Abhorsen

Garth Nix · Capítulo 2 de 33

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Abhorsen

Primera Parte

Casa asediada

Muy lejos del neblumo de Corvere había otra niebla. Exactamente a novecientos kilómetros al norte, al otro lado del Muro que separaba Ancelstierre del Reino Antiguo. El Muro donde comenzaba la magia del Reino Antiguo y fallaba la moderna tecnología de Ancelstierre.

Esta niebla era distinta de su prima hermana del lejano sur. No era blanca, sino gris oscura como un nubarrón tormentoso, y de natural tenía bien poco. Era una niebla engendrada a partir del aire y la magia libre, había nacido en lo alto de una colina, lejos del agua. Sobrevivía y se propagaba pese al calor de la tarde primaveral, que debería haberla disipado por completo.

Sin que el sol y las brisas suaves la afectasen, la niebla se propagó desde la colina y bajó hacia el sur y el este, unos finísimos zarcillos partían reptantes desde la masa principal. A media legua de la colina, uno de esos zarcillos se separó hasta formar una nube que se elevó bien alta en el aire y cruzó el río Renegado. Ya en la otra orilla, se precipitó al suelo, donde se quedó sentada como un sapo, en la orilla izquierda, y de ella comenzó a desprenderse una nueva niebla.

Dos brazos de niebla no tardaron en envolver las orillas derecha e izquierda del

Renegado, pese a que el sol seguía brillando sobre el río, que quedaba en el medio.

Tanto el río como la niebla fluían a ritmos diferentes hacia los Despeñaderos Largos. El río bajaba caudaloso, cobrando velocidad a medida que se aproximaba a la gran cascada, desde la que se precipitaba a más de trescientos metros. La niebla procedía lenta y amenazante. Se hacía densa y se elevaba a medida que avanzaba.

Poco antes de que llegase a los Despeñaderos Largos, la niebla se detuvo, pero se hizo aún más densa y subió más, amenazando la isla situada en medio del río, al borde de la cascada. Una isla de altos muros blancos que encerraban una casa y unos jardines.

La niebla no se extendía encima del río, tampoco se alejaba mucho al elevarse. Unas defensas invisibles la mantenían a raya, hacían que el sol siguiera brillando sobre los blancos muros, los jardines y la casa de rojo tejado. La niebla era un arma, pero era sólo la primera maniobra de una batalla, el comienzo de un asedio. Se desplegaron los efectivos para la batalla y la casa quedó sitiada.

La isla completamente rodeada por el río era la Casa de la Abhorsen, un cargo que se heredaba por nacimiento. A esta figura correspondía mantener las fronteras entre la vida y la muerte. La Abhorsen, que utilizaba las campanas nigromantes y la magia libre, pero que no era nigromante ni hechicera de la magia libre. La Abhorsen, que se encargaba de devolver a los muertos que regresaban a la vida al lugar de donde habían venido.

La creadora de la niebla sabía que la Abhorsen no estaba en la Casa. La Abhorsen y su marido, el rey, habían sido llevados con malas artes al otro lado del Muro, donde ya se encargarían de ellos. Aquélla era una parte del plan de su amo, trazado hacía muchísimo tiempo, pero puesto en práctica recientemente.

El plan constaba de muchas fases, que se cumplirían en muchos países, aunque su razón de ser estaba en el Reino Antiguo. La guerra, el asesinato, los refugiados eran elementos del plan, todos ellos manipulados por una mente intrigante y sutil que había esperado generaciones enteras para que todo llegara a buen término.

Como ocurre con todos los planes, no habían faltado las complicaciones y los problemas. Dos de ellos estaban en la Casa. Uno era una joven mujer, enviada hacia el sur por las brujas que vivían en una montaña cubierta por un glaciar, en el nacimiento del río Renegado. Las clarvis, que veían muchos futuros en el hielo y que, sin lugar a dudas, tratarían de deformar el presente para sus propios fines. La mujer pertenecía a la élite de sus magas, fácilmente identificable por el chaleco de colores que vestía. Un chaleco rojo que la identificaba como auxiliar segunda de la bibliotecaria.

La creadora de la niebla la había visto; era una muchacha de pelo negro y piel blanca, de escasos veinte años, una edad bien insignificante. Había oído el nombre de la mujer, lo había gritado alguien en el fragor de la batalla.

Lirael.

La otra complicación era más conocida, tal vez más enojosa, aunque las pruebas eran contradictorias. Un muchacho, casi un niño, de cabello rizado como su padre, cejas negras como su madre, alto como ambos. Se llamaba Sameth, hijo del rey Piedra de Toque y de la Abhorsen Sabriel.

El príncipe Sameth era el Abhorsen en ciernes, heredero de los poderes de El libro de los muertos y las siete campanas. Pero la creadora de la niebla tenía ahora sus dudas. Era muy vieja y en cierta ocasión había sabido muchas cosas de la extraña familia y de su Casa en el río. Había luchado contra Sameth apenas la noche anterior y el muchacho no había peleado como un Abhorsen; incluso la manera en que utilizaba la magia del Gremio era rara, no guardaba similitud alguna con la línea real ni con los Abhorsens anteriores.

Sameth y Lirael no estaban solos. Recibían el apoyo de dos criaturas que, en apariencia, no eran más que un gatito blanco y díscolo y una perra grande y bonachona, de color negro y castaño. Sin embargo, esos dos animales eran mucho más de lo que parecían, aunque su aturaleza exacta era otro asunto un tanto resbaladizo. Con toda probabilidad se trataba de espíritus de la magia libre, puestos al servicio de la Abhorsen y las clarvis. El gato era conocido hasta cierto punto. Se llamaba Zapirón; algunos libros sobre sabiduría popular hablaban de él. La Perra era otro cantar. Era algo nuevo. O tan tan viejo que si, en algún momento, existieron libros que hablaran de ella, hacía tiempo que se habían convertido en polvo. La criatura de la niebla creyó que se trataba de esto último. Tanto la joven como su perro venían de la Gran Biblioteca de las clarvis. Lo más probable era que, tal como ocurría con la Biblioteca, ambas encubrieran no pocas sorpresas y poderes desconocidos.

Estos cuatro seres juntos constituían unos contrincantes formidables y eran una seria amenaza. Pero la creadora de la niebla no tenía que luchar contra ellos de forma directa, tampoco podía, porque la Casa estaba demasiado bien protegida gracias a los hechizos y al agua corriente. Ella tenía órdenes de asegurarse de que los cuatro quedasen atrapados en la Casa. Era preciso sitiar la Casa a fin de que, en otra parte, los acontecimientos siguieran su curso hasta que fuese demasiado tarde para que Lirael, Sam o sus mascotas pudiesen hacer nada.

Chlorr, la de la máscara, siseó al pensar en las órdenes que le habían dado y la niebla se esponjó alrededor del sitio donde se suponía que estaba su cabeza. En otros tiempos había sido una nigromante viva y no aceptaba órdenes de nadie. Había cometido un error, un error que la había sumido en la servidumbre y la muerte. Pero su amo no había permitido que fuese hasta la Novena Puerta, ni que la traspusiera. La habían devuelto a la vida, aunque no con una forma viviente. Era una criatura muerta, atrapada por el poder de las campanas, sometida por su nombre secreto. No le gustaban las órdenes que le habían dado, pero no le quedaba más remedio que obedecerlas.

Chlorr bajó los brazos. Unos cuantos zarcillos de niebla, ligeros como plumas, salieron de sus dedos. Estaba rodeada de braceros muertos, cientos y cientos de cadáveres putrefactos, de paso vacilante. Chlorr no había sacado del reino de los muertos a los espíritus que habitaban aquellos cuerpos medio esqueléticos, medio podridos; la habían puesto al frente de todos ellos por alguien que sí lo había hecho. Alzó un brazo largo y delgado de sombras y señaló. En medio de suspiros, gemidos, gritos ahogados y el castañeteo de articulaciones congeladas y huesos rotos, los braceros muertos comenzaron a avanzar, formando torbellinos en la niebla que los envolvía.

—Hay por lo menos doscientos braceros muertos en la orilla derecha y unos ochenta o más en la izquierda —informó Sameth. Apartó el telescopio de bronce y se incorporó—. No he visto a Chlorr, pero imagino que estará ahí fuera, en alguna parte.

Se estremeció de sólo pensar en la última vez que había visto a Chlorr, un ser de maligna oscuridad que se había cernido sobre él, con la llameante espada en alto. Había ocurrido la noche anterior, aunque daba la impresión de que había pasado más tiempo.

—Es posible que algún otrohechicero de la magia libre haya formado esta bruma —dijo Lirael.

Pero no lo creía así. Allá fuera notaba la misma fuerza perturbadora que había sentido la noche anterior.

Es niebla —dijo la Perra Canalla, que intentaba mantenerse en equilibrio sobre el taburete del observador.

Aparte de que hablaba y de que en el cuello lucía un brillante collar formado por marcas del gremio, tenía el mismo aspecto que cualquier otro chucho negro y castaño. De esos que suelen mover el rabo y ponerse contentos en lugar de ladrar y gruñir.

—Yo diría —agregó la Perra Canalla— que es lo bastante espesa para que la llamemos

«niebla».

La perra, su ama Lirael, el príncipe Sameth y Zapirón, el siervo de la Abhorsen que tenía forma de gato, estaban en el observatorio situado en la última planta de la torre, en el lado norte de la Casa de la Abhorsen.

Las paredes del observatorio eran completamente transparentes; Lirael echaba nerviosas miradas al techo, porque costaba ver de qué manera se sostenía. Las paredes no estaban hechas de cristal, ni de ningún material conocido, detalle que las hacía aún más inquietantes.

Sin embargo, Lirael no quería que se le notase el nerviosismo, de modo que disimuló el respingo de miedo y asintió en señal de aprobación mientras la perra seguía hablando. Sólo la mano de Lirael, posada en el cuello de la perra, en busca del consuelo y el calorcillo de su pelambre y de la magia del Gremio, traicionaba sus sentimientos.

Aunque eran las primeras horas de la tarde y el sol brillaba sobre la Casa, la isla y el río, ambas orillas estaban envueltas en una densísima niebla cuyas nubes se elevaban como muros de varios cientos de metros de alto.

Estaba claro que el origen de aquella niebla era hechiceresco. No se había elevado del río, como hacía normalmente la niebla, ni había llegado con una nube baja. Esta niebla que había llegado del este y del oeste, al mismo tiempo, avanzó veloz pese al viento. Al principio, poco espesa, pero luego había ido adensándose a medida que pasaban los minutos.

Otro detalle indicativo de que se trataba de una niebla extraña se encontraba en el sur, donde se paraba en seco, para no mezclarse con la bruma natural que se desprendía de la gran cascada, donde el río caía por los Despeñaderos Largos.

Los muertos llegaron detrás de la niebla. Cadáveres de andares pesados que trepaban torpes por las orillas del río. pese al pavor que les producía el agua corriente. Algo los impulsaba a seguir, algo oculto en el corazón de la niebla. Casi con toda certeza, ese algo era Chlorr, la de la máscara, en otros tiempos nigromante y ahora uno de los muertos mayores. Se trataba de una combinación peligrosa, Lirael era consciente de ello, porqué Chlorr conservaba gran parte de sus conocimientos sobre magia libre, combinados con los poderes conseguidos en el reino de los muertos. Poderes que, con toda probabilidad, eran negros y extraños. La noche anterior, en el curso de la batalla en las riberas del río, Lirael y la perra habían conseguido ahuyentar brevemente a Chlorr. No habían alcanzado la victoria.

Lirael notaba la presencia de los muertos y la naturaleza encantada de la niebla. Aunque la Casa de la Abhorsen contaba con la protección de aguas profundas y caudalosas, y de muchas defensas mágicas, la muchacha no pudo contener el escalofrío, como si los dedos de una mano helada hubiesen recorrido su piel.

Nadie habló del escalofrío, aunque Lirael se sintió incómoda al pensar en lo obvio que había sido. Nadie dijo nada, pero todos la miraban. Sam, la perra y Zapirón esperaban como si ella fuese a soltar una sensata sentencia o una perla de sabiduría. A Lirael le entró el pánico. No estaba acostumbrada a tomar la iniciativa en las conversaciones, ni en ninguna otra situación. Pero ahora era la Abhorsen en ciernes. En ausencia de Sabriel, que se encontraba en Ancelstierre, al otro lado del Muro, Lirael era la única Abhorsen. Los muertos, la niebla y Chlorr eran problemas de ella. Problemas menores, si se los comparaba con la verdadera amenaza, eso que Hedge y Nicholas estaban desenterrando cerca del lago Rojo.

«Habrá que fingir —pensó Lirael—. Tendré que actuar como una Abhorsen. A lo mejor, si interpreto el papel con la convicción suficiente, hasta yo misma llegaré a creérmelo.»

—Además de las pasaderas, ¿hay alguna otra manera de salir? —preguntó de repente.

Se volvió hacia el sur para ver las piedras pasaderas, visibles a flor de agua, que onducían a las orillas derecha e izquierda. Pasaderas no era el nombre más adecuado, pensó Lirael. «Saltaderas» era más descriptivo, porque estaban dispuestas a metro y medio de distancia unas de otras, y se encontraban muy cerca de la cascada. Si fallabas en un salto, el río te acogía en su seno y la cascada se encargaba de hundirte hasta el fondo, bajo el enorme peso de las aguas.

—¿Sam?

Sam asintió con la cabeza.

—¿Zapirón?

El gatito blanco estaba enroscado sobre el cojín azul y oro que duró encima del taburete del observador bien poco: hasta que el minino lo tiró al suelo; donde le pareció más cómodo descansar. Zapirón no era un gato de verdad, pese a que tenía cuerpo de gato. El collar con las marcas del Gremio y su campana en miniatura, Ranna, la adormecedora, indicaba que se trataba de algo más que un gato parlanchín.

Zapirón abrió un ojo verde brillante y bostezó a sus anchas. Ranna tintineó desde el collar, y Lirael y Sam empezaron a bostezar a su vez.

—Sabriel se llevó la papelonave, así que no podemos salir por el aire —comentó

—. Aunque pudiéramos volar, tendríamos que vérnoslas con los cuervos sanguinarios. Podríamos pedir una barca, pero los muertos nos seguirían por las orillas.

Lirael observó las murallas de niebla. Llevaba apenas dos horas en el cargo de Abhorsen en ciernes y ya no sabía qué era lo que debía hacer. Aunque estaba completamente convencida de que debían abandonar la Casa y llegar al lago Rojo lo antes posible. Debían encontrar a Nicholas, el amigo de Sam, e impedir que siguiera cavando para rescatar lo que fuese que estaba enterrado en las profundidades de la tierra.

—A lo mejor hay otra manera —sugirió la perra.

Se bajó del taburete de un salto y empezó a caminar en círculos, cerca de Zapirón, al tiempo que hablaba, levantaba mucho las patas, como si estuviese aplastando hierba alta, en lugar de andar sobre piedras frías. Cuando pronunció la palabra «manera», se desplomó en el suelo, cerca del gato, y tras darle con una pata en la cabeza, vaticinó:

—Pero a Zapirón no le va a gustar.

—¿Qué manera? —siseó Zapirón arqueando el lomo—. Las únicas maneras de salir de aquí, que yo sepa, son las piedras pasaderas, o por el aire, o por el río... y llevo en esta Casa desde que la construyeron.

—Pero no estabas cuando dividieron el río en dos e hicieron la isla —le recordó la perra con toda la tranquilidad del mundo—. Antes de que los constructores del Muro erigieran las paredes, cuando levantaron la tienda del primer Abhorsen allí, donde ahora crece la higuera.

—Cierto —reconoció Zapirón—. Pero tú tampoco estabas.

Hay un asomo de duda en las últimas palabras de Zapirón, pensó Lirael. Observó a la Perra Canalla con atención, pero el animal se limitó a rascarse la nariz Con ambas patas antes de continuar.

—En cualquier caso, hubo una vez otra manera de salir de aquí. Si todavía existe, estará muy honda y podría ocultar más de un peligro. Habrá quien diga que sería más seguro cruzar por las pasaderas y abrirnos paso a golpes entre los muertos.

—Pero tú no lo crees así, ¿verdad? —preguntó Lirael—. ¿Crees que hay una alternativa?

Lirael temía a los muertos, pero no hasta el punto de no enfrentarse a ellos si era preciso. No se sentía del todo cómoda en su nuevo papel. Tal vez, una Abhorsen como Sabriel, en la flor de la vida y el poder, era capaz de saltar de pasadera en pasadera, acabar con Chlorr, los braceros fantasma y de poner en fuga a los otros muertos. Lirael creía que, si ella lo intentaba, acabaría retirándose a los saltos por las piedras y, seguramente, erminaría en el fondo del río, despedazada por la cascada.

—Creo que deberíamos investigar —anunció la perra.

Se estiró tanto que a punto estuvo de volver a golpear a Zapirón con las patas, se levantó despacio y bostezó dejando ver un montón de dientes enormes y blanquísimos. Lirael estaba segura de que hacía todo aquello para fastidiar a Zapirón.

El gato miró a la perra con los ojos entrecerrados.

—¿Has dicho «honda»? —maulló Zapirón—. ¿No te estarás refiriendo a lo que estoy pensando? ¡No podemos ir allí!

—Ella ya no está desde hace mucho tiempo —le contestó la perra—. Aunque me imagino que todavía deben quedar unos restos...

—¿Quién es ella? —inquirieron Lirael y Sameth al unísono.

—¿Sabes el pozo que hay en la rosaleda? —preguntó la perra.

Sameth asintió; Lirael intentaba recordar si había visto un pozo, cuando habían atravesado la isla para dirigirse a la Casa. Conservaba un vago recuerdo de las rosas, infinidad de rosas extendidas por las espalderas que se elevaban en el costado oriental del prado, más cerca de la Casa.

—Se puede bajar por el pozo —continuó la perra—. El descenso es largo y el lugar, estrecho. Llegaremos a cuevas muy profundas. Luego tendremos que volver a subir a los despeñaderos, pero espero que podamos hacerlo más hacia el este, evitando a Chlorr y a sus esbirros.

—El pozo está lleno de agua —avisó Sam—. ¡Nos ahogaremos!

—¿Seguro? —preguntó la perra—. ¿Alguna vez has mirado dentro?

—Pues no —contestó Sam—. Está tapado, me parece...

—¿Quién es esa «ella» a la que te has referido? —inquirió Lirael con firmeza.

Por su experiencia pasada, sabía cuándo la Perra Canalla rehuía hablar de algo.

—Alguien vivió allá abajo —contestó la perra—. Alguien que tenía unos poderes considerables. Y peligrosos. A lo mejor quedan vestigios de ella.

— ¿A qué te refieres cuando dices «alguien»? —insistió Lirael, obstinada—. ¿Cómo ha podido nadie vivir en las profundidades de la Casa déla Abhorsen?

—Me niego a acercarme siquiera a ese pozo —apostilló Zapirón—. Supongo que habla de Kalliel, a quien se le ocurrió hurgar en terreno prohibido. ¿Qué sentido tiene añadir nuestros huesos a los de él en algún rincón oscuro de esas profundidades?

Lirael le echó una rápida mirada a Sam y volvió a contemplar a Zapirón. Lo lamentó enseguida, porque de ese modo dejó entrever sus propias dudas y temores. Ahora ella era la Abhorsen en ciernes, tenía que dar ejemplo. Sam había hablado con franqueza de su temor a la muerte y los muertos, y de su deseo de ocultarse en la Casa rodeada de protecciones. Pero había superado su temor, al menos por el momento. ¿Cómo iba Sam a continuar siendo valiente si ella no daba ejemplo?

Lirael era también su tía. No se sentía muy en el papel de tía, pero imaginaba que el parentesco llevaba aparejadas ciertas responsabilidades hacia su sobrino, aunque se tratara de un muchacho con apenas unos años menos que ella.

—¡Perra Canalla! —ordenó Lirael—. Contéstame claramente de una vez. ¿Quién... o qué es lo que hay allá abajo?

—Bueno, es difícil de expresar en palabras —dijo la perra. Volvió a arañar el suelo con las patas delanteras—. Sobre todo porque lo más probable es que allá abajo no haya nadie. Y si hay alguien, me imagino que podríamos llamarla un resto de la creación del Gremio, como lo soy yo y lo son muchos otros de variable importancia. Pero si está allí, o si está una parte de ella, entonces es posible que sea la que era, lo cual resulta peligroso de un modo... bastante elemental; ahora bien, de todo esto ha pasado muchísimo tiempo y no hago más que contaros lo que otros han dicho, escrito o pensado...

—¿Y por qué iba a estar ella allá abajo? —preguntó Sameth—. ¿Por qué debajo de la Casa de la Abhorsen?

—No está exactamente en un lugar concreto —le explicó la perra, que se había puesto a rascarse la nariz con una pata, para no tener que encontrarse con las miradas de sus interlocutores—. Invirtió parte de su poder aquí, de manera que si tuviera que estar en alguna parte concreta, lo más probable es que esté aquí.

—Zapirón, ¿me puedes traducir lo que ha dicho la Perra Canalla? —pidió Lirael.

Zapirón no se dio por aludido. Tenía los ojos cerrados. En algún momento de la respuesta de la perra, se había hecho un ovillo y se había puesto a dormir.

—¡Zapirón! —repitió Lirael.

—Duerme —dijo la perra—. Ranna lo ha llamado al país del sueño.

—Creo que sólo escucha a Ranna cuando le viene en gana —dijo Sam—. Espero que Kerrigor duerma más profundamente.

—Podemos verlo, si quieres —dijo la perra—. Aunque estoy segura de que si estuviese despierto, nos habríamos enterado. Ranna tiene un mango más ligero que Saraneth, pero sabe aguantar cuando hace falta. Además, el poder de Kerrigor estaba en sus seguidores. Su arte radicaba en sacarles partido; su caída se debió a que dependía de ello.

—¿De qué estás hablando? —preguntó Lirael—. Creía que era un hechicero de la magia libre que se había convertido en un muerto mayor.

—Era algo más que eso —le comentó la perra—, porque en sus venas fluía sangre real. Dominar a los demás era algo que llevaba muy arraigado. En algún lugar del reino de los muertos, Kerrigor encontró la forma de utilizar la fuerza de quienes juraron aliarse a él a través de la marca que les quemaba en la carne. Si Sabriel no hubiese utilizado accidentalmente un encantamiento más antiguo para arrebatarle su poder, creo que Kerrigor habría triunfado. Al menos durante un tiempo.

—¿Por qué sólo durante un tiempo? —preguntó Sam deseando no haber hablado de Kerrigor.

—Porque me parece a mí que, a la larga, habría terminado haciendo lo que hace ahora mismo tu amigo Nicholas —contestó la perra—: habría desenterrado algo que vale más dejar donde está.

Nadie hizo ningún comentario.

—Estamos perdiendo el tiempo —dijo Lirael al fin.

Volvió a echar una mirada a la niebla de la orilla derecha. Sentía la presencia de muchos braceros muertos, más de los que podían verse, y de éstos ya había muchísimos. Centinelas putrefactos, envueltos en la niebla. A la espera de que el enemigo se mostrase.

Lirael inspiró hondo y tomó una decisión.

—Perra, si crees que deberíamos bajar por el pozo, entonces eso es lo que vamos a hacer. Con suerte, no nos encontraremos con los restos de los poderes que pudieran estar allí agazapados. Puede incluso que ella sea amable y podamos hablar...

—¡No! —ladró la perra para sorpresa de todos.

Hasta Zapirón abrió un ojo y, al ver que Sam estaba mirándolo, volvió a cerrarlo rápidamente.

—¿Cómo? —dijo Lirael.

—Si está allá abajo, cosa que no es probable, ni se te ocurra dirigirle la palabra — le advirtió la perra—. No debes escucharla ni tocarla bajo ningún concepto.

—¿Alguien la ha oído o tocado? —quiso saber Sam.

—Ningún mortal —contestó Zapirón, levantando la cabeza—. Tampoco ha podido nadie atravesar sus muros, diría yo. Es una locura intentarlo. Siempre me he preguntado qué habría sido de Kalliel.

—¿Tú no estabas durmiendo? —dijo Lirael—. A lo mejor, ella no nos hará ni caso si osotros tampoco se lo hacemos.

—No es su inquina lo que temo —le explicó Zapirón—. Lo que me da miedo es que nos preste atención, por mínima que ésta sea.

—A lo mejor deberíamos... —comenzó a sugerir Sam.

—¿Qué? —preguntó Zapirón con un tono odioso—. ¿Quedarnos aquí sentaditos, sanos y salvos?

—No —contestó Sam—. Si la voz de esta mujer es tan peligrosa, entonces deberíamos confeccionarnos unos tapones para los oídos antes de partir. Con cera o algo así.

—No servirán de nada —le avisó Zapirón—. Si llega a hablar, la oirá hasta el último de tus huesos. Si canta... Mejor roguemos para que no se le ocurra cantar.

—La evitaremos —dijo la perra—. Confiad en mi olfato. Encontraremos el camino.

—¿No nos puedes contar quién era Kalliel? —preguntó Sam.

—Kalliel fue el duodécimo Abhorsen —contestó Zapirón—. Un personaje de lo más desconfiado. Me tuvo encerrado durante años. El pozo debieron de cavarlo entonces. Su nieto me soltó al desaparecer Kalliel. Fue él quien heredó las campanas y el título de su abuelo. No me gustaría acabar como Kalliel. Y menos en el fondo del pozo.

Lirael dio un respingo al notar que algo se movía en la niebla. La presencia perturbadora que había merodeado desde lejos comenzaba a moverse. Lo notaba; era un ser mucho más poderoso que los braceros fantasma que comenzaban a aparecer y desaparecer de los confines de la niebla.

Chlorr se acercaba; estaba casi en la misma orilla del río. Si no era Chlorr, era alguien con poderes similares. Tal vez se tratara de algún nigromante al que Lirael había conocido en el más allá.

Hedge. El mismo nigromante que había quemado a Sam. A través de las aberturas de la sobrevesta, Lirael veía las cicatrices que su sobrino conservaba en las muñecas.

Aquella sobrevesta era otro misterio... para resolver otro día, pensó Lirael, cansada. Una sobrevesta que dividía en cuatro cuarteles las torres reales con un símbolo que no se veía desde hacía siglos. La llana de los constructores del Muro.

Sam la pilló mirándolo y se puso a tirar del grueso hilo de oro con el que estaba bordado el símbolo de los constructores del Muro. Poco a poco empezaba a entrarle en la cabeza que los enviados no se habían equivocado al darle la sobrevesta. Para empezar, era nueva, no era una prenda antigua que hubiesen sacado de un armario con olor a moho, ni de una cesta de la colada más vieja que Matusalén. De modo que, con toda probabilidad, existía un motivo que le daba derecho a llevarla. Era un constructor del Muro, además de príncipe. ¿Y eso qué quería decir? Los constructores del Muro habían desaparecido hacía siglos cuando, durante la creación del Muro y los grandes pilares del Gremio, pasaron a formar parte de ellos. En sentido literal, por lo que Sam sabía.

Por un momento, se preguntó si a él iba a tocarle el mismo destino. ¿Se vería obligado a hacer algo que acabara con su vida, al menos en forma de hombre vivo y palpitante? Porque los constructores del Muro no estaban exactamente muertos, reflexionó Sam, al recordar los grandes pilares del Gremio y el Muro. Más bien se habían transformado o transfigurado.

Fuera como fuese, le hacía poca gracia. En cualquier caso, lo más probable es que lo mataran bien muerto, pensó al observar la niebla y notar en ella la fría presencia de los muertos.

Sam tocó el hilo dorado que tenía sobre el pecho y se sintió reconfortado al ver que el miedo a los muertos disminuía. Nunca había querido ser el Abhorsen. La misión de constructor del Muro le hacía más gracia, aunque no sabía a ciencia cierta qué implicaba. Lo que sí tenía claro era que le ofrecería el beneficio adicional de volver loca a Ellimere; su hermana jamás iba a creer que Sam ni sabía ni podía explicar lo que significaba ser un onstructor.

Y eso si alguna vez volvía a ver a Ellimere...

—Será mejor que nos pongamos en marcha —sugirió la perra de pronto.

Sus amigos se estremecieron al oírla. Lirael también había estado enfrascada en sus pensamientos mientras observaba la niebla.

—Sí —contestó Lirael, y apartó la vista.

Por enésima vez deseó estar de vuelta en la Gran Biblioteca de las clarvis. Por desgracia, debía desechar tanto ese deseo como el anhelo de llevar la túnica blanca y la diadema de plata y ópalos, correspondientes a las hijas de las clarvis hechas y derechas. Ahora era una Abhorsen; la esperaba una labor inmensa, de capital importancia.

—Sí —repitió—. Será mejor que nos pongamos en marcha. Iremos por el pozo.