Abhorsen

Garth Nix · Capítulo 10 de 33

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Abhorsen

Primer Interludio

La mano de Piedra de Toque aferró del hombro a Sabriel mientras yacían debajo del coche. Tras la explosión, los dos se quedaron sordos y desorientados por el impacto. Muchos de sus guardias habían muerto, sus cuerpos estaban sembrados por todas partes; sus ojos se negaban a creer que la carnicería que contemplaban era real. En cualquier caso, estaban clavados en sus supuestos asesinos, pues veían sus pies mientras avanzaban y el sonido de sus carcajadas llegaba lejano, amortiguado, como el jaleo de unos vecinos ruidosos al otro lado de la pared.

Piedra de Toque y Sabriel se arrastraron hacia delante empuñando las pistolas. Los dos guardias que habían logrado parapetarse debajo del coche se arrastraron con ellos. Sabriel comprobó que una era Veran, que seguía sosteniendo su pistola pese a que las manos le sangraban. El otro superviviente era el mayor de los guardias, Barlest; tenía el pelo entrecano manchado y ya no se apreciaba el blanco. Apuntaba con una ametralladora y se preparó para disparar.

Los asesinos vieron el movimiento, pero fue demasiado tarde. Los cuatro supervivientes abrieron fuego casi al mismo tiempo, y las carcajadas quedaron ahogadas por el tableteo de las balas. Los casquillos vacíos caían con ruido metálico debajo del coche y una nube de humo acre fue colándose entre las ruedas.

—¡A la barca! —le gritó Barlest a Sabriel, señalando a su espalda.

No entendió lo que le decía hasta que le gritó tres veces—: ¡Barca! ¡Barca! ¡Barca!

Piedra de Toque también lo oyó. Miró a Sabriel y la Abhorsen vio el miedo en los ojos del rey. Supo que temía por ella, no por él. Sabriel indicó el sendero que discurría entre las casas, a sus espaldas. Por él llegarían a la plaza de Larnery y a la Escalinata del Carcelero. Allí estaban las barcas y más guardias disfrazados de mercaderes fluviales. Damed había preparado con cuidado varios caminos por donde huir, éste era el más próximo. Como de costumbre, sólo había pensado en la seguridad de los reyes.

—¡Márchense! —gritó Barlest.

Acababa de llenar el cargador de su fusil automático y disparó unas cuantas veces a derecha e izquierda, obligando a los atacantes que se habían aproximado a retroceder para conservar la cabeza sobre los hombros.

Piedra de Toque aferró a Barlest del hombro un segundo, luego se volvió y se arrastró hacia el otro extremo del coche. Sabriel se arrastró a su lado y se tocaron las manos un momento. Verán, que estaba al lado de la reina, inspiró hondo y salió de debajo del vehículo, se levantó de un salto y salió como una flecha. Llegó al sendero, se ocultó detrás de una boca de incendios y cubrió a Sabriel y a Piedra de Toque cuando la siguieron. De momento no se oyeron más disparos que los del arma de Barlest, que continuaba debajo del coche.

—¡Vamos! —rugió Piedra de Toque, y se volvió hacia el comienzo del sendero.

Veran no obedeció y agarró a Piedra de Toque y a Sabriel, los empujó hacia el sendero y les gritó:

—¡Márchense!

Se oyó entonces el grito de guerra de Barlest y sus pisadas cuando salió de debajo del coche y echó a correr en dirección opuesta. Se oyó una prolongada ráfaga de un arma automática y varios disparos aislados, más sonoros. Y luego, en medio del silencio, solamente se oyeron el taconeo de las botas sobre el empedrado, la respiración entrecortada de ambos y el latido de sus corazones.

La plaza de Larnery estaba desierta. El jardín central, habitualmente lleno de niñeras con sus pequeños, estaba sin vida. La explosión había ocurrido pocos minutos antes, pero fue suficiente. Desde el ascenso de Corolini y sus esbirros del partido Nuestro País, en Corvere no cesaban los problemas y el ciudadano de a pie había aprendido a abandonar a toda prisa las calles.

Piedra de Toque, Sabriel y Veran cruzaron la plaza a la carrera y bajaron estrepitosamente la Escalinata del Carcelero que estaba al otro lado. Los vio un barquero borracho, eran tres figuras armadas, cubiertas de sangre con muy mala pinta, pero no estaba tan borracho para interponerse en su camino. Se apartó, acobardado, y se hizo un ovillo.

Las sucias aguas del río Sethem pasaban junto al muelle corto al final de la escalinata. Se encontraron allí a un hombre calzado con botas impermeables que le llegaban a los muslos y cubierto con un montón de harapos rescatados del lecho del río por un dragador; tenía las manos metidas en un barril que, al parecer, acababa de sacar de las lodosas aguas del río. Al oír el estrépito en la escalinata, extrajo del barril un fusil de cañones recortados y lo amartilló.

—¡Querel! ¡Debes rescatarnos! —gritó Verán.

El hombre guardó el arma con cuidado, sacó un silbato de la camisa cubierta de remiendos y sopló varias veces. Otro silbato le contestó y de una barca oculta debajo del muelle, pues la marea estaba baja, saltaron varios miembros de la Guardia Real. Los guardias iban todos armados y preparados para luchar, pero por sus caras ninguno esperaba encontrarse con semejante espectáculo.

—Una emboscada —gritó Piedra de Toque brevemente al aproximarse—. Debemos partir de inmediato.

Antes de que pudiera añadir nada más, varias manos lo agarraron a él y Sabriel y prácticamente los arrojaron a la cubierta de la barca; Veran saltó detrás de ellos. La embarcación, un carguero de servicio irregular que había sido transformado, se encontraba a casi dos metros por debajo del muelle, pero otras manos amortiguaron la caída. Cuando los metían sin muchos miramientos en el camarote rodeado de sacos terreros, el motor comenzó a rugir y la embarcación se puso en movimiento.

Sabriel y Piedra de Toque se miraron para comprobar que seguían vivos y casi sin haber sufrido daño, aunque los dos sangraban por los pequeños cortes causados por la metralla.

—Se acabó —dijo Piedra de Toque con rabia mientras dejaba la pistola sobre la cubierta—. He terminado con Ancelstierre.

—O Ancelstierre ha terminado con nosotros —puntualizó Sabriel—. Aquí ya no encontraremos ayuda.

Piedra de Toque suspiró, cogió una toalla y le quitó la sangre que cubría la cara a Sabriel. Ella hizo lo mismo por él; luego se abrazaron brevemente. Temblaban y no intentaron ocultarlo.

—Será mejor que veamos las heridas de Veran —dijo Sabriel cuando se separaron —. Y debemos planear una ruta para volver a casa.

—¡A casa! —confirmó Piedra de Toque, aunque ninguno de los dos lograba pronunciar aquella palabra sin sentir un miedo tácito.

Con lo cerca que habían estado de la muerte, temían que a sus hijos les esperaran eligros aún mayores, pues como bien sabían, había destinos mucho peores que la muerte.