Abhorsen
Segunda parte
Sueño con búhos y perros voladores
Nick volvía a tener el mismo sueño en el que veía la central productora de rayos y los hemisferios que se juntaban. Entonces el sueño cambiaba de repente y se veía acostado en una cama de pieles, dentro de una tienda. La lluvia repiqueteaba lenta en la lona, sobre su cabeza, y se oía el retumbo del trueno y la tienda se iluminaba con la luz titilante de los relámpagos.
Nick se incorporó y encima de su baúl de viaje vio un búho que lo miraba con sus ojazos dorados. Al lado de su cama vio a un perro sentado. Un perro color negro y habano, del tamaño de un terrier, al que de los hombros le salían unas alas enormes.
«Al menos es un sueño diferente», pensó vagamente Nick. Debía de estar casi del todo despierto, y lo que veía debía de ser uno de esos fragmentos del sueño que preceden el estado de completa vigilia, donde fantasía y realidad se mezclan. Sabía que estaba en su tienda, pero... ¡un búho y un perro alado!
«Me pregunto qué significado tendrán», pensó Nick, mientras parpadeaba para despejarse.
Lirael y la Perra Canalla observaban al muchacho mientras éste las miraba con ojos soñolientos, cargados de un brillo febril. Con la mano se agarraba el pecho, los dedos curvados como si quisieran llegarle al corazón. Parpadeó dos veces, cerró los ojos y volvió a acostarse sobre el lecho de pieles.113
—Está enfermísimo —susurró Lirael—. Tiene muy mal aspecto. Y hay algo más en él... Con esta forma que llevo ahora no puedo precisarlo. Le noto algo mal.
—Hay en él algo del Destructor —gruñó la perra suavemente—. Seguramente una pequeña esquirla de uno de los hemisferios de plata, empapada con una parte pequeñísima de sus poderes. Lo está carcomiendo en cuerpo y alma. Lo están utilizando como avatar del Destructor. Como portavoz. No debemos despertar esta fuerza que lleva dentro.
—¿Y cómo lo sacaremos de aquí sin hacerlo? —preguntó Lirael—. Da la impresión de que no tiene fuerzas ni para levantarse de la cama, mucho menos para caminar.
—Puedo andar —protestó Nick, abrió los ojos y volvió a incorporarse. Como se trataba de su sueño, podía muy bien intervenir en la conversación entre el perro alado y el búho parlanchín—. ¿Quién es El Destructor y qué es lo que me carcome? Acabo de pasar una gripe o algo así.
»Que además me da alucinaciones —añadió—. Y unos sueños que parecen reales. ¡Un perro alado! ¡Bah!
—Se cree que está soñando —dijo la perra—. Mejor así. El Destructor no despertará en su interior a menos que se sienta amenazado o haya magia del Gremio cerca de él. ¡Amita, procura que tu piel del Gremio no lo toque!
—No dejaré que un búho se me pose en la cabeza —rió Nick, soñador—. Y menos un perro.
—Apuesto a que no es capaz de levantarse y vestirse solo —comentó Lirael, maliciosa.
—Ya lo verás —contestó Nick y, a toda prisa, se levantó de la cama—. En sueños soy capaz de hacer cualquier cosa. Lo que sea.
Se tambaleó un poco pero consiguió quitarse el pijama; las criaturas de sus sueños no le inspiraron pudor alguno y ante ellas quedó completamente desnudo. Lirael comprobó que estaba muy delgado y se sorprendió al notar cómo la asaltaba la preocupación. Se le veían las costillas... y todo lo demás, para qué negarlo.
—¿Lo ves? Ya estoy levantado y vestido —dijo el muchacho.
—Necesitas más ropa —sugirió Lirael—. Por si llueve otra vez.
—Llevo paraguas —le comentó Nick. La cara le cambió de expresión y añadió—: No... se me ha roto. Cogeré el abrigo.
Mientras tarareaba para sus adentros, fue hasta el baúl y quiso abrir la tapa. Sorprendida, Lirael echó a volar justo a tiempo y se posó en la cama.
—El búho y el gatito se fueron... —canturreó Nick mientras sacaba del baúl ropa interior, pantalones, un abrigo largo y se los ponía, pero nada de camisa—. Aunque en mi sueño está todo mal... porque no eres un gatito. Eres un...
»Un perro alado —concluyó.
Tendió la mano y le tocó la nariz a la Perra Canalla. La solidez que notó entonces lo sorprendió y el arrebol de la fiebre le tiñó más la cara.
—¿Estoy soñando? —preguntó de pronto, dándose unas bofetadas en la cara—. No estoy soñando, ¿verdad? Me estoy... me estoy volviendo loco.
—No estás loco —lo tranquilizó Lirael—. Sino muy enfermo. Tienes fiebre.
—Sí, es cierto —convino Nick con ansiedad al notar la frente empañada al pasarse el dorso de la mano—. Tengo que meterme otra vez en la cama. Hedge me lo dijo antes de que se fuera a buscar otra barcaza.
—No —le ordenó Lirael y su voz sonó extrañamente intensa a través del pequeño pico del búho. Al enterarse de que Hedge no se encontraba allí, tuvo la certeza de que debía aprovechar la oportunidad—. Necesitas que te dé el aire. Perra... ¿puedes ayudarlo a andar? ¿Como hiciste con el hombre de la ballesta?
—A lo mejor —gruñó la perra—. Noto que en su interior hay varias fuerzas en pugna, y por más pequeño que sea el fragmento del Destructor sojuzgado, su poder no debe ser desdeñado. Además, alertará a los muertos.
—Siguen arrastrando los hemisferios hacia el lago —dijo Lirael—. Tardarán un rato en llegar hasta aquí. Será mejor que lo ayudes.
—Me vuelvo a la cama —declaró Nick mientras se aguantaba la cabeza con ambas manos—. Y cuanto antes llegue a mi casa de Ancelstierre, mejor.
—No vas a volver a la cama —gruñó la perra y avanzó hacia él—. ¡Saldrás a dar un paseo!
Dicho lo cual, ladró. Su ladrido fue tan profundo y fuerte que la tienda se sacudió y los palos se estremecieron. Lirael notó que el sonido la golpeaba y encrespó las plumas. Su reacción fue tan virulenta que echó chispas, cuando la magia libre luchó contra las marcas del Gremio de su forma postiza.
—¡Sígueme! —ordenó la perra, se dio la vuelta y salió de la tienda.
Nick dio tres pasos tras ella, pero se detuvo en la entrada y agarró la puerta de lona.
—No, no, no puedo —masculló, los músculos del cuello y de las manos se vieron recorridos por espasmos—. Hedge me dijo que me quedara. Será mejor que me quede.
La perra volvió a ladrar con más fuerza, el sonido llegó incluso a imponerse a los truenos constantes. Una corona de chispas saltó alrededor de Lirael y el pijama sobre el que se había posado se prendió fuego, con lo que se vio obligada a salir volando de la tienda.
Nick se echó a temblar y comenzó a retorcerse cuando la fuerza del ladrido le dio de lleno. Cayó de rodillas y salió arrastrándose de la tienda, gimiendo y llamando a Hedge. Lirael voló en círculos encima de él, mientras miraba hacia el oeste.
—Levántate —le ordenó la perra—. Camina. Sígueme.
Nick se levantó, dio varios pasos, se quedó inmóvil. Puso los ojos en blanco y unas volutas de humo comenzaron a salirle por la boca.
—¡Ama! —gritó la perra—. ¡El fragmento que lleva dentro ha despertado! ¡Debes recuperar tu forma y sofocarlo con las campanas!
Lirael cayó como una piedra y al instante conjuró las marcas del Gremio para deshacer la piel de búho que llevaba. Antes que eso ocurriera, sus enormes ojos dorados de búho habían penetrado la noche recorrida por los relámpagos hasta ver el sitio donde los muertos rabajaban afanosamente para mover los hemisferios de plata. Cientos de braceros muertos comenzaron a soltar las cuerdas y a dirigirse hacia la tienda. Un momento más tarde, echaron a correr, el sonido masivo de cientos de coyunturas resecas al entrechocar aportaron un trasfondo fantasmal al retumbo de los truenos. Los braceros que iban delante se peleaban entre sí para pasar primero al ser atraídos por la magia y la promesa de una vida palpitante de la cual apoderarse. La vida que iba a permitirles saciar su hambre eterna.
La perra ladró otra vez al ver que a Nick le salía humo por la nariz, pero de poco le sirvió. Lirael no pudo hacer otra cosa que observar cómo se enroscaba el humo cuando se vio momentáneamente atrapada en un tornado de luz mientras la piel del Gremio se deshacía en las marcas que la componían.
Y apareció entonces con su propio cuerpo, las manos buscaron a Saraneth y a Nehima. Sin embargo, allí había algo más, una presencia que ardía dentro de Nick llenándolo de un fulgor que hacía hervir las gotas de lluvia en cuanto le tocaban la piel. El olor a metal caliente de la magia libre brotó de él en oleadas cuando una voz que no era la de Nicholas salió de su boca, acompañada de bocanadas de humo.
—¿Cómo os atrevéis? Ah... debí suponer que tú, entrometida y una de tus hermanas me...
—Deprisa, Lirael —gritó la perra—. ¡Ranna y Saraneth juntas con mi ladrido!
—¡A mí, mis siervos! —gritó la voz que salía de Nick, la voz más fuerte y más horrenda que pudiera partir de una garganta humana.
Se impuso al trueno y cruzó el valle. Todos los muertos la oyeron, incluso los que seguían tirando de las cuerdas como autómatas, todos abandonaron lo que hacían y salieron corriendo, una marea de carne putrefacta fluyó a ambos lados del foso y se dirigió hacia el faro de la tienda en llamas, donde el supremo amo los llamaba.
Otros oyeron aquella voz, aunque estaban muy lejos, donde el sonido no llegaba. Hedge lanzó una maldición, se volvió y mató a un pobre caballo, para conseguir una montura que no temiera cargar con él. Muchas leguas hacia el este, Chlorr se apartó de la orilla del río, cerca de la Casa de la Abhorsen y empezó a correr, una silueta inmensa de fuego y oscuridad que corría a una velocidad increíble.
Lirael dejó la espada y sacó a Ranna con tanta rapidez que la campana tintineó brevemente y una oleada de cansancio la invadió. La muñeca le seguía haciendo daño tras el encuentro en el reino de los muertos, pero ni el dolor ni la protesta de Ranna bastaron para detenerla. Las páginas correspondientes de El libro de los muertos brillaron en su mente indicándole lo que debía hacer. Y eso hizo, unió el sonido suave de Ranna con el profundo y fuerte de Saraneth y a ellos le sumó el ladrido agudo de la Perra Canalla.
El sonido envolvió a Nick y la voz que salía por su boca quedó ahogada. Sin embargo, una voluntad de hierro, una voluntad enfurecida luchaba contra el hechizo y Lirael la sentía empujar contra ella y oponerse encarnizadamente a los poderes combinados de las campanas y el ladrido. Y de repente, la resistencia cesó y Nick cayó al suelo, el humo blanco entró rápidamente en su nariz y su garganta.
—¡Deprisa, deprisa! ¡Ponlo en pie! —la exhortó la perra—. Enfila hacia el sur, al punto de reunión. ¡Yo me encargaré de hacerles frente!
—Pero... Ranna y Saraneth... el chico estará dormido —protestó Lirael mientras guardaba las campanas y levantaba a Nick.
Pesaba menos de lo que esperaba, incluso menos de lo que aparentaba. Era evidente que estaba en los huesos.
—No, sólo duerme el fragmento que lleva dentro —dijo la perra a toda prisa. Las alas se le absorbieron para que pudiera asumir su tamaño de combate—. ¡Dale unos bofetones... y corred!
Lirael obedeció, aunque se sintió cruel. El bofetón le ardió en la palma de la mano, pero onsiguió despertar a Nick. El muchacho gimió, miró a su alrededor con ojos extraviados y pugnó por soltarse.
—¡Corre! —le ordenó y mientras tiraba de él hizo una pausa para empuñar a Nehima—. Corre... o te clavo la espada.
Nick miró a Lirael, observó la tienda en llamas, a la perra y la horda que, según él, eran trabajadores enfermos, con cara de sorpresa y asombro. Y echó a correr obedeciendo a Lirael que lo empujaba para que fuese hacia el sur.
Detrás de ellos, la perra se quedó junto a la luz que desprendía el incendio; era una sombra negra que hasta las paletillas medía metro y medio. Las marcas del Gremio recorrían su collar soltando un brillo fantasmal multicolor, que se imponía a los rojos y amarillos de las llamas que devoraban la tienda. La magia libre palpitaba debajo del collar y por la boca despedía fuego.
La primera masa de braceros muertos la vio y aminoró la marcha pues no sabían qué tenían delante, ni qué peligro revestía.
La Perra Canalla ladró y los braceros muertos comenzaron a aullar cuando una fuerza que conocían y temían se apoderó de ellos, un ataque de magia libre que estremeció sus cuerpos putrefactos y los obligó a regresar al reino de la muerte.
Desgraciadamente, por cada muerto que caía, surgían decenas que comenzaba a cargar, las manos esqueléticas dispuestas a aferrar y destrozar, los dientes rotos y manchados ansiosos por clavarse en la carne, mágica o no.