Abhorsen

Garth Nix · Capítulo 20 de 33

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Abhorsen

Tercera Parte

Casa asediada

—El viento vira al nornoroeste, señor —informó Yeoman Prindel al observar la flecha del anemómetro, conectada mecánicamente a la veleta, situada varios pisos por encima de donde se encontraban.

Fue moverse la flecha y las luces eléctricas se apagaron tras parpadear unas cuantas veces; la habitación quedó iluminada por dos farolitos que echaban bastante humo. Prindel iró el reloj: estaba parado. Luego observó la vela cronometrada, puesta entre los dos faroles.

—Fallo eléctrico aproximadamente a las 16:49.

—Muy bien, Prindel —comentó el teniente Drewe—. Ordene que enciendan los faroles de aceite y dé la alarma para que vuelvan al cuartel general. Subiré a la luz.

—De acuerdo, mi teniente —contestó Prindel. Destapó un tubo de comunicación y gritó—: ¡Encended los faroles de aceite! ¡Todos al cuartel general! ¡Repito, al cuartel general!

—¡Entendido, entendido!

El eco de respuesta subió por el tubo de comunicación, seguido del aullido de una sirena activada a mano y del toque de una campana quebrada; ambos se oirían en todo el faro.

Drewe se puso el chaquetón azul de lana gruesa y se abrochó encima un ancho cinturón de cuero del que colgaban un revólver y un alfanje, el yelmo de acero azul, adornado con el emblema de las cruces y las llaves que proclamaba su cargo de guardafaro del Faro Occidental, completaba su equipo. El yelmo había pertenecido a su antecesor y venía un poco grande, por lo que Drewe siempre se sentía un poco tonto al ponérselo, pero las reglas eran las reglas.

La sala de control se encontraba cinco plantas debajo de la luz. Mientras Drewe subía poco a poco las escaleras, se cruzó con el marinero Kerrick que bajaba a toda velocidad.

—¡Señor, será mejor que se dé prisa!

—Me doy prisa, Kerrick —le contestó Drewe con calma, y esperó a que su voz se mostrara más calmada que su pulso, que había comenzado a acelerarse—. ¿Qué ocurre? —Hay niebla...

—Siempre hay niebla. Para eso estamos aquí. Para avisar a los barcos que no naveguen hacia ella.

—¡No, no, señor! ¡No en el mar! En tierra. Una niebla que se arrastra despacio y baja del norte. Detrás se ven relámpagos. La niebla va hacia el Muro. ¡Y del sur va llegando gente!

Drewe abandonó la calma que con tanto cuidado le habían enseñado en el Colegio Naval, del que había salido dieciocho meses antes. Apartó a Kerrick y siguió subiendo la escalera de tres en tres escalones. Cuando abrió la pesada trampilla de acero y entró en la sala del faro, jadeaba pesadamente, pero inspiró hondo y consiguió ofrecer la imagen del oficial naval sosegado, lleno de aplomo, que se suponía que era.

La luz del faro se había apagado y no volvería a encenderse al menos durante una hora. Existían dos sistemas, uno mecánico que funcionaba con aceite, el otro era completamente eléctrico, de ese modo se hacía frente a la forma tan extraña en que fallaban tanto la electricidad como la tecnología cuando soplaba el viento del norte, desde el Reino Antiguo. Drewe sintió alivio al comprobar que el más experimentado de sus suboficiales ya estaba allí. El timonel Berl se encontraba fuera, en la pasarela, pegado a los prismáticos. Drewe salió con él y se cerró la chaqueta, preparándose para recibir la brisa fría. Sin embargo, en cuanto estuvo fuera, comprobó que el viento era cálido, otra señal de que soplaba del norte. Berl le había contado que al otro lado del Muro las estaciones eran diferentes; Drewe llevaba el tiempo suficiente en el Faro Occidental para creerlo, pese a que al principio no se lo había creído.

—¿Qué ocurre? —quiso saber Drewe.

La niebla normal, la que venía del mar, se acumulaba cerca de la costa, de noche y de día, como siempre. Ahora había otra más, una niebla oscura que avanzaba desde el norte, hacia el Muro. El destello de unos extraños relámpagos la iluminaba y se extendía hacia el este hasta perderse de vista.

—¿ De dónde viene esa gente?

Berl le entregó los prismáticos y señaló hacia el frente.

—Son cientos, señor Drewe, quizá miles. Sureños, diría yo, vienen del nuevo campamento de Lington Hill. Van hacia el norte, tratan de cruzar Muro. El problema no son ellos.

Drewe ajustó el enfoque y, al hacerlo, se golpeó el borde del yelmo con los prismáticos y deseó haber podido ofrecerle a Berl una imagen más impactante de sí mismo.

Al principio no veía nada, pero a medida que fue ajustando el enfoque, las manchas informes adquirieron nitidez hasta convertirse en siluetas que corrían. Eran miles, hombres tocados con gorros azules y mujeres con pañuelos del mismo color, y niños, muchos niños vestidos de azul de los pies a la cabeza. Lanzaban tablas contra la alambrada para abrirse paso y cuando eso no surtía efecto, cortaban el alambre. Algunos habían conseguido entrar en la tierra de nadie sembrada de alambre espino y estaban llegando ya al Muro. Drewe sacudió la cabeza al contemplar aquel panorama. ¿Para qué diablos intentaban entrar en el Reino Antiguo? Para confundir aún más las cosas, algunos sureños que habían llegado al Muro retrocedían a la carrera...

—¿Hemos informado al cuartel general de la frontera de la presencia de esta gente? —preguntó.

Allí había un puesto del ejército dotado de al menos una compañía que ocupaba las trincheras de retaguardia con piquetes y disponían de postes de escucha distribuidos hacia delante y hacia atrás. ¿Qué hacían esos bestias?

—Los teléfonos no funcionarán —comentó Berl en tono grave—. Además, esa gente no es el problema. Eche un vistazo al borde frontal de la niebla, señor.

Drewe volvió a mirar por los prismáticos. La niebla se movía más deprisa de lo que había imaginado y lo hacía a paso regular. Como si se tratara de un muro que fuera al encuentro del de piedra. Una niebla rara, iluminada por los relámpagos que nacían de su mismo centro...

Drewe tragó saliva, parpadeó, ajustó el enfoque de los prismáticos, incapaz de dar crédito a sus ojos. En el frente de la niebla había cosas. Cosas que en otros tiempos pudieron ser personas, pero que ya no lo eran. Había oído historias sobre esas criaturas cuando ocupó su puesto en el faro, pero no se las había creído. Muertos vivientes, monstruos inexplicables, magia maligna y benigna...

—Esos sureños no saldrán vivos —susurró Berl—. Yo me crié en el norte. Vi lo que pasó en Bain hace veinte años...

—Cállese, Berl —le ordenó Drewe—. ¡Kerrick!

Kerrick asomó la cabeza por la puerta.

—Kerrick, consiga una docena de cohetes rojos y láncelos a intervalos de tres minutos.

—¿Ha dicho cohetes rojos, mi teniente? —balbuceó Kerrick.

Se trataba de la señal de máximo peligro utilizada en el faro.

—¡Cohetes rojos! ¡Muévase! —rugió Drewe—. ¡Berl! ¡Quiero a todos los hombres formados fuera dentro de cinco minutos, con el equipo tres y fusiles!

—Los fusiles no funcionarán, mi teniente —dijo Berl con pena—. Y esos sureños no habrían cruzado la frontera a menos que los de la guarnición estuviesen muertos. Había allí toda una compañía del ejército...

—¡Le he dado una orden! ¡Obedezca!

—Mi teniente, no podemos ayudarlos —insistió Berl—. ¡No sabe usted de lo que son capaces esas cosas! El reglamento dice que nuestro deber es defender el faro, no...

—Timonel Berl —dijo Drewe fríamente—, sean cuales fuesen los fallos del ejército, la Marina Real de Ancelstierre jamás ha permanecido impasible ante la muerte de inocentes. ¡Y no lo hará si yo estoy al mando!

—Sí, mi teniente —dijo Berl.

Hizo la venia con una mano musculosa y luego, de repente, la dejó caer con fuerza sobre el cuello de Drewe, justo debajo del borde del yelmo del oficial. El teniente se desplomó en brazos de Berl; el timonel depositó a su superior en el suelo con mucho cuidado y le quitó el revólver y el alfanje.

—¿Qué miras, Kerrick? ¡Lanza esos malditos cohetes!

—Pero... y... y...

—Si vuelve en sí, dale un vaso de agua y dile que he tomado el mando —le ordenó Berl—. Bajaré a organizar las defensas.

—¿Las defensas?

—Esos sureños vienen del sur, acaban de cruzar las líneas del ejército de manera que de este lado ya hay algo, algo que se ha cargado a los soldados. Algo muerto, a menos que me equivoque. Seremos los siguientes, si no están ya aquí entre nosotros. ¡Así que date prisa y lanza de una vez esos malditos cohetes!

El corpulento suboficial gritó esas últimas palabras, se metió por la trampilla y la cerró de golpe.

El eco producido por la trampilla al cerrarse continuaba flotando en el aire cuando Kerrick oyó los primeros aullidos allá abajo, en el patio. Siguió un clamor, un grito tremendo y al barullo generalizado se unió el i hot .ir de los aceros.

Kerrick abrió el polvorín donde guardaban los cohetes temblando de pies a cabeza y sacó uno con esfuerzo. El lanzador estaba colocado en la barandilla del balcón, pero pese a que en los entrenamientos había cumplido con la operación cientos de veces, fue incapaz de meter el cohete. Cuando al fin consiguió encajarlo en su sitio, tiró demasiado deprisa del cordel para encenderlo y, cuando el cohete salió disparado, le quemó las manos.

Entre sollozos de dolor y pánico, Kerrick regresó a buscar otro cohete. Desde el cielo comenzó a caer una lluvia de flores rojas que destacaron entre las nubes.

Kerrick no esperó los tres minutos para disparar el siguiente, ni el siguiente.

Seguía lanzando cohetes cuando los braceros muertos aparecieron por la trampilla. La niebla había envuelto por completo el faro; sólo Kerrick, sus cohetes y la sala del faro escapaban a su denso y húmedo fluir. Aquella nube tenía aspecto de suelo firme, resultaba tan convincente que Kerrick apenas tuvo tiempo de pensar cuando la criatura muerta atravesó la puerta de cristal haciéndolo añicos y tendió los brazos para destrozarlo con unas manos que contaban con demasiados dedos y acababan en huesos deformes, ensangrentados.

Kerrick saltó y durante los primeros pasos que dio, la niebla pareció sostenerlo; corría y reía como un histérico, pese a que estaba cayendo. Los braceros muertos lo observaron marchar: diminuta chispa de vida que se apagó de inmediato.

Kerrick no murió en vano. Los cohetes rojos fueron avistados en el sur y el este. Y en la sala del faro, el teniente Drewe volvió en sí y, con paso vacilante, se incorporó justo cuando Kerrick caía. Vio a los muertos y, en un golpe de inspiración, tiró de la palanca que accionaba el mecanismo de encendido y la alimentación del aceite a presión.

La luz brilló en lo alto del faro, una luz ampliada mil veces por los mejores lentes confeccionados con el cristal soplado por los mejores maestros vidrieros de Corvere. El haz brilló hacia ambos lados y cayó sobre los muertos que ocupaban el balcón. Comenzaron a chillar y se cubrieron los ojos con las manos putrefactas. Desesperado, el joven oficial de la marina, puso en punto muerto el mecanismo de frenado y se echó encima del cabrestante para hacer girar el faro. Había sido diseñado expresamente por si se producía un fallo mecánico generalizado, pero no para ser empujado por un hombre.

La desesperación y el miedo le dieron la fuerza necesaria. La luz del faro giró y su blanquísimo haz cayó de lleno sobre los muertos, no les hacía daño, pero la detestaban y se retiraban hacia donde había ido Kerrick y desaparecían en la niebla. A diferencia de

Kerrick, los braceros muertos sobrevivían a la caída, aunque sus cuerpos quedaban muy maltrechos. Poco a poco, se levantaban y afirmándose en unas piernas quebradas, de movimientos temblorosos, se pusieron nuevamente a subir las escaleras. Allá arriba había vida y quería saborearla, el fastidio que les producía la luz ya estaba olvidado.

Nick se despertó con los truenos y los relámpagos. Como le ocurría últimamente con bastante frecuencia, la cabeza le daba vueltas y se sentía desorientado. Notó que el suelo se movía bajo sus pies y tardó un momento en caer en la cuenta de que lo transportaban en una camilla. Dos hombres cargaban con él. Hombres normales, o bastante normales. No eran como esos obreros leprosos que Hedge llamaba la cuadrilla nocturna.

—¿Dónde estamos? —preguntó. Tenía la voz ronca y en la boca un sabor a sangre. Se rozó los labios con mano temblorosa y notó que los tenía cubiertos de sangre reseca—. Quisiera beber un poco de agua.

—¡Amo! —gritó uno de los hombres—. ¡Se ha despertado!

Nick intentó sentarse y le fallaron las fuerzas. En el cielo no veía más que nubarrones de tormenta y relámpagos, que resplandecían en algún punto, allá adelante. |Los hemisferios! De repente lo recordó todo. ¡Debía asegurarse de que los hemisferios estaban a buen recaudo!

—¡Los hemisferios! —gritó, y al instante notó en la garganta unas dolorosas punzadas.

—Están a salvo —contestó una voz familiar.

Hedge lo miraba desde arriba.

Pese a que no tenía lógica, Nick lo notó más alto. Y más delgado. Se había estirado como si fuera un caramelo masticable que se disputan dos niños. Y aunque antes era bastante calvo, ahora tenía pelo. ¿O sería una sombra que se proyectaba sobre su frente?

Nick cerró los ojos. No lograba deducir dónde estaba ni cómo había licuado hasta allí. Seguía enfermo, eso estaba claro, mucho más enfermo que antes, de lo contrario, no tendrían que llevarlo en camilla.

—¿Dónde estamos? —preguntó Nick débilmente.

Abrió otra vez los ojos pero ya no vio a Hedge, aunque el hombre le i OH (esto desde algún punto, no muy lejos.

—Nos disponemos a cruzar el Muro —le contestó Hedge y soltó una carcajada desagradable.

Aun así, Nick no pudo contener la risa. No supo por qué y no dejó de reír hasta que se ahogó y se vio obligado a hacerlo.

Además de la carcajada de Hedge y del retumbo incesante del trueno, se oía otro ruido. Nick no consiguió reconocerlo al principio. Prestó atención, entretanto los camilleros siguieron avanzando, impasibles, hasta que al fin creyó saber de qué se trataba. Del público que presenciaba un partido de fútbol o de críquet. Gritaban y vitoreaban cuando alguien marcaba un tanto. Aunque el Muro no era el lugar más adecuado para organizar un partido. A lo mejor quienes jugaban eran los soldados de la frontera, pensó.

Cinco minutos después, Nick oyó gritos mezclados con el clamor de la multitud y supo que no se trataba de un partido de fútbol. Trató de sentarse otra vez, pero una mano lo obligó a acostarse y supo que esa mano era de Hedge, aunque era negra y parecía quemada y donde debía tener las uñas vio llamas.

«Alucinaciones —pensó Nick, desesperado—. Alucinaciones.»

—Debemos cruzar a toda prisa —dijo Hedge dándole instrucciones a los camilleros—. Los muertos sólo podrán abrirnos paso unos minutos más. En cuanto los hemisferios hayan cruzado, echaremos a correr.

—Sí, señor —contestaron a coro los camilleros. Nick se preguntó de qué estaría hablando Hedge. Pasaban entre dos filas de aquellos extraños y enfermos obreros. Nick trató de no mirarlos para no ver la carne putrefacta que los harapos azules mantenían en su sitio. Por suerte, no alcanzaba a verles las caras estragadas. Todos volvían la cabeza hacia el mismo sitio, como si se tratara de una guardia de honor formada de espaldas con los brazos enlazados.

—¡Los hemisferios han cruzado el Muro!

Nick no sabía quién le hablaba. La voz era extraña, retumbaba, lo hacía sentir impuro. Las palabras tuvieron un efecto inmediato. Los camilleros echaron a correr y Nick fue pegando saltos. Se agarró de los laterales de la camilla y en uno de los saltos aprovechó el impulso para incorporarse y mirar a su alrededor.

Corrían hacia un túnel excavado en el Muro que separaba el Reino Antiguo de Ancelstierre. Un túnel bajo, cavado en la piedra. La cuadrilla nocturna lo ocupaba de principio a fin, dos largas filas de obreros con los brazos entrelazados que dejaban un sendero estrechísimo entre ambas. Tanto hombres como mujeres despedían una luz dorada, pero cuando Nick se acercó más, comprobó que el fulgor provenía de miles de llamitas doradas que se extendían y se sumaban de modo tal que los obreros que se internaban más en el Muro estaban envueltos en fuego. Nick gritó horrorizado cuando entraron en el túnel. Había fuego por todas partes, un extraño fuego dorado que quemaba sin humo. Aunque los obreros de la cuadrilla nocturna se consumían con ese fuego, no intentaban huir, ni gritar, ni hacer nada por impedir que las llamas los devorasen. Peor aún, Nick comprobó que a medida que se consumían, otros ocupaban su sitio. Cientos y cientos de hombres y mujeres vestidos de azul salían del extremo opuesto para impedir que las filas se rompieran.

Nick vio a Hedge que luchaba más adelante. No era exactamente Hedge. Sino una cosa oscura, con su misma forma, iluminada por un fuego rojo que luchaba contra el dorado. Cada paso que daba le costaba un enorme esfuerzo y las llamas doradas parecían una fuerza física que intentara evitar que atravesase el túnel del Muro.

De repente, todos los componentes de la cuadrilla nocturna que había más adelante ardieron como velas que acaban derretidas en un charco de cera hasta desaparecer por completo. Antes de que la gente a ambos lados lograse volver a enlazar los brazos o de que aparecieran otros obreros de la cuadrilla nocturna, el fuego dorado aprovechó el hueco y, con fuerza arrolladora, recorrió el túnel entero. Los camilleros lo vieron, lanzaron maldiciones y chillidos, pero siguieron corriendo. Llegaron al fuego como nadadores que corren desde la playa para zambullirse entre las olas y lo atravesaron. Nick fue arrancado de la camilla por el fuego, envuelto en llamas y arrastrado por el suelo del túnel.

El contacto con el fuego dorado le produjo un dolor lacerante y helado que le traspasó el corazón, como si alguien le hubiese lanzado un carámbano en medio del pecho. El impacto le permitió notar también una increíble claridad mental y un aguzamiento extremo de los sentidos. En las llamas y las piedras alcanzó a ver símbolos que se movían, cambiaban y formaban nuevas combinaciones. Eran las marcas del Gremio de las que había oído hablar. La magia de Sameth... y Lirael. El recuerdo del pasado reciente acudió raudo a su memoria. Se acordó de Lirael y de la perra alada. Del vuelo desde su tienda de campaña. Del tiempo que se ocultó entre los juncos. De sus conversaciones con Lirael. Le había prometido que iba a hacer lo imposible por detener a Hedge.

Las llamas golpearon a Nick en el pecho, pero sin quemarlo. Intentó atacar a esa cosa que llevaba en su interior, para obligar al fragmento a abandonar su cuerpo. Por desgracia, se trataba de una fuerza que superaba magia del Muro y esa fuerza decidió reafirmarse pese a que Nick Intentaba abrazar el fuego del Gremio, agarrar las llamas, incluso tragar las ráfagas de dorada luz.

Nick sacó chispas por la boca, la nariz y las orejas; de repente, todo su cuerpo se estiró, uedó tieso como un palo y se puso en pie, las rodillas y los codos trabados. Como si se tratara de un muñeco sin articulaciones, Nick se tambaleó hacia delante mientras las llamas doradas ardían más a cada paso que daba. En lo más profundo de su mente, sabía lo que ocurría, pero él no era más que un observador. No dominaba sus músculos. El fragmento lo controlaba aunque no supiera cómo hacerlo andar correctamente.

Las articulaciones se le trabaron, Nick avanzó torpemente, dejando atrás filas y más filas de obreros de la cuadrilla nocturna envueltos en llamas, a medida que iban entrando a raudales desde el otro extremo del túnel. Muchos de ellos ni siquiera parecían obreros de la cuadrilla nocturna, sino hombres y mujeres casi normales, con la piel y el pelo vivos.

Sólo sus ojos dejaban patente la diferencia; en el fondo de su alma, Nick supo que estaban muertos y no sólo enfermos. Como sus hermanos medio putrefactos, estos recién llegados también llevaban gorros y pañuelos azules.

Delante de él, Hedge salió del túnel con una explosión, se volvió y le hizo una seña a Nick. Aquella seña fue como una garra en su cuerpo, lo aferró y lo arrastró más deprisa. El fuego dorado intentó alcanzarlo por todas partes, pero los obreros de la cuadrilla nocturna eran muchísimos, había demasiados cadáveres ardiendo. El fuego no alcanzaba a tocar a Nicholas. Finalmente, el muchacho salió a trompicones del túnel y se alejó de las llamas doradas.

Había cruzado el Muro y se encontraba en Ancelstierre. Mejor dicho, en esa franja, tierra de nadie, que discurría entre el Muro y la frontera. Normalmente, se trataba de un lugar tranquilo, de tierra árida cubierta de alambre espino, en cierto modo apaciguado por el suave murmullo de las flautas eólicas, a las que Nick había tomado siempre como una especie de adorno o extraño monumento. En ese momento estaba envuelto en la niebla, una niebla recorrida por el inquietante fulgor rojizo del sol poniente y el resplandor de los relámpagos. En algunos lugares la niebla se disipaba un poco a medida que, inexorable, se dirigía hacia el sur, y entonces dejaba ver escenas de atroces matanzas. La masa blanca era como el telón de una espeluznante obra de teatro, se alzó brevemente para dejar ver pilas de cadáveres, cuerpos por todas partes, colgados del alambre espino, amontonados en el suelo. Todos llevaban gorros y pañuelos azules; Nick admitió al fin que se trataba de refugiados sureños asesinados y se dio cuenta también de que la cuadrilla nocturna de Hedge estaba formada por ellos.

Los relámpagos recorrían el cielo y se oía el retumbo del trueno. La niebla se partió en dos; a poca distancia, Nick alcanzó a ver los hemisferios, atados a los enormes trineos sobre los cuales los habían colocado al descargarlos de las barcazas en Redmouth. No recordaba que eso hubiese ocurrido, ni nada entre el momento en que habló con Lirael en la barca de juncos y el instante en que despertó, justo antes de cruzar el Muro. Los hemisferios habían sido arrastrados hasta allí, evidentemente por los hombres que seguían arrastrándolos ahora. Eran hombres normales, al menos no se parecían a los miembros de la cuadrilla nocturna. Vestían una mezcla extraña de uniformes del ejército ancelstierrano y ropas del Reino Antiguo, túnicas de color caqui sobre ropas de cuero, bombachos de brillantes colores y cotas de malla herrumbradas.

La fuerza que lo había conducido a través del túnel se retiró de repente y Nick cayó a los pies de Hedge. El nigromante medía ya más de dos metros, su contorno despedía rojas llamas que ardían con más intensidad en la cuenca de sus ojos. Por primera vez, Nick le tuvo miedo y se preguntó por qué antes no le ocurría lo mismo. Su debilidad era tan extrema que no pudo más que quedarse acurrucado a los pies de Hedge y agarrarse el pecho dolorido.

—Pronto —dijo Hedge con voz de trueno—, pronto nuestro amo quedará libre.

Nick comprobó que asentía con entusiasmo y eso lo asustó tanto como Hedge. Volvía a aer en el estado de letargo que no le permitía pensar en otra cosa que no fueran los hemisferios, la central productora de rayos y lo que había quehacer...

—No —susurró Nick. En lo que no había que hacer. No sabía qué estaba ocurriendo y hasta que no lo supiera, no haría nada—. ¡No!

Hedge advirtió que Nick hablaba con voz independiente. Sonrió y el fuego titiló en su garganta. Levantó a Nick como a un bebé y lo acunó contra su pecho, contra la bandolera con las campanas.

—Ya casi has cumplido con tu parte, Nicholas Sayre —dijo. Su aliento quemaba y olía a podrido—. Nunca has sido más que un huésped imperfecto, aunque tu tío y tu padre se han mostrado más colaboradores de lo que cabía esperar; eso sí, nunca han sido conscientes de ello.

Nick no atinaba a hacer otra cosa que mirar fijamente aquellos ojos ardientes. Había vuelto a olvidar los recuerdos recuperados en el túnel. En los ojos de Hedge vio reflejados los hemisferios de plata, los relámpagos, la unión de ambos, y supo entonces, una vez más, que esa unión era el único fin de su corta vida.

—Los hemisferios —musitó como si se tratara de un rezo—. Los hemisferios deben unirse.

—Pronto, amo, muy pronto —canturreó Hedge.

A grandes zancadas se acercó a los camilleros, depositó a Nicholas en la camilla y, con una mano negra, envuelta en fuego, le dio unas palmaditas en el pecho, justo encima del corazón. Lo poco que quedaba de la camisa ancelstierrana de Nick se disolvió bajo la mano de Hedge dejando ver la piel cubierta de hematomas azules.

—¡Muy pronto!

Despojado de toda voluntad, Nick vio a Hedge alejarse. Ya no era capaz de pensar por sí mismo. En su mente no había sitio para nada más que la visión ardiente de los hemisferios y su unión. Intentó sentarse para observarlos, pero no tuvo fuerzas, y además, la niebla volvía a espesarse. Cansado por el esfuerzo, las manos de Nick cayeron a ambos lados de la camilla; uno de sus dedos tocó un desecho que le produjo en el brazo una extraña sensación. Un dolor agudo y un calor suave, curativo. Intentó aferrar el objeto con la mano, pero sus dedos se negaron. Nick hizo un esfuerzo enorme y consiguió darse la vuelta para ver qué era. Entrecerró los ojos y vio que se trataba de un trozo de madera, un fragmento de una de las flautas eólicas destruidas, como el que sobresalía del suelo, a poca distancia. El fragmento conservaba las marcas del Gremio que fluían por la madera. Mientras Nick las miraba, en lo más profundo de su mente, algo cambió. Por un instante, volvió a recordar quién era y la promesa que le había hecho a Lirael.

La mano derecha no le respondía, de manera que Nick se inclinó un poco más y trató de recoger el fragmento de madera con la izquierda. Lo consiguió durante segundos; la mano izquierda tampoco le respondía. Los dedos se separaron y el trozo de flauta eólica cayó en la camilla, entre el brazo izquierdo del muchacho y su cuerpo, sin llegar a rozarlo.

Hedge caminaba no muy lejos de Nicholas. Atravesó la niebla que se abrió para dejarlo pasar y fue hasta la pila más alta donde se acumulaban los cadáveres de los sureños. Habían perdido la vida a manos de los muertos que Hedge había convocado poco antes, ese mismo día, en los cementerios situados en los alrededores de los campamentos. Le divertía la idea de utilizar sureños muertos para matar a los sureños vivos. También habían eliminado a los soldados que formaban parte del curiosamente llamado puesto de resistencia occidental, así como a los marineros del faro. Ese día, Hedge había cruzado el Muro en tres ocasiones. La primera, para iniciar los ataques en Ancelstierre, tarea que no le resultó nada difícil; la segunda, para preparar el cruce de los hemisferios, algo más difícil de organizar; la tercera, con los hemisferios y Nicholas. Ya no volvería a cruzar más, porque el Muro sería una de las primeras cosas que su amo iba a destruir, junto con todas as demás obras del odiado Gremio.

Ahora solo le restaba regresar al reino de los muertos y obligar a cuantos espíritus encontrara a que volvieran para habitar esos cuerpos. Aunque la serrería de Forwin se encontraba a menos de treinta kilómetros y podían llegar allí por la mañana, Hedge sabía que el ejército de Ancelstierre intentaría impedirles que salieran de la frontera. Precisaba braceros muertos para que lucharan contra el ejército pues gran parte de los que había traído desde el norte, así como los creados ese mismo día en los cementerios del campamento de los sureños se habían perdido en el cruce del Muro, los había utilizado para cruzar los hemisferios.

Hedge sacó dos campanas de la bandolera. Saraneth, maestra de la coacción. Mosrael, encargada de despertar a los espíritus dormidos que se encontraban allí en tierra de nadie, liberados ya de las cadenas con que las odiadas flautas eólicas de la Abhorsen los tenían atados. Usaría Mosrael para despertar a cuantos pudiese, aunque el uso de esa campana lo enviase a él hacia lo más profundo del reino de los muertos. Daba igual, volvería a cruzar puertas y recintos, y usaría a Saraneth para llevar al mundo de los vivos a cuantos espíritus hallara a su paso. Había cuerpos para todos.

Antes de que pusiera manos a la obra, notó que algo se aproximaba en la oscuridad. Con sumo cuidado, Hedge guardó a Mosrael, no fuera ser que sonara por su propia voluntad, desenvainó la espada y, tras susurrar unas palabras, las llamas recorrieron el acero.

Sabía quién era, pero no se fiaba siquiera de los vínculos y encantamentos que le había hecho. Chlorr era ahora una de las muertas mayor es. En vida había estado bajo el dominio del Destructor, pero en el reino de los muertos se había vuelto un tanto incontrolable. Hedge la había obligado a obedecer por otros medios, aunque como solía ocurrir Con esos espíritus, el control que sobre ellos podía ejercer un nigromante era limitado; por tanto, su obediencia no era nunca firme. Chlorr apareció como silueta oscura con vaga forma humana; de su torso abultado colgaban varios apéndices deformados que hacían las veces de brazos, piernas y cabeza. En las cuencas de los ojos ardían llamas relucientes, pero aquellas llamas eran demasiado grandes y estaban demasiado separadas. Chlorr había cruzado el Muro cuando Hedge lo hizo por primera vez y había dirigido el ataque sorpresa de la guarnición del ejército ancelstierrano y su puesto de resistencia occidental. No esperaban un asalto desde el sur. Chlorr se había cobrado muchas vidas y eso la había hecho más poderosa. Hedge la miró desanimado y mantuvo firmemente asida a Saraneth. Las campanas no servían de buena gana a los nigromantes, e incluso las campanas que los Abhorsens consideraban seguras y firmes había que sujetarlas bien y en todo momento enseñarles quién mandaba.

Chlorr hizo una reverencia que a Hedge le pareció cargada de ironía. Luego habló y una boca retorcida se dibujó en la oscuridad. Su discurso era un galimatías plagado de palabras entrecortadas, ininteligibles. Hedge frunció el ceño y levantó la espada. La boca cobró firmeza y una lengua de fuego rojo se movió hacia las comisuras de aquellas horrendas fauces.

—Con perdón, amo —dijo Chlorr—. Desde el sur vienen muchos soldados a caballo. Algunos son magos del Gremio, aunque no muy expertos. Maté a los que iban al frente, pero detrás vienen muchos más, de manera que he regresado a advertirte, mi amo.

—Bien —dijo Hedge—. Me dispongo a preparar una nueva hornada de muertos que te enviaré cuando estén listos. De momento, trae aquí a todos los braceros que puedas para atacar a estos soldados. Hay que matar sobre todo a los magos del Gremio. ¡Nada debe demorar a nuestro señor!

Chlorr inclinó la inmensa cabeza informe. Después, tras buscar a sus espaldas, puso ante la vista de su amo a un hombre que había permanecido oculto por la niebla y su propia sombra. Se trataba de un hombrecito delgado, le había quitado la chaqueta para que se le iera la clásica camisa blanca de los oficinistas, con los protectores para las mangas. Lo sujetó del cuello con dos dedos enormes y el pobre estaba paralizado por el miedo y la falta de aire. Cayó de rodillas ante Hedge respirando entrecortadamente y sollozando.

—Te busca a ti, o eso dice él —comentó Chlorr. Dicho lo cual, se alejó con las manos tendidas para tocar a los braceros muertos que estuviesen cerca. En cuanto sus manos entraban en contacto con ellos, se estremecían, se sacudían y después, poco a poco, la seguían. Resultaba sorprendente, pero quedaban muy pocos braceros, y en el túnel que atravesaba el Muro no había ninguno. Chlorr puso cuidado de no acercarse demasiado a la perturbante masa de piedra que continuaba brillando de vez en cuando con luz dorada. Ni siquiera ella se tomaba a la ligera eso de cruzar el Muro; probablemente no habría podido hacerlo de no haber contado con la ayuda de Hedge y el sacrificio de infinidad de muertos menores.

—¿Quién eres?—preguntó Hedge.

—Soy... soy Geanner, adjunto del señor Corolini—sollozó el hombre y le tendió un sobre—. Le he traído la carta convenida... el permiso para cruzar... para cruzar el Muro...

En cuanto Hedge tocó el sobre, éste se prendió fuego y se consumió soltando pavesas grises.

—No necesito permiso de nadie —murmuró Hedge—. También he venido a buscar el... el cuarto pago convenido—prosiguió Geanner y miró a Hedge desde su escasa altura—. Hemos hecho lo que pidió.

—¿Todo? —repitió Hedge—. ¿Y el rey y la Abhorsen?

—E... están muertos —contestó Geanner con un hilo de voz—. Saltaron por los aires y se quemaron en Corvere. No quedó nada.

—¿Y los campamentos cerca de la Serrería de Forwin?

—Los nuestros abrirán las puertas al amanecer, según las instrucciones. Los folletos están impresos y traducidos al azhdik y al chelaniano. Estoy convencido de que se creerán las promesas.

—¿Y el golpe?

—Seguimos luchando en Corvere y otros pueblos... pero estoy seguro de que el partido Nuestro País saldrá victorioso.

—Entonces ya se ha hecho lo que me hace falta —dijo Hedge—. Todo menos una cosa.

—¿Cuál? —preguntó Geanner.

No tuvo tiempo ni de levantar la vista para mirar a Hedge, ni de gritar siquiera, el acero llameante cayó con fuerza y le cercenó la cabeza a la altura de los hombros.

—Vaya desperdicio —dijo roncamente Chlorr que regresaba seguida de una fila de braceros desgarbados—. Ahora el cuerpo no sirve para nada.

—¡Vete! —rugió Hedge, presa de una súbita ira. Envainó la espada que todavía chorreaba sangre y sacó a Mosrael—. ¡O te enviaré de vuelta al reino de los muertos y me buscaré un siervo más útil!

Chlorr soltó una risita que sonó como un puñado de piedras agitadas en un cubo de hierro vacío, y se perdió en la noche, seguida de una fila de unos cien braceros. En cuanto el último hubo cruzado las trincheras de vanguardia, Hedge agito a Mosrael. La campana emitió una única nota que sonó grave al principio y, poco a poco, aumentó en volumen y tono. A medida que su sonido se propagaba, los cuerpos de los sureños comenzaron a agitarse y a retorcerse y las pilas de cadáveres cobraron vida. Al mismo tiempo, Hedge se fue cubriendo de hielo. Mosrael siguió sonando, aunque quien la había agitado ya estaba atravesando el frío río de la muerte.