Abhorsen
La inescrutable iniciativa de Zapirón
Nick se levantó con gran esfuerzo y se apoyó contra la puerta. En el suelo había encontrado un clavo doblado; armado con ese clavo y el tenue recuerdo de cómo funcionaban las cerraduras, intentó una vez más entrar en la caseta de cemento donde se alojaba una de las nueve cajas de empalmes que resultaban de vital importancia para el funcionamiento de la central productora de rayos.
No oía más que truenos; no podía levantar la vista porque los relámpagos caían demasiado cerca y eran demasiado brillantes. La cosa que llevaba dentro quería que mirase, quería asegurarse de que los hemisferios fueran depositados correctamente en sus soportes de bronce. Aunque cediera a esa coacción, su cuerpo estaba demasiado débil para obedecer.
Se dejó caer otra vez en el suelo y soltó el clavo. Empezó a buscarlo, aunque sabía que no serviría de nada. Debía hacer algo. Por inútil que fuese.
Notó que algo le rozaba la mejilla y dio un respingo. Lo rozó otra vez... Era algo más húmedo que la niebla y raspaba. Entreabrió los ojos con cuidado, apenas, y se preparó para recibir el blanco destello del relámpago.
Y llegó el destello, pero percibió también otra blancura más suave. La pelambre de un gatito blanco que le lamía la cara con delicadeza.
—¡Vete, morrongo! —balbuceó Nick. Su voz sonó pequeñita y patética en medio de los truenos. Agitó la mano y añadió—: Te caerá un rayo encima.
—Lo dudo —le contestó Zapirón al oído—. Además, he decidido llevarte conmigo. Por desgracia. ¿Puedes andar?
Nick sacudió la cabeza y, para gran sorpresa suya, descubrió que todavía le quedaban lágrimas. El gato parlanchín no le sorprendía en absoluto. A su alrededor, el mundo se venía abajo y todo era posible.
—No —susurró—. Hay algo dentro de mí, gato. Y no se marcha.
—El Destructor está distraído —dijo Zapirón.
Alcanzó a ver que el segundo hemisferio ya estaba depositado sobre su receptáculo en la plataforma del vagón; los braceros muertos, medio quemados y completamente destrozados, se afanaban con mecánica devoción. En los ojos verdes de Zapirón se reflejó un rosario de relámpagos, pero el gato no pestañeó.
—Igual que Hedge —agregó.
Zapirón ya había realizado un reconocimiento a fondo y había visto al nigromante de pie, en el cementerio de lo que en otros tiempos había sido un próspero centro maderero. Hedge estaba cubierto de hielo, por lo que resultaba evidente que había partido al reino de los muertos en busca de refuerzos para traerlos de vuelta a la vida. Con un éxito rotundo, ensó Zapirón, tras haber visto la gran cantidad de cadáveres putrefactos y esqueletos que comenzaban a levantarse de sus tumbas.
Nick supo que aquélla sería su última oportunidad, que ese animal parlante era como la perra que había visto en sueños, que guardaba alguna relación con Lirael y su amigo Sam. Sacó fuerzas de flaqueza, se incorporó hasta quedar sentado, pero no pasó de ahí. Se encontraba demasiado débil y demasiado cerca de los hemisferios.
Zapirón lo miró al tiempo que meneaba la cola en señal de fastidio.
—Si es todo lo que puedes hacer, imagino que no me quedará más remedio que cargar contigo —dijo el gato.
—¿Y... y cómo?—murmuró Nick.
Por más empeño que pusiera no lograba imaginar de qué manera iba el gatito a cargar con un hombre hecho y derecho. Aunque se tratara de uno maltrecho y flaco como él.
Zapirón no contestó. Se levantó sobre las patas traseras y comenzó a transformarse.
Nick miro fijamente el lugar donde el gatito blanco había estado. Le lloraron los ojos a causa del resplandor constante de los relámpagos. Había presenciado la transformación del animal, pero aun así, le costaba creer lo que veía.
En lugar de un gatito, ahora tenía delante a un hombre bajito, de cintura estrecha y anchísimos hombros. No era mucho más alto que un niño de diez años, y tenía el pelo tan rubio que parecía blanco y la piel pálida y transparente de los albinos, aunque los ojos no eran rojos, sino de un verde intenso y brillante, almendrados... igual que los del gato. Llevaba un cinturón de cuero rojo brillante del que colgaba una campanita de plata. Nick cayó en la cuenta de que la túnica blanca que vestía aquella aparición tenía dos anchas bandas en la bocamanga, salpicadas de llavecitas de plata, las mismas llaves de plata que había visto en el abrigo de Lirael.
—Vamos a ver —dijo Zapirón con cuidado. Notaba el fragmento del Destructor que Nick llevaba en su interior, y aunque gran parte del resto se concentraba en su unión, sabía que debía tener cuidado. El engaño quizá resultara útil cuando fallara la fuerza—. Te levantaré y los dos iremos a buscar un buen sitio desde donde ver cómo se unen los hemisferios.
Al oír mencionar la palabra «hemisferios», Nick notó un fuerte dolor y una quemazón insoportable en el pecho. Sí, estaban cada vez más cerca, los notaba...
—He de supervisar el trabajo —dijo con voz ronca.
Cerró otra vez los ojos y la visión de los hemisferios ardió en su mente despidiendo más brillo que los relámpagos.
—El trabajo ya está hecho —lo tranquilizó Zapirón.
Levantó a Nick y lo sostuvo en sus brazos anormalmente fuertes, pero se cuidó mucho de no tocarle el pecho. El albino parecía una hormiga, pues llevaba una carga mucho más voluminosa a cierta distancia de su cuerpo.
—Sólo iremos a algún lugar desde donde veamos mejor cómo se unen los hemisferios.
—Donde veamos mejor —murmuró Nick.
En cierto modo, eso le calmó el dolor del pecho, pero también le permitió volver a pensar con su propia cabeza.
Abrió los ojos y se encontró con la verde mirada de su portador. Fue incapaz de descifrar qué tipo de emociones había en ellos. ¿Miedo... o ansiosa expectativa?
—¡Debemos detenerlo! —resolló.
El dolor volvió con tanta fuerza que lanzó un grito, un grito que los truenos se encargaron de ahogar. Zapirón inclinó la cabeza para oír mejor lo que Nick continuaba susurrando:
—Te enseño cómo... hay que... desatornillar las cajas de empalmes... desconectar los cables maestros...
—Es demasiado tarde para eso —sentenció Zapirón.
Comenzó a subir entre los pararrayos y a agacharse y a serpentear con una precisión que indicaba que era capaz de prever dónde y cuándo caerían los rayos.
Allá atrás, más abajo de donde se encontraba Zapirón con su carga, uno de los últimos trabajadores vivientes de Hedge conectó los cables maestros a los receptáculos donde descansaban los hemisferios, encima de las plataformas con ruedas estacionadas en las vías. Las plataformas se encontraban a algo menos de cincuenta metros de distancia, sobre el corto tramo de raíles y los hemisferios habían sido dispuestos de modo que sus fondos planos quedaran enfrentados y sobresalieran de los receptáculos. Los cables alimentaban el marco de bronce que los sujetaba. No había señales de que nada pudiera hacer que las plataformas, y los hemisferios, se juntaran, pero evidentemente ésa era la intención.
Los pararrayos comenzaron a atraer gran parte délos rayos y, así, a llevar energía a los hemisferios. Infinidad de chispas azules saltaron alrededor de las plataformas con ruedas, y Zapirón notó que El Destructor absorbía ávidamente y, al hacerlo, el ente antiquísimo encerrado en el metal plateado comenzó a moverse.
El albino apuró el paso, aunque no tanto como habría querido, para no alarmar al fragmento que Nick llevaba en su interior. El muchacho yacía pacífico en sus brazos, una parte de su mente satisfecha de que fuera demasiado tarde para impedir la unión, la otra parte apenada por haber fracasado.
No tardaron en hacerse visibles las señales de que Orannis comenzaba a librarse de sus ataduras. Los relámpagos cesaron alrededor de los hemisferios y comenzaron a alejarse, como empujados por una mano invisible. En lugar de caer de forma concentrada sobre las plataformas y alrededor de éstas, los rayos golpearon con frecuencia cada vez mayor sobre los pararrayos que salpicaban la colina. La tormenta se desencadenó del todo, con gran profusión de relámpagos, rayos y truenos. En una pequeña zona alrededor de los hemisferios, los rayos que antes caían a razón de nueve por minuto, aumentaron su frecuencia a noventa, y su alcance hasta cruzar la ladera de la colina, luego a varios cientos de metros, a medida que la tormenta se tornaba más virulenta y se extendía por toda la central productora de rayos.
Minutos más tarde, los rayos desaparecieron del cielo. Pero allá abajo, los hemisferios relucían con una energía nueva, y cada vez que Zapirón echaba una mirada atrás, veía unas sombras negrísimas retorcerse en el interior del metal plateado. Estas sombras se movían por ambos hemisferios hasta oscurecer los extremos que se encontraban más próximos, luchando de ese modo contra la repulsión que continuaba manteniéndolos separados.
Cayeron más rayos, los truenos hicieron temblar el suelo. Los hemisferios despedían mucha luz y las sombras se hicieron más oscuras. Con un agudo chirrido metálico, las ruedas que llevaban mucho tiempo en desuso, comenzaron a moverse y las plataformas se fueron aproximando.
—¡Los hemisferios se juntan! —gritó Zapirón y corrió más deprisa, colina arriba, zigzagueando entre los pararrayos, agachado para proteger a su carga de las violentas energías que caían por doquier.
En el corazón de Nick, un diminuto fragmento metálico tembló al notar la atracción del todo del que procedía. Por un momento, se desplazó hacia la pared cardiaca, como si deseara salir disparado en sangrienta gloria. Sin embargo, la fuerza de atracción no era aún lo bastante fuerte y se encontraba demasiado lejos. En lugar de perforar la carne y los huesos, el fragmento del Destructor se dejó llevar por el torrente sanguíneo y comenzó a recorrer el camino que había realizado casi un año antes.
Sam bajó la mano y uno de los braceros muertos cayó gritando como un poseso, a medida que el dorado fuego del Gremio le corroía la poca carne que conservaba. Se retorció de aquí para allá y llegó reptando hasta dos árboles en llamas. El humo de los fuegos se elevaba en espirales y, como soldados batidores fueron en busca del banco de niebla que comenzaba a asomar por la cima de las montañas.
—Ojalá mis flechas hicieran lo mismo —observó el sargento Evans. Le había clavado varias flechas de plata al mismo bracero muerto, sin conseguir detenerlo del todo.
—El espíritu sigue allí —dijo Sam con amargura—. Pero ahora el cuerpo no le sirve de nada.
Notó la presencia de más muertos que subían desde el otro lado de las montañas al abrigo de la niebla. Hasta ese momento, Sam y los soldados habían conseguido repeler el primer ataque. Pero sólo habían sido media docena de braceros muertos.
—Nos están entreteniendo mientras preparan el ataque principal —dijo el mayor Greene al tiempo que se echaba el yelmo hacia atrás para secarse el sudor de la frente.
—Sí —dijo Sam. Vaciló y luego añadió en voz baja—: Allá hay al menos cien braceros muertos y detrás van a llegar muchos más.
Echó un vistazo a sus espaldas, donde el cuerpo cubierto de hielo de Lirael seguía entre las piedras, y luego observó el círculo que formaban los soldados, sus filas muy mermadas. Los muertos no habían matado a ninguno, pero al menos una decena o más habían huido despavoridos ante la que se avecinaba. El mayor los había dejado marchar a regañadientes mientras mascullaba que él no podía dispararles cuando, para empezar, la compañía entera no debía encontrarse donde estaba.
—¡Ojalá supiera lo que está pasando! —soltó Sam—. ¡Con Lirael y con esos hemisferios que el Gremio maldiga!
—El que espera siempre desespera —dijo el mayor Greene—. Creo que no vamos a tener que esperar mucho más, para bien o para mal. Esa niebla avanza que da pavor. Dentro de poco nos tendrá cubiertos.
Sam miró hacia delante. Era verdad, la niebla avanzaba más deprisa, sus largos zarcillos bajaban por la ladera, seguidos de una densa masa brumosa. Al mismo tiempo, notó que una oleada de muertos asomaba por la cima.
—¡Ahí vienen! —gritó el mayor—. ¡Aguanten firmes, soldados!
Sam se dio cuenta de que eran demasiados para lanzar encantamientos del Gremio. Dudó un momento, luego sacó la zampona que Lirael le había regalado y se la llevó a los labios. Ya no era la Abhorsen en ciernes, pero iba a tener que ejercer de tal ante la avalancha de muertos.
Sam perdió de vista al mayor, pues puso toda su atención en los muertos que avanzaban y en la zampona. Posó los labios en la flauta Saraneth, inspiró hondo por la nariz y sopló; el sonido fuerte y puro se impuso al ruido del trueno y al efecto amortiguador de la niebla.
Y entonces Sam sumó al sonido toda su voluntad, la notó extenderse por el campo de batalla y envolver a más de cincuenta braceros muertos. Notó que aminoraban la velocidad del descenso, notó que luchaban contra él, sus espíritus se debatían mientras la carne muerta pugnaba por seguir adelante.
Por un momento, Sam los mantuvo sujetos y los braceros muertos se detuvieron hasta quedar como estatuas horrendas, envueltos en volutas de niebla. Las flechas se hundieron en sus cuerpos y algunos de los soldados que estaban más cerca se abalanzaron sobre ellos para traspasarle piernas y rodillas con las bayonetas.
Los espíritus que habitaban la carne muerta siguieron luchando y Sam supo que no conseguiría dominarlos del todo. Sintió que el eco de Saraneth se iba debilitando colina arriba y entonces posó los labios en la flauta Ranna. Tuvo que volver a inspirar hondo y, en ese instante, el sonido de Saraneth dejó de oírse y la voluntad de Sam cayó hecha pedazos.
Perdió el control y a lo largo de las líneas, los muertos se estremecieron, comenzaron a moverse y, una vez más, cargaron espolón abajo, hambrientos de vida.