Abhorsen
La novena puerta
Lirael y la Perra Canalla cruzaron el séptimo recinto a la carrera, no se detuvieron siquiera cuando Lirael pronunció el hechizo para abrir la séptima puerta. Allá adelante, la línea de fuego se estremeció al proferir ella las palabras y, justo enfrente de donde se hallaban la Abhorsen y su mascota, se levantó de un salto hasta formar un arco estrecho, con apenas espacio para que pasaran ambas.
Lirael se agachó y echó un vistazo hacia atrás; vio entonces la silueta de un hombre que corría tras ellas, iba envuelto en fuego y oscuridad, empuñaba una espada que echaba llamas rojas, del mismo rojo que las que ardían en la séptima puerta.
Cruzaron entonces el octavo recinto y Lirael tuvo que apresurarse para pronunciar con un hilo de voz otro encantamiento que le permitiera esquivar unas lenguas de fuego que surgían de las aguas e iban hacia ellas. Estas llamas eran la principal amenaza del recinto, pues el río estaba iluminado por infinidad de fuegos flotantes que flotaban siguiendo el capricho de extrañas corrientes o bien surgían con fuerza de la nada.
Lirael consiguió evitar uno por los pelos y lo dejó atrás. Notó que uno de los párpados comenzaba a latirle de forma incontrolable, era síntoma de que tenía miedo, y lo tenía, porque por todas partes comenzaron a encenderse fogatas, algunas se movían deprisa, otras más despacio. Además, temía que de un momento a otro Hedge fuera a acercársele por detrás para atacarla.
La perra ladró junto a su ama y un muro de fuego se apartó. Lirael ni siquiera lo había visto encenderse de tan concentrada que estaba en los que sí veía y en la amenaza que se aproximaba por detrás.
—Calma, amita —dijo la perra—. Pronto habremos salido de ésta.
—¡Hedge! —exclamó Lirael y, acto seguido, gritó dos palabras y dos largas serpientes de fuego se agitaron en el aire hasta unirse en una ígnea danza.
Sí parecían vivas, pensó la Abhorsen, viéndolas girar. Criaturas, más que manchas de aceitosa escoria ardiente, que es lo que parecían cuando dejaban de moverse. Se diferenciaban del fuego normal en otro aspecto más, porque no despedían humo.
—He visto a Hedge —repitió una vez superada la amenaza inmediata de la inmolación—. A nuestras espaldas.
—Ya lo sé —dijo la perra—. Cuando lleguemos a la octava puerta, me quedaré aquí y lo detendré mientras tú sigues.
—¡No! —gritó Lirael—. ¡Tienes que acompañarme! ¡No le tengo miedo... es que... es que es inoportuno!
—¡Cuidado! —ladró la perra y las dos se apartaron de un salto cuando un enorme globo de fuego pasó tan cerca que Lirael se ahogó con el calor que despedía.
Comenzó a toser y se dobló en dos. Y entonces el río aprovechó ese instante para tirar de sus piernas y hacerle perder el equilibrio.
Y casi lo consigue. El repentino oleaje hizo trastabillar a Lirael y se hundió sólo hasta la cintura, pero se apoyó en la espada, hizo palanca con ella y se levantó de un salto.
Para salvar a su ama, la perra se zambulló como un rayo y al volver a la superficie completamente empapada se sintió avergonzada al descubrir que Lirael no sólo seguía en pie, sino seca.
—Pensé que te habías hundido —balbuceó y luego le ladró a uno de los fuegos para cambiar de tema, pero también para distraer al intruso.
—¡Vamos! —ordenó Lirael.
—Esperaré y le tenderé una trampa a... —comenzó a decir la perra, pero Lirael se dio media vuelta y la agarró del collar.
La perra se puso tozuda y se sentó en los cuartos traseros, de modo que Lirael intentó llevarla a rastras.
—¡Vendrás conmigo! —le ordenó Lirael con voz temblorosa, con lo cual, el tono mperioso se diluyó un poco—. Pelearemos juntas contra Hedge... cuando llegue el momento. ¡Y ahora vamos de una vez! —Está bien, está bien —protestó la Perra Canalla. Se levantó y se sacudió con fuerza echando agua por todas partes. —Pase lo que pase —añadió Lirael con voz queda—, quiero que estemos juntas.
La Perra Canalla la miró con gesto preocupado pero no dijo nada. Lirael estuvo a punto de añadir algo más, pero se le hizo un nudo en la garganta y prefirió hacer frente a otra incursión de fuegos flotantes.
Cuando terminaron de ocuparse de ellos, echaron a andar una al lado de la otra y, minutos después, se internaban confiadas en el muro de oscuridad de la octava puerta. La luz desapareció y Lirael no veía nada, no oía nada, no sentía nada, ni siquiera su propio cuerpo. Tuvo la sensación de haberse convertido en una inteligencia incorpórea que estaba completamente sola, aislada de los estímulos externos.
Sin embargo, estaba preparada, y aunque no sentía ni la boca ni los labios, y era como si no tuviese orejas, porque no oía nada, pronunció el hechizo que les permitiría cruzar aquella oscuridad extrema e internarse en el noveno y último recinto de la muerte.
El noveno recinto difería mucho de los demás lugares del reino de los muertos. Lirael parpadeó al salir de la oscuridad de la octava puerta y encontrarse de pronto con la luz. El tirón familiar del río a la altura de las rodillas dejó de notarse al desaparecer la corriente. El río fluía suave a la altura de sus tobillos y el agua estaba caliente; el frío tremendo que reinaba en los recintos anteriores de la muerte quedaba atrás.
En los demás lugares del reino de los muertos, se tenía una sensación de opresión debida en parte a la luz grisácea que impedía ver con claridad. Allí, sin embargo, ocurría lo contrario. Se tenía una sensación de inmensidad, y Lirael alcanzaba a ver a kilómetros de distancia, a través de la inmensa planicie de agua reluciente.
Por primera vez consiguió levantar la vista y percibir algo más que una mancha gris, deprimente y borrosa. Mucho más. En lo alto había un cielo, un cielo nocturno tan tachonado de estrellas que se superponían y se fundían para formar una vasta nube luminosa, imposible de imaginar. No se distinguían las constelaciones, las estrellas no formaban ningún patrón definido. Sólo se veía una multitud de estrellas que proyectaban una luz tan intensa como la del sol del mundo de los vivos, pero más suave.
Lirael sintió la llamada de las estrellas y su corazón anhelante sintió el impulso de responder. Guardó la campana y la espada y tendió los brazos hacia el cielo brillante. Sintió que se elevaba y que sus pies abandonaban el río provocando un suave remolino y un suspiro en las aguas.
Comprobó que los muertos también se elevaban. Los muertos de todo tipo y condición ascendían hacia el mar de estrellas. Algunos iban despacio, otros, tan deprisa que apenas se distinguían sus formas, pasaban como una exhalación.
Una ínfima parte de la mente de Lirael le advirtió que respondía a la llamada de la Novena Puerta. El velo de estrellas era la última frontera, la muerte definitiva, sin vuelta atrás. Y fue precisamente ese ínfimo resto de conciencia el que le recordó su responsabilidad, el que le mencionó a Orannis, a la Perra Canalla, a Sam, a Nick y a todo el mundo de los vivos. Ese ínfimo resto de conciencia luchó con uñas y dientes para no ceder a la abrumadora sensación de paz que ofrecían las estrellas.
«Todavía no te ha llegado la hora —le gritaba—. Todavía no.»
Y aquel grito obtuvo respuesta, aunque no se oyó ninguna voz. Las estrellas se retiraron de pronto, se hicieron infinitamente lejanas. Lirael parpadeó, sacudió la cabeza y, desde una altura considerable, cayó al agua, a los pies de la perra, que seguía contemplando el cielo luminoso.
—¿Por qué no me detuviste? —preguntó Lirael, indignada por el susto que se había dado.
Hubieran bastado pocos segundos más y ya no habría podido regresar. Habría cruzado la Novena Puerta para siempre.
—Es algo a lo que todos los que llegan hasta aquí deben enfrentarse solos — susurró la perra. Seguía con la vista clavada en el cielo, le hablaba sin mirarla—. A todos los seres y a todas las cosas les llega el momento de morir. Algunos no lo saben, o preferirían retrasarlo, pero se trata de una verdad imposible de negar. Y menos cuando miras las estrellas de la Novena Puerta. Me alegro de que volvieras, amita.
—Yo también —dijo Lirael, inquieta.
Veía a los muertos surgir de la masa negra de la octava puerta. Cada vez que salía uno, se ponía tensa, pues pensaba que podía ser Hedge. Sentía la presencia de muchos muertos, aunque viera pocos, y todos atravesaban el umbral e inmediatamente se elevaban hacia el cielo hasta desaparecer entre las estrellas. Hedge, que debía de encontrarse a escasa distancia de Lirael y de la perra, no atravesó la octava puerta.
La perra seguía con la vista clavada en el cielo. Y, finalmente, Lirael se dio cuenta y a punto estuvo de parársele el corazón. ¿Acaso no estaría la perra respondiendo a la llamada de la Novena Puerta? La perra apartó la vista del cielo y soltó un suave bufido. —A mí tampoco me ha llegado la hora —dijo y Lirael suspiró aliviada—. Amita, ¿no deberías hacer eso que vinimos a hacer?
—Lo sé, lo sé —contestó Lirael, desconsolada, plenamente consciente del tiempo que habían malgastado. Palpó el espejo oscuro que llevaba en el morral—. ¿Y si Hedge aparece cuando estoy mirando?
—Si no ha cruzado todavía, probablemente no lo haga —contestó la perra, olfateando el río—. Pocos nigromantes se arriesgan a ver la Novena Puerta, por su misma naturaleza, se niegan a atender a su llamada. Lirael recibió aquel consejo con inmenso alivio. —Seguro que nos esperará en algún lugar cuando regresemos — prosiguió la perra y destruyó el efímero alivio de su ama—. De momento, o te vigilaré.
Lirael sonrió y en su sonrisa atribulada le transmitió a su mascota su amor y su gratitud. Era doblemente vulnerable, pensó, porque su cuerpo estaba en el mundo de los vivos, vigilado por Sam, y ahora su espíritu estaba en el reino de la muerte, vigilado por la Perra Canalla.
Pero debía cumplir con su deber, por más grande que fuera el riesgo. Primero se pinchó la yema del dedo con Nehima y luego envainó la espada. Luego sacó el espejo oscuro y lo abrió con un golpe seco.
La gota de sangre de la yema de su dedo cayó, pero en lugar de ir hacia abajo, donde estaba el río, se elevó hacia el cielo. Lirael no se dio cuenta. Recordaba las páginas de El libro del recuerdo y el olvido, concentradísima, mientras mantenía el dedo cerca del espejo para que cayera sobre la superficie opaca una gota brillante. La gota tocó el cristal y se expandió sobre su superficie oscura para formar un delicado lustre.
Lirael levantó el espejo y se lo acercó al ojo derecho, mientras con el izquierdo seguía mirando el reino de la muerte. La sangre tiñó el espejo de una suave tonalidad roja que se desvaneció rápidamente cuando Lirael fijó la vista y la oscuridad comenzó a iluminarse. Una vez más, gracias al espejo, Lirael alcanzó a ver otro lugar, sin perder de vista las aguas centelleantes del noveno recinto. Las dos visiones se mezclaron y Lirael vio que las luces se movían en torbellino y, de alguna manera, el sol se batía en retirada a través de las aguas del reino de los muertos. La Abhorsen notó entonces que caía cada vez más deprisa en dirección a un pasado lejano.
Lirael comenzó a pensar en lo que quería ver y su mano izquierda se movió involuntariamente hasta tocar una por una las campanas de la bandolera.
—Por el derecho que me da mi sangre —dijo, la voz iba adquiriendo firmeza con cada alabra—, por el derecho que me da mi linaje, por el derecho que me dan el Gremio y los siete que lo crearon, a través del velo del tiempo, he de ver hasta el mismo principio. Y asistir al instante en que Orannis fue sometido y quebrado y he de saber lo que ocurrió y lo que ha de ocurrir. ¡Así sea!
Mucho después que hubo callado, los soles siguieron retrocediendo y Lirael se fue hundiendo más y más en ellos, hasta que todos los soles fueron uno que la encegueció con su luz. Luego, poco a poco, la luz se fue apagando y ella se encontró ante un negro vacío. En el vacío había una única fuente de luz, y se precipitó hacia ella; la luz dejó de ser luz y se convirtió en luna, luego en un enorme planeta que llenó el horizonte y ella se precipitó por aquel cielo y planeó en el aire, sobre un desierto que se extendía de un extremo al otro del horizonte. Y Lirael supo de alguna manera que aquel desierto abarcaba el mundo por entero. Nada se movía sobre la tierra cuarteada y reseca. Nada crecía. Nada vivía.
Debajo de ella, el mundo giraba cada vez más deprisa y Lirael lo vio en sus comienzos, presenció la extinción de todas las especies. Entonces volvió a caer a través de los soles y se encontró ante otro vacío, ante otro mundo único que se convertiría en desierto.
Lirael fue testigo de la destrucción de seis mundos. La séptima vez, asistió a la desaparición del suyo. Supo que era el suyo pese a que no encontró en él puntos de referencia. Vio el momento exacto en que El Destructor eligió su mundo y vio que no era el único, había otros que también lo escogieron. El mundo de Lirael sería utilizado de campo de batalla por estos últimos para enfrentarse al Destructor; había llegado el momento de tomar partido, de decidir en quién se depositaría la lealtad para siempre.
Y la visión de Lirael pareció durar muchos días, todos ellos plagados de horrores. Al mismo tiempo, con su otro ojo, veía a la perra pasearse de aquí para allá, y entonces se daba cuenta de que en el reino de la muerte había transcurrido muy poco tiempo.
Finalmente, decidió que había visto bastante, que ya no soportaba Ver más. Entornó los ojos, cerró el espejo y, poco a poco, cayó de rodillas, apretando entre las manos la cajita de plata. Notaba a su alrededor la caricia del agua caliente, pero eso no la reconfortó.
Cuando abrió los ojos poco después, la perra le lamió la boca y la miró con gran preocupación.
—Debemos darnos prisa —dijo Lirael, incorporándose—. ¡Hasta este momento no lo entendí del todo! ¡Debemos darnos prisa!
Regresó hacia la octava puerta, desenvainó la espada y sacó la campana con ademán decidido. Había visto de lo que era capaz Orannis: era mucho peor de lo que jamás había imaginado. No en vano lo habían llamado Destructor. Orannis existía únicamente para destruir y el Gremio era el enemigo que le había impedido seguir haciéndolo. Detestaba cuanto tuviese vida, no sólo quería destruirlas sino que tenía el poder de hacerlo.
Lirael era ahora la única que sabía cómo sojuzgar de nuevo a Orannis. Sería difícil, quizás imposible. Pero era la única oportunidad que tenían; ella estaba completamente decidida a regresar al mundo de los vivos. Era preciso que lo consiguiera. Por ella, por la Perra Canalla, por Sam, por Nick, por el mayor Greene y sus hombres, por los habitantes de Ancelstierre que morirían sin haberse dado cuenta siquiera del peligro en el que estaban, y por cuantos vivían en el Reino Antiguo. Sus primas, las clarvis. Incluso por su tía Kirrith...
Mientras pensaba en ellos y en su responsabilidad, llegó a la octava puerta, con las palabras del hechizo de apertura en los labios. En el preciso instante en que abría la boca para pronunciar el encantamiento, de la oscuridad de la puerta, justo enfrente de Lirael y la perra, partieron las llamas.
Y Hedge la atravesó envuelto en ellas. Su espada alcanzó a Lirael en el brazo izquierdo; fue tan fuerte la estocada que la muchacha soltó a Saraneth y el breve toque de la campana fue rápidamente ahogado por el río. El tañido del acero hechizado sobre placas de gezre se ropagó por el agua. La armadura aguantó el ataque, aun así, el brazo de Lirael quedó muy lastimado... por segunda vez en pocos días.
La Abhorsen apenas consiguió parar el siguiente mandoble lanzado a su cabeza. Retrocedió ele un salto y tropezó con la perra, que se disponía a lanzarse al ataque. Una punzada tremenda recorrió el brazo izquierdo de la Abhorsen hasta llegarle al hombro y el cuello. No obstante, tendió la mano y buscó una campana.
Hedge fue más rápido. Ya empuñaba una campana y la agitó. Lirael reconoció a Saraneth y se preparó para resistir su influjo. Nada ocurrió tras el repique de la campana. No sintió compulsión alguna; su voluntad no fue sometida a ninguna prueba.
—¡Siéntate! —le ordenó Hedge y Lirael entendió entonces que Hedge había centrado el poder de Saraneth en la Perra Canalla.
La perra obedeció sin dejar de gruñir, y se quedó inmóvil justo cuando, apoyada en los cuartos traseros, se disponía a saltar. Saraneth la tenía en sus garras y la perra no podía moverse.
Lirael rodeó a su mascota e intentó lanzar una estocada al brazo con el que Hedge sostenía la campana. Pero él también se movió en círculo y se alejó de ella. La Abhorsen notó algo extraño en la postura que adoptaba el nigromante para el ataque. De inmediato no consiguió darse cuenta de qué se trataba. Luego comprobó que mantenía la cabeza inclinada hacia abajo, para no mirar hacia arriba. Era evidente que Hedge temía ver las estrellas de la Novena Puerta.
Comenzó a avanzar hacia ella, pero ella retrocedió otra vez, la perra inmóvil seguía entre los dos. Cuando pasó delante, Lirael vio que la perra le hacía un guiño.
—Me has traído muy lejos —dijo Hedge.
Su voz cargada de magia libre sonaba más a la de un muerto que a la de un hombre vivo. Y su aspecto también era el de un muerto. Se elevaba por encima de Lirael, en su interior llevaba mil fuegos, despedía llamas rojas por los ojos y la boca, las llamas caían también de la punta de sus dedos y le brillaban a través de la piel. La Abhorsen ni siquiera estaba segura de que fuese un hombre vivo. Era un espíritu producto de la magia libre ataviado con carne humana. Y entonces le dijo:
—Me has traído muy lejos, pero ya se acabó, esto se acaba aquí y en el mundo de los vivos. Mi amo está entero otra vez y la destrucción ha comenzado. Sólo los muertos habitan el mundo de los vivos, loado sea Orannis por su obra. Sólo los muertos... y yo, su fiel visir.
Aquella voz tenía un efecto hipnótico. Lirael comprendió que intentaba distraerla mientras se preparaba para asestarle un hendiente mortal. No había usado la campana contra ella, lo cual no dejaba de resultar curioso... aunque luego se dio cuenta que era porque en otras ocasiones había conseguido liberarse de Hedge y Saraneth.
—Mira al cielo, Hedge —le contestó y los dos siguieron caminando en círculo—. La Novena Puerta te llama. ¿No sientes la llamada de las estrellas?
Atacó al pronunciar la última palabra, pero Hedge estaba preparado y, además, dominaba mejor la espada. Rechazó el ataque y respondió veloz con otra estocada que cortó la tela de la sobrevesta de Lirael a la altura del corazón.
Ella retrocedió rápidamente y se alejó de la perra. Hedge la siguió, la cabeza gacha, los ojos entornados.
Detrás de él, la perra se movió. Poco a poco, sacó una pata del agua, con mucho cuidado, para no chapotear. Y siguió con sigilo al nigromante mientras éste asediaba a Lirael.
—Y no creo eso que dices del Destructor —le advirtió Lirael mientras reculaba, con la esperanza de que su voz cubriera el ruido del avance de la perra—. Me habría enterado si algo le hubiese pasado a mi cuerpo allá en el mundo de los vivos. Además, no estarías aquí cupándote de mí si Orannis estuviese libre.
—Eres un fastidio, nada más —dijo Hedge. Sonreía y las llamas de su espada cobraron intensidad, alimentadas por las ansias asesinas del nigromante—. Será para mí un placer acabar contigo. No hay mucho más que analizar. Del mismo modo que mi amo destruye cuanto le disgusta, yo hago igual.
Lanzó un mandoble hacia Lirael. La muchacha consiguió frenarlo apenas y apartar la espada del nigromante. Y entonces se enzarzaron en un cuerpo a cuerpo; la cabeza de él inclinada sobre la de la muchacha, al notar el aliento metálico, cargado de fuego, en la mejilla, se apartó de un salto.
—A lo mejor antes de matarte juego un poco contigo —sonrió Hedge y dio un paso atrás.
Hecha una furia, Lirael lo atacó con todas sus fuerzas. Hedge lanzó una carcajada, paró el golpe, dio otro paso atrás y... tropezó con la Perra Canalla.
Soltó la campana y la espada a la vez y se tapó los ojos con las manos justo en el momento en que caía al agua levantando una siseante nube de vapor. No fue lo bastante rápido. Vio las estrellas justo cuando caía y lo llamaron, vencieron el peso de los hechizos y el poder que lo había mantenido en el mundo de los vivos durante más de cien años, dando largas a la muerte, siempre buscando algo que le permitiera seguir bajo el sol. Creyó encontrarlo al ponerse al servicio de Orannis, pues a él no le importaba nada de nadie. El Destructor le había prometido como recompensa la vida eterna y un dominio todavía mayor sobre los muertos. Hedge había hecho lo imposible por ganársela.
Mas bastó un solo atisbo de aquellas estrellas invitantes y se quedó sin nada. Hedge dejó caer las manos. La luz de las estrellas le llenó los ojos de lágrimas, lágrimas que poco a poco fueron apagando los fuegos que ardían en su interior. Las volutas de vapor se diluyeron y el río quedó en calma. Hedge levantó los brazos y comenzó a caer en dirección al cielo, las estrellas y la Novena Puerta.
La Perra Canalla recogió la campana de Lirael del río y se la llevó procurando que no sonara. La Abhorsen la aceptó en silencio y la guardó. No tenían tiempo de saborear la victoria frente al nigromante. Lirael sabía que se trataba de un enemigo de menor importancia.
Juntas traspusieron la octava puerta, con un miedo atroz. El miedo de que pese a que las palabras de Hedge eran mentira, se convirtieran en verdad antes de que lograsen regresar a la vida.
Por otra parte, Lirael llevaba además el peso del conocimiento. Ahora sabía cómo sojuzgar nuevamente al Destructor, pero también sabía que se trataba de una empresa que no iba a poder emprender sola. Sam se vería obligado a asumir realmente el papel de heredero de los constructores del Muro, porque no bastaba con que tuviese derecho a usar la llana de plata y la sobrevesta que los caracterizaba.
Otros con la sangre del linaje debían participar también, pero no estaban allí.
Lo peor de todo era que el sojuzgamiento constituía sólo una parte de lo que debía hacerse. Aunque Lirael y Sam consiguieran arreglárselas, quedaba el quebrantamiento, que exigía más valor del que Lirael creía tener.