Abhorsen
Amaranto, Romero y lágirmas
La escalera bajaba y bajaba y bajaba. Al principio, Lirael fue contando los peldaños, pero cuando llegó al novecientos noventa y seis, abandonó. Siguieron descendiendo. Lirael había hecho un conjuro a fin de crear una luz del Gremio para ella. Flotaba alrededor de sus pies para unir su fulgor al que emitía la de Sam, situada sobre su cabeza. Bajo la luz de aquellas dos bolas resplandecientes, mientras las sombras de los peldaños oscilaban en las paredes del pozo, a Lirael no le costó nada imaginar que estaban atrapados en la escalera, descendiendo una y otra vez el mismo tramo.
Un yugo del que nunca podrían escapar. Esa fantasía creció en ella hasta tal punto que la creyó real, y entonces, de repente, su pie tocó piedra en lugar de bronce y la luz del Gremio rebotó hasta que le quedó a la altura de la rodilla.
Habían llegado al fondo del pozo. Lirael pronunció una marca del Gremio y su luz salió olando para unirse a la palabra y hacer un círculo alrededor de su cabeza. Gracias a aquella luz alcanzó a ver que habían llegado a una cámara rectangular, toscamente excavada en la piedra rojiza. Un pasadizo partía de ella y se perdía en la oscuridad. Cerca del pasadizo había un cubo de hierro, lleno de algo que parecían antorchas: trozos de madera con las puntas envueltas en trapos empapados en aceite.
Lirael avanzó y la Perra Canalla la siguió de un salto; detrás de ambas fue Sam.
—Supongo que es por aquí —susurró Lirael señalando el pasadizo.
No sabía por qué, pero tuvo la impresión de que lo más seguro era que no levantara la voz. La perra olfateó el aire y asintió.
—Me pregunto si debería llevar... —comenzó a decir Lirael tendiendo la mano hacia una de las antorchas.
Antes de que pudiera tocar siquiera una, la antorcha se convirtió en polvo. Lirael dio un respingo y a punto estuvo de caer encima de la perra, que retrocedió y chocó con Sam.
—¡Cuidado! —gritó Sam.
El eco de su voz se propagó por el pozo, dejó atrás a Lirael y siguió por el corredor. La Abhorsen volvió a tender la mano, con más delicadeza, pero las demás antorchas también se convirtieron en polvo. Al tocar el cubo, éste se transformó en un montón de fragmentos herrumbrados.
—El tiempo jamás flaquea —sentenció la perra, enigmática.
—Supongo que habrá que continuar —dijo Lirael sin dirigirse a nadie en particular, quizás a sí misma.
No necesitaban las antorchas, pero ella se hubiese sentido más arropada con una.
—Cuanto antes, mejor —dijo la perra. Volvía a olfatear el aire—. No nos conviene rezagarnos aquí abajo.
Lirael asintió. Avanzó un paso, titubeó y sacó la espada. Las marcas del Gremio grabadas en la hoja se encendieron en cuanto el arma salió de la vaina, el nombre de la espada recorrió el acero y cambió brevemente para convertirse en la inscripción que Lirael había visto en otra ocasión. ¿O era diferente? No lo recordaba; además, las espadas sufrían estos cambios demasiado deprisa para que pudiera estar segura.
Las clarvis vieron una espada y así yo fui. Recuerda a los constructores del Muro. Acuérdate de mí.
No importaba lo que dijese, la luz extra tranquilizó a Lirael o quizá fuese el hecho de empuñar a Nehima.
Oyó que Sam desenvainaba la espada. El muchacho esperó unos segundos mientras su tía volvía a mirar al frente. Estaba claro que el chico no quería tropezar y empalar por la espalda a la perra o a Lirael, precaución que ésta agradeció infinitamente.
Los primeros cien pasos aproximadamente, el pasadizo era de piedra tallada. Luego acababa de forma abrupta y se encontraron en un túnel que no parecía obra de ninguna herramienta. La piedra rojiza daba paso a otra de color blanco verdoso en la que se reflejaban las luces del Gremio de modo tal que Lirael tuvo que protegerse los ojos. El túnel daba toda la impresión de haber sido erosionado más que excavado; en el techo, el suelo y las paredes se apreciaba una serie de dibujos como de remolinos y olas. También tenían aspecto raro, contrariamente a lo que deberían ser, aunque Lirael no supo por qué. Ella sólo percibía aquella rareza.
—El agua nunca erosiona de esa manera —comentó Sam. Él también hablaba en susurros—. A menos que fluyera en una dirección y luego en otra contraria al mismo tiempo, a diferentes niveles. Y nunca había visto este tipo de piedra.
—Debemos darnos prisa —sugirió la perra.
Algo en la voz de su mascota impulsó a Lirael a apurar el paso con una ansiedad que jamás había sentido y que quizá fuera puro miedo. Caminaron todos más deprisa, tan eprisa como podían sin correr el riesgo de tropezar o caer en algún agujero oculto. El extraño túnel reluciente se prolongaba a lo largo de lo que parecían varios kilómetros y acababa en una caverna, también excavada con medios desconocidos en la misma piedra fosforescente. Aquel túnel se dividía en otros tres y Lirael y Sam se detuvieron mientras la perra olía con cuidado cada entrada.
En un rincón de la caverna había algo parecido a una pila de piedra, pero cuando Lirael la observó más de cerca, se dio cuenta de que era un montón de huesos mezclados con trozos de metal. Al tocar el montón con la punta de la bota, separó varios fragmentos de plata renegrida y un pedazo de mandíbula humana en la que destacaba un diente entero.
—No toques —le advirtió Sam con un rápido murmullo cuando Lirael se inclinó para examinar los fragmentos de metal.
Lirael se detuvo con la mano en el aire.
—¿Por qué no?
—No lo sé —contestó Sam y, sin que pudiera evitarlo, se le erizó el vello de la nuca—. Es metal de las campanas, creo. Más vale que no lo toques.
—De acuerdo —dijo Lirael.
Se levantó recorrida por un estremecimiento. Huesos humanos y metal de campanas.
Habían encontrado a Kalliel. ¿Qué lugar sería ése? ¿Y por qué tardaba tanto la perra en decidir por dónde debían continuar?
Cuando lo preguntó en voz alta, la Perra Canalla dejó de oler y con la pata derecha señaló el túnel del medio.
—Por éste —dijo, y Lirael percibió cierta falta de entusiasmo en su mascota.
La perra no había hablado con plena confianza e incluso al señalar había vacilado. De haber participado en un concurso para ver quién señalaba mejor, habría perdido por varios puntos.
El túnel era bastante más ancho que el que acababan de dejar y el techo, más alto. Lirael percibió, además, otra diferencia que nada tenía que ver con el espacio extra. Al principio no logró precisar de qué se trataba, pero tras unos instantes se dio cuenta de que el aire iba enfriándose. Y notó una extraña sensación en los pies y los tobillos, como si algo fluyera por el suelo. Una corriente que iba hacia un lado y luego hacia otro, pero no vio agua por ninguna parte.
¿O sí la había? Cuando miraba al frente o al suelo, Lirael veía metros y metros de piedra. Pero cuando miraba con el rabillo del ojo, notaba el fluir de unas aguas negras que venían desde atrás, los empujaban, se arremolinaban y regresaban, como una ola que barre una playa. Una ola que intentaba derribarlos y arrastrarlos hasta el lugar del que habían partido.
Era algo inquietante, porque a Lirael aquello le recordaba el río del reino de los muertos, y además del frío creciente y de que las aguas sólo se veían mirando de reojo, todos sus sentidos le indicaban que se encontraba firmemente plantada en el mundo de los vivos, aunque estuviese en el interior de un túnel extraño, en las profundidades de la tierra.
Y entonces volvió a oler a romero mezclado con un aroma más dulce, y en ese momento, las campanas de la bandolera que le cruzaba el pecho comenzaron a vibrar en sus morrales. Sus badajos estaban sujetos por las correas de cuero y era imposible que sonaran, pero la Abhorsen sintió que se movían como si intentaran soltarse.
—¡Las campanas! —exclamó con un hilo de voz—. Se están sacudiendo... no sé qué...
—¡La zampona! —gritó Sam, y Lirael oyó una breve algarabía cuando la zampona sonó con las voces de las siete campanas y luego, de repente, el sonido enmudeció.
—¡No! —gritó una voz que no resultó inmediatamente identificable como la de Zapirón—. ¡No!
—¡Corred! —aulló la perra.
En medio de gritos, chillidos y rugidos, la luz del Gremio que brillaba en lo alto de la Cabeza de Lirael perdió intensidad hasta convertirse en un levísimo fulgor.
Después se apagó del todo.
Lirael se detuvo. Todavía había algo de luz, la que despedían las marcas grabadas en la hoja de Nehima, pero ésta también fue apagándose y la espada se retorcía en su mano de un modo muy extraño. Se ondulaba como ningún objeto de acero había hecho jamás, como si hubiese adquirido vida, como si hubiese dejado de ser espada para convertirse en una especie de anguila que se retorcía y crecía en el puño de Lirael. La piedra verde del pomo se había transformado en un ojo brillante, sin párpado, y el alambre de plata de la empuñadura era ahora una hilera de dientes relucientes.
Lirael cerró los ojos y guardó la espada encajándola con fuerza en la vaina antes de soltarla con un suspiro de alivio; luego los abrió y miró a su alrededor. O intentó hacerlo. La luz dorada del Gremio había desaparecido y estaba oscuro. La oscuridad total de las profundidades de la tierra.
En el negro vacío, Lirael oyó cómo se rasgaba una tela y Sam lanzó un grito.
—¡Sam!—gritó—. ¡Aquí! ¡Perra Canalla!
Nadie respondió; sólo se oyó el gruñido de la perra y una carcajada suave, gutural. Una risa horrible que salía entre dientes, que se regodeaba, que ponía los pelos de punta. Lo peor de todo era que en aquella risa había algo familiar. Era la risa de Zapirón, una risa retorcida, siniestra.
Lirael trató desesperadamente de bucear en las marcas del Gremio para realizar un nuevo conjuro luminoso. No encontró nada. En lugar del Gremio notaba una presencia terrible y gélida que reconoció de inmediato. La muerte. Era cuanto sentía. El Gremio había desaparecido o al menos ella no lograba llegar a él.
El pánico creció en su interior a medida que aquella risa continuaba refocilándose y haciéndose más y más profunda y la oscuridad iba aplastándola. Entonces, con el rabillo del ojo Lirael percibió un leve cambio. Notó unos grises sutiles en la oscuridad y, la momentánea esperanza de que se haría la luz, le infundió ánimos. Fue en aquel momento cuando vio encenderse una chispa diminuta y crecer hasta convertirse en un foco de luz brillante, blanca, cegadora. La luz trajo consigo el pestazo a metal caliente de la magia libre, un olor en oleadas sucesivas que golpearon a Lirael produciéndole unas náuseas incontrolables y haciéndole subir un sabor a bilis por la garganta.
Sam se movió con la luz y en un instante, como si hubiera volado, estuvo al lado de Lirael. Llevaba la mochila abierta por arriba, y en ella se veían unos bordes cortados, por donde algo había salido. El muchacho iba con la espada envainada y sostenía la zampona con ambas manos, los dedos metidos en los agujeros. Las flautas que la conformaban vibraban emitiendo un murmullo quedo que Sam intentaba acallar por todos los medios. Lirael apretaba la bandolera y las campanas con todo el brazo, para impedir que sonaran.
La perra se encontraba entre el foco de luz blanca y Lirael, pero no era la Perra Canalla tal como su ama la conocía. Conservaba su forma de animal, pero el collar con las marcas del Gremio había desaparecido y el can volvió a ser una criatura formada por una intensísima oscuridad delineada por un fuego plateado. La Perra Canalla miró hacia atrás y abrió la boca.
—¡Está aquí! —atronó una voz que era y no era la de la perra, porque penetró en los oídos de Lirael provocándole unas punzadas que le recorrieron la mandíbula—. ¡El Zapirón se ha soltado! ¡Corred!
Lirael y Sam se quedaron petrificados al ser embestidos por el eco de la voz de la perra. El foco de luz blanca chisporroteaba y lanzaba destellos al tiempo que giraba en sentido contrario al de las agujas del reloj y se levantaba hasta formar la silueta de una humanoide larguirucha y delgadísima.
Más allá de aquella cosa en que se había convertido Zapirón desencadenado, brillaba una luz aún más brillante. Tan brillante que Lirael se dio cuenta de que había cerrado los ojos y la veía a través de los párpados por los cuales penetró la imagen de una mujer. Una mujer increíblemente alta, tan alta que incluso en el inmenso túnel se veía obligada a inclinar la cabeza, una mujer que intentaba acoger en su seno a la criatura que era Zapirón, a la Perra Canalla, a Lirael y a Sam.
Fluía un río alrededor y delante de la mujer luminosa. Un río frío que Lirael reconoció enseguida. Era el río de la muerte, y aquella criatura intentaba conducirlos hasta él. No lo cruzarían, sino que iban a ser tragados y arrastrados, revolcados hasta el fondo para ser devueltos a la superficie y conducidos por la corriente hasta la primera puerta y más allá. Nunca más regresarían.
Lirael tuvo tiempo de que se le cruzaran por la cabeza unos cuantos pensamientos terribles.
Habían fallado demasiado pronto.
Con todo lo que dependía de ellos.
Todo estaba perdido.
La Perra Canalla gritó entonces: «¡Huid!», y ladró.
El ladrido estaba cargado de magia libre. Sin abrir los ojos, sin pensarlo siquiera, Lirael se dio la vuelta y notó que estaba corriendo a toda velocidad, corriendo como jamás lo había hecho. Corrió sin reflexionar hacia lo desconocido, lejos del pozo y de la Casa, sus pies encontraban las vueltas del túnel pese a haber dejado atrás la luz blanca, y era tal la oscuridad que la muchacha no sabía si tenía los ojos abiertos o cerrados.
Corrió por cavernas y cámaras y estrechos pasadizos, sin saber si Sam la seguía, sin saber si la perseguían. Su motor no era el temor, no sentía miedo. Ella estaba en otra parte, encerrada en su propio cuerpo, una máquina que continuaba adelante sin sentir nada, obedeciendo unas instrucciones que ella no le daba.
Y de la misma forma repentina en que había comenzado, la obsesión por correr cesó. Lirael cayó al suelo, estremecida, tratando de llenar los pulmones sedientos de aire. Notó espasmos en los músculos; los calambres la obligaron a ovillarse y a masajearse las pantorrillas al tiempo que se mordía los labios para ahogar los gritos de dolor.
Alguien yacía a su lado y hacía lo mismo que ella y, a medida que fue recobrando la razón, Lirael comprobó que se trataba de Sam. Desde lejos le llegaba una tenue luz, la suficiente para reconocerlo. Una luz natural, muy difuminada.
Con mano titubeante, Lirael tocó la bandolera con las campanas. Seguía en su sitio; las campanas, en silencio. Palpó la empuñadura de Nehima y sintió alivio al comprobar la solidez de la piedra verde del pomo, y que el alambre de plata no era más que eso.
Sam lanzó un gemido y se levantó. Se reclinó contra la pared apoyándose en la mano izquierda y guardó la zampona con la derecha. Lirael observó cómo revoloteaba aquella mano con un movimiento cuidadoso, y una luz del Gremio se encendió en su palma.
—Había desaparecido —dijo dejándose caer por la pared hasta quedar sentado de cara a Lirael.
Parecía tranquilo, pero todavía no se recuperaba de la impresión. Lirael supo que le pasaba lo mismo cuando al tratar de levantarse vio que no podía.
—Sí—dijo—. El Gremio.
—No sé qué lugar era ése —siguió diciendo Sam—, pero el Gremio y sus marcas no estaban allí. ¿Quién era ésa?
Lirael sacudió la cabeza para despejarse y también para indicar que no tenía ni idea. Volvió a sacudirla inmediatamente después para ver si conseguía hilar los pensamientos.
—Será mejor que... que regresemos—dijo, y pensó en la perra que estaba sola en la oscuridad ante Zapirón y aquella mujer reluciente—. No puedo dejar a la perra.
—¿Y qué me dices de ésa? —insistió Sam, y Lirael supo a qué se refería—. ¿Y de Zapirón?
—No hace falta que regreséis —aconsejó una voz desde las oscuras profundidades del pasadizo.
Lirael y Sam se levantaron de un salto, impelidos por una determinación y una fuerza nuevas. Empuñaban las espadas y Lirael llevaba a Saraneth en una mano, aunque no tenía ni idea de lo que iba a hacer con la campana. Los sabios consejos de El libro de los muertos y El libro del recuerdo y el olvido no le venían a la cabeza espontáneamente.
—Soy yo —dijo una voz con tono de reproche.
La Perra Canalla asomó a paso lento a la zona iluminada, el rabo entre las patas, la cabeza gacha. Sin tener en cuenta la pose poco propia de ella, en todo lo demás parecía haber vuelto a la normalidad, o lo que para ella era normal. En su cuello lucía el brillo profundo e intenso de muchas marcas del Gremio y tenía la misma pelambre de siempre, corta y dorada, a excepción del lomo, que aparecía renegrido.
Lirael no lo dudó. Guardó a Nehima, se abalanzó sobre la perra y sepultó la cara en el cogote de su mascota. La perra lamió la oreja del ama sin su entusiasmo característico y ni siquiera intentó recibirla con un cariñoso mordisco.
Sam se mantuvo en su sitio, con la espada en la mano.
—¿Dónde está Zapirón?
—Ella tenía que hablar con él —respondió la perra echándose a los pies de Lirael con aire derrotado—. Me equivoqué. Amita, os he puesto en un peligro tremendo.
—No lo entiendo —comentó Lirael. De repente, le entró un cansancio infinito—. ¿Qué pasó? El Gremio... era como si de repente... ya no estuviera.
—Es porque llegó ella —dijo la perra—. Ése es su destino, que su consciencia permanezca por siempre fuera de lo que eligió construir, el Gremio, del que su yo inconsciente forma parte. No obstante, se contuvo cuando muy bien habría podido envolverte en sus brazos y llevarte. No sé por qué lo hizo, ni qué significado puede tener. Creía que a ella ya no le interesaban las cosas de este mundo, por eso pensé que podíamos pasar por aquí sin sufrir daño. Sin embargo, remueve fuerzas antiguas y conseguirá despertar muchas cosas. Debí adivinar que sería así. Perdóname.
Lirael nunca había visto a la perra tan mansita, y eso le daba más miedo que lo que había pasado. Le rascó las orejas y la papada para tratar de darle ánimos. Pero le temblaban las manos y tenía la impresión de que en cualquier momento rompería a llorar. Para evitarlo, inspiraba hondo, contaba hasta tres, espiraba, contaba hasta tres.
—¿Qué será de Zapirón? —preguntó Sam con voz trémula—. Ya no está sometido a encantamiento alguno. Intentará matar a la Abhorsen... ¡A mi madre o a Lirael! ¡No dispongo del anillo para volver a sojuzgarlo!
—Zapirón lleva mucho tiempo evitándola —masculló la perra. Tras una ligera vacilación, añadió—: Creo que ya no tenemos que preocuparnos más de Zapirón.
Lirael soltó el aire y no volvió a inspirar. ¿Cómo era posible que Zapirón no regresara?
—¿Cómo? Pero si... —dijo Sam—. Pero si es... no sé... poderoso... un espíritu de la magia libre.
—¿Quién es ella? —quiso saber Lirael.
Su tono era imperioso; aferró a la Perra Canalla de la mandíbula y la miró fijamente a los ojos negros. La perra intentó soltarse, pero su ama la asía con fuerza. La mascota cerró los ojos; de inmediato, Lirael, que se las sabía todas, le sopló en la nariz y el animal tuvo que abrirlos.
—No te ayudaré a saberlo, porque no lo entenderías —dijo la perra con tono de gran agobio—. Ella ya no existe, salvo de vez en cuando, aquí y allá, en pequeñas cosas, de forma imperceptible. Si no hubiésemos venido por aquí, no habría sido y, ahora que hemos asado, dejará de ser.
—¡Cuéntamelo!
—Sabes quién es, al menos hasta cierto punto —le explicó la perra.
Se acercó a su ama y con la nariz rozó la bandolera, dejó una marca húmeda en el cuero de la séptima campana y una lágrima le bajó despacio hasta el hocico y fue a caer en la mano de Lirael.
—¿Astarael? —susurró Sam, incrédulo. La campana más temible, la que nunca había tocado siquiera en su breve papel de custodio de esa bandolera—. ¿La afligida?
Lirael soltó a la perra y ésta se apresuró a apoyar la cabeza en el regazo de su ama y a soltar un profundo suspiro. La muchacha volvió a rascarle las orejas a su mascota y, pese al calorcillo que notaba en la mano, no pudo evitar volver a formular una pregunta que había hecho en otras ocasiones.
—Entonces, ¿qué eres tú? ¿Por qué te dejó ir Astarael?
La perra la miró y se limitó a contestarle:
—Soy la Perra Canalla, fiel servidora del Gremio y amiga tuya. Por siempre jamás.
Lirael se echó a llorar al oír la respuesta, se secó los ojos, levantó a la perra por el collar, la apartó y se puso en pie. Sam recogió a Nehima y en silencio le entregó la espada. Las marcas del Gremio de la hoja oscilaron cuando Lirael tocó la empuñadura, pero no apareció inscripción alguna.
—Si estás segura de que Zapirón no regresará, esté sometido o no a encantamientos, entonces debemos seguir —anunció Lirael.
—Supongo —dijo Sam, no muy seguro—. Aunque siento... me siento raro. Me había acostumbrado a Zapirón y ahora... ¿ahora ya no está? Acaso... ¿acaso ella... lo ha matado?
—¡No! —exclamó la perra, sorprendida por el comentario—. No.
—¿Entonces qué hizo con él? —inquirió Sam.
—No nos está permitido saberlo —contestó la Perra Canalla—. Tenemos por delante una tarea que cumplir. A Zapirón lo hemos dejado atrás.
—¿Estás completamente segura de que no vendrá por mi madre ni Lirael? — preguntó Sam.
Conocía bien la historia reciente de Zapirón y, desde que era niño, le habían advertido del peligro de quitarle el collar al gato.
—Estoy segura de que al otro lado del Muro tu madre está a salvo de Zapirón. — La perra contestó a medias la pregunta de Sam.
El muchacho no parecía del todo convencido, pero asintió indicando así que aceptaba, aunque con renuencia, la explicación de la perra.
—No hemos empezado con buen pie —masculló Sam—. Espero que la cosa mejore.
—Allá adelante brilla el sol y podremos salir —dijo la perra—. Estarás más contento cuando te dé el sol.
—A estas horas habrá oscurecido. ¿Cuánto llevamos bajo tierra?
—Cuatro o cinco horas —contestó Lirael frunciendo el ceño—. Tal vez más, así que eso que ves no puede ser el sol.
Se puso al frente de la expedición y cruzó la caverna, pero cuando se acercaron a la entrada, resultó claro que brillaba el sol. No tardaron en ver una estrecha hendidura por la que espiaron un cielo azul claro, cubierto del rocío de la gran cascada.
Cuando se metieron por la hendidura, se encontraron a varios cientos de metros al oeste de la cascada, al pie de los Despeñaderos Largos. El sol estaba en el cénit y sus rayos formaban un arco iris en la grandiosa nube de rocío que envolvía las cascadas.
—Es de tarde —dijo Sam, y con la mano hizo visera sobre los ojos para ver el sol. Observó las cimas délos despeñaderos y levantó la mano para calcular a cuántos dedos por encima del horizonte se encontraba el sol—. Todavía no son las cuatro.
——¡Hemos perdido casi todo el día! —exclamó Lirael.
Cada retraso aumentaba la posibilidad de un fracaso y el corazón le dio un vuelco al pensarlo. ¿Cómo podían haber pasado casi veinticuatro horas bajo tierra?
—No —le dijo la Perra Canalla, que observaba el sol y olisqueaba el aire—. No hemos perdido un día.
—¿Hemos perdido más de uno? —susurró Lirael.
Seguramente no. Porque si, de algún modo, se habían pasado semanas bajo tierra, sería demasiado tarde para hacer nada...
—No —prosiguió la perra—. Estamos en el mismo día en que nos fuimos de la Casa. Es posible que haya pasado una hora desde que bajamos al pozo. Tal vez menos.
—Pero... —Sam iba a decir algo, lo pensó mejor y cerró la boca. Sacudió la cabeza y volvió a mirar la hendidura del despeñadero.
—El tiempo y la muerte duermen espalda con espalda —dijo la perra—. Y los dos están bajo el dominio de Astarael. A su manera, ella también nos ha ayudado.
Lirael estuvo de acuerdo, aunque en el fondo no tuviera la sensación de que la habían ayudado. Estaba horrorizada, muerta de cansancio, le dolían las piernas. Tenía ganas de ovillarse al sol y despertarse en la Gran Biblioteca de las clarvis con dolor de cuello, por haberse quedado dormida en su escritorio, y el vago recuerdo de inquietantes pesadillas.
—No noto la presencia de ningún muerto —dijo dejándose de fantasías—. En vista de que nos han regalado una tarde, será mejor que la utilicemos. ¿Cómo se puede subir a los despeñaderos?
—Por un sendero que está a una legua y media hacia el oeste —dijo Sam—. Es estrecho, casi todo formado por escalones, pero poco o nada transitado. Al llegar arriba, estará despejado, no encontraremos la niebla ni a los esbirros de Chlorr. Después, como a doce leguas, encontraremos el Barranco Occidental. Por ahí pasa el camino.
—¿Cómo se llama el sendero de escalones? —preguntó la perra.
—Ni idea. Mi madre lo llamaba la Escalera, me parece. Bien raro es, por cierto. El sendero es estrechísimo y sólo cabe una persona, pero los escalones son bajos y profundos.
—Ya lo sé —dijo la perra—. Tres mil escalones para llegar al agua dulce que hay debajo.
—Un manantial, es cierto —asintió Sam—. Y el agua es muy buena. ¿Quieres decir que alguien construyó el sendero para permitirse el lujo de tomar un sorbo de agua clara?
—Es agua, sí, pero no para beber —dijo la perra—. Me alegro de que el sendero siga allí. Vamos.
Dicho esto, la perra se levantó y saltó por encima de unas piedras detrás de las cuales se ocultaba la hendidura y las cuevas que había detrás.
Lirael y Sam la siguieron con más calma, trepando por las piedras. Los dos estaban doloridos y tenían muchas cosas en que pensar. Lirael rumiaba las palabras de la perra: «Remueve fuerzas antiguas, y conseguirás despertar muchas cosas». Sabía que lo que Nicholas estaba desenterrando era poderoso y maligno, y estaba claro que el hecho de que hubiese salido a la luz había puesto en movimiento una serie de cosas, incluida la resurrección de los muertos en todo el Reino. Pero no había tenido en cuenta que también se podía despertar a muchos otros poderes ni cómo afectaría eso a sus planes.
En realidad, lo que tenían no podía llamarse plan, pensó Lirael. Se limitaban a lanzarse de cabeza a detener a Hedge y salvar a Nicholas y mantener aquella cosa, fuera lo que fuese, sepultada bajo tierra.
—Deberíamos contar con un plan con cara y ojos —murmuró para sus adentros.
Las ideas brillantes y las estrategias maravillosas se negaban a surgir en la mente de Lirael, por lo que éste se concentró en trepar por las piedras mientras recorría detrás de la Perra Canalla la base de los Despeñaderos Largos, seguida de cerca por Sam.