Abhorsen
¡Que sople el viento, que caiga la lluvia!
—¿Debajo de nuestros pies? ¿Exactamente dónde? —quiso saber Sam.
Miró hacia abajo con desespero, la espada dispuesta, la mano preparada para lanzar otro encantamiento.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó Lirael—. ¿Sabes lo que era eso? ¿Cómo podemos vencerlo?
La perra olisqueó el suelo, desdeñosa.
—No hará falta que luchemos. Era un ferenk carroñero. Los ferenks son todos unos allitos. Éste se encontrará ahora debajo de unos cuantos palmos de tierra y piedra. No volverá a salir hasta que oscurezca, puede incluso que hasta mañana por la noche.
Sam examinó el suelo porque no confiaba en la opinión de la perra, mientras que Lirael se inclinaba para hablar con su mascota.
—Nunca he leído nada sobre las criaturas de la magia libre llamadas ferenks — dijo Lirael—. Al menos en los libros que consulté cuando quise averiguar cosas sobre el stilken.
—Aquí no debería haber ningún ferenk —reflexionó la perra—. Se trata de seres elementales, espíritus de piedra y barro. Cuando se creó el Gremio, se convirtieron en piedra y barro. Es posible que algunos lograran escapar a esa suerte, pero no aquí... en un lugar tan transitado...
—Si eso era un carroñero, ¿qué mató a esta pobre gente? —preguntó Lirael.
Le tenían intrigada las heridas que había visto y le disgustaba el rumbo que tomaban sus pensamientos. Casi todos los cadáveres, como el del guardia, tenían dos agujeros que los traspasaban, agujeros donde la tela y la piel tenían los bordes quemados.
—Sin duda ha sido obra de una o varias criaturas de la magia libre —contestó la perra—. Aunque no un ferenk. Algo parecido a un stilken, creo yo. A lo mejor un jerreq o un siseante. Hubo miles de criaturas de la magia libre que eludieron la creación del Gremio, aunque después a la mayoría de ellas las encarcelaron o utilizaron de algún modo. Las había de distintas razas y de naturaleza singular, de manera que no puedo hablar con absoluta certeza. Resulta complicado porque hace mucho tiempo, en este lugar, dentro del anillo de espinas, hubo una fragua. La piedra del yunque de esa fragua encerraba en su interior una criatura, la cuestión es que no encuentro ni el yunque ni ningún otro vestigio. Quizá, lo que aquí estuvo sometido y sojuzgado mató a esta gente, pero no creo que...
La perra hizo una pausa para volver a oler el suelo, dio vueltas en círculo, se mordió la cola distraídamente y luego se sentó para dar a conocer su conclusión.
—A lo mejor esto lo hicieron unos jerreq hermanados, pero me inclino a pensar que estas muertes son obra de dos siseantes. Sea cual fuere la criatura que lo hizo, actuó al servicio de un nigromante.
—¿Y tú cómo lo sabes? —preguntó Sam.
El muchacho había dejado de dar vueltas cuando la perra se puso a hablar, pero siguió mirando el suelo. Buscaba restos de un yunque de piedra además de signos de erupción de un ferenk. Aunque lo cierto era que en esa zona no había visto jamás yunque alguno.
—Por las huellas y las señales —contestó la perra—. Las heridas, los olores que quedan, una huella de tres dedos dejada en la tierra blanda, el cuerpo colgado en el árbol, las espinas arrancadas de siete ramas para celebrarlo... todo esto me indica qué fue lo que pasó por aquí, pero hasta cierto punto. En cuanto al nigromante, hace siglos que ni un solo jerreq, ni un solo siseante ni ninguna de las demás criaturas peligrosas de la magia libre se han levantado, a no ser que se las convocara con el sonido de Mosrael y Saraneth o invocando sus nombres secretos.
—Por aquí ha pasado Hedge —susurró Lirael.
Sam dio un respingo al oír el nombre y las cicatrices de las quemaduras que llevaba en las muñecas se oscurecieron. Pero no se atrevió a mirarlas ni a moverse de donde estaba.
—Es posible —dijo la perra—. De todos modos no fue Chlorr. Los muertos mayores habrían dejado otras señales.
—Murieron hace ocho días —continuó Lirael. La muchacha no se preguntó cómo conocía ese dato. Tras ver los cadáveres más de cerca, lo supo. Formaba parte de su trabajo de Abhorsen—. No se llevaron sus espíritus. Según El libro de los muertos, no deberían encontrarse más allá de la cuarta puerta. Podría internarme en el reino de los muertos, buscar a uno de ellos...
Se calló al ver que tanto la perra como Sam negaban con la cabeza.
—No creo que sea buena idea —comentó Sam—. ¿Qué podrías averiguar de ese modo? Sabemos que por aquí merodean bandas de muertos y nigromantes y vete a saber qué más.
—Sam tiene razón —dijo la perra—. No ganamos nada con enterarnos de cómo murieron. Y dado que Sam ya ha anunciado nuestra presencia con magia del Gremio, entreguemos a esta pobre gente al fuego purificador, para que nadie pueda usar sus cuerpos. Eso sí, mejor que nos demos prisa.
Lirael paseó la mirada por el campo sin dejar de pestañear porque el sol le daba en los ojos, y observó al joven que en vida había sido Barra. El nombre le vino a la cabeza mientras lo observaba. Se le había ocurrido buscar a Barra en el reino de la muerte para decirle a su espíritu que la muchacha de la que él tal vez se hubiese olvidado hacía años, siempre había deseado hablar con él, besarlo incluso, cualquier otra cosa menos ocultarse detrás de la mata de pelo y llorar. Aunque hubiese conseguido encontrar a Barra en el más allá, Lirael sabía que él ya no estaría interesado en el mundo de los vivos. De haber ido en busca del espíritu de Barra no lo habría hecho por él, sino por ella misma, y no podía permitirse semejante lujo.
Los tres se colocaron junto al cuerpo más próximo. Sam dibujó la marca del Gremio que representaba el fuego, la Perra Canalla ladró otra para limpiar y Lirael dibujó las de la paz y el sueño y las unió todas. Las marcas se encontraron, chisporrotearon en el pecho del hombre, se convirtieron en saltarinas llamas doradas y, un segundo más tarde, estallaron para inmolar el cuerpo entero. A los pocos minutos, el fuego se apagó tan deprisa como había prendido, dejando sólo cenizas y la hebilla del cinto y la hoja del puñal convertidas en trozos de metal fundido.
—Adiós —dijo Sam.
—Viaja en paz —dijo Lirael.
—No vuelvas —dijo la perra.
Siguieron con el ritual individualmente, caminando a toda prisa entre los cadáveres. Lirael se dio cuenta de que al principio Sam se mostró sorprendido, y luego visiblemente aliviado, de que la Perra Canalla fuese capaz de lanzar marcas del Gremio y cumplir con el ritual que ni los nigromantes ni las criaturas hijas de la magia libre eran capaces de realizar debido a que el ritual mismo se oponía a las fuerzas esgrimidas por ellos.
Pese a que los tres trabajaron juntos para cumplir con el rito del fuego purificador, cuando terminaron el sol estaba muy alto y la mañana tocaba a su fin. Sin contar el número desconocido de cuerpos que el ferenk se había llevado a su guarida de barro, en el campo de espinos habían muerto treinta y ocho personas. Ahora no eran más que montones de cenizas en un campo cubierto de muías en estado de descomposición, donde sobrevolaban los cuervos, que habían vuelto a graznar su descontento porque les habían echado a perder el festín.
Fue Lirael la primera en darse cuenta de que uno de los cuervos no estaba realmente vivo. Se había posado en la cabeza de una muía y fingía que la picoteaba, pero sus ojos negros estaban clavados en Lirael. La muchacha había notado su presencia antes de verlo, pero no estaba segura de si lo que notaba era lo ocurrido allí hacía una semana o la presencia de otros muertos. En cuanto su mirada se topó con la del ave, lo supo. El espíritu del cuervo había desaparecido hacía mucho, y algo maligno y putrefacto vivía encerrado en aquel montón de plumas. Algo que había sido humano, transformado por los siglos transcurridos en el reino de los muertos, malgastados en una lucha sin fin por regresar al inundo de los vivos.
No era un cuervo sanguinario; pese a que llevaba el cuerpo de una de esas aves carnívoras, en este caso tenía un espíritu mucho más fuerte que ninguno de los utilizados para animar a una bandada de cuervos recién muertos. Se encontraba a pleno sol, de anera que debía de tratarse de un vigilante de la cuarta o quinta puerta. El cuerpo del cuervo que lo contenía debía de ser fresco, porque un espíritu así corroía la carne del envoltorio elegido en un solo día.
Lirael echó mano de Saraneth y, en cuanto sacó la campana, la criatura muerta se elevó en el aire y voló hacia el oeste, pegada al suelo y esquivando los espinos. En el vuelo fue perdiendo trozos de carne y algunas plumas. En cuanto se hubiera alejado un poco más se habría convertido en esqueleto, aunque no necesitaba plumas para volar, pensó Lirael. Lo impulsaba la magia libre, no los músculos palpitantes.
—Debiste atraparlo —la criticó la perra—. Podía oír la campana, aunque estuviese más allá de esos espinos. Ojalá se tratara de un espíritu independiente; de lo contrario, no tardaremos en estar rodeados de cuervos sanguinarios.
Lirael guardó a Saraneth en su morral, sujetando con cuidado el badajo hasta que la lengüeta de cuero quedó atada para mantener la campana sujeta.
—Es que me pilló desprevenida —dijo ella en voz baja—. La próxima vez seré más rápida.
—Mejor nos vamos —sugirió Sam. Observó el cielo y suspiró—. Me hubiera gustado descansar un poco. Hace mucho calor para caminar.
—¿Adonde vamos? —inquirió Lirael—. ¿Hay por aquí cerca algún bosque donde podamos ocultarnos de los cuervos sanguinarios?
—No estoy seguro —contestó Sam. Señaló hacia el norte, donde se veía una loma no muy alta, allí donde los espinos dejaban paso a un campo que en otros tiempos debía de haber estado cultivado, aunque ahora lo cubría la maleza—. Podemos verlo desde lo alto de esa loma. Debemos ir más o menos en dirección noroeste.
No volvieron la vista atrás cuando abandonaron el lugar que se había convertido en un cementerio. Lirael intentó mirar hacia otro lado, mantuvo su sentido de la muerte alerta por si percibía algún signo de la presencia de los muertos. La perra correteaba a su lado y Sam caminaba a su izquierda, unos pasos por detrás.
Seguían los restos de un muro bajo de piedra que subía la loma. En otros tiempos había separado dos campos, y en los pastizales de arriba debía de pastar algún rebaño de ovejas, mientras que en la parte de abajo las tierras estarían sembradas. De eso hacía mucho ya y el muro llevaba décadas sin ser reparado. En algún lugar, a menos de una legua de allí, habría alguna casa de labranza en ruinas, con los patios cubiertos de escombros y el pozo seco. Por todas partes había señales de que en aquel lugar había vivido gente a la que las cosas no le habían ido bien.
Desde lo alto de la loma vieron los Despeñaderos Largos que se extendían hacia el este y el oeste, y la meseta cubierta de colinas. Divisaron el río Renegado, que discurría de norte a sur, y la blanca pluma de la cascada. La Casa de la Abhorsen quedaba oculta detrás de las colinas pero, como una pesadilla, seguían visibles los bancos de niebla que la envolvían.
Hacía varios siglos, antes de la ascensión de Kerrigor, también habrían visto granjas, pueblecitos y campos cultivados. Ahora, incluso tras veinte años desde la restauración del rey Piedra de Toque, esta parte del Reino seguía en su mayor parte desierta. Los bosques se habían ido uniendo para formar otros mayores, los árboles aislados habían pasado a ser tupidas arboledas y los pantanos drenados, extensas marismas. En alguna parte había aldeas, Lirael estaba segura, pero no las veía. Eran pocas y estaban muy aisladas porque sólo había sido posible reemplazar 0 restaurar unas pocas piedras del Gremio. Sólo los magos del Gremio, pertenecientes a la realeza, estaban capacitados para hacer o arreglar una piedra del Gremio, aunque bastaba la sangre de cualquier mago del Gremio para romperlas. En los doscientos años del Interregno se habían roto demasiadas piedras del Gremio y veinte años no bastaban para restaurarlas.
—De aquí a Edge hay dos o tres días de marcha continua —dijo Sam, señalando hacia el noroeste—. El lago Rojo está detrás de esas montañas, que pasaremos hacia el sur, por suerte.
Lirael hizo visera con la mano porque el sol la cegaba y entrecerró los ojos. A lo lejos apenas lograba divisar los picos de una cadena montañosa.
—Será mejor que nos pongamos en marcha —dijo.
Con la mano haciendo todavía de visera, caminó despacio en círculo y miró al cielo. Era de un azul claro y hermoso, pero Lirael sabía que muy pronto vería las manchas negras delatoras que identificaban a las bandadas de cuervos sanguinarios.
—Podríamos ir primero en dirección al pueblo del Roble —sugirió Sam, que también observaba el cielo—. De todos modos, dentro de poco Hedge sabrá dónde estamos y en el Roble quizá consigamos ayuda. Allí habrá un puesto de la guardia.
—No —dijo Lirael, pensativa. Hacia el norte veía un frente de nubes esponjosas manchadas de negro y se le había ocurrido una idea—. Con eso lo único que haríamos es meter a otros en problemas. Además, creo que sé como podemos deshacernos de los cuervos sanguinarios, o al menos ocultarnos de ellos, aunque no será agradable. Lo intentaremos un poco más tarde. Cerca del anochecer.
—¿Qué tienes pensado, amita? —preguntó la perra. Se había tumbado a los pies de Lirael, la lengua le colgaba hacia un lado mientras descansaba antes de emprender la subida. Le esperaba una difícil tarea, porque el cielo estaba despejado y, a medida que el sol continuaba su recorrido, hacía cada vez más calor.
—Mediante silbidos haremos que esas nubes cargadas de lluvia descarguen el agua que llevan —contestó Lirael, señalando los densos nubarrones—. Una buena tormenta, con un viento fuerte, alejará a los cuervos sanguinarios, impedirá que nos encuentren y cubrirá nuestras huellas. ¿Qué opinas?
—¡Es un plan excelente! —contestó la perra con entusiasmo.
—¿Crees que podremos traer la lluvia hasta aquí? —inquirió Sam, dubitativo—. Me parece que debe de estar por la zona de Puente de Arriba.
—Lo intentaremos —dijo Lirael—. Aunque hacia el oeste hay más nubes...
Su voz fue apagándose cuando miró con más atención el nubarrón más negro que había al otro lado de las lomas, cerca de las montañas occidentales. Pese a la distancia, presentía que había algo maligno en aquel nubarrón y, mientras lo observaba, vio en su interior el fulgor de un relámpago.
—A ese nubarrón, mejor lo dejamos tranquilo.
—Mucho mejor —gruñó la perra, y la voz profunda le resonó en el pecho—. Viene de donde Hedge y Nicholas están cavando. Me temo que ya han desenterrado lo que buscaban.
—Estoy seguro de que Nick no es consciente de que hace algo malo —se apresuró a aclarar Sam—. Es un buen hombre. Expresamente no haría nada que pudiera dañar a nadie.
—Eso espero —dijo Lirael.
Volvió a preguntarse qué harían cuando llegaran a su destino. ¿Por qué necesitaba Hedge a Nicholas? ¿Qué era lo que estaban desenterrando? ¿Cuál era el plan del enemigo?
—De todos modos, sigamos —dijo la muchacha, apartando la vista del oscuro nubarrón lejano y de sus relámpagos, para observar la extensión de tierras que había al oeste—. ¿Y si seguimos por ese valle? Va en la dirección correcta, está cubierto de árboles y lo recorre un arroyo.
—Un arroyo que lleva muy poca agua —matizó Sam—. No sé qué habrá pasado con las lluvias primaverales en esta zona.
—En el tiempo podemos influir de dos maneras —dijo la perra distraídamente. Miraba hacia las montañas—. Es posible que no sea casualidad que las nubes cargadas de lluvia stén concentradas en el norte. Sería bueno traerlas hacia el sur por varios motivos. Es más, estaría encintada si pudiésemos detener esa tormenta de relámpagos.
—Podría intentarlo —se ofreció Sam, no muy convencido, pero la perra negó con la cabeza.
—Esa tormenta no reaccionará a la magia meteorológica —le dijo—. Hay demasiados relámpagos, lo cual confirma el peor de mis temores. No pensé que lo encontraran tan pronto, ni que se pudiera desenterrar con tanta facilidad. Debí saberlo. Astarael no pisa la tierra a la ligera, y además han soltado ya a un ferenk...
—Desembucha de una vez —pidió Lirael muy nerviosa. —Se trata de esa cosa que Hedge está desenterrando —dijo la perra—. Te daré más detalles cuando sea preciso. No quiero que se te meta el miedo en el cuerpo, ni contar historias antiguas porque sí. Existen varias explicaciones posibles y hay una serie de salvaguardas que quizás aguanten el embate incluso si ocurre lo peor. ¡Pero debemos darnos prisa!
Dicho esto, la perra se levantó de un alto, salió corriendo colina abajo y avanzó zigzagueando entre arbolillos de corteza blanca y hojitas verdes hasta llegar a otro muro derruido.
Lirael y Sam se miraron y volvieron a observar el aparato eléctrico.
—Siempre me hace lo mismo, me gustaría que no fuese así —se quejó Lirael, que se había quedado con la boca abierta, a punto de formular otra pregunta.
Siguió a su perra a paso bastante más lento. Los canes mágicos no se cansaban pero Lirael ya no podía más. Les esperaba una tarde larga y agotadora, aunque sólo fuera porque siempre cabía la posibilidad de que los cuervos sanguinarios dieran con ellos.
—¿Qué has hecho, Nick? —susurró Sam, y siguió a Lirael con los labios apretados, mientras pensaba en las marcas del Gremio necesarias para atraer a una nube cargada de lluvia situada a más de trescientos kilómetros de distancia.
Caminaron sin cesar casi toda la tarde, con breves pausas, siguiendo siempre el curso del arroyo que recorría el valle entre dos líneas más o menos paralelas de lomas. El valle estaba cubierto de bosquecillos cuya sombra los protegía del sol, que a Lirael estaba causándole muchos problemas. Ya se le habían quemado la nariz y las mejillas y no tenía ni tiempo ni fuerzas para aliviar el ardor con un hechizo. Aquella reacción de su piel era un molesto recordatorio de las diferencias que la habían perseguido toda la vida. Las clarvis de verdad tenían la piel más oscura y nunca se quemaban; la exposición al sol las bronceaba más sin quemarlas.
Cuando el sol comenzó a descender despacio detrás de las montañas occidentales, sólo la perra seguía moviéndose con gracia. Lirael y Sam llevaban dieciocho horas en pie, subiendo los Despeñaderos Largos o caminando. Avanzaban dando tumbos, durmiéndose de pie, pese a los esfuerzos tremendos por mantenerse despiertos. Al final, Lirael decidió que debían descansar y que se detendrían en cuanto vieran un lugar con buenas defensas, preferentemente un curso de agua en uno de sus lados. Media hora más tarde seguían dando tumbos, el valle comenzó a estrecharse y el terreno a elevarse; Lirael estaba dispuesta a conformarse con cualquier sitio donde dejarse caer, tuviera o no agua corriente para ayudarlos a defenderse de los muertos. A medida que iban subiendo, los árboles también comenzaron a escasear para dar paso a unos arbustos bajos y unas hierbas resecas. Otro campo asilvestrado, imposible de defender.
Cuando Lirael y Sam ya no podían dar un paso más, encontraron el sitio perfecto. El suave borboteo de una cascada anunció dónde estaba, y vieron entonces la cabaña de un pastor, construida sobre pilotes, al pie de una cascada importante, aunque no muy alta. La abaña servía de cobijo y puente, estaba sólidamente construida en hierro forjado y el único signo de deterioro apreciable era la falta de unas pocas tejas.
La perra olisqueó la cabaña del río, dejó constancia de que estaba sucia pero era habitable y, acto seguido, se puso delante de Lirael y Sam mientras intentaban subir los escalones y entrar. En el interior se acumulaba la basura dejada por alguna inundación. Lirael y Sam no estaban para minucias, les daba igual dormir en el suelo que en una cabaña sucia.
—Perra, ¿puedes ocuparte del primer turno de guardia? —preguntó Lirael y, con mucho alivio, se quitó la mochila y la depositó en un rincón.
—Puedo montar guardia yo —protestó Sam remachando sus palabras con un bostezo descomunal.
—La guardia la haré yo —dijo la Perra Canalla—. Aunque a lo mejor encuentro algún conejo...
—Si te pones a perseguir alguno, hazlo donde yo pueda verte —le advirtió Lirael.
Dicho esto, desenfundó a Nehima y depositó la espada junto a la mochila, a mano, por si hacía falta. Hizo otro tanto con la bandolera de las campanas. Se dejó las botas puestas, sin pensar siquiera en el estado en que tendría los pies después de dos días de viaje.
—Despiértanos dentro de cuatro horas —añadió Lirael, se dejó caer en el suelo y apoyó la espalda contra la pared—. Tenemos que invocar a las nubes para que descarguen aquí su lluvia.
—Sí, amita —contestó la perra. No había entrado en la cabaña, sino que se había sentado junto al agua corriente, con las orejas levantadas por si oía algún ruido. De liebres, quizás—. ¿Quieres que te traiga un huevo cocido y tostadas?
No hubo respuesta. Cuando la perra se asomó, Lirael y Sam dormían a pierna suelta, acurrucados contra las mochilas. El animal lanzó un profundo suspiro y se sentó con las orejas tiesas, ojo avizor. Así se quedó, mirando la lejanía hasta mucho después de que la última luz estival se hubo fundido con el negro de la noche.
Cerca de medianoche, la perra se sacudió, despertó a Lirael con un lengüetazo en la cara y a Sam, plantándole una pata en el pecho. Los dos se sobresaltaron y echaron mano de la espada antes de que los ojos se les acostumbraran al tenue fulgor de las marcas del Gremio del collar de la perra.
El agua fría del arroyo los despertó casi del todo y, tras alejarse un poco de la cabaña, hicieron sus abluciones. Cuando regresaron, los tres dieron cuenta con gran fruición de un poco de cecina, galletas deshidratadas y frutos secos, aunque la perra echó en falta la carne de conejo o incluso un bocado de lagarto.
De noche no veían las nubes de lluvia, pese a que el cielo estaba tachonado de estrellas y la luna comenzaba a asomar. Pero sabían que las nubes estaban allí, muy lejos, hacia el norte.
—Tendremos que partir en cuanto hayamos completado el hechizo —advirtió la perra, mientras Lirael y Sam discutían bajo las estrellas cómo iban a hacer para invocar las nubes y la lluvia—. Ese tipo de magia del Gremio atraerá hasta aquí a los muertos que se encuentren en toda la región, e incluso a las criaturas de la magia libre.
—De todos modos debemos intentarlo —dijo Lirael. El sueño le había restituido un poco de energía, aunque de mil amores hubiera vuelto a la silla de dormir que tenía en su cuartito de la Gran Biblioteca de las clarvis—. ¿Estás listo, Sam?
Sam dejó de tararear y contestó:
—Sí, pero me preguntaba si no estarías dispuesta a tener en cuenta una ligera variante en el hechizo habitual. Creo que necesitaremos un poco más de fuerza, si queremos atraer unas nubes desde tan lejos.
—Bien, ¿qué tienes pensado?
Sam se lo explicó rápidamente primero y luego le dio todos los detalles, para que Lirael tuviera la absoluta certeza de que entendía lo que pensaba hacer. El hechizo consistía en que ambos silbaran las mismas marcas a la vez. Sam quería que silbaran marcas diferentes, pero complementarias, que combinaran dos encantamientos meteorológicos. Para rematarlo, activarían el hechizo pronunciando dos marcas maestras a la vez, cuando lo normal era pronunciar sólo una.
—¿Funcionará? —preguntó Lirael, angustiada.
Nunca había trabajado con otro mago del Gremio en un hechizo tan complejo.
—Será mucho más fuerte —contestó Sam, confiado.
Lirael miró a la perra en busca de confirmación, pero ésta no le hizo ni caso. Miraba hacia el sur, concentrada en algo que ni Lirael ni Sam podían sentir o intuir.
—¿Qué ocurre?
—No lo sé —contestó la perra, inclinando la cabeza hacia un lado. Le temblaban las orejas mientras escuchaba los ruidos nocturnos—. Creo que nos sigue algo, pero está muy lejos...
Entonces miró a Lirael y a Sam y les dijo:
—¡Haced vuestro hechizo meteorológico y vayámonos!
A una legua o más de la cabaña del pastor, corriente abajo, un hombre bajito, casi enano, remaba en las aguas poco profundas. Tenía la piel blanca como la leche, y el pelo y la barba todavía más blancos, tanto que le brillaban en la oscuridad, incluso cuando pasaba debajo de los árboles cuyas ramas se proyectaban sobre el agua.
—Le voy a enseñar yo a ésa —masculló el albino, aunque no había testigos que presenciaran su enfado—. Dos mil años de servidumbre y ahora me...
Se interrumpió en mitad de la frase y se metió en la parte honda del arroyo hundiendo en el agua una mano nudosa. Poco después, salió sujetando un pez que pugnaba por escurrirse, pero aquel ser le dio un mordisco en la cabeza y le partió la espina dorsal. A la luz de las estrellas, sus dientes brillaron y se adivinaba que eran mucho más afilados que los de cualquier ser humano.
El enano le pegó otro bocado al pescado y la sangre le chorreó por la barba. En unos instantes dio cuenta de su presa y escupió las espinas eni re maldiciones porque le hubiera apetecido comer una trucha y había pescado un salmón.
Cuando hubo terminado, se limpió la cara y la barba, se secó los pies, pero dejó las manchas de sangre en la túnica sencilla con la que se cubría. A medida que recorría la orilla del arroyo, las manchas desaparecieron y la tela volvió a estar limpia y blanca como si fuese nueva.
El hombrecillo llevaba la túnica sujeta con un cinturón de cuero rojo, y en el lugar de la hebilla se veía una campanita. El albino había pasado lodo el rato sujetándosela, y para atrapar el pescado y limpiarse había empleado una sola mano. Tantas precauciones le sirvieron de poco al tropezar en la hierba mojada. Cuando el hombrecillo cayó sobre una rodilla, la campana sonó y su sonido nítido, por paradójico que pareciera, hizo bostezar al albino. Por un momento dio la impresión de que se echaría a dormir allí mismo, pero con un esfuerzo evidente sacudió la cabeza y se levantó.
—No, no, hermana —masculló mientras sujetaba la campana con más fuerza—. Tengo un trabajo que hacer. No puedo dormirme, ahora no. Me quedan muchos kilómetros por recorrer y debo sacar partido de estas dos piernas y estas dos manos mientras las conserve.
Muy cerca se oyó el canto de un pájaro nocturno, el hombre volvió rápidamente la cabeza y lo vio al instante. Sin soltar la campana, se humedeció los labios con la lengua y avanzó poco a poco para acecharlo El pájaro estaba alerta y, antes de que el albino pudiera atraparlo, echó a volar, lanzando a la noche su grito quejumbroso.
—A mí nunca me toca postre —protestó el hombrecillo.
Se volvió al arroyo y siguió por él hacia el este, sin dejar de sujetar la campana y de quejarse.