Abhorsen
Segundo Interludio
La furgoneta azul del servicio postal aminoró la marcha en medio de Inertes chirridos y enfiló por el desvío, hacia el paseo enladrillado.
Un trecho más adelante hubo de reducir más la velocidad y detenerse con sacudida porque las verjas, que normalmente estaban abiertas, se hallaban cerradas.
Al otro lado había gente con fusiles y espadas. Colegialas armadas que vestían blancos trajes de tenis o túnicas de hockey, y daban la impresión de portar raquetas o palos de hockey en lugar de fusiles. Dos de ellas apuntaban al conductor, mientras otras dos se acercaban a la pequeña puerta lateral que había en la pared; sus espadas reflejaban la última luz del sol poniente.
El conductor de la furgoneta leyó la inscripción «Colegio Wyverley» en letras góticas y doradas y, debajo, en tamaño más pequeño, aparecía: Fundado en 1652 para muchachas formales».
—Peculiares las muchachas formales —masculló. No le gustaba tenerle miedo a unas colegialas. Miró hacia el interior de la furgoneta y .inundó en voz más alta—: Ya estamos en el Colegio Wyverley.
En la parte trasera se oyó un movimiento que, poco a poco, se fue transformando en una serie de golpes secos y exclamaciones ahogadas. El conductor esperó un momento, mientras las sacas de la correspondencia se ponían en pie y unas manos salían del interior para desatar los ordeles de la abertura. Volvió a mirar al frente. Dos de las colegialas se aproximaban a la ventanilla y él se apresuró a bajar el cristal.
—Entrega especial —anunció, con un guiño—. Me han dicho que dijera que son el papá y la mamá de Ellie, que vosotras entenderíais y que si lo decía, no me ibais a disparar ni a atravesar con vuestras espadas.
La muchacha más cercana, que no debía de tener más de diecisiete años, se volvió hacia la otra, que era más joven aún, y le dijo:
—Ve a buscar a la megamaga Coelle.
—No se mueva de ahí y no quite las manos del volante —le ordenó al conductor —. Dígale a sus pasajeros que se queden quietos.
—Te oímos —dijo una voz, potente y vibrante, desde la parte trasera de la furgoneta—. ¿Eres Felicity?
La muchacha retrocedió y, sin bajar la espada, espió por la ventanilla del conductor.
—Sí, soy yo, señora —contestó la muchacha, cautelosa. Se apartó e hizo una señal a las muchachas de los fusiles, que se relajaron un poco aunque, para el desconsuelo del onductor, no bajaron las armas—. ¿Les importa esperar a que llegue la megamaga Coelle? Hoy en día toda precaución es poca. Sopla viento del norte y hemos recibido noticias de que hay problemas. ¿Cuántos vais ahí atrás?
—Esperaremos —dijo la voz—. Vamos dos. Yo misma y... el padre de Ellimere.
—Ah... hola —saludó Felicity—. Nos informaron de que... os habían... pero la megamaga Coelle no se lo creyó...
—No hables de eso ahora —dijo Sabriel.
Había salido de la saca de correspondencia y estaba agachada detrás del conductor. Felicity volvió a espiar por la ventanilla para asegurarse de que la mujer que le hablaba era realmente la madre de Ellimere. Aunque Sabriel vestía el mono azul del servicio postal y un gorro de lana bien calado que ocultaba parte de su cabellera negro azabache, resultaba reconocible. No obstante, Felicity seguía preocupada. La verdadera prueba llegaría cuando la megamaga Coelle comprobara las marcas del Gremio de estas personas.
—Aquí tiene la cantidad acordada —dijo Sabriel entregándole al conductor un grueso sobre.
El hombre lo cogió de inmediato, examinó su contenido y una sonrisa leve le iluminó los ojos.
—Muchísimas gracias —dijo—. Y mantendré la boca cerrada, como prometí.
—Más te vale —masculló Piedra de Toque.
El conductor se mostró abiertamente ofendido por el comentario. Y comento con desdén:
—Vivo cerca de Bain de toda la vida y sé cómo están las cosas. No los he ayudado por dinero. Esto de aquí —dijo agitando el sobre— es sólo un aliciente.
—Le agradecemos la ayuda —dijo Sabriel al tiempo que con la mirax< le indicaba a Piedra de Toque que se estuviera callado.
Haber pasado varias horas metido en una saca de correspondencia no había contribuido en nada a calmar su humor, ni tener que esperar, ahora que estaban tan cerca del Muro y de su tierra. El Colegio Wyverley se encontraba a unos sesenta kilómetros al sur de la frontera.
—Tome, se lo devuelvo —protestó el conductor.
Sacó el sobre y se lo lanzó a Piedra de Toque.
—No, no, considérelo una justa recompensa —le dijo Sabriel con calma, y le devolvió el sobre.
El conductor se resistió un momento, luego se encogió de hombros, se metió el dinero en el bolsillo interior de la chaqueta y, con cara de enfado, volvió a acomodarse en su asiento.
—Ahí viene la megamaga —anunció Felicity, aliviada, al ver que por el paseo venían una mujer mayor y varias estudiantes.
Parecían haber surgido de la nada, porque el edificio principal del colegio estaba oculto, más allá de una curva, detrás la pantalla tupida formada por los chopos.
Tras la llegada de la megamaga Coelle, la comprobación de la pureza de las marcas del Gremio que Sabriel y Piedra de Toque llevaban en la frente fue cuestión de minutos; después, todos se fueron para la escuela y la furgoneta de correos regresó a Bain.
—Sabía que las noticias eran falsas —comentó la megamaga Coelle mientras caminaban a toda prisa, casi al trote, hacia las enormes puertas de entrada del edificio principal—. El Corvere Times publicó una foto de dos coches quemados y unos cuerpos sin dar mucha más información. Tenía pinta de ser un montaje.
—Por desgracia fue real —dijo Sabriel sombríamente—. Damed y otras once personas murieron en el ataque, también perdimos a otros dos en las afueras de Hennen. Quizás haya habido más víctimas. Nos separamos pasado Hennen, para sembrar pistas falsas.
¿Ninguno de los nuestros ha llegado antes que nosotros?
Coelle negó con la cabeza.
—Damed no será olvidado —dijo Piedra de Toque—. Ni Barlest ni ninguno de los otros. Tampoco olvidaremos a nuestros enemigos.
—Corren tiempos muy difíciles —suspiró Coelle.
Sacudió la cabeza varias veces y entró, pasando delante de más colegialas armadas, que contemplaban mudas de asombro a la legendaria Sabriel y a su consorte, pese a tratarse simplemente del rey del Reino Antiguo, un personaje mucho menos interesante.
Sabriel había sido en otros tiempos una de ellas. Siguieron observándola mucho rato, hasta que Coelle hubo conducido a la ilustre pareja hasta la puerta de la sala de visita de los padres, la estancia tal vez más lujosa del colegio.
—Confío en que las cosas que dejamos sigan en su sitio —dijo Sabriel—. ¿Cuál es la situación? ¿Qué noticias hay?
—Todo está como lo dejaste —contestó Coelle—. Todavía no hemos tenido problemas dignos de mención. ¡Felicity! Por favor, manda que suban el baúl de la Abhorsen que está en el sótano. Pippa y Zettie... las que estén de guardia en el vestíbulo pueden ayudarte. En cuanto a las noticias, tengo mensajes y...
—¡Mensajes! ¿De Ellimere o Sameth? —preguntó Piedra de Toque, impaciente.
Coelle se sacó de la manga dos hojas de papel dobladas y se las entregó. Piedra de Toque las cogió muy nervioso y se puso al lado de Sabriel para leerlas mientras Felicity y sus compañeras desaparecían por una de las pesadas puertas de madera lustrosa.
El primer mensaje estaba escrito en lápiz azul en un papel con membrete roto que llevaba el mismo símbolo con la corneta y el pergamino que adornaba los laterales de la furgoneta de correos. Piedra de Toque y Sabriel lo leyeron atentamente y, de inmediato, fruncieron el ceño. Volvieron a leerlo y se miraron con cara de sorpresa.
—Lo envió una de nuestras antiguas alumnas —comentó Coelle, nerviosa, al ver que nadie decía nada—. Lornella AerenJanes, ayudante del Jefe General de Correos. Es la copia de un telegrama. Ignoro si llegó a vuestra embajada.
—¿Será de fiar? —preguntó Piedra de Toque—. ¿Tía Lirael? ¿Abhorsen en ciernes? ¿Se trata de otra maniobra para confundirnos?
Sabriel negó con la cabeza y contestó:
—Parece de Sam. Aunque no entiendo el mensaje. Es evidente que en el Reino Antiguo han ocurrido muchas cosas. No creo que podamos llegar al fondo del asunto de inmediato.
Desdobló la otra hoja. A diferencia de la primera, ésta era de papel grueso, hecho a mano y lucía tres símbolos. Eran marcas del Gremio inactivas que resaltaban oscuras sobre la página blanca. Sabriel pasó la mano sobre ellas y se iluminaron, llenas de vida, dispuestas a saltar sobre su palma. Y con ellas llegó la voz de Ellimere, clara y segura, como si la tuvieran delante.
—¡Mamá, papá! Espero que recibáis esta nota pronto. Las clarvis han visto mucho más, demasiado para contarlo en este mensaje. Existe un peligro tan grande que supera toda imaginación. Estamos en Barhedrin con la guardia, las bandas adiestradas y setecientas ochenta y cuatro clarvis. Las clarvis intentan ver lo que debemos hacer. Dicen que Sam está vivo y peleando, y que, hagamos lo que hagamos, debéis ir a Karhedrin antes del día de Anstyr o será demasiado tarde. Debemos llevar las papelonaves a algún sitio. Ah... y tengo una tía que al parecer es medio hermana tuya... ¿Qué? No me interrumpas...
La voz de Ellimere cesó. Las marcas del Gremio se apagaron y regresaron al papel.
—La interrumpieron en mitad del hechizo —dijo Piedra de Toque—. Es muy raro que Ellimere no lo rehiciera. ¿La medio hermana de quién? Mía no puede ser...
—Lo importante es que por fin las clarvis han visto algo —dijo Sabriel—. El día de Anstyr... debemos consultar un almanaque. Debe de faltar poco... demasiado poco... habrá ue partir de inmediato.
—Me temo que no vais a poder —anunció Coelle, nerviosa—. Ese mensaje ha llegado esta misma mañana, lo trajo un explorador del Paso Fronterizo. Le urgía regresar. Al parecer han sufrido un ataque desde el otro lado del Muro y...
—¡Un ataque desde el otro lado del Muro! —la interrumpieron Sabriel y Piedra de Toque al unísono—. ¿Qué tipo de ataque?
—No supo precisarlo —balbuceó Coelle, sorprendida por la brusquedad de la pregunta y por tener a Sabriel y a Piedra de Toque prácticamente encima de ella—. Ocurrió en el extremo oeste. También hay problemas en el Paso Fronterizo. Al parecer, el general Kingswold, Inspector General visitante, se ha manifestado a favor de que gobierne el partido Nuestro País, pero el general Tindall va a aceptarlo, a él y a su gobierno. Varias unidades han tomado partido, algunas están con Tindall, otras con Kingswold...
—¿O sea que Corolini intentó ocupar el gobierno? —preguntó Sabriel—. ¿Cuándo ha sido eso?
—Ha salido en el periódico de esta mañana —contestó Coelle—. Todavía no hemos recibido la edición vespertina. Hay enfrentamientos en Corvere... ¿No lo sabías?
—Llegamos hasta aquí clandestinamente y evitamos todo contacto con los ancelstierranos —dijo Piedra de Toque—. No hemos tenido tiempo de leer los periódicos.
—The Times decía que el ministro supremo posee todavía el control del arsenal, el Palacio de las Decisiones y la asamblea de Corvere —les informó Coelle.
—Si está al frente del Palacio, entonces sigue controlando al árbitro hereditario —dijo Piedra de Toque. Miró a Sabriel en busca de su confirmación—. Corolini no podrá formar gobierno sin el beneplácito del árbitro, ¿verdad?
—No, a menos que todo se venga abajo —dijo Sabriel con seguridad—. Pero da igual. Corolini, el intento de golpe, es todo secundario. Cuanto ha ocurrido aquí es obra de un poder del Reino Antiguo, nuestro reino. Las guerras continentales, el influjo de los refugiados sureños, el ascenso de Corolini, todo ha sido orquestado, planeado con un fin que desconocemos. ¿Qué podría querer en Ancelstierre un poder de nuestro Reino? Entiendo que pretenda sembrar la confusión en Ancelstierre para facilitar un ataque desde el otro lado del Muro. Pero ¿con qué fin? ¿Y quién será?
—El telegrama de Sam menciona a Chlorr —dijo Piedra de Toque.
—Chlorr no es más que un nigromante, poderoso, eso sí —dijo Sabriel—. Debe de tratarse de otra cosa. Algo maligno dice... cerca de Edge...
Sabriel se interrumpió en mitad de la frase cuando Felicity y sus tres compañeras entraron portando un baúl largo, con herrajes de bronce. Lo depositaron en medio de la habitación. Las marcas del Gremio formaban líneas que se movían lentamente sobre la tapa y la llave de la cerradura. En cuanto Sabriel tocó la cerradura y susurró unas palabras, cobraron vida y se iluminaron. Se oyó un clic, la tapa se levantó un dedo y Sabriel la abrió del todo dejando ver unas prendas, armadura, espadas y su bandolera con las campanas. Sabriel hizo caso omiso de todo ello, metió la mano en un costado y sacó un libraco encuadernado en cuero. Las letras doradas grabadas en la cubierta indicaban que se trataba del Almanaque de los dos países y de la región del Muro. Hojeó rápidamente las gruesas páginas hasta dar con una serie de tablas.
—¿Qué día es hoy? La fecha.
—Veinte —contestó Coelle.
Sabriel siguió con el dedo las entradas de una tabla hasta abajo y luego hacia la derecha. Miró el resultado y volvió a seguir con el dedo los números y a repasarlo todo.
—¿Cuándo es el día de Anstyr? —quiso saber Piedra de Toque.
—Hoy —dijo Sabriel.
La respuesta fue recibida en silencio. Al cabo de un instante, Piedra de Toque eaccionó.
—En el Reino debería ser todavía de mañana —dijo—. Llegaremos a tiempo.
—Si vamos por tierra, no, y menos ahora que el Paso Fronterizo no es seguro — dijo Sabriel—. Estamos demasiado al sur para llamar a una papelonave...
Y entonces, la Abhorsen tuvo una idea que le iluminó la mirada.
—Megamaga, ¿sigue Hugh Jorbert alquilando el prado del oeste del colegio para su escuela de vuelo?
—Sí, pero los Jorbert están de vacaciones —contestó Coelle—. No vuelven hasta el mes que viene.
—No podremos pilotar una máquina ancelstierrana —protestó Pielira de Toque —. El viento sopla del norte. El motor se apagará a pocos kilómetros de aquí.
—Si nos elevamos lo suficiente, deberíamos pasar —dijo Sabriel—. Pero sin piloto, no. ¿Cuántas muchachas toman clases de vuelo?
—Una decena —respondió Coelle a regañadientes—. No sé si sabrán volar solas...
—Yo he superado la prueba de vuelo en solitario —la interrumpió Felicity, entusiasmada—. Mi padre volaba con el coronel Jorbert en la Fuerza Aérea. He hecho doscientas horas de vuelo en el Humbert de mi casa y cincuenta en el Beskwith de aquí. He hecho aterrizajes de emergencia, vuelos nocturnos, de todo. Sabré volar por encima del Muro.
—Ni hablar —dijo la megamaga Coelle—. ¡Te lo prohibo!
—No son tiempos normales —comentó Sabriel y con una mirada acalló a Coelle —. Todos debemos hacer lo que esté a nuestro alcance. Gracias, Felicity. Aceptamos. Por favor, ve a disponerlo todo, mientras nos ponemos ropa más adecuada.
Felicity soltó un grito de alegría y salió corriendo, seguida de sus compañeras. Coelle hizo ademán de detenerla, pero luego desistió. Se sentó en la butaca más próxima, sacó un pañuelo de la manga y se enjugó la frente. La marca del Gremio brilló suavemente cuando el pañuelo la rozó.
—Es una alumna —protestó Coelle—. ¿Qué voy a decirles a sus padres si... si no llega a...?
—No lo sé —contestó Sabriel—. Nunca he sabido qué decirle a nadie. Salvo que es mejor hacer algo que nada, aunque el precio sea alto.
Mientras hablaba con Coelle, miraba por la ventana. En el centro del prado se erguía un obelisco de mármol blanco de seis metros de alto. Llevaba grabados muchos nombres. Desde la ventana no alcanzaba a leerlos, pero Sabriel conocía la mayoría de esos nombres, aunque no hubiera conocido en persona a quienes los llevaban. El obelisco era un monumento en memoria de todos los caídos aquella noche terrible, hacía veinte años, cuando Kerrigor había cruzado el Muro acompañado de una horda de muertos. Estaban los nombres del coronel Horyse, de muchos otros soldados, de colegialas, maestras, policías, dos cocineras, un jardinero...
Un destello de color, más allá del obelisco, captó la atención de Sabriel. Un conejo blanco cruzó corriendo el prado, perseguido por una niña cuyas coletas se agitaban mientras intentaba inútilmente capturar a su mascota. Por un momento, Sabriel retrocedió en el tiempo y recordó otro conejo que escapaba y otra colegiala con coletas.
Jacinthy Conejito.
Jacinth era uno de los nombres grabados en el obelisco, aunque el conejo al que veía retozar quizá fuese un descendiente lejano de Conejito. La vida continuaba, aunque nunca sin luchar.
Sabriel se alejó de la ventana y del pasado. Ahora le preocupaba el futuro. Disponían de doce horas para llegar a Barhedrin. Sorprendió a Coelle quitarse el mono azul y dejar ver que estaba desnuda. Cuando Piedra de Toque empezó a desabrocharse el suyo, Coelle anzó un grito ahogado y salió a toda prisa de la estancia.
Sabriel y Piedra de Toque se miraron y rieron un momento, antes de empezar a vestirse rápidamente con la ropa del baúl. Pronto recuperaron su aspecto de siempre y volvieron a sentirse cómodos con la ropa interior de lino, la camisa y las calzas de lana fina, la cota de malla y la sobrevesta reforzadas. Piedra de Toque llevaba sus dos espadas; Sabriel tenía la propia del Abhorsen; lo más importante era que la bandolera con las campanas volvía a cruzarle el pecho.
—¿Listo? —preguntó Sabriel cuando terminó de arreglarse la bandolerra y ajustó la correa.
—Listo —confirmó su marido—. O tan listo como podré llegar a estarlo en estas circunstancias. Si en los buenos tiempos detesto volar, imagínate ahora, que tenemos que ir en una de esas máquinas tan poco fiables de los ancelstierranos.
—Imagino que será peor de lo habitual —dijo Sabriel—, pero no nos queda otra salida.
—Ya lo sé —suspiró Piedra de Toque—. No sé si preguntarte... ¿en qué sentido será peor de lo habitual?
—O mucho me equivoco —dijo Sabriel—, o Jorbert se fue con su mujer en el Beskwith de dos plazas. Con lo que a nosotros nos queda su Humbert Doce de una plaza. Tendremos que viajar en las alas.
—Nunca dejará de maravillarme la cantidad de cosas que sabes —dijo Piedra de Toque—. Yo no entiendo nada de máquinas. A mí todos los aparatos de Jorbert me parecieron iguales.
—Por desgracia no lo son —dijo Sabriel—. Y no se me ocurre ninguna otra manera de volver a casa. Y menos si debemos estar en Barhedrin antes del día de Anstyr. ¡Vamos!
Salió de la estancia a grandes zancadas sin detenerse a comprobar si su marido la seguía. Iba justo detrás, pisándole los talones.
La escuela de vuelo de Jorbert no era grande, más bien un pasatiempo para el coronel retirado de la Fuerza Aérea. Había un solo hangar, situado a cien metros de su casa de labranza. El hangar se encontraba en una esquina del campo oeste del Colegio Wyverley; la pista de vuelo estaba marcada por una serie de bidones de aceite pintados de amarillo.
Sabriel no se equivocó respecto del aeroplano. Sólo había uno, un biplano de color verde y una sola plaza; en cuanto Piedra de Toque lo vio tuvo la impresión de que su integridad dependía en gran medida de que sus numerosos puntales y cables se mantuvieran en su sitio.
Irreconocible con el casco, las gafas y el traje de piel, Felicity ya estaba en la cabina de mandos. Otra muchacha se encontraba junto a la hélice, y otras dos más, agachadas al lado de las ruedas, debajo del fuselaje.
—Tendréis que tumbaros sobre las alas —gritó Felicity alegremente—. Me olvidé de que el coronel se había llevado el Beskwith. No os preocupéis, no es tan difícil. Hay asas para agarrarse. Yo he viajado así pilas de veces... bueno, en dos ocasiones... y también he caminado por las alas.
—Asas para agarrarse —masculló Piedra de Toque—. Ha caminado por las alas...
—Cállate —le ordenó Sabriel—. No molestes a la piloto. Subió ágilmente por el lado izquierdo, se acostó sobre el ala y se agarró con fuerza de las dos asas. Las campanas eran un engorro, pero era algo a lo que estaba acostumbrada.
Piedra de Toque subió con menos agilidad al lado izquierdo y a punto estuvo de perforar el ala con un pie. Se molestó al descubrir que no era más que un trozo de tela estirado en un marco de madera, pero se tumbó con mucho cuidado y se aferró con fuerza a las asas. Contrariamente a lo que había imaginado, éstas se mantuvieron firmes.
—¿Listos? —preguntó Felicity.
—¡Lista! —gritó Sabriel.
—Eso creo —masculló Piedra de Toque. Y luego añadió con toda su voz y todo su entusiasmo—: ¡Sí!
—¡Contacto! —ordenó Felicity.
La muchacha hizo girar la hélice con pericia y se apartó. La hélice dio unas cuantas vueltas mientras el motor arrancaba con cierta vacilación y, al coger velocidad, las palas dejaron de verse.
—¡Cuñas fuera!
Las otras muchachas tiraron de sus cuerdas y apartaron las cuñas que frenaban las ruedas. El avión avanzó a trompicones, describió luego un arco hasta quedar en la cabecera de la pista, con el viento de frente. El ruido del motor aumentó y el avión comenzó a rodar dando tumbos, como si se tratara de un pajarraco torpe que precisaba saltar y aletear Hincho antes de levantar vuelo.
Piedra de Toque observaba el suelo, los ojos se le llenaron de lágrimas a medida que fue aumentando la velocidad. Había imaginado que el avión despegaría como una papelonave, deprisa, sin dificultades, con bríos. Mientras iban recorriendo la pista y la pared baja de piedra situada en el extremo norte de la pista se fue acercando cada vez más, se dio cuenta de que no sabía nada sobre los aviones ancelstierranos. Estaba claro que emprenderían el vuelo bruscamente, justo al final de la pista.
O no, pensó, segundos después. Seguían en el suelo y la pared se encontraba a veinte o treinta pasos. Empezó a pensar que más le valía soltarse y tratar de saltar antes del choque inminente. El problema era que no veía a Sabriel, que iba en la otra ala, y no quería saltar sin ella.
El avión dio un bandazo y se elevó. Piedra de Toque soltó un suspiro de alivio cuando pasaron a escasos centímetros de la pared y aulló desesperado al ver que volvían a bajar. El golpe contra el suelo fue tan fuerte que se quedó sin respiración y no atinó a nada más cuando el aparato dio otro salto y, al fin, se elevó definitivamente.
—¡Lo siento! —gritó Felicity tratando de hacerse oír en medio del rugido del motor y la ventolera—. Se me olvidó que llevo más peso del habitual.
Oyó que Sabriel le gritaba algo a la muchacha, pero no alcanzó a enterarse bien de lo que le decía. Fuera lo que fuese, Felicity asentía con la cabeza. De inmediato, el avión comenzó a retroceder hacia el sur y a ganar altura. Piedra de Toque entendió que iban a cobrar la máxima altura posible para evitar que el viento del norte afectara el funcionamiento del motor cuando el aparato se encontrara cerca del Muro. De esa manera, si se elevaban lo suficiente, podrían cubrir planeando los últimos diez kilómetros, con suerte, un poco más. Habría sido una desgracia aterrizar en la frontera misma.
Ahora bien, hacerlo en el Reino Antiguo no sería cosa fácil. Piedra de Toque observó el ala de tela que se estremecía por encima de su cabeza y esperó que gran parte del aeroplano estuviese hecho a mano, porque de no ser así, las piezas dejarían de funcionar, tal como ocurría con toda la maquinaria y los dispositivos ancelstierranos en cuanto cruzaban el Muro.
—No volveré a volar en mi vida —murmuró Piedra de Toque.
Recordó entonces el mensaje de Ellimere. Si conseguían aterrizar al otro lado del Muro y llegar a Barhedrin, se verían obligados a volar hasta algún punto en una papelonave para entablar batalla con un enemigo desconocido, con poderes ignotos.
Al pensarlo, Piedra de Toque hizo un gesto que le llenó la cara de arrugas. Esperaba con ansia la batalla. Sabriel y él se habían enfrentado durante mucho tiempo a contrincantes manipulados a distancia. Ahora, fuera lo que fuese, había salido a la luz y debería luchar contra las fuerzas unidas del rey, la Abhorsen y las clarvis.
Siempre y cuando el rey y la Abhorsen consiguieran sobrevivir a ese vuelo.