Abhorsen

Garth Nix · Capítulo 32 de 33

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Abhorsen

La decisión de Irreal

—De manera que Hedge me ha fallado, era de esperar —dijo Orannis, la voz como un susurro, pero áspera y penetrante—. Como es de esperar que todas las cosas vivas fallen, hasta que el silencio me acoja en su eterna calma, sobre un mar de polvo.

»Y ahora vienen otros siete clamando para encerrar una vez más a Orannis en el metal, en lo más profundo de la tierra. ¿Podrán esos siete, de sangre aguada y menguados poderes, imponerse al Destructor, el último y más poderoso de los nueve?

Orannis hizo una pausa en la que el silencio fue absoluto, terrible. Cuando volvió a hablar, pronunció tres palabras que todos recibieron con un estremecimiento, como si acabaran de recibir una bofetada.

—No lo creo.

Las palabras fueron pronunciadas con tanta fuerza que nadie osó moverse ni hablar. Lirael debía comenzar el hechizo vinculante, pero tenía la garganta tan seca que le costaba articularlo y notaba las piernas tan pesadas que no lograba moverse. Se opuso desesperadamente a la fuerza que la mantenía sujeta, se aferró al dolor del brazo, a la sorpresa de ver el rostro moribundo de Nick, a la destrucción completa y tremenda que la rodeaba.

Movió la lengua y notó un resto de saliva en la boca, en el preciso instante en que Orannis se abalanzaba hacia el anillo de los siete, escupido lenguas de fuego que se enredaban alrededor de los tontos que intentaban ofrecer resistencia.

—Me opongo a ti en representación de Astarael —graznó Lirael, y con la punta de la espada dibujó una marca del Gremio.

La marca flotó brillante en el aire y las lenguas de fuego se alejaron de ella... sólo un poco.

Bastó para librar a los demás y comenzar el hechizo vinculante. Sabriel dibujó una marca con la espada y dijo:

—Me opongo a ti en representación de Saraneth.

Su voz sonó alta y clara, llena de confianza, lo cual infundió esperanza a los demás.

—Me opongo a ti en representación de Belgaer —dijo Sam imprimiendo a sus palabras toda la rabia que le inspiraba el recuerdo de Nick, su cara exangüe cuando le dijo que tratara de arreglarlo.

Y con los dedos dibujó velozmente ante él su marca del Gremio.

—Me opongo a ti en representación de Dyrim —pronunció Ellimere, orgullosa, como retándolo a duelo. Y dibujó su marca, una línea, en la arena.

—Tal como lo hice entonces, lo hago ahora —dijo la Perra Canalla—. Soy Kibeth y me opongo a ti.

A diferencia de los demás, no dibujó una marca del Gremio, sino que su cuerpo se tensó y de la parda pelambre salió un arco iris de marcas que danzaron a su alrededor haciendo extraños diseños y conjunciones de forma y color. Una de estas marcas partió de su hocico y entonces la perra sopló sobre ella para que quedase colgando en el aire.

—Como una sola nos oponemos a ti en representación de Mosrael —entonaron Sanar y Ryelle al unísono.

Juntas dibujaron su marca, enérgicos trazos hechos con las manos entrelazadas.

—Yo soy Torrigan, llamado Piedra de Toque, y me opongo a ti en representación de Ranna —declaró Piedra de Toque y su voz sonó en toda su majestad, como corresponde a un rey.

Dibujó su marca y, mientras se encendía, fue el primero en tañer su campana. Las clarvis se sumaron con la voz de Mosrael, la perra empezó un ladrido rítmico, Ellimere agitó a Dyrim, Sam hizo sonar a Belgaer y Sabriel dejó que Saraneth emitiera su canto profundo por encima de todos los demás.

Finalmente, Lirael hizo sonar a Astarael y su luctuoso tañido se sumó a los otros sonidos que salían del círculo y a la magia que rodeaba a Orannis. Normalmente, la Plañidera enviaba a cuantos la oían al reino de los muertos. Sin embargo, en esta ocasión, combinada con las otras seis voces, su canto evocó una pena irremediable. Juntas, las campanas y la Perra Canalla entonaron una canción que era algo más que sonido y fuerza. Era la canción de la tierra, de la luna, las estrellas, el mar y el cielo, de la vida y de la muerte y de todo lo que era y sería. Era la canción del Gremio, la canción que había sojuzgado a Orannis hacía mucho, mucho tiempo, la canción que intentaba sojuzgar, una vez más, al Destructor.

Las campanas tocaron y tocaron hasta que su eco llegó a los lugares más recónditos de Lirael. Quedó saturada con su fuerza, como una esponja que ya no absorbe más líquido. La notó dentro de sí y en los demás, brotaba de tal modo que los llenó a todos hasta que tuvieron que dejarla salir.

Y salió, fluyó hacia la marca que ella había dibujado, la hizo brillar y extenderse hacia los lados hasta convertirse en una luz que fue a juntarse con la marca siguiente, y con la que venía después, para formar un círculo refulgente que se cerró alrededor del globo de Orannis y formó un anillo brillante, en órbita alrededor de la esfera negra y amenazante.

Lirael pronunció el resto del hechizo vinculante, las palabras salieron volando de su boca, transportadas por un torrente incontenible. Con el hechizo, el anillo brilló más y comenzó a ceñirse más y más, obligando a las lenguas de fuego a retroceder de vuelta al interior de la esfera de oscuridad de Orannis.

Lirael dio un paso al frente y los siete la imitaron, cerrando el círculo humano detrás del anillo mágico de luz. Dieron un paso más, y otro, a medida que el anillo mágico se ceñía más y más, hasta tocar la esfera misma. Las campanas seguían tañendo, gloriosas, el ladrido de la perra marcaba un ritmo que los siete seguían sin pensarlo siquiera, mecánicamente. Una sensación de triunfo y alivio inundó a Lirael, templada por el pavor que le producía la espada posada sobre su hombro. No tardaría en esgrimirla y, una vez más, volvería a recorrer todo el camino que conducía hasta la Novena Puerta, para no regresar jamás.

El anillo mágico se detuvo. Detrás de él, las campanas titubearon cuando quienes las tañían se detuvieron con un pie en el aire. Lirael dio un brinco, notó el contragolpe de la fuerza, como si hubiese chocado de repente contra una pared inesperada.

—No —dijo Orannis con voz calma, despojada de emoción.

El anillo mágico tembló en cuanto Orannis habló y comenzó a expandirse otra vez, empujado hacia fuera cuando la esfera se hizo más grande. Las lenguas de fuego reaparecieron, más numerosas que antes.

Las campanas continuaron tocando, pero quienes las sujetaban se vieron obligados a retroceder; en sus caras se reflejaron emociones que iban de la más absoluta desesperación a la más feroz resolución. El anillo mágico perdió intensidad al abrirse hacia fuera y, por obra de la fuerza creciente de Orannis, se estiró y se estiró hasta quedar muy, muy delgado.

—He pasado demasiado tiempo en mi tumba metálica —dijo Orannis—. He soportado durante demasiado tiempo la afrenta de la vida, la vida ardiente. ¡Soy El Destructor... y todo debe ser destruido!

Dicho esto, las llamas se proyectaron hacia fuera y aferraron el anillo mágico con miles de dedos pequeñísimos que despedían fuego incandescente. Lo retorcieron de aquí para allá, le arrancaron trozos hasta acelerar su destrucción.

Lirael presenció todo aquello como si estuviera a miles de kilómetros de allí. Todo estaba perdido. No había nada más que hacer. Había visto el principio y también el sojuzgamiento de Orannis. Entonces, los siete habían salido vencedores. En esta ocasión, habían fallado. Lirael había aceptado la certeza de su propia muerte en aquella empresa, y hasta lo había considerado un precio justo por la derrota de Orannis y la salvación de cuanto amaba y conocía.

Sólo serían los primeros en morir de una multitud de personas, hasta que Orannis contemplara un mundo cubierto de un manto de cenizas, con los muertos por única compañía.

Y entonces, en medio de la desesperación, Lirael oyó hablar a Sam y vio un destello de luz brillante surgir cerca de él para formar una alta pared de fuego blanco vagamente humana.

—¡Te libero, Zapirón! —gritó Sam levantando en el aire un collar—. ¡Decide bien!

La silueta de fuego se hizo más alta. Se apartó de Sam y fue hacia Sabriel; bajó la cabeza como si se dispusiera a morder. Sabriel levantó la vista y la observó estoicamente, y aquella cosa dudó. Luego se dirigió a Lirael y la muchacha notó el calor que desprendía, y la descarga de su magia libre, que se mezclaba con el impacto de Orannis, ese impacto que destrozaba los pulmones.

—Por favor, Zapirón —susurró Lirael en voz demasiado queda para que la oyera nadie.

La blanca silueta oyó el ruego. Se detuvo, retrocedió y quedó frente a Orannis, tras abandonar su forma de columna de fuego y adoptar otra más humana, con la piel tan brillante como una estrella.

—Soy Yrael —dijo con voz cargada de fuerza y tendió una mano de la que partió una llamarada plateada en dirección al anillo mágico que se estaba rompiendo—. Yo también me opongo a ti.

El anillo mágico volvió a cerrarse y todos dieron automáticamente un paso adelante. En esta ocasión, no se detuvo, sino que volvió a contraerse. A medida que el anillo se contraía, comenzaron a brotar lenguas de fuego y la esfera se oscureció más. Luego despidió un fulgor plateado, del mismo tono que los hemisferios que habían sojuzgado a Orannis durante tanto tiempo.

Lirael dio un paso al frente, los ojos fijos en la esfera menguante. Notó vagamente que Astarael seguía tañendo en su mano; también percibió sin demasiada claridad que Yrael antaba y que su voz se imponía al repique de las campanas y los ladridos de la perra, mientras iba entonando una canción.

La esfera se contrajo todavía más, el color plateado se esparció por ella como mercurio derramado en el agua, moviéndose en remolinos lentos. Cuando quedó plateada por completo, Lirael supo que debía golpear en los pocos instantes en que Orannis permanecería completamente sujeto. No por los siete, sino por los ocho, porque Zapirón, es decir, Yrael, no podía ser otro que la octava eminencia, también sojuzgado hacía mucho tiempo atrás por los siete.

Las campanas tocaban, Yrael cantaba, Kibeth ladraba, Astarael lloraba. El color plateado se extendía más y más y entonces Lirael se acercó y levantó el arma que Sam le había forjado con sangre, la espada y el espíritu de los siete contenido en las flautas de la zampona.

Orannis habló entonces con voz amarga y tajante.

—¿Por qué,Yrael? —preguntó mientras los últimos restos oscuros se teñían de plata y la esfera de metal brillante bajaba despacio al suelo—. ¿Por qué?

La respuesta de Yrael cruzó un espacio extensísimo, las palabras fluyeron hacia la conciencia de Lirael como un torrente a medida que levantaba la espada bien alta, el cuerpo arqueado hacia atrás, dispuesto a asestar el potente mandoble que debía cortar en dos la esfera.

—Por la vida —dijo Yrael, que tenía más de Zapirón que nunca—. Por los peces y las aves, por el sol caliente y los árboles de rica sombra, por el ratoncillo de los trigales, bajo la fresca luz de la luna. Por todo el...

Lirael no oyó más. Se armó de valor y golpeó con todas sus fuerzas.

La espada cayó sobre el metal plateado con un chirrido que impuso un silencio sepulcral; al cortar, la hoja desprendió una nube de chispas blanco azuladas que se elevaron hacia el cielo ceniciento. Y mientras cortaba, la espada se fue fundiendo y unas llamas rojas subieron hasta la mano de Lirael. La muchacha lanzó un aullido de dolor, pero aguantó firme, y aplicó todo el peso del cuerpo y toda la fuerza de su furia en el golpe. Notaba a Orannis en el fuego, lo sentía en el calor. Buscaba vengarse de ella, llenándola con su fuerza destructiva, una fuerza capaz de convertirla en cenizas.

Lirael gritó otra vez cuando las llamas envolvieron la empuñadura y su mano fue un muñón dolorido. Pero no cejó, se mantuvo firme para completar el quebrantamiento.

La espada traspasó la esfera y la partió en dos. Aunque sabía que sería imposible, Lirael intentó soltarla. Pero Orannis la tenía atrapada, su espíritu se mantenía momentáneamente entero gracias al finísimo puente de la espada, los últimos restos de la hoja prendidos a los hemisferios. Y ese puente la conduciría a ella a su propia destrucción.

—¡Perra! —gritó Lirael instintivamente, sin saber lo que decía; el miedo y el dolor ahogaron su intención de dejarse morir.

Trató de abrir la mano una vez más, pero sus dedos estaban soldados al metal y Orannis le fluía por las venas, dispuesto a consumirla con las últimas llamas que le quedaban.

Y entonces la Perra Canalla mordió con fuerza la muñeca de Lirael. La muchacha sintió otra punzada aguda, pero esta vez el dolor era limpio y repentino. Orannis ya no estaba dentro de ella, tampoco el fuego que amenazaba con acabar con ella. Poco después, Lirael se dio cuenta de que la perra le había arrancado la mano de un mordisco.

La fuerza vengativa de Orannis que aún quedaba libre se volvió contra la Perra Canalla. La mascota de Lirael quedó envuelta cu cuando escupió la mano y la lanzó entre los hemisferios, donde comenzó a retorcerse y a menearse como una horrenda araña hecha de carne renegrida y chamuscada.

Una inmensa bocanada de fuego se tragó a la perra lanzando lejos a Lirael, a la que se le quemaron las cejas y las pestañas. Y con un prolongado grito de rabia por la esperanza runcada, los hemisferios se separaron. Uno estuvo a punto de aplastar a Lirael, pasó muy cerca de ella y fue a parar al fiordo y al mar que había regresado a su sitio. El otro voló por encima de Sabriel y aterrizó detrás de ella levantando una masa de polvo y cenizas.

—Sojuzgado y quebrado —susurró Lirael, mientras se miraba la muñeca completamente azorada.

Seguía notando la mano, aunque sólo le quedaba un muñón cauterizado y la manga quemada.

Y entonces se echó a temblar, y las lágrimas brotaron incontenibles, hasta nublarle por completo la vista. Sólo atinó a hacer una cosa, avanzó a ciegas y llamó a la perra.

—Aquí estoy —dijo la Perra Canalla en voz baja respondiendo a la llamada de su ama.

Se había tumbado de lado, sobre un lecho de cenizas, donde antes se encontraba la esfera. Meneó el rabo al oír a Lirael, pero sólo la punta, y no se levantó.

Lirael se arrodilló junto a su mascota. La perra no parecía herida, pero su ama notó que tenía el hocico canoso y la piel suelta en la zona del cogote, como si de repente hubiese envejecido. Cuando Lirael se inclinó sobre ella, la Perra Canalla levantó la cabeza muy despacio y le lamió la cara.

—Bueno, amita, misión cumplida —susurró y apoyó otra vez la cabeza en el suelo—. Ahora te tengo que dejar.

—No —sollozó Lirael. Abrazó a su mascota con el brazo manco y frotó la mejilla contra su hocico—. ¡Era yo la que tenía que irse! ¡No te dejaré partir! ¡Te quiero, perrita!

—Tendrás otros perros, amigos y amores —susurró la Perra Canalla—. Has encontrado a tu familia, tu herencia, y has conseguido ocupar un puesto muy importante en el mundo. Yo también te quiero, pero ya me ha llegado la hora. Adiós, Lirael.

Dicho esto, desapareció y Lirael se quedó inclinada sobre la estatua de esteatita de una perra.

A su espalda, oyó hablar a Yrael, y a Sabriel y el breve tañido de Belgaer, extrañísimo después de la canción cantada a coro por todas las campanas, su voz solitaria liberó a Zapirón de milenios de servidumbre. Pero aquel sonido venía de lejos, de otro lugar, de otro tiempo.

Sam encontró a Lirael un momento después, hecha un ovillo entre las cenizas, con la talla de la perra aprisionada en el pliegue del brazo manco. Sostenía a Astarael, la plañidera, con la mano que le quedaba, los dedos firmemente apretados alrededor del badajo para que no sonara.