Abhorsen
Un mayor decide
Sameth se hundió en el desánimo cuando el teniente Tindall los condujo hasta una profunda excavación de unos cien metros, situada detrás de la trinchera de combate. Pese a la escasa luz proyectada por la lámpara de aceite, alcanzó a ver que se trataba de la morada de un oficial perezoso, amante de las comodidades, que probablemente ni se molestaría en escucharlo, y ni siquiera comprendería lo que había que hacer.
En un rincón ardía una estufa llena de troncos, sobre la mesa de los mapas se veía una botella de whisky y una cómoda butaca metida a presión en una esquina. El mayor Greene, a su vez, estaba metido a presión en la butaca; se trataba de un hombre coloradísimo, con aspecto de cascarrabias. Eso sí, llevaba las botas puestas, según notó Sam, y la espada se ncontraba al lado de la butaca, además de una cartuchera con un revólver, colgada por su cordón en el perchero.
—¿Qué ocurre? —preguntó el mayor con su vozarrón y se levantó acompañado de un concierto de chirridos de muelles mientras ellos agachaban la cabeza, cruzaban el dintel y se colocaban alrededor de la mesa de mapas.
Era viejo para ser mayor, pensó Sam. Tendría al menos cincuenta y pronto le tocaría retirarse.
Antes de que pudiera abrir la boca, el teniente Tindall, que se paseaba detrás de ellos, dijo:
—Impostores, señor. Aunque no estoy seguro de qué tipo y llevan marcas del Gremio incorruptas.
Al oír la palabra «impostores», Sam se puso tenso y vio que Lirael sujetaba a la perra del collar cuando el animal se puso a gruñir con rabia.
—Conque impostores ¿eh? —dijo el mayor Greene. Miró a Sam y el muchacho se dio cuenta por primera vez de que el oficial llevaba una marca del Gremio en la frente—. ¿Qué tienen que decir?
—Soy el teniente Petrus de la URFN —contestó Sam fríamente—. Ésos son el sargento Clairus y Bachicha, el perro rastreador. Debo telefonear urgentemente al cuartel general...
—¡Mentira! —rugió el mayor sin rabia—. Conozco a todos los oficiales de los Exploradores, incluidos los suboficiales. ¡Me pasé mucho tiempo como suboficial! Estoy muy familiarizado con los perros rastreadores y ése de ahí no es de la raza adecuada. Ese chucho no es siquiera capaz de oler una salchicha en una cocina.
—¡Y tanto que sería capaz! —dijo la Perra Canalla, indignada.
Sus palabras fueron recibidas con un profundo silencio; el mayor empuñó la espada y los apuntó con ella; el teniente Tindall y sus hombres avanzaron y acercaron la espada y las bayonetas a escasos centímetros de los cuellos descubiertos de Sam y Lirael.
—¡Vaya! —dijo la perra, se sentó, apoyó la cabeza sobre las patas y añadió—: Perdóname, amita.
—¿Amita? —rugió Greene poniéndose más colorado aún—. ¿Quiénes sois vosotros dos? ¿Y qué es eso?
Tras lanzar un suspiro, Sam respondió:
—Soy el príncipe Sameth del Reino Antiguo y mi acompañante es Lirael, la Abhorsen en ciernes. La perra es una amiga. Los tres llevamos un hechizo de disfraz. ¿Tengo permiso para deshacerlo? Brillaremos un poco, pero no habrá peligro.
El mayor enrojeció más, pero asintió.
Poco después, Sam y Lirael estaban delante del mayor Greene, con sus propias caras y ropas. Se los notaba muy cansados y era evidente que en los últimos días habían sufrido mucho. El mayor los observó de arriba abajo, luego miró a la Perra Canalla. Había perdido el peto de identificación, su collar era diferente y parecía más grande que antes. La perra lo miró a su vez con ojos afligidos y lo echó todo a perder cuando parpadeó.
—Es el príncipe Sameth —declaró el teniente Tindall que se había plantado delante de ellos para verles las caras. Tenía una expresión extraña. Una mirada de pena que sorprendió a Sameth—. Y ella se parece a... disculpe usted, señora. Quiero decir que se parece mucho a Sabriel, a la Abhorsen.
—Sí, soy el príncipe Sameth —reconoció Sam en voz baja, sin demasiadas esperanzas de que el gordo del mayor, que pronto se jubilaría, fuera a servirles de mucha ayuda—. Necesito ponerme en contacto cuanto antes con el coronel Dwyer.
—El teléfono no funciona —le dijo el mayor—. Además, el coronel Dwyer está de permiso. ¿A qué viene tanta urgencia?
Lirael le contestó con voz ronca porque comenzaba a pillar un resfriado a causa del paso epentino del cálido verano del Reino Antiguo a la fresca primavera ancelstierrana. La lámpara de aceite vaciló mientras ella hablaba proyectando su sombra danzante sobre la mesa.
—Un mal antiquísimo y terrible está a punto de ser introducido en Ancelstierre. Necesitamos ayuda para encontrarlo y detenerlo... antes de que destruya su país y luego el nuestro.
El mayor la miró con una mueca en la cara enrojecida. No se trataba de una mueca de incredulidad, como Sam había temido.
—Si no supiera lo que significa su título y reconociera las campanas que lleva — dijo el mayor despacio—, la tacharía de exagerada. Nunca he oído hablar de un mal capaz de destruir un país entero. Ojalá no estuviera oyéndolo ahora.
—Se llama El Destructor —dijo Lirael con voz suave, pero cargada del miedo que, desde que dejaran el lago Rojo, había ido creciendo en su interior—. Es una de las nueve eminencias, los espíritus libres del principio. Fue sometido y quebrado por los siete, que lo sepultaron después en lo más profundo de la tierra. Hace poco un nigromante llamado Hedge ha desenterrado los dos hemisferios metálicos que lo mantienen prisionero, y mientras estamos hablando, es posible que esté cruzando el Muro con ellos.
—De manera que era eso —dijo el mayor, sin asomo de satisfacción en la voz—. Recibí una paloma mensajera de la Brigada para informarme de que en el oeste había problemas y de que había una alerta de defensa, pero desde entonces no ha ocurrido nada más. ¿Ha dicho Hedge? Conocí un sargento de los exploradores que respondía a ese nombre nombre cuando me alisté. No puede tratarse de él, porque de eso han pasado treinta y cinco años y el hombre rondaría entonces los cincuenta y tantos...
—¡Mayor, tengo que conseguir un teléfono! —lo interrumpió Sameth.
—¡De inmediato! —exclamó el mayor. Al parecer se había acordado de pronto de una versión más joven y vigorosa de sí mismo—. Señor Tindall, reúna a su pelotón y dígale a Eduard y al sargento Porrít que organicen un traslado. Llevaré a estos dos...
—Tres —dijo la perra.
—Cuatro —interrumpió Zapirón asomando la cabeza por la mochila de Sam—. Estoy harto de estar callado.
—Él también es un amigo —le aseguró Lirael a los soldados, cuando llevaron la mano a la empuñadura de las espadas y calaron las bayonetas—. Zapirón es el gato y la Perra Canalla es... pues... la perra. Son... son siervos de las clarvis y la Abhorsen.
— ¡Es típico de las fronteras! ¡Las desgracias nunca vienen solas! —sentenció el mayor—. Ahora os llevaré a los cuatro de vuelta al camino de la línea de reserva y probaremos el teléfono que hay allí. Francis, vaya lo más deprisa posible hasta el lugar de transporte.
Tras una pausa, añadió:
—Imagino que no sabrá adonde se dirige ese tal Hedge, ni si ha cruzado la frontera.
—Va hacia la serrería de Forwin, donde hay una cosa denominada central productora de rayos que usarán para liberar al Destructor —le informó Lirael—. Es posible que crucen la frontera sin dificultades. Hedge lleva con él a Nicholas Sayre, sobrino del ministro supremo, y los recibirá alguien con una carta en la que el ministro los autoriza a entrar en el país con los hemisferios.
—Con eso no será suficiente —declaró el mayor—. Puede que funcione en el Paso Fronterizo, pero habrá muchas idas y venidas entre la guarnición de Bain y la de Corvere. Nadie en su sano juicio se tragaría esa carta en la frontera real. Deberán abrirse paso a la fuerza, pero si la aleta hace una hora tiene algo que ver con ellos, quizá ya lo hayan hecho. ¡(Ordenanza!
Un cabo que llevaba un cigarrillo encendido oculto en el hueco de la mano asomó la abeza por la entrada del refugio subterráneo.
—Tráigame un mapa donde aparezca la serrería de Forwin, en algún lugar, al oeste de aquí. En mi vida había oído hablar del maldito sitio.
—Por la costa, estará a unos cincuenta kilómetros de aquí —le informó Tindall deteniéndose a mitad de camino de la salida—. Pesqué en esa zona... Hay un fiordo con unos salmones magníficos. Está a pocos kilómetros fuera de la zona de la frontera, señor.
—¿Ah, sí? ¡Hummm! —exclamó Greene y la cara volvió a teñírsele de un rojo intenso—. ¿Qué más hay allí?
—Había un aserradero abandonado, un muelle en precarias condiciones y los restos de las vías utilizadas en otros tiempos para bajar los árboles de lo alto de las colinas —contestó Tindall—. No sé lo que será esa central productora de rayos, pero hay...
—Nicholas mandó construir allí la central productora de rayos —lo interrumpió Lirael—. De eso hace muy poco, creo.
—¿Hay gente en el lugar? —inquirió el mayor.
—Ahora sí —contestó el teniente Tindall—. Dos campamentos de refugiados sureños que se construyeron a finales del año pasado. Norris y Erimton, se llaman, en las colinas situadas inmediatamente por encima del valle del fiordo. Serán en total unos cincuenta mil refugiados bajo control policial.
—Si El Destructor consigue recuperar su unidad, serán los primeros en morir — dijo la perra—. Y Hedge se apoderará de sus espíritus cuando se dispongan a cruzar al reino de los muertos para someterlos y convertirlos en sus esclavos.
—Entonces debemos ir para allá —dijo el mayor—. Aunque como se encuentra fuera de la frontera, nos resultará difícil hacer nada. El general Tindall lo comprenderá. Sólo espero que el general Kingswold esté en su casa. Es uno de los más fervientes defensores del partido Nuestro País...
—¡Debemos darnos prisa! —lo interrumpió Lirael. No había tiempo para conversaciones. Un mal presentimiento terrible se apoderó de ella, como si cada segundo que pasaran allí fuera un grano perdido en un reloj de arena casi vacío—. ¡Debemos llegar a la serrería de Forwin antes que Hedge y los hemisferios!
—¡De acuerdo! —gritó el mayor Greene recuperando otra vez las energías.
De vez en cuando daba la impresión de que precisara que lo animasen. Cogió el yelmo, se lo encasquetó en la cabeza y con el mismo ademán aferró el cordón por el que colgaba su revólver.
—En marcha, señor Tindall. ¡A toda prisa!
A partir de ese momento todo ocurrió muy deprisa. El teniente Tindall desapareció en la noche y el mayor los condujo al trote hacia otra trinchera de comunicaciones que, al cabo de un buen trecho, emergió del suelo y se convirtió en un sendero corriente y moliente, identificado cada pocos metros con una piedra pintada de blanco que brillaba tenuemente bajo la luz de las estrellas. No había luna, pese a que había salido del lado del Reino Antiguo, y de este lado hacía mucho más frío.
Veinte minutos más tarde, en medio de sonoros resuellos, aunque sorprendentemente en forma, el mayor aminoró el paso y el sendero llegó a una ancha carretera asfaltada que se extendía hasta donde alcanzaba la vista bajo la escasa luz en dirección al este y al oeste. Al costado de la carretera se alineaban los postes de teléfono, que formaban la red que conectaba la frontera en toda su extensión.
A un lado del camino se levantaba una fortificación de hormigón no muy alta hacia la cual iban a parar infinidad de cables de teléfono como si de espaguetis se tratara.
El mayor Greene se les adelantó como un misil corpulento y entró en el edificio gritando para despertar al desafortunado soldado que dormitaba sobre la centralita, con la cabeza apoyada en una maraña de cables y clavijas.
—¡Póngame con el cuartel general de la frontera! —le ordenó el mayor.
El soldado obedeció pese a estar casi dormido y se puso a conectar y desconectar clavijas con la maestría ciega de los muy adiestrados.
—¡Con el general Tindall en persona! ¡Despiértelo si hace falta!
—Sí, señor —masculló el ordenanza telefonista y deseó haber elegido otra noche para beberse su reserva secreta de ron.
Se tapó la boca con disimulo para que el despiadado del mayor y sus extraños acompañantes no le olieran el aliento.
Cuando consiguió comunicación, Greene aferró el auricular y habló deprisa. Era evidente que se dirigía a varias personas poco colaboradoras y de baja graduación, porque la cara se le fue poniendo cada vez más roja. Al final, consiguió hablar con alguien que lo escuchó un minuto entero sin interrumpirlo. Después, colgó el auricular muy despacio.
—En este mismo momento hay una incursión en el extremo occidental de la frontera —anunció—. Se informa de que se han visto cohetes de señales rojas para pedir socorro, hemos perdido contacto desde el kilómetro uno al catorce, por lo que se trata de un amplio ataque. Nadie sabe lo que está pasando. El general Tindall ha ordenado ya que parta una columna de vuelo, pero al parecer, ha tenido que atender otro problema en el Paso Fronterizo. El pelele del coronel que me atendió me ha ordenado que nos quedemos aquí.
—¡Que nos quedemos aquí! ¿No podemos ir al oeste y tratar de detener a Hedge en el Muro? —preguntó Lirael.
—La comunicación se cortó hace una hora —le comentó el mayor Greene—. No ha vuelto a restablecerse. No se han vuelto a ver cohetes de señales. Eso significa que no queda nadie vivo para lanzarlos. O que ha huido todo el mundo. En cualquiera de los dos casos, ese Hedge del que habla y sus hemisferios ya habrán cruzado el Muro y estarán al otro lado de la Frontera.
—No entiendo cómo han hecho para alcanzarnos —dijo Lirael.
—Entre nuestro país y éste, el tiempo sufre ciertos desfases —dijo Zapirón con un tono sepulcral que horrorizó al telefonista. El minino salió de la mochila de Sam, hizo caso omiso del soldado y añadió—: Aunque espero que arrastrar los hemisferios hasta ese lugar llamado la serrería de Forwin sea un proceso lento. Quizá lleguemos allí antes que ellos.
—Será mejor que me ponga en contacto con mis padres —sugirió Sam—. ¿Podemos utilizar de alguna manera las líneas telefónicas civiles?
—Verá... —dijo el mayor. Se restregó la nariz sin saber bien qué decir—. Pensé que ya lo sabría. Ocurrió hace casi una semana...
—¿Qué?
—Lo siento, hijo —dijo el mayor. Se puso en posición de firmes y anunció—: Sus padres han muerto. Fueron asesinados en Corvere por los radicales de Corolini. Con una bomba. El vehículo en el que viajaban quedó completamente destruido.
Sam recibió las palabras del mayor con cara inexpresiva. Después se apoyó en la pared, se dejó caer hasta el suelo y se agarró la cabeza con las manos. Lirael le dio una palmada en el hombro izquierdo y la perra apoyó el hocico en el derecho. El único que no pareció afectado por las noticias era Zapirón. Siguió sentado cerca del telefonista; los ojos verdes del minino brillaban.
Lirael se paso unos cuantos segundos tratando de no admitir las novedades, ocultándolas donde siempre había ocultado su dolor, en un lugar que le permitía seguir adelante. Si vivía, lloraría por la hermana que no había llegado a conocer y también por Piedra de Toque, y por su madre, y por muchas otras cosas que habían salido mal. En ese momento, ni) tenía tiempo para llantos, pues había cientos de hermanos, madres y padres que dependían de que ellos hicieran lo que debían.
—No pienses en ello —dijo Lirael apretando con fuerza el hombro de Sam—. ¡Ahora epende de nosotros! ¡Debemos llegar a la serrería de Forwin antes que Hedge!
—No podemos —dijo Sam—. Ya podemos darnos por vencidos...
Se interrumpió en mitad de la frase, apartó las manos de la cara y se levantó, pero de inmediato se dobló en dos como si le doliera el estómago. Se quedó así un buen rato. Después, se sacó de la manga una monedapluma y la lanzó. Llegó al techo de la fortificación y se quedó allí colgada. Sam se apoyó en la pared para observarla, todavía doblado, pero con la cabeza levantada.
Dejó entonces de observar la moneda que daba vueltas, se enderezó y se plantó bien erguido delante de Lirael. No chasqueó los dedos para hacer bajar la moneda.
—Lo lamento —susurró. Los ojos se le llenaron de lágrimas pero parpadeó para que no le rodaran por las mejillas—. Ya... ya estoy mejor —inclinó la cabeza ante Lirael y añadió—: Abhorsen.
Lirael cerró los ojos un momento. Al oírse llamar así, de pronto se dio cuenta de la realidad. Era la Abhorsen. Ya no en ciernes.
—Sí —dijo aceptando el título y cuanto llevaba aparejado—. Soy la Abhorsen y como tal, necesito la ayuda de todos.
—Iré con usted —dijo el mayor Greene—. Legalmente no puedo obligar a mi compañía a que me siga. Aunque es probable que muchos se ofrezcan voluntarios.
—No comprendo —protestó Lirael—. ¿A quién le importa si es legal o no? ¡Su país entero podría quedar arrasado! ¡Todos muertos! ¿No lo entiende?
—Lo entiendo. No es tan sencillo... —comenzó a decir el mayor y se calló.
La cara enrojecida se le llenó de manchas y palideció en las sienes. Lirael lo vio fruncir el ceño como si un pensamiento extraño intentara liberarse. Luego mudó la expresión. Metió la mano despacio en el bolsillo, la sacó de golpe, asestó un puñetazo en el panel de baquelita e hizo estallar los delicados mecanismos internos que soltaron una nube de humo y chispas.
—¡Maldita sea! ¡Sí que es sencillo! Ordenaré a la compañía que me siga. Al fin y al cabo, los políticos sólo me fusilarán después, si es que ganamos. En cuanto a usted, soldado, si dice una sola palabra a alguien sobre todo esto, lo haré papilla y se la daré a comer a ese gato. ¿Entendido?
—¡Ñam! —dijo Zapirón.
—¡Sí, señor! —murmuró el telefonista y con manos temblorosas trató de apagar el incendio de la centralita con una manta.
El mayor, sin embargo, no había esperado a oír su contestación. Ya había salido y le gritaba a algún pobre subordinado que estaba fuera:
—¡Deprisa, pongan en marcha los camiones!
—¿Los camiones? —preguntó Lirael corriendo tras el mayor.
—Pues... son como carruajes sin caballos —contestó Sam mecánicamente. Las palabras le salieron de la boca despacio, como si tuviera que recordar lo que eran—. En ellos iremos... iremos mucho más deprisa hasta Serrería Forwin. Si funciona.
—Es muy probable que sí —anunció la perra levantando el hocico y olfateando el aire—. El viento vira hacia el suroeste y está refrescando. ¡Mirad hacia el oeste!
Y miraron. Hacia el oeste, el horizonte estaba iluminado por las descargas de relucientes relámpagos y, en la distancia, se oía el retumbo incesante de los truenos.
Zapirón también observaba desde lo alto de la mochila de Sam. Sus ojos verdes calculaban y Lirael se dio cuenta de que contaba en voz baja. Acto seguido, al notar la mirada de Lirael, preguntó muy contrariado:
—¿A qué distancia dijo el chico ese que estaba la serrería de Forwin?
—A unos cincuenta kilómetros —dijo Sam.
—Menos de diez leguas —dijo Lirael al mismo tiempo.
—Los relámpagos van al oeste, están a once o doce leguas. ¡Hedge y su cargamento todavía deben de estar cruzando el Muro!