.
—Supongo que sí —contestó la muchacha.
Sam cogió su mochila, pero antes de colocársela a la espalda, Zapirón se metió en ella de un salto dejando ver apenas los ojos verdes y una peluda oreja blanca.
—Recuerda que te desaconsejé que fueras por este camino —sentenció—. Y cuando alguna desgracia que esté a punto de ocurrir, ocurra, me despiertas, y también si estuviera a punto de mojarme.
Antes de que le contestase nadie, Zapirón se sumergió en el interior de la mochila y entonces desaparecieron también sus ojos y la oreja visible.
—¿Y por qué tengo que cargar yo con él? —preguntó Sam con tono ofendido—. Se supone que es el siervo de la Abhorsen.
Por la mochila asomó una patita y unas uñas arañaron a Sam en la nuca sin llegar a rasgarle la piel. Sam dio un respingo y lanzó una maldición.
La perra dio un salto y apoyó las patas delanteras en la mochila. Sam se tambaleó hacia delante y lanzó otra maldición mientras la perra decía:
—Si no te comportas, nadie va a cargar contigo, Zapirón.
—Tampoco habrá pescado —masculló Sam frotándose la nuca.
Juntas o por separado, las amenazas surtieron efecto, aunque cabía también la posibilidad de que Zapirón se hubiese dormido. En cualquier caso, las uñas no volvieron a verse ni volvió a oírse la voz sarcástica del felino. La perra se bajó, Sam terminó de ajustarse las correas de la mochila y partieron por el sendero de ladrillo.
La puerta principal se cerró a sus espaldas y Lirael se volvió para ver que en todas las ventanas había montones de enviados. Cientos de ellos se apiñaban contra los cristales; sus túnicas con capucha se asemejaban a la piel de una criatura gigantesca y sus manos, levemente brillantes, parecían ojos. No agitaron la mano en señal de despedida ni se movieron, pero Lirael tuvo la desagradable sensación de que estaban diciéndole adiós. Como si no esperasen ver regresar nunca más a esta Abhorsen en ciernes.
El pozo se encontraba a unos trescientos metros de la puerta principal, oculto debajo de una maraña de rosas silvestres que Lirael y Sam tuvieron que separar a pulso, haciendo continuas pausas para chuparse los dedos llenos de pinchazos. Las espinas eran sumamente largas y afiladas, pensó Lirael, pero su experiencia con las flores era limitada. Las clarvis contaban con jardines subterráneos e inmensos invernaderos iluminados por marcas del Gremio, pero en la mayoría se cultivaban frutas y verduras y sólo tenían un rosedal.
Cuando terminaron de quitar la maraña de los rosales, Lirael vio una tapa redonda de madera, hecha con planchas de grueso roble, de dos metros de diámetro, encajada en un murete circular, no muy alto, de piedras blanquecinas. La tapa se hallaba sujeta por cuatro sitios con cadenas de bronce cuyos eslabones estaban fijados a la piedra y atornillados a la madera; por tanto, no hacían falta candados.
La madera y el bronce estaban recorridos por marcas del Gremio de cierre y apertura que relucían haciéndose apenas visibles cuando las tocaba el sol, pero que se iluminaron con gran intensidad en cuanto Sam presionó la tapa.
El muchacho puso la mano sobre una de las cadenas de bronce, notó las marcas que había en ellas y estudió el hechizo. Lirael miraba por encima del hombro de su sobrino. No conocía siquiera la mitad de aquellas marcas, pero oía a Sam mascullar nombres como si estuviese familiarizado con ellas.
—¿Puedes abrirla? —preguntó Lirael.
La Abhorsen en ciernes conocía infinidad de hechizos para abrir puertas y cancelas, y poseía una experiencia práctica sobre cómo entrar en muchos sitios de la Gran Biblioteca de las clarvis que se suponía le estaban vetados. Pero instintivamente supo que ninguno de ellos funcionaría en este caso.
—Eso creo —contestó Sam, dudoso—. Se trata de un encantamiento extraño. Contiene muchas marcas que no conozco. Por lo que puedo descifrar, hay dos formas de abrir la tapa. Una, no la entiendo. Y la otra...
Su voz fue apagándose cuando volvió a tocar la cadena y las marcas del Gremio abandonaron el bronce para deslizarse por su piel y regresar a la madera.
—Me parece que hay que echarles el aliento a las cadenas... o besarlas... pero tiene que hacerlo la persona adecuada. El hechizo dice «el aliento de mis hijos». Lo malo es que no consigo descifrar a los hijos a quien se refiere ni lo que significa. Los hijos de cualquier Abhorsen, me imagino.
—Prueba —sugirió Lirael—. Un solo aliento, por si acaso.
Sam no parecía muy convencido, pero inclinó la cabeza, inspiró hondo y sopló en la cadena.
El bronce se empañó por efecto del aliento y perdió el brillo. Las marcas del Gremio emitieron destellos y se movieron. Lirael contuvo la respiración. Sam se levantó y se alejó un poco, mientras que la Perra Canalla se aproximó al pozo y lo olfateó.
De repente, la cadena soltó un fuerte crujido y todos retrocedieron de un salto. Un nuevo eslabón apareció en la sólida piedra, o al menos eso parecía, seguido de otro y otro, mientras la cadena se sacudía y se enrollaba en el suelo. En pocos segundos se formó una pila de metro y medio de alto, que bastó para poder levantar la tapa del pozo por ese punto.
—Bien —dijo la Perra Canalla—. Amita, a ti te toca la siguiente.
Lirael se inclinó sobre la siguiente cadena y sopló suavemente. Al principio no pasó ada y la muchacha sintió la punzada de la incertidumbre. Era tan novata en el papel de Abhorsen, y su experiencia, tan precaria, que era lógico que dudase.
La cadena se cubrió de escarcha, las marcas brillaron y los eslabones empezaron a salir de la piedra con un agudo repiqueteo metálico. Desde el extremo opuesto llegó inmediatamente el eco de otra cadena, cuando Sam le echó el aliento.
Lirael sopló sobre la última de las cadenas y le dio un leve toque cuando fue a inspirar. Notó que las marcas se estremecían bajo sus dedos, así reaccionaban los encantamientos del Gremio cuando sabían que les había llegado la hora. Como una persona que tensa los músculos en el instante que precede a la salida de una carrera.
Cuando todas las cadenas se hubieron soltado, Lirael y Sam consiguieron levantar la tapa por un lado y apartarla. Pesaba lo indecible, de modo que tuvieron que arrastrarla hasta quitarla del todo, y dejar un hueco lo bastante grande para que pudieran pasar con las. mochilas puestas.
Lirael había esperado que del pozo saliera un fuerte olor a humedad, pese a que la Perra Canalla le había advertido que no estaba lleno de agua. Percibió un olor lo bastante fuerte para tapar el aroma de las rosas, pero no era de agua estancada, sino un aroma a hierbas que Lirael no consiguió reconocer.
—¿A qué huele? —le preguntó a la perra, cuyo olfato estaba más que acostumbrado a reconocer perfumes y tufos que Lirael no lograba percibir, ni crear con hechizos, ni imaginar.
—El olfato no es lo tuyo —le contestó la perra—. A menos que últimamente hayas mejorado.
—Noto un olor muy específico que sale del pozo —insistió Lirael con paciencia —. Pero no consigo reconocerlo.
Sam olfateó el aire y arrugó la frente, pensativo.
—Es algo que se usa para cocinar —dijo—. Aunque lo de los pucheros no se me da nada bien. Pero lo he olido en las cocinas de Palacio, cuando asan cordero, creo.
—Es romero —dijo la perra, tajante—. Con un toque de amaranto, aunque seguro que eso no lo notáis.
—Fidelidad en el amor —dijo una voz desde el interior de la mochila de Sam—. Con la flor siempre viva. ¿Todavía insistes en que no está ahí dentro?
La perra no le contestó a Zapirón, se limitó a meter la cabeza dentro del pozo. Estuvo olfateando un minuto entero, hociqueando cada vez más adentro. Cuando se apartó, estornudó dos veces y sacudió la cabeza.
—Viejos olores regios, viejos sortilegios —dijo—. El aroma ya se está yendo.
Lirael probó a olfatear, pero la perra estaba en lo cierto. En el aire flotaba sólo el perfume de las rosas.
—Hay una escalera —dijo Sam, que también miraba hacia el interior del pozo, mientras una luz conseguida con un conjuro del Gremio se balanceaba encima de su cabeza—. De bronce, como las cadenas. Me pregunto por qué no se ve el fondo... ni el agua.
—Yo iré primero —dijo Lirael.
Sam estuvo a punto de protestar, pero se contuvo y la dejó pasar. Lirael no atinó a saber si era porque tenía miedo o porque cedía a la autoridad de Lirael como tía o como nueva Abhorsen en ciernes.
Miró dentro del pozo. La escalera brillaba cerca de la boca, pero a medida que bajaba, se perdía en la oscuridad. Lirael había estado en todo tipo de túneles negros y peligrosos de la Gran Biblioteca de las clarvis. Sin embargo, aquello había sido en tiempos en que era más inocente aunque, para qué negarlo, había pasado por bastantes peligros. Ahora tenía la sensación de que en el mundo operaban grandes fuerzas malignas, de que se había puesto en marcha un destino terrible. Los muertos que rodeaban la Casa eran apenas una parte isible de todo ello. Recordó la visión que las clarvis le habían mostrado: el foso cerca del lago Rojo y el terrible hedor de la magia libre que emanaba de lo que estaban desenterrando.
Descender por aquel agujero oscuro era sólo el principio, pensó Lirael. El primer paso que diera en aquella escalera de bronce sería en realidad el primero con su nueva identidad, el primer paso de una Abhorsen.
Echó una última mirada al sol haciendo caso omiso de las murallas de niebla que se elevaban a ambos lados. Se arrodilló y con delicadeza se metió dentro del pozo buscando apoyo con los pies en los peldaños.
La siguió la Perra Canalla, cuyas patas se alargaron para formar unos dedos regordetes que se agarraban a la escalera mucho mejor que los de las personas. De cuando en cuando, con la cola le rozaba la cara a Lirael y, al notar el contacto, la meneaba con un entusiasmo mayor del que su ama hubiera deseado, pero no se quejaba, porque así le daba confianza.
Sam iba en último lugar, la luz hecha con marcas del Gremio seguía flotando encima de su cabeza, mientras Zapirón iba bien agarrado a la mochila.
Las botas con tachuelas de Sam golpeaban los peldaños y el sonido se mezcló entonces con el traqueteo producido por las cadenas al desenrollarse. Al muchacho apenas le dio tiempo a quitar las manos antes de que la tapa fuera arrastrada a su sitio y encajara en él en medio de un bochinche de metales.
—Por ahí no vamos a volver a salir —dijo Sam con fingida alegría.
—A lo mejor tampoco por ninguna otra parte —susurró Zapirón en voz tan baja que quizá no lo hubiese oído nadie.
Sam vaciló un instante y la perra soltó un gruñido, mientras Lirael seguía bajando, atesorando el último recuerdo del sol a medida que descendían hacia las negras profundidades de la tierra.