Abhorsen

Garth Nix · Capítulo 25 de 33

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Abhorsen

Sureños y cajas de empalmes

La niebla había envuelto el muelle hasta ocultarlo y avanzaba inexorable ladera arriba. Nick observaba su evolución y veía los relámpagos que la atravesaban. Le sugirió la desagradable imagen de unas venas luminosas en unas carnes transparentes. Claro que no abía ningún ser vivo que tuviera la carne así...

Algo tenía que hacer, pero no se acordaba de qué era. Sabía que los hemisferios no estaban muy lejos, en algún lugar entre la niebla. Una parte de él quería acercarse para supervisar la unión final. Pero la otra, su yo rebelde, quería justamente lo contrario, impedir a toda costa que los hemisferios se juntaran. Eran como dos voces que susurraban dentro de su cabeza, tan estridentes que, al mezclarse, resultaban ininteligibles.

—¡Nick! ¿Qué te han hecho?

Nick pensó por un momento que se trataba de una tercera voz dentro de su cabeza. Al oír que repetía las mismas palabras, se dio cuenta de que no era así.

El muchacho se movió con dificultad. Al principio no veía nada a causa de la niebla. Luego distinguió una cara asomada a la esquina del cobertizo más cercano. Tardó unos segundos en deducir quién era. Su amigo de la Universidad de Corvere. Timothy Wallach, el estudiante algo mayor que él al que había contratado para supervisar la construcción de la central productora de rayos. Normalmente, Tim era un hombre afable aunque un tanto lánguido, que siempre iba muy atildado.

Tim distaba mucho de estar impecable ahora. Estaba pálido y sucio, llevaba la camisa sin cuello y los zapatos y los pantalones cubiertos de barro. Agachado detrás de la choza, temblaba sin parar, como si tuviera fiebre o estuviese muerto de miedo.

Nick lo saludó con la mano y se obligó a dar unos cuantos pasos indecisos hacia Tim. No pudo, a último momento tuvo que agarrarse a la pared para no caer de bruces.

—¡Debes detenerlo, Nick! —exclamó Tim. No miró a su amigo, sino en todas direcciones, sus ojos atemorizados iban de aquí para allá—. No sé lo que él está haciendo... lo que vosotros dos estáis haciendo... ¡pero está mal!

—¿Qué? —inquirió Nick, cansinamente. La caminata lo había dejado exhausto y una de las voces internas había cobrado fuerza—. ¿Qué estamos haciendo? Se trata de un experimento científico, es todo. ¿Y quién es ése al que tengo que detener? Yo soy quien manda.

—¡Él! ¡Hedge! —le soltó Tim, señalando en dirección a los hemisferios, donde la niebla era más espesa—. ¡Ha matado a mis obreros, Nick! ¡Los ha matado! Los señalaba con el dedo y caían como moscas. ¡Sin más!

Imitó el movimiento de la mano lanzando un hechizo y sollozó sin lágrimas, las palabras le salían a borbotones, en una mezcla de jadeos y gritos.

—Lo vi con mis propios ojos. Eran apenas las... las... Echó un vistazo al reloj. Las manecillas habían dejado de moverse, fijas para siempre en las siete menos seis minutos.

—Eran apenas las siete menos seis minutos —susurró Tim—. Robert vio llegar los barcos y nos despertó a todos para que pudiéramos festejar el fin de las obras. Volví a la cabaña a buscar una botella que había guardado... lo vi todo por la ventana...

—¿Qué viste? —preguntó Nick.

Intentaba comprender qué había alterado de aquella manera a Tim, pero el pecho le dolía tanto que le impedía pensar. No conseguía relacionar el concepto de Hedge con los obreros asesinados de Tim.

—Estás muy raro, Nick —musitó Tim y se alejó de él andando a gatas—. ¿No lo entiendes? ¡Esos hemisferios son puro veneno y Hedge ha matado a mis obreros! A rodos, incluidos los dos aprendices. ¡Lo vi con mis propios ojos!

Y acto seguido, Tim comenzó a tener violentas arcadas, tosía y jadeaba, pero de su boca no salía nada. Ya lo había vomitado todo.

Nick lo observaba como un tonto, como si algo en su interior se excitaba con la noticia de esas muertes y de tanto sufrimiento, y una fuerza de signo opuesto se rebeló contra ella con sentimientos de temor, re pulsión y terrible duda. El dolor del pecho se hizo más fuerte aún y Nick cayó al suelo, con una mano se tocaba el corazón y con la otra el tobillo.

—Debemos huir de aquí—dijo Tim, limpiándose la boca con el dorso de la mano temblorosa—. Debemos avisar a alguien.

—Sí —murmuró Nick.

Había conseguido sentarse pero seguía encorvado, con una mano en el corazón y la otra apretada al fragmento de flauta eólica que llevaba en la vuelta del pantalón. Pugnó por superar el dolor que sentía en ambos lugares, así como la presión de la cabeza.

—Sí... vete, vete, Tim. Dile... diles que trataré de detenerlo. Dile que...

—¿Qué? ¿A quién? ¡Tienes que venir conmigo!

—No puedo —musitó Nick.

Volvía a recordarlo. Había hablado con Lirael en la barca de juncos, mientras trataba de mantener a raya el fragmento del Destructor. Se acordó de las náuseas, del sabor metálico en la boca. Volvía a notarlo, le subía por la garganta.

—¡Vete! —insistió y empujó a Tim para que se marchara—. Corre antes de que me... ¡Aaah!

Ahogó un grito, cayó al suelo y se hizo un ovillo. Tim se arrastro hasta él y vio que Nick ponía los ojos en blanco. Por un momento pensó en levantarlo. Desistió al ver que por la boca entreabierta comenzaba a salirle humo blanco.

El miedo tomó entonces las riendas y lo impulsó a correr entre los pararrayos, colina arriba. Ojalá pudiera alcanzar la cima y perderse de vista al otro lado. Lejos de la central productora de rayos y de la niebla persistente que no cesaba de extenderse...

A sus espaldas, Nick aferraba la vuelta de los pantalones con más Firmeza. Hablaba solo, presa de un frenesí, soltaba palabras sin sentido.

—Corvere, capital de dos millones los principales productos elaborados la atracción entre dos objetos es directamente proporcional al producto de pausas diarias en el corazón cuatro mil ochocientos y el viento rola generalmente en dirección blanco y sagrado padre ayúdame madre Sam ayúdame Lirael...

Nick guardó silencio, tosió e inspiró hondo. El humo blanco salió volando en medio de la niebla y no volvió a salir de su boca. Nick volvió a inspirar, luego probó a soltar la vuelta del pantalón y el trozo de flauta eólica que había dentro. Un pinchazo helado le recorrió todo el cuerpo, pero todavía sabía quién era y lo que debía hacer. Se apoyó en la pared de la choza, se levantó y tambaleándose se internó en la niebla. Como siempre, los hemisferios de plata brillaron en su mente, pero había conseguido relegarlos a un segundo plano. Pensaba ahora en los dibujos de la central productora de rayos. Si Tim la había construido según las instrucciones de diseño de Nick, entonces, una de las nueve cajas de empalmes eléctricos debía de estar justo al otro lado del edificio principal de la serrería.

Nick casi echa a correr hacia la pared occidental de la serrería. La niebla estaba muy espesa. La bordeó por el norte dándose toda la prisa que le permitían sus piernas cansadas y manteniéndose lejos del extremo sur, donde los muertos seguían trabajando para colocar el primer hemisferio sobre un vagón plataforma de ferrocarril.

Los hemisferios. Refulgieron en la mente de Nick más brillantes que los destellos de los relámpagos. De repente le dio el súbito afán de asegurarse de que los depositaran debidamente en sus receptáculos, de que conectaran bien los cables, de que cubrieran las vías de arena para que, pese a la humedad reinante, no perdieran tracción. Debía supervisar la operación. ¡Los hemisferios debían juntarse!

Nick cayó de rodillas sobre las vías, escorado hacia delante, y se acurrucó sobre el acero frío y los durmientes de madera gastada. Se agarró la vuelta del pantalón y luchó contra la urgente necesidad de doblar a la derecha y acercarse al hemisferio que ya estaba en el vagón plataforma. Desesperado, pensó en Lirael cuando lo depositó en la barca de juncos, en la promesa que le había hecho. Se acordó de su amigo Sam, de cuando lo levantó del suelo tras haber recibido un pelotazo durante una partida de críquet. Y de Tim Wallach, ulcro, con pajarita, sirviéndole un gin tonic.

—Palabra de un Sayre, palabra de un Sayre, palabra de un Sayre —repitió una y otra vez.

Sin dejar de murmurar, hizo un esfuerzo sobrehumano y omenzó a rrastrarse por las vías, sin hacer caso de las astillas que se le clavaban de los viejos durmientes. Llegó hasta el extremo más alejado de la serrería y, afirmándose en la pared, consiguió al fin llegar a la caja de empalmes que, en realidad, era una pequeña caseta de cemento. En su interior, cientos de cables de los pararrayos iban a parar a nueve cables maestros del grosor del cuerpo de Nick.

—Lo impediré —masculló para sus adentros al llegar a la caja de empalmes.

Ensordecido por el trueno, medio ciego por los relámpagos, paralizado por el dolor y las náuseas, intentó abrir la puerta metálica donde había grabado un rayo de un intenso color amarillo y la palabra PELIGRO.

La puerta estaba cerrada con llave. Nick sacudió el picaporte; su pequeña muestra de desafío no consiguió otra cosa que consumir las pocas energías que le quedaban. Exhausto, Nick se dejó caer y quedó atravesado delante de la puerta.

Había fallado. Los relámpagos seguían extendiéndose ladera arriba, acompañados de la niebla y de truenos retumbantes. Los muertos seguían afanándose con los hemisferios. Uno ya estaba colocado encima del vagón plataforma, movido ahora por las vías en dirección al extremo de la línea, pese a que los muertos que empujaban eran alcanzados una y otra vez por los rayos. El otro hemisferio iba a salir del barco hasta que un rayo quemó la cuerda y cayó de golpe aplastando a varios braceros muertos. Cuando por fin volvieron a izarlo, los braceros aplastados salieron arrastrándose como cucarachas. Como ya no conservaban ni una remota apariencia humana, ni servían para trabajar, se alejaron retorciéndose en dirección al este. Subieron las montañas para reunirse con los muertos que Hedge había enviado a asegurarse de que nadie impidiese el triunfo definitivo del Destructor.

—¡Tenéis que creerme! —exclamó Sam, exasperado—. ¡Dile otra vez que le doy mi palabra de príncipe del Reino Antiguo de que todos vosotros tendréis una granja!

Un joven sureño le hacía de traductor, aunque Sam estaba seguro de que, como la mayoría de sureños, la matriarca entendía el ancelstierrano. En esta ocasión, la mujer interrumpió al intérprete en mitad de la frase y lanzó el papel que le enseñaba a Sam. El muchacho lo recogió y le echó un rápido vistazo, consciente de que disponía de apenas unos minutos antes de verse obligado a regresar junto a Lirael.

El papel estaba impreso por ambas caras, en varios idiomas. El titular rezaba: «Tierra para los sureños». Prometía diez áreas de tierra fértil por cada hoja de papel entregada en la «oficina de propiedades» de la Serrería de Forwin. Constaba un sello con aspecto de oficial y el papel supuestamente venía de la «Oficina de Reasentamiento del Gobierno de Ancelstierre».

—Es falso —protestó Sam—. No existe ninguna Oficina de Reasentamiento de Ancelstierre y, si existiera, ¿para qué iban a querer mandaros a un sitio como la Serrería de Forwin?

—Porque allí están las tierras —contestó el joven traductor velozmente—. Y tiene que haber una Oficina de Reasentamiento. ¿Por qué si no la policía iba a permitir que nos marchásemos de los campamentos?

—¡Mira lo que está pasando allí! —gritó Sam, señalando los nubarrones negros y las constantes horquillas de los relámpagos, bien visibles ahora. Incluso desde el mismo valle—. ¡Si vais en esa dirección, moriréis todos! ¡Por eso os han soltado! ¡Si morís todos, llos resuelven el problema y pueden decir que no han tenido la culpa!

La matriarca irguió la cabeza y observó los rayos que caían en la cima de las montañas. Luego observó el cielo azul hacia el norte, el sur y el este. Le dio un golpecito en el brazo al intérprete y le dijo tres palabras.

—¿Nos lo juras por tu sangre? —preguntó el intérprete. Sacó un cuchillo confeccionado con el extremo limado de una cuchara—. ¿Juras por tu sangre que nos darás tierras en tu país?

—Sí, lo juro por mi sangre —se apresuró a contestar Sam—. Os daré tierras y toda la ayuda que podamos para que podáis vivir allí.

La matriarca tendió la palma de la mano, cubierta por cientos de puntos, pequeñas cicatrices que formaban una compleja voluta. El intérprete la pinchó con el cuchillo y lo atornilló varias veces para dibujar otro punto.

Sam tendió la mano. No notó el cuchillo. Estaba concentrado en lo que había dejado atrás, aguzaba los oídos por si percibía el sonido de un ataque.

La matriarca habló deprisa y siguió con la palma de la mano tendida. El intérprete le indicó a Sam que colocara su mano sobre la de ella. Así lo hizo y ella la aferró con una fuerza increíble, pese a tener los dedos muy huesudos.

—Bien, magnífico —farfulló Sam—. Lleva a los tuyos al otro lado del arroyo y esperad allí. En cuanto pueda, dispondré... dispondré lo necesario para que os den vuestras tierras.

—¿Y por qué no podemos esperar aquí? —preguntó el intérprete.

—Porque habrá una batalla —contestó Sam, inquieto—. ¡Ay, que el Gremio me ayude! ¡Por favor, esperad al otro lado del arroyo! ¡El agua corriente será la única protección que tendréis!

Se volvió y echó a correr antes de que le preguntaran algo más. El intérprete lo llamó, pero Sam no le contestó. Notaba que los muertos bajaban por este lado de las montañas y temía haber estado alejado de Lirael demasiado rato. La Abhorsen se encontraba allá arriba, en el espolón, y él era su principal protector. Los ancelstierranos podían ayudar mucho, incluso los que no tenían un gran dominio de la magia del Gremio.

Sam no lo vio porque corría como alma que lleva el diablo, pero a sus espaldas, el intérprete y la matriarca hablaban acaloradamente. El intérprete señaló luego el centro del valle y el arroyo. La matriarca miró una vez más los relámpagos, rasgó el papel que tenía en la mano, lo tiró al suelo y le escupió encima. Fue imitada por cuantos estaban cerca de ella, y luego por los que estaban más lejos y así, poco a poco, la multitud entera se puso a rasgar los papeles y a escupirles encima. La matriarca se dio entonces media vuelta y echó a andar hacia el este, al centro del valle y el arroyo. Como un rebaño que sigue al pastor, todos los sureños se dieron la vuelta.

Sam subía el espolón con enorme fatiga, había cubierto gran parle del ascenso cuando allá adelante oyó unos gritos.

—¡Alto, alto!

Sam no notó la proximidad de los muertos, pero sacó fuerzas de flaqueza y corrió más deprisa al tiempo que desenvainaba la espada. Sorprendidos, unos soldados se apartaron a su paso y el muchacho se acercó a Lirael. Seguía helada en el centro del círculo de piedras. Greene y dos soldados se encontraban delante de ella. Pocos metros más adelante, otros dos soldados tenían acorralado a un hombre joven y lo apuntaban con las bayonetas. El muchacho estaba tirado en el suelo y chillaba. Tenía la ropa y la piel renegridas y había perdido gran parte del pelo.

Pero no era un bracero muerto. De hecho, Sam comprobó que el chamuscado fugitivo no era mucho mayor que él.

—Yo no soy, yo no soy, no soy uno de ellos, vienen detrás de mí —gritaba—. ¡Tenéis que ayudarme!

—¿Cómo te llamas? —le preguntó el mayor Greene—. ¿Qué pasa allá atrás?

—Me llamo Timothy Wallach —se identificó el joven—. ¡No sé lo que pasa! ¡Es una pesadilla! Ese... no sé lo que es... Hedge. ¡Ha matado a mis obreros! A todos. Los señalaba con el dedo y caían muertos.

—¿Quién viene detrás de ti? —preguntó Sam.

—No lo sé —sollozó Tim—. Eran mis hombres. Ahora no sé lo que son. Vi que a Krontas lo alcanzaba un rayo de lleno. La cabeza se le prendió fuego, pero no se detuvo. Son...

—Son muertos —dijo Sam—. ¿Qué hacías en la Serrería de Forwin?

—Soy de la Universidad de Corvere —murmuró Tim. Hizo un visible esfuerzo por controlarse—. Construí la central productora de rayos para Nicholas Sayre. No sabía... no sé para qué sirve, pero no es nada bueno. ¡Debemos impedir que la utilicen! Nick dijo que lo intentaría, pero...

—¿Nicholas está allí? —le soltó Sam.

—Sí, pero está muy maltrecho. Casi no me reconocía. Dudo que pueda hacer nada. Le salía humo blanco por la nariz...

Sam lo escuchaba acongojado. Sabía por Lirael que el humo blanco era señal de que El Destructor había tomado el control. Perdió la poca esperanza que tenía de que Nick hubiese escapado. Su amigo estaba perdido.

—¿Qué podemos hacer? —preguntó Sam—. ¿Hay alguna forma de desactivar la central productor de rayos?

—Hay unos interruptores de circuito en cada una de las nueve cajas de empalmes —murmuró Tim—. Si es que se pueden abrir... Pero ignoro cuántos circuitos hacen realmente falta. También... también se podrían cortar los cables de los pararrayos. Hay mil y un pararrayos y como en este mismo instante están absorbiendo los rayos que caen... se necesitaría un equipo muy especial.

Sam no oyó las últimas palabras de Tim. La preocupación por la difícil situación de Nick y por la central productora de rayos desapareció en cuanto una fría corriente le erizó los pelos de la nuca. Levantó la cabeza, apartó a Tim y avanzó. La primera oleada de muertos estaba a punto de alcanzarlos y toda pregunta relacionada con las cajas de empalmes era meramente académica.

—¡Aquí vienen! —gritó.

Saltó entonces sobre un peñasco y buceó en el Gremio en busca de los elementos necesarios para preparar los hechizos destructivos. Le sorprendió lo fácil que le resultaba. El viento seguía soplando del oeste y debería haber sido más fuerte a tanta distancia del Muro. Notaba la fuerza del Gremio con la misma fuerza y claridad que en el Reino Antiguo, aunque en cierta manera la sentía dentro de él tanto como fuera.

—¡Preparados! —gritó Greene. Los sargentos y cabos que formaban en el círculo de soldados que rodeaban el cuerpo helado de Lirael repitieron la orden—. ¡Recuerden que nada debe alcanzar a la Abhorsen! ¡Nada!

—La Abhorsen. —Sam cerró los ojos un momento y trató de olvidarse del dolor.

No tenía tiempo para llorar la muerte de nadie ni de imaginar cómo sería el mundo sin sus padres. Vio que los braceros muertos bajaban desmañadamente la ladera, cada vez a más velocidad, al sentir la presencia de vida en las inmediaciones.

Sam preparó un encantamiento y echó un vistazo a su alrededor. Todos los arqueros estaban preparados para disparar y habían formado por parejas con los soldados armados de bayonetas. Greene y Tindall estaban al lado de Sam, los dos listos para lanzar sendos hechizos del Gremio. Lirael se encontraba a unos cuantos pasos detrás de ellos, a salvo, rodeada de soldados.

¿Dónde estaría Zapirón? El gatito blanco brillaba por su ausencia.