Abhorsen
Sam y los braceros muertos
Cuando los muertos se libraron del control de Saraneth, Sam sopló la flauta de Ranna. La suave nana llegó demasiado tarde y Sam sopló con demasiada prisa. Apenas media decena de muertos se echaron a dormir por influjo del hechizo de Ranna, lo malo fue que también se durmieron varios soldados. Los noventa braceros muertos restantes salieron de la niebla a la carga y fueron recibidos por espadas, bayonetas, cuchillos de plata y los blancos rayos de las blancas centellas de los magos del
Gremio.
Durante un minuto entero de frenética acción, Sam no pudo ver lo que ocurría. Y entonces, el bracero que tenía delante se derrumbó, las piernas cercenadas. Sam se llevó una sorpresa al comprobar que él se las había cortado y que las marcas del Gremio de su espada refulgían con furia blanco azulada.
—¡Toca otra vez la zampona! —gritó el mayor. Se colocó delante de Sam para combatir a la siguiente aparición de mandíbula desencajada—. ¡Te cubriremos!
Sam asintió, se llevó la zampona a los labios con renovada determinación. Los muertos habían hecho retroceder las defensas con su carga y ahora Lirael se encontraba a pocos metros a espaldas del muchacho, era una estatua helada, completamente vulnerable al ataque.
Gran parte de los braceros muertos eran cadáveres recientes, todavía vestidos con los monos de trabajo. Pero muchos estaban habitados por espíritus que habían pasado una larga temporada en el más allá y transformaban muy deprisa la carne muerta ocupada que, erdido todo vestigio humano, se parecía cada vez más a las formas horrendas que esos mismos espíritus habían asumido en la muerte. Uno de ellos se acercó a Sam; se retorció como una serpiente entre el mayor Greene y el teniente Tindall, con la mandíbula colgando, para poder morder más. Sam reaccionó instintivamente y le atravesó la garganta. Saltaron las chispas cuando las marcas del Gremio de su acero destruyó la carne muerta. Aquella cosa se agitó frenéticamente pero no consiguió liberarse de la espada, y el espíritu que llevaba dentro salió a rastras de su cáscara pulposa, como un gusano que abandona una manzana completamente podrida.
Sam la observó desde arriba y notó que el miedo que lo embargaba se convertía en una rabia ciega. ¿Cómo se atrevían esos muertos a irrumpir en el mundo de los vivos? Se puso rojo de ira, las aletas de su nariz se agitaron cuando inspiró hondo para soplar una de las flautas de la zampona. No era ése el camino que debían transitar los muertos, él les enseñaría a escoger otro.
Los pulmones se le llenaron de aire, escogió la flauta de Kibeth y sopló. Sonó una sola nota, alta y clara, y luego, de repente, se convirtió en una giga alegre y contagiosa. Levantó el ánimo a los soldados, incluso logró arrancar alguna sonrisa haciéndolos mover las armas al ritmo de la canción de Kibeth.
Los muertos oían una música diferente y los que todavía conservaban la boca, los pulmones y la garganta soltaron angustiados aullidos de terror. Por más que aullaran, no conseguían ahogar la llamada de Kibeth, y los espíritus muertos comenzaron a moverse contra su voluntad, salieron de la carne putrefacta que ocupaban y fueron enviados de vuelta al reino de los muertos.
—¡A ver si aprenden! —gritó el teniente Tindall cuando los braceros muertos que formaban las líneas de ataque comenzaron a caer dejando cadáveres vacíos, pues Kibeth obligaba a los espíritus que los ocupaban a regresar al lugar del que nunca debían haber salido.
—No se entusiasme demasiado —gruñó el mayor.
Miró a su alrededor y vio a algunos hombres en el suelo, muertos o moribundos. Varios heridos iban hacia el puesto de primeros auxilios situado en la base del espolón, sostenidos por demasiados compañeros en perfectas condiciones. Y después, comprobó que muchísimos más se limitaban a salir corriendo colina abajo, de vuelta a donde estaban los sureños y la relativa protección del arroyo.
De hecho, gran parte de la compañía había desertado y Greene sintió una punzada de decepción porque sabía que aquélla sería su última misión. La mayoría de los hombres eran reclutas, e incluso los que habían servido una temporada en la Frontera, jamás habían visto tantos muertos juntos.
—¡Condenados! ¡Mira que irse justo cuando estamos ganando, serán idiotas!
Con la indignación propia de su juventud, el teniente Tindall se había percatado de que los hombres desertaban. Hizo ademán de ir tras ellos, pero el mayor Greene se lo impidió.
—Déjelos que se vayan, Francis. No son exploradores y esto es demasiado para ellos. A usted lo necesitamos aquí... probablemente esto no ha sido más que la primera oleada. Vendrán más.
—Sí, y pronto —confirmó Sam a toda prisa—. Mayor... hay que hacer que todos se acerquen más a Lirael. Me temo que si logra pasar una sola criatura muerta...
—¡De acuerdo! —contestó el mayor con fervor—. Francis, Edward... que todos se acerquen más, deprisa. A ver si pueden echarle una mano a los heridos, no quiero perder más efectivos. ¡Vamos, deprisa! —¡A sus órdenes! —contestaron los dos tenientes al unísono. Y se pusieron a dar instrucciones a voz en grito; los sargentos las repetían con renovado ímpetu. Sólo quedaban algo más de treinta soldados; minutos después habían formado en círculo, hombro con hombro, alrededor del cuerpo cubierto de hielo de Lirael.
—¿Cuántos muertos más vienen? —preguntó el mayor al ver que Sam tenía la vista clavada en lontananza.
La niebla seguía avanzando más espesa, sus densas volutas serpenteaban alrededor de los soldados a medida que descendía colina abajo. Al otro lado de la cima continuaban los relámpagos, y las nubes de tormenta se habían esparcido por el cielo como una inmensa mancha de tinta, en sintonía con la bruma blanca que había abajo.
—No estoy seguro —contestó Sam frunciendo el entrecejo—. Son cada vez más los que vuelven al mundo de los vivos. Hedge debe de haberse internado en el más allá y los está enviando. Seguro que habrá encontrado un antiguo cementerio o cualquier otra fuente de cadáveres, porque hasta ahora son todos braceros muertos. Timothy dijo que sólo tenía sesenta obreros y ésos vinieron todos en el primer ataque.
Los dos echaron una mirada a Tim Wallach. Se había apoderado del fusil de un soldado muerto, de una espada y un yelmo y, para sorpresa de todos, incluso de él mismo, se encontraba en el círculo defensivo.
—Siempre es mejor la acción —dijo Sam citando a la Perra Canalla.
Después de haberlo dicho, se dio cuenta de que lo creía de corazón. El miedo seguía atenazándole las tripas, pero sabía que no impediría que hiciese lo que debía hacer. Era lo que sus padres habrían esperado, pensó Sam, sin darle muchas más vueltas. Debía apartar el pensamiento de Sabriel y Piedra de Toque o se vendría abajo... y eso era lo último que podía hacer.
—Yo tengo la misma filosofía... —comenzó a decir el mayor y entonces vio que Sam se echaba a temblar y buscaba la zampona.
—¡Braceros muertos! —exclamó Sam apuntando con la espada al tiempo que se llevaba la zampona a los labios.
—¡Preparados! —rugió el mayor y empezó a bucear en el Gremio en busca de las marcas del fuego y la destrucción, aunque sabía que de poco iban a servir contra los braceros muertos, pues no tenían cuerpos que quemar, ni huesos que quebrar.
Los soldados sabían que la magia del Gremio los entretendría, nada más.
En la cima de las montañas, cuatro siluetas vagamente humanas, completamente oscuras, bajaron entre la niebla meciéndose entre las piedras y los arbustos de espino. Silenciosas como tumbas, ni se inmutaron ante las flechas que las atravesaron y continuaron avanzando, inexorables, en dirección a Lirael y el hueco entre los peñascos donde Sam, el mayor Greene y el teniente Tindall se habían colocado para impedirles el paso.
Cuando se encontraban a veinte metros, un bracero muerto se detuvo y se abalanzó sobre un soldado herido al que nadie había visto y seguía tirado debajo de una saliente de roca. El pobre intentó ponerse en pie por todos los medios, pero el bracero muerto lo envolvió como una mortaja y le sorbió la vida.
Cuando el grito moribundo del soldado se perdió en la nada, Sam nspiro hondo y soplo con desesperación en la llanta de Saraneth. Debía dominar a los braceros muertos, someterlos a su voluntad, porque tanto él como sus aliados no disponían de más armas que pudiesen funcionar. Su espada y las marcas que la adornaban les harían daño, poco más.
Sopló y rogó al Gremio que le diera fuerzas para vencer a los braceros muertos.
La voz potente de Saraneth se impuso incluso al trueno. De inmediato, Sam notó que los braceros muertos se resistían a su dominio. Lucharon para no someterse a su voluntad, y el muchacho comenzó a sudar por todos los poros a causa del esfuerzo. Era cuanto podía hacer para mantenerlos a raya. Estos espíritus eran antiguos, mucho más fuertes que los braceros muertos que Sam había enviado de vuelta al más allá con Kibeth. Hubo de emplearse a fondo para impedirles que siguieran avanzando, tiraban constantemente de los ínculos que Saraneth había tejido para atarlos a todos.
Poco a poco, para Sam el mundo se fue estrechando, hasta que no pudo sentir más que los cuatro espíritus y la resistencia que le ofrecían. Todo lo demás desapareció, la humedad de la bruma, los soldados, los truenos, los relámpagos. Sólo quedaron él y sus contrincantes.
—¡Inclinaos ante mí! —gritó con la mente y la voluntad, no con la voz que oían los humanos.
Sam oyó que los mudos espíritus le contestaban del mismo modo, desafiándolo con un coro de aullidos y siseos mentales.
Aquellos braceros muertos eran listos. Uno de ellos fingió que flaqueaba, y cuando Sam concentró su voluntad en ése, los demás contraatacaron y a punto estuvieron de librarse de su dominio.
El muchacho fue entonces consciente de que no sólo se le resistían sino que empezaban a erosionar el hechizo vinculante. Cada vez que perdía un poco la concentración, ellos avanzaban unos cuantos centímetros más arrastrando los pies. Paso a paso, poco a poco, la distancia se fue reduciendo. No tardarían en saltarle encima, en absorber la vida de los soldados que tenía a su lado... y en atacar el cuerpo indefenso de Lirael.
Sam también se dio cuenta de que apenas habían transcurrido unos cuantos segundos desde que había soplado la flauta de Saraneth, y que debía volver a inspirar por segunda vez. Aunque el sonido de la flauta continuaba, se había debilitado. Ojalá pudiera hacer una pausa, llenarse los pulmones de aire y volver a tocar a Saraneth, de ese modo podría reforzar el hechizo vinculante. El muchacho sabía que estaba a punto de dominar por completo a aquellos espíritus. También sabía que si apartaba la concentración de los cuatro braceros muertos para inspirar, se le echarían encima.
Así las cosas, no le quedó más que continuar la pugna de voluntades y tratar de retenerlos. Lirael podía regresar en cualquier momento y, con sus campanas, enviarlos al destierro, al otro mundo. Sam tenía que mantenerlos a raya el tiempo suficiente.
Y ya no trató de recobrar el aliento, se negó a responder a las exigencias de su cuerpo que le pedía aire, más aire. No había nada más importante que detener a los braceros fantasma. Se concentraría en ellos con todas las fibras de su ser, reservaría hasta el último hálito para tocar la flauta. No llegarían hasta Lirael. No debían llegar hasta Lirael. Ella era la última esperanza de salvar al mundo del Destructor.
Además, era de su misma sangre y se lo había prometido.
Los braceros avanzaron un paso más y el cuerpo de Sam se estremeció de los pies a la cabeza a causa del esfuerzo que hubo de hacer para mantenerlos a raya; la pugna que mantenía su mente se reflejaba en sus músculos. El muchacho sabía que comenzaba a debilitarse y que los muertos iban cobrando fuerzas. Además, estaba a punto de desmayarse por falta de aire; en su interior comenzó a notar un irrefrenable deseo de retroceder. ¡Apártate! ¡Recobra el aliento! ¡Deja pasar a los monstruos!
Luchó contra los muertos, luchó contra sus temores, los acorraló en el fondo más recóndito de su mente, de su mente que tanto se empeñaba en que llenara los pulmones de aire. Se quedarían allí y estaba decidido a luchar hasta el último suspiro. Al mismo tiempo, pensaba afanosamente a ver si se le ocurría alguna estratagema ingeniosa.
No hubo manera, y aunque no los había notado moverse, los braceros fantasma le habían robado algo de terreno. Se encontraban apenas fuera del alcance de su espada, eran columnas altas y negras como la tinta que desprendía un frío más frío que el más gélido día invernal.
Los dos que estaban más lejos rodearon a Sam. Querían acercarse a él lo suficiente para sofocarlo con sus sombras y luego envolverlo en el capullo formado por los cuatro espíritus hambrientos. Después de lo cual, se ocuparían de Lirael.
La cabeza del bracero muerto más próximo a Sam comenzó a arder, una bola de fuego azul del tamaño de un puno ilumino el aire. La criatura muerta no se inmutó siquiera y el fuego se apagó con un chisporroteo amortiguado dejando atrás la estela de marcas del gremio que lo habían encendido, hasta que al final éstas también desaparecieron en la niebla.
Otro hechizo del Gremio hizo mella en su objetivo, aunque sólo sirvió para hacer que los árboles resecos ardieran cuando el fuego rebotó en la masa de sombras de los muertos. Sam se dio cuenta de que el mayor Greene y el teniente Tindall trataban de ayudarlo con esos encantamientos, pero no podía dedicar un solo pensamiento para advertirles de la inutilidad del fuego frente a semejantes enemigos.
Sam concentraba toda su atención en los muertos y éstos, a su vez, se concentraban en el muchacho y luchaban por librarse de él.
Ninguno notó la niebla que comenzó a envolverlos, como agitada por una repentina ráfaga de viento; tampoco oyeron los gritos de los soldados que había a sus espaldas.
Hasta que oyeron la campana. Un repique feroz que cayó sobre ellos desde el aire y aferró a los cuatro braceros fantasma como un titiritero que levanta a sus títeres para guardarlos en la caja. Incapaces de oponer resistencia, se doblaron sobre las piernas, las cabezas de perfiles imprecisos levantadas para implorar piedad en silencio.
No hubo piedad. Sonó otra campana y su toque, una violenta canción, se sumó al grito más amplio de la primera. Al oír aquella aguda canción, los braceros fantasma se levantaron como impelidos por un resorte y la sombra de la que estaban hechos se prolongó en finísimas líneas, como si algo los estuviera absorbiendo por un agujerito.
Y desaparecieron, en ejecución sumaria, esta vez de forma definitiva.
Sam cayó de rodillas en el mismo instante en que los muertos desaparecían, inspiró muy, muy hondo y se llenó los pulmones que clamaban desesperados un poco de aire. En lo alto, una papelonave de brillantes tonos azules y plateados planeó un instante, como un halcón enorme encima de su presa. Luego descendió velozmente en círculos hasta depositarse sobre el valle, donde el suelo algo más nivelado y despejado permitía el aterrizaje. Sam miró con fijeza a esa papelonave y a otras dos que bajaban delante de los sureños.
Tres papelonaves. La que acababa de sobrevolar por encima de su cabeza era de tonos azules y plata, los colores de la Abhorsen. La segunda era verde y plata, correspondientes a las clarvis. La tercera, pintada de rojo y oro, pertenecía a la línea real. Dos de las tres papelonaves llevaban un pasajero además del piloto.
—No lo entiendo —susurró Sam—. ¿Quién empuña las campanas?
Zapirón se encontraba a un tiro de piedra de la cima, seguía zigzagueando entre braceros muertos y pararrayos, cuando oyó las campanas. Sonrió e hizo una pausa para gritarle al único bracero muerto que se interponía en su camino.
—¡Oye la voz plena de Saraneth! ¡Huye mientras puedas!
Como ardid era bastante malo. El bracero muerto había regresado al mundo de los vivos hacía muy poco tiempo y era demasiado estúpido para comprender las palabras de Zapirón, además, no tenía el oído tan agudo como él. El retumbo de los truenos le había impedido oír las campanas, además, no tenía ni idea del poder desatado al otro lado de las montañas. Por lo que a él respectaba, tenía delante una presa viva, al alcance de la mano.
Estiró los dedos putrefactos y aferró la pierna del pequeño albino. Zapirón soltó un aullido y lanzó una patada; los huesos resecos de su atacante se quebraron por efecto del golpe. Pero no soltó a su presa y los demás muertos avanzaron hacia Zapirón, atraídos por la perspectiva del inminente banquete con algo vivo.
Zapirón volvió a aullar y soltó a Nick. Se volvió como una flecha, sus dedos de largas uñas y los dientes afilados se clavaron con fuerza en la muñeca del bracero muerto.
Si todavía conservaba algo de inteligencia humana, el bracero se habría sorprendido, orque ningún hombre luchaba como aquél, arqueando la espalda, con una combinación de siseos, mordiscos y zarpazos.
Zapirón le arrancó por completo la muñeca al muerto. Retrocedió de un salto, recogió a Nick, rodeó al bracero y salió corriendo al tiempo que lanzaba un aullido triunfal.
La criatura hizo caso omiso de la pérdida de la mano e intentó seguirlos. Fue entonces cuando se dio cuenta de que su extraño oponente también le había cercenado los ligamentos de la corva. Dio dos pasos inseguros y cayó; el espíritu muerto que la habitaba miró desesperadamente a su alrededor a ver si encontraba otro cuerpo en el que habitar.
Para entonces, Zapirón ya estaba al otro lado de la cima. Mientras seguía corriendo, mantenía el brazo de Nick a prudente distancia de su propio cuerpo. El brazo se estremecía, los músculos no cesaban de moverse debajo de la piel, y unos negros hematomas brotaron alrededor del codo y el antebrazo.
A espaldas de Zapirón, la tormenta de relámpagos amainó y los truenos empezaron a espaciarse más. Los bordes de la niebla seguían iluminados de azul, pero en el centro, tanto la niebla como las nubes tormentosas que había más arriba se tiñeron de un rojo intensísimo.