Abhorsen

Garth Nix · Capítulo 17 de 33

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Abhorsen

La frontera

—Sargento, algo se mueve allá adelante —susurró el soldado Horrocks observando por la mirilla de su ametralladora Lewin—. ¿Disparo unas ráfagas?

—¡Ni lo sueñes! —murmuró el sargento Evans—. ¿Para qué tienes la cabeza? ¡Si se trata de un rondador, un glim o algo así, nos caerá encima y se nos comerá las entrañas! Scazlo... vuelve y avisa al teniente que hay algo. Los demás, avisad a los demás que monten las bayonetas sin hacer ruido. Y que nadie haga nada hasta que yo lo diga.

Evans volvió a mirar a lo lejos mientras Scazlo bajaba por la trinchera de comunicaciones que partía a sus espaldas. En la trinchera principal se oyeron los chasquidos amortiguados de las bayonetas cuando los soldados las montaron tratando de no hacer ruido. Evans tensó el arco y cargó la pistola con una bengala roja. El rojo era la señal indicadora de una incursión proveniente del otro lado del Muro. Sería la señal si llegaba a funcionar, pensó. Desde el Reino Antiguo soplaba un viento suave del norte. Resultaba muy útil para quitar la humedad helada del barro de las trincheras, pues la primavera no había terminado de batir en retirada al invierno; sin embargo, ese mismo viento hacía que las armas, los aviones, las bengalas y cualquier otro producto de la tecnología dejaran de funcionar.

—Van dos... y algo que parece un perro —murmuró Horrocks al tiempo que doblaba despacio el dedo índice que, hasta ese momento, había mantenido relajado sobre el gatillo.

Evans oteó la oscuridad tratando de distinguir algo. Horrocks no era particularmente sagaz, pero tenía vista de lince. Mucho mejor que la de Evans, que no veía nada. Sin embargo, las latas que colgaban del alambre comenzaron a tintinear. Alguien... o algo... avanzaba despacio.

Horrocks tensó el dedo en el gatillo; su arma estaba preparada, sin el seguro, con el tambor lleno de munición y balas listas en la recámara. Sólo le faltaba recibir la orden, y quizá que el viento cambiara.

De pronto lanzó un suspiro, quitó el dedo del gatillo y se apartó del borde de la trinchera.

—Parece que son de los nuestros —dijo, y dejó de suspirar—. Exploradores. Un oficial y un pobre infeliz con la cabeza vendada. Y uno de ésos, ya sabe usted, uno de esos perros de rastreo.

—Rastreadores —lo corrigió Evans automáticamente—. Cállate.

Evans pensó en qué debía hacer. Nunca había oído hablar que las criaturas del Reino Antiguo adoptaran forma de oficiales ancelstierranos ni de perro del ejército. Sombras prácticamente invisibles, sin duda. Gente corriente del Reino Antiguo, sin duda. Horrendas criaturas voladoras, sin duda. Aunque siempre hay una primera vez...

—¿Qué pasa, Evans? —inquirió una voz a espaldas del sargento y éste sintió un alivio que nunca iba a dejar traslucir.

El teniente Tindall sería hijo de un general, pero desde luego no era un oficial inútil. Conocía la frontera a fondo, en la frente llevaba la marca de Gremio que así lo atestiguaba.

—Algo se mueve allá fuera, a unos cincuenta metros —informó—. Horrocks cree que ve a una pareja de exploradores, uno de ellos está herido.

—Y un perro de rastreo... quiero decir, rastreador —añadió Horrocks.

Tindall no le hizo caso, se encaramó al parapeto para observar. Fueran lo que fuesen, se acercaban dos siluetas apenas visibles. No percibió en ellas fuerzas hostiles ni magias peligrosas. Aunque... si eran exploradores del Paso Fronterizo, también debían ser magos del Gremio.

—¿Ha probado con una bengala blanca? —preguntó.

—No, mi teniente —contestó Evans—. El viento sopla del norte. Pensé que no iba a funcionar.

—Muy bien —asintió el teniente—. Avise a los hombres de que voy a lanzar una luz allá adelante. Todo el mundo preparado hasta que yo diga.

—¡Sí, mi teniente! —confirmó Evans. Se volvió al hombre que estaba a su lado y en voz baja le ordenó—: ¡A la banqueta de tiro! ¡Luz al frente! Pásalo.

A lo largo de la trinchera se corrió la voz; los hombres ocuparon las banquetas de tiro; la tensión se notaba en sus posturas. Evans no alcanzaba a ver al pelotón entero, estaba demasiado oscuro, pero sabía que sus cabos, apostados en los extremos, lo harían por él.

—Lanzaré el hechizo ahora —anunció el teniente Tindall.

Una tenue marca del Gremio, la propia de la luz, apareció en el hueco de su mano. A medida que se volvía más brillante, la lanzó al aire como si fuese una pelota de criquet, en dirección al frente.

La chispa blanca cobró vida mientras se elevaba hasta convertirse en un sol diminuto que quedó suspendido de forma poco natural en tierra de nadie. Bajo su cruda luz todas las sombras huyeron en desbandada y dos siluetas surgieron nítidas: avanzaban en zigzag por el sendero que atravesaba la alambrada. Tal como había dicho Horrocks, llevaban un perro rastreador, y, bajo la cota de malla, propia de las fuerzas fronterizas, las dos siluetas vestían el uniforme caqui del ejército ancelstierrano. El correaje y las armas presentaban un aspecto poco convencional que distinguía a ambas personas como miembros de la Unidad de Reconocimiento de la Frontera Norte, más conocidos como Exploradores del Paso Fronterizo.

Cuando la luz dio de lleno sobre ellos, uno de los dos hombres levantó las manos. El otro, el de la cabeza vendada, lo imitó más despacio.

—¡Fuerzas amistosas! ¡No disparen! —gritó Sameth mientras la luz del Gremio se apagaba poco a poco encima de su cabeza—. Teniente Petrus y sargento Clairus, presentes. ¡Acompañados de perro rastreador!

—¡No bajéis las manos y aproximaos en fila india! —ordenó Tindall. A su sargento le preguntó—: ¿Teniente Petrus? ¿Sargento Clairus?

Evans negó con la cabeza y aclaró:

—No los conozco, mi teniente. Pero ya sabe usted cómo somos los exploradores de reservados. El teniente Petrus me resulta familiar.

—Sí—murmuró Tindall con el ceño fruncido.

El oficial que se aproximaba le sonaba de algo. El sargento herido avanzaba con el paso cansino de quien se obliga a moverse pese a sufrir un dolor intenso. El perro rastreador llevaba el peto color caqui reglamentario, con el número grabado en blanco y un collar de cuero ancho, lleno de púas. En general, parecían auténticos.

—¡Alto ahí! —gritó Tindall justo cuando Sameth bajaba con el pie un trozo de alambrada a diez metros de la trinchera—. Saldré a comprobar vuestras marcas del Gremio.

—Cúbrame —le ordenó a Evans—. Ya conoce el procedimiento si no son lo que parecen.

Evans asintió, en el barro, entre los tablones del sendero, plantó cuatro flechas con punta de plata para tenerlas a mano y tensó otra en el arco. El ejército no distribuía ni reconocía el uso de arcos y flechas de plata, pero tal como ocurría en la frontera, con otros tipos de armas poco habituales, todas las unidades las usaban. Muchos de los soldados eran arqueros consumados; Evans se encontraba entre los mejores.

El teniente Tindall miró las dos siluetas envueltas en la penumbra, pues su encantamiento comenzaba a apagarse. Había cerrado un ojo, como le enseñaron, para que a luz no lo cegara y, una vez apagada ésta, pudiera ver en la oscuridad. Abrió ese ojo y, por enésima vez, se dijo que la precaución había servido de bien poco.

Desenvainó la espada, cuyas listas plateadas brillaron bajo la luz de las estrellas, y salió de la trinchera; el corazón le galopaba con tanta fuerza en el pecho que notaba el eco de los latidos en el estómago.

El teniente Petrus esperaba con las manos en alto. Tindall se acercó a él con cautela, con los sentidos abiertos para percibir cualquier sensación, cualquier insinuación, cualquier olor a magia libre o a los muertos. Sólo percibió magia del Gremio, un encantamiento difuso envolvía a los dos hombres y al perro. Un hechizo protector, quizá.

Se mantuvo a distancia y colocó la punta de la espada en la garganta del teniente, dos centímetros por encima de donde se ataba la cota de malla. Se acercó y, con el índice de la mano izquierda, le tocó la marca del Gremio de la frente.

La marca despidió un fuego dorado en cuanto la rozó y Tindall sintió que caía en el conocido e infinito remolino del Gremio. Se trataba de una marca impoluta; Tindall sintió que el alivio le recorría el cuerpo con la misma intensidad que el Gremio.

—Francis Tindall, ¿verdad? —dijo Sam, agradecido de haberle puesto un poblado bigote al encantamiento con el que había creado el disfraz de uniforme y el equipo de oficial de los Exploradores.

El año anterior había visto en varias ocasiones al joven teniente, durante las actividades oficiales a las que solía asistir como parte de su educación. El teniente tenía pocos años más que Sam. El padre de Francis, el general Tindall, estaba al mando de la Guarnición de la Frontera.

—Sí—contestó Francis, sorprendido—. No me acuerdo de quién...

—Sam Petrus —contestó Sameth. Sin bajar las manos, inclinó la cabeza hacia atrás—. Será mejor que vea al sargento Clairus. Cuidado con la cabeza, tiene una herida de flecha en el costado izquierdo. Está medio grogui.

Tindall asintió, pasó delante de él y repitió con el sargento herido el procedimiento con la espada y la mano. El hombre llevaba casi toda la cabeza vendada, pero la marca del Gremio se veía bien, de manera que la tocó. Una vez más, comprobó que permanecía incorrupta. Advirtió también que el poder del sargento era inmenso, igual que el del teniente Petrus. Ambos soldados eran magos del Gremio con una fuerza increíble, los más fuertes y poderosos que había visto nunca.

—¡Pueden pasar! —le gritó al sargento Evans—. ¡Que bajen todos de las banquetas de tiro y dispongan otra vez los puestos de escucha!

—Me preguntaba cómo hicieron para detectarnos —comentó Sam—. No esperaba que las trincheras estuviesen guarnecidas.

—Hacia el oeste se ha producido una emergencia —le explicó Tindall, mientras se abría paso hacia la trinchera—. Nos mandaron hacia aquí hace apenas una hora. Es una suerte que siguiéramos aquí, pues el cesto del batallón se encuentra a medio camino hacia Bain. Los mandaron llamar para apoyar a las autoridades civiles. Tal vez se hayan producido más problemas con los campamentos de sureños o los manifestantes del partido Nuestro País.

—¿Una emergencia al oeste de aquí? —preguntó Sam, nervioso—. ¿Qué tipo de emergencia?

—No tengo más datos —contestó Tindall—. ¿Sabes algo?

—No —contestó Sam—. Pero debo ponerme en contacto con el cuartel general lo antes posible. ¿Llevas un teléfono portátil?

—Sí—respondió Tindall—. No funciona, supongo que a causa del viento que sopla desde el Muro. El del puesto de mando de la compañía quizá funcione, aunque tendrás que volver andando hasta la carretera.

—¡Maldita sea! —exclamó Sam saltando dentro de la trinchera.

Una emergencia en el oeste. Seguro que estaba relacionada con Hedge y Nicholas. Respondió distraídamente al saludo de Evans y observó las caras pálidas que lo miraban desde la oscuridad de la trinchera, caras en las que se veía reflejado el agradecimiento de no encontrarse ante una criatura del Reino Antiguo.

El perro saltó a su lado y los soldados que se encontraban más cerca dieron un respingo. Lirael bajó despacio, detrás del chucho, todavía le dolía todo el cuerpo a causa del vuelo. La frontera le resultaba extraña y aterradora. Notaba el peso inmenso de muchas muertes a su alrededor. Muchos muertos hacían fuerza para trasponer la frontera del reino de los vivos; la silenciosa melodía de las flautas eólicas plantadas en tierra de nadie les impedían cruzar. Sabía que eran obra de Sabriel, pues las flautas eólicas se mantenían activas mientras viviera la actual Abhorsen. Cuando desapareciera, estos instrumentos protectores dejarían de tocar en cuanto saliera la luna llena, y los muertos se levantarían hasta que volviesen a ser sojuzgados y sometidos por el nuevo Abhorsen. Lirael sabía que ella sería la siguiente.

El teniente Tindall notó cómo se estremecía y la miró lleno de preocupación.

—¿No deberíamos llevar a tu sargento al puesto de primeros auxilios del regimiento? —preguntó.

El sargento le resultaba bastante peculiar, tenía algo que impedía al teniente Tindall mirarlo directamente a los ojos. Si espiaba con el rabillo del ojo, Tindall notaba un aura difusa que no encajaba del todo con el perfil que esperaba. La bandolera que llevaba también le resultaba rara. ¿Desde cuándo los exploradores llevaban bandoleras con munición para el fusil? Máxime cuando ninguno de ellos tenía fusil.

—No —se apresuró a contestar Sam—. Se pondrá bien. Debemos conseguir un teléfono lo antes posible y hablar con el coronel Dwyer.

Tindall asintió sin decir palabra. El gesto contribuyó a disimular la mueca de preocupación de su cara y los pensamientos que bullían en su interior. El teniente coronel Dwyer, al mando de los Exploradores del Paso Fronterizo, llevaba dos meses de permiso. Tindall se había despedido de él tras una memorable cena en el cuartel general de su padre.

—Será mejor que vengas conmigo al puesto de mando de la Compañía —dijo al fin—. El mayor Greene querrá hablar contigo.

—Debo telefonear—insistió Sam—. ¡No hay tiempo para hablar!

—Es posible que el teléfono del mayor funcione —dijo Tindall tratando de mantener el tono calmado—. Sargento Evans, ocúpese del pelotón. Byatt y Emerson... mantengan las bayonetas montadas. Ah, Evans... mande a un corredor a buscar al teniente Gotley para que le avise que se reúna conmigo en el puesto de mando. Tal vez precisemos de sus conocimientos de las señales.

Se abrió paso hacia la trinchera de comunicaciones seguido de Sam, Lirael y la Perra Canalla. Evans, que había visto la mirada del teniente cuando mandó llamar al otro mago del Gremio de la compañía, aparte del mayor Greene, contuvo a Byatt y a Emerson unos instantes y les susurró:

—Aquí pasa algo raro, muchachos. Si el jefe da la orden, o si llega a presentarse el mínimo problema, clavadles la bayoneta en la espalda a esos dos.