Abhorsen
Chlorr, la de la máscara
Lirael se levantó sobresaltada, el corazón le latía con fuerza y con las manos tanteó en busca de las campanas y la espada. Era de noche y estaba .atrapada en una especie de cámara... no, no era una cámara, se dio cuenta al despertar del todo. Dormía en la parte trasera de un ruidoso vehículo... un camión, como lo llamaba Sam. Aunque ahora ya no hacía ruido.
—Hemos parado —dijo la Perra Canalla. Asomó la cabeza por la portezuela de lona para echar un vistazo y su voz quedó algo amortiguada—. Y diría que de forma inesperada.
Lirael se incorporó y trató de no hacer caso a la sensación que tenía de que acababan de aporrearla en la cabeza y darle a beber vinagre. Seguía resfriada. Al menos no había empeorado, aunque en Ancelstierre la primavera acababa de comenzar y se seguía notando la presencia del invierno en las bajas temperaturas nocturnas.
La parada tenía todo el aspecto de ser inesperada, a juzgar por las maldic iones que echaba el conductor. Sam levantó desde fuera la portezuela de lona y esquivó justo a tiempo el lametazo de bienvenida de la Perra Canalla. Tenía aspecto de cansado y Lirael se preguntó si habría podido dormir tras enterarse de la terrible noticia sobre sus padres. Ella se había dormido en cuanto se habían subido al... al camión... No tenía idea de cuánto había dormido. No demasiado, a juzgar por cómo se sentía, y todavía era de noche, la única luz provenía del collar de la perra.
—Los camiones no arrancan —informó Sam—, aunque el viento sopla prácticamente del oeste. Creo que estamos demasiado cerca de los hemisferios. Tendremos que seguir andando.
—¿Dónde estamos? —preguntó Lirael.
Se incorporó demasiado deprisa, tocó el techo de lona con la cabeza y a punto estuvo de golpearse con los puntales de acero. Fuera había mucho ruido, gritos y el estruendo de las botas con tachuelas en contacto con el camino, y debajo del alboroto general, un retumbo sordo, constante. Estaba todavía medio dormida y tardó un instante en comprender que no eran los truenos que esperaba, sino otra cosa.
La perra saltó por la puerta trasera y Lirael la siguió con más calma. Seguían en el camino de la frontera; al parecer amanecía. La luna seguía en el cielo, un delgado cuarto creciente, mientras que en el Reino Antiguo estaba llena. Su forma era levemente distinta. Y el color también, según notó Lirael. Menos plateada, de un tono más amarillento.
El retumbo venía del sur y en él se oía también un silbido débil. Lirael vio también destellos en el horizonte, pero no eran relámpagos. Hacia el oeste se oían truenos y los destellos que venían de esa dirección eran, sin duda, relámpagos. Mientras observaba, Lirael creyó haber olido el hedor de la magia libre, aunque el viento soplara directamente del sur. Notaba también la presencia de muertos en algún punto, allá adelante, a poco más de un kilómetro.
—¿Qué son esas luces y ese ruido? —le preguntó a Sam mientras señalaba hacia el sur.
El muchacho se volvió a mirar pero tuvo que apartarse antes de contestar porque los soldados pasaron al trote junto a los camiones.
—Artillería —comentó al cabo de un momento—. Llevan armas pesadas. Seguramente están lejos de la frontera, no se verán afectadas por el Reino Antiguo ni los hemisferios y podrán disparar. Vaya... pero si son catapultas... lanzan explosivos a varios kilómetros de distancia, los explosivos estallan al golpear el suelo o bien en el aire y matan gente.
—Una pérdida de tiempo —lo interrumpió el mayor Greene, que avanzaba resollando—. ¿Acaso se oyen explosiones? No, ¿verdad? Seguro que lo que hacen es lanzar lo que encuentren, incluso piedras de gran tamaño, pero aunque las piedras o los proyectiles sin explotar les den de lleno a los muertos no servirá de nada. Lo único que se conseguirá es dejar el terreno sembrado de porquería que después deberán recoger los del cuerpo de armamento y materiales. Miles de bombas sin explotar, la mayoría de ellas de fósforo blanco, una sustancia peligrosa. ¡Vamos!
El mayor avanzó sin dejar de resollar, seguido de Lirael, la Perra Canalla y Sam. Dejaron las mochilas en los camiones y por un momento Lirael pensó que Zapirón seguía dormido en la de Sam. Entonces vio al gatito blanco detrás del primer pelotón que marchaba a paso ligero, corría por el camino como si persiguiera un ratón. Al verlo saltar, Lirael supo exactamente lo que hacía. Cazaba algo para comer.
—¿Dónde estamos? —preguntó Lirael alcanzando sin esfuerzo al mayor Greene.
El hombre la miró, inspiró hondo, tosió y con la cabeza le indicó al teniente Tindall, que estaba más adelante. Lirael captó la sugerencia. Siguió corriendo hasta alcanzar al joven oficial y repitió la pregunta.
—A menos de cinco kilómetros del puesto de resistencia occidental de la frontera —contestó Tindall—. La Serrería de Forwin está a veinticinco kilómetros al sur de allí, con suerte, conseguiremos detener a ese Hedge en el Muro... ¡Primer pelotón, aaalto!
Lirael se sorprendió por lo abrupto de la orden y siguió corriendo hasta que se dio cuenta de que los soldados del frente se habían detenido. El teniente Tindall gritó más órdenes, repetidas por un sargento que upaba el frente, los soldados se desplegaron a ambos lados del camino y prepararon los fusiles.
—¡Caballería, señora! —le soltó Tindall agarrándola del brazo y apartándola del medio del camino—. No sabemos de quién.
Lirael volvió a ponerse al lado de Sam y desenvainó la espada. Miraron por el camino y oyeron el golpeteo de los cascos en el pavimento. La perra también miraba, pero Zapirón jugaba con el ratón que acababa izar. El animalito seguía vivo y el gato lo soltaba, pero en cuanto se alejaba un palmo, lo agarraba otra vez y lo sujetaba al pobre, aterrorizado y frenético, en la boca entreabierta.
—No son muertos —dictaminó Lirael.
—Ni producto de la magia libre —añadió la Perra Canalla olfateando ruidosamente—. Pero se huele el miedo.
Poco después vieron al caballo y al jinete. Se trataba de un soldado ancelstierrano, un soldado de infantería montado, aunque había perdido la carabina y el sable. Al ver a los demás soldados, gritó:
—¡Salid de aquí! ¡Marchaos!
Intentó seguir galopando, pero el caballo se espantó al ver que los soldados se agolpaban en el camino. Alguien aferró las bridas y obligó al caballo a detenerse. El soldado fue desmontado de la silla cuando intentó azuzar al caballo con las manos.
—¿Qué ocurre? —le preguntó el mayor Greene de malos modos—. ¿Cómo se llama y cuál es su unidad?
—Soldado Maculler, número 732769, mayor—contestó el hombre automáticamente; le astañeteaban los dientes al hablar y tenía la cara cubierta de sudor—. Caballería ligera, regimiento catorce, destinado en destacamento volante de la frontera.
—Bien. Cuénteme qué es lo que está pasando —le pidió el mayor. —Están todos muertos —susurró el hombre—. Veníamos del sur y atravesamos la niebla. Una niebla rara, se retorcía mucho... Los sorprendimos con dos enormes... parecían medias naranjas, pero muy grandes... eran de plata. Las ponían en unos carros, pero los caballos de tiro estaban muertos. Aunque no sé si muertos, bien muertos, porque se movían. Los caballos tiraban de los carros pese a estar muertos. Todos muertos...
El mayor Greene lo sacudió con fuerza. Lirael hizo ademán de detenerlo, pero Sam la contuvo.
—¡Soldado Maculler, siga informando de la situación!
—Están todos muertos menos yo, mayor —prosiguió Maculler sencillamente—. Griseta y yo caímos al suelo al cargar. Y cuando nos levantamos todo había terminado. Algo nos hizo vomitar. A lo mejor la niebla llevaba algún gas. De las tropas de reconocimiento cayeron todos, incluidos los caballos, algunos corrían desbocados. Por todas partes, alrededor de los carros, había unas cosas. Pensamos que serían cadáveres, sureños muertos, pero a medida que los nuestros caían, ellos se iban levantando. Los vi abalanzarse sobre mis compañeros... miles de monstruos, eran horribles. Vienen hacia aquí, mayor.
—Los hemisferios de plata —interrumpió Lirael con urgencia—. ¿Hacia dónde fueron los carros?
—No lo sé —balbuceó el hombre—. Cuando topamos con ellos, se dirigían hacia el sur, hacia nosotros. Después, ya no sé.
—Hedge ha logrado cruzar y los hemisferios van hacia la central productora de rayos —le dijo Lirael a los demás—. ¡Debemos llegar antes que ellos! ¡Es nuestra última oportunidad!
—¿Cómo? —preguntó Sam, blanco como un papel—. Si ya han cruzado el Muro...
El Teniente Tindall había sacado el mapa e intentaba encender la linterna eléctrica, pero ésta se negó a funcionar. Contuvo una maldición y lanzó a Lirael una mirada a modo de disculpa, luego desplegó el mapa a la luz de la luna.
En ese momento, Lirael notó que su sentido de la muerte reaccionaba y levantó la vista. No vio nada en el camino, pero sabía lo que se aproximaba. Eran braceros muertos. Un gran número de ellos. Y algo iba con ellos. Una fría presencia familiar. Uno de los muertos mayores, aunque no era nigromante. Debía de tratarse de Chlorr.
—Ya vienen —dijo con urgencia—. Son dos grupos de braceros. Al frente van unos cien, y a corta distancia, cientos más.
El mayor se puso a gritar una serie de órdenes y los soldados corrieron en todas direcciones, mayormente hacia delante; portaban trípodes, ametralladoras y otras armas. Un enfermero se llevó al soldado Maculler y el caballo los siguió, obediente. El teniente Tindall agitó el mapa y entrecerró los ojos por si conseguía ver mejor.
—¡Siempre caen en los malditos pliegues o donde el mapa se junta! —exclamó —. Deberíamos ir al sureste desde el cruce de caminos de allá atrás y luego cortar por el suroeste hasta un desvío que llega a la Serrería de Forwin desde el sur. Si vamos por ahí, quizá funcionen los camiones. Ahora, lo primero, es empujarlos hasta el cruce.
—¡Manos a la obra! —rugió el mayor Greene—. Llévese su pelotón para empujar. Nosotros aguantaremos aquí todo lo que podamos.
—Los dirige Chlorr —le dijo Lirael a Sam y a la perra—. ¿Qué debemos hacer?
—A pie no llegaremos a la central productora de rayos antes que Hedge —dijo Sam a toda prisa—. Podríamos ir en el caballo de ese hombre, pero sólo podría llevar a dos, y son casi veinticinco kilómetros en la oscuridad...
—El caballo está reventado —lo interrumpió Zapirón. Masticaba algo y no pronunciaba on claridad—. No llevaría a dos aunque quisiera. Y no quiere.
—De manera que habrá que ir con los soldados —dijo Lirael—. Eso significa mantener a raya a Chlorr y la primera oleada de muertos el tiempo suficiente para que empujen los camiones hasta donde consigan funcionar.
Miro camino abajo, más allá de los soldados arrodillados detrás de las ametralladoras montadas sobre sus trípodes. La luz de la luna y las estrellas alcanzaba para ver el camino y los arbustos achaparrados que lo flanqueaban, unos arbustos raquíticos, faltos de color. Entonces notó unas formas borrosas, más oscuras, allí donde el paisaje estaba más iluminado. Eran los muertos que avanzaban arrastrando los pies, apelotonados, sin rumbo fijo, como una muchedumbre desorganizada. Al frente iba una silueta más grande y más negra, y pese a encontrarse a bastante distancia, Lirael vio el fuego que ardía dentro de la sombra. Era Chlorr.
El mayor Greene también vio a los muertos y de repente gritó justo al lado de Lirael:
—¡Compañía! ¡Ciento ochenta metros, a las doce en punto, los muertos avanzan en masa por el camino! ¡Fuego! ¡Fuego, fuego!
Tras los gritos del mayor se oyeron los chasquidos de los gatillos, más altos aún que los gritos. Y no ocurrió nada más. No se oyó luego ningún estallido, ni un solo disparo. Sólo los chasquidos y una serie de sofocadas exclamaciones.
—No lo entiendo —dijo Greene—. ¡El viento sopla del oeste y normalmente las armas funcionan mucho después de que se hayan parado los motores!
—Los hemisferios —dijo Sam. Lanzó una mirada a la perra y ésta asintió—. Son una fuente de magia libre en sí mismos y nos encontramos cerca de ellos. Es probable que Hedge haya manipulado el viento. Tal como funciona su tecnología, es como si nos encontráramos todavía en el Reino Antiguo.
—¡Maldición! ¡Pelotón uno y dos! ¡A formar en dos filas en el camino! ¡Deprisa! —ordenó Greene—. ¡Arqueros en la retaguardia! ¡Artilleros, quiten los cerrojos y desenfunden las espadas!
Siguió un afanoso ajetreo cuando los artilleros quitaron los cerrojos de sus armas y desenfundaron las espadas. Lirael también desenfundó la suya y, tras vacilar un poco, sacó a Saraneth. Por algún motivo quiso usar a Kibeth, le resultaba más familiar al tacto, pero para ocuparse de Chlorr iba a necesitar la autoridad de la campana más grande. —Creí que eran más de las doce —le dijo a Sam. Avanzó hasta donde formaban los soldados y se puso a la cabeza. Serían unos sesenta, formados en dos filas que cruzaban el camino y se extendían a ambos lados, hacia el campo. Los de la fila del frente vestían cotas de malla y sus fusiles estaban dorados de relucientes bayonetas de plata. En la segunda fila estaban los arqueros; de un solo vistazo Lirael se dio cuenta, por la forma en que sostenían los arcos, que muchos de ellos no sabían ni siquiera usarlos. Notó, satisfecha, que las flechas también estaban bañadas en plata. Un detalle que sería de gran ayuda contra los muertos.
—Cuando el mayor Greene dijo «las doce en punto» se refería a justo al frente». Ahora son las dos de la mañana—le aclaró Sam, tras echar una mirada al cielo nocturno.
Era evidente que no sólo conocía las estrellas del Reino Antiguo sino los de Ancelstierre, porque a Lirael el cielo no le decía nada.
—¡Primera fila, rodilla a tierra! —ordenó el mayor Greene.
Estaba delante, con Lirael y Sam y el hombre miró de reojo a la Perra Canalla, que en ese momento creció hasta adoptar su tamaño de combate. Los soldados más próximos al chucho se revolvieron nerviosamente, pese a estar con la rodilla en tierra, y prepararon los fusiles con las bayonetas disponiéndolos en un ángulo de cuarenta y cinco grados hasta que la primera fila pareció un matorral de lanzas.
—¡Arqueros, preparados!
Los arqueros colocaron las flechas en los arcos, pero no los tensaron. Los muertos se cercaban a buen ritmo, pero todavía no estaban lo bastante cerca para que Lirael y Sam distinguieran a los individuos en la oscuridad. Chlorr era la única que se veía. Se oía el golpeteo de sus huesos y el arrastrarse constante de cientos de pies contrahechos por el camino.
Lirael notó la tensión y el miedo en los soldados, que contenían el aliento y movían nerviosamente los pies y el equipo. Notó el silencio que siguió a las órdenes del mayor. A la menor reacción, todos saldrían huyendo para salvar la vida.
—Se han detenido —dijo la perra, mientras sus ojos perforaban la oscuridad de la noche.
Lirael escudriñó a lo lejos. Así era, la masa negra parecía haberse detenido y el rojo resplandor que despedía Chlorr avanzaba de lado, y no hacia delante.
—¿Intenta flanquearnos? —preguntó el mayor—. Me pregunto por qué.
—No —dijo Sam. Notaba la presencia del grupo de muertos más grande que se encontraba algo más lejos—. Espera al segundo grupo de muertos. Calculo que serán cerca de mil.
Habló en voz baja, pero entre los soldados más próximos se corrió la voz poco a poco por ambas filas.
—¡Silencio! —gritó Greene—. ¡Sargento! ¡Tómele el nombre a ese soldado!
—¡Sí, mayor! —confirmaron varios sargentos.
Muchos de ellos también habían hablado y ni se molestaron en apuntar nada en sus cuadernos.
—No podemos esperar —dijo Lirael llena de ansiedad—. ¡Debemos llegar a la central productora de rayos!
—No podemos volverle la espalda a estos que vienen —dijo Greene. Se aproximó más y la marca del Gremio de la frente brilló suavemente al reaccionar a la magia del Gremio de la perra, y susurró—: Los hombres están a punto de quebrarse. No son exploradores, no están acostumbrados a este tipo de cosas.
Lirael asintió. Apretó los dientes cuando notó un instante de indecisión y luego se apartó de la primera fila.
—Me enfrentaré a Chlorr —anunció—. Si consigo vencerla, los braceros tal vez se queden por ahí vagando o regresen con Hedge. De todas maneras, luchan bastante mal.
—No irás sin mí—dijo la perra.
Dio un paso al frente acompañado de un ladrido entusiasta, un ladrido que surcó la noche. Aquel ladrido tenía algo raro. Hizo que a todo el mundo se le erizaran los cabellos y la campana que Lirael sostenía en la mano tintineó suavemente hasta que la muchacha la hizo callar. Los dos sonidos contribuyeron a poner más nerviosos a los soldados.
—Ni sin mí —añadió Sam con firmeza.
También dio un paso al frente; su espada brillaba con las marcas del Gremio y en su mano izquierda relucía un hechizo, listo para ser lanzado.
—Yo iré de espectador —dijo Zapirón—. Con suerte, conseguiréis asustar a unos cuantos ratones para que salgan de sus agujeros.
—Si permite que un viejo pelee a su lado... —comenzó a decir Greene, pero Lirael le hizo un gesto negativo.
—Quédese aquí, mayor —le dijo. Su voz no era la de una muchacha sino la de una Abhorsen a punto de enfrentarse a la muerte—. Proteja la retaguardia.
—Sí, señora —dijo el mayor Greene.
Hizo una venia y volvió a ocupar su puesto en la fila.
Lirael avanzó haciendo crujir la grava bajo los pies. La Perra Canalla iba a su derecha; Sam a su izquierda. Zapirón, apenas visible como rauda mancha blanca, corría de un lado a otro del camino, tal vez en busca de más ratones para atormentarlos.
Los muertos no avanzaron hacia Lirael cuando ésta echó a andar. A medida que se fue acercando a ellos, la Abhorsen vio que se desplegaban en el campo para formar un frente más amplio. Chlorr esperaba en el camino, altísima, más negra que la noche, excepto sus ojos ardientes. Lirael notó la presencia de la muerta mayor como una mano fría en la nuca.
Cuando se encontraron a poco menos de cincuenta metros, Lirael se detuvo, y detrás de ella también lo hicieron la Perra Canalla y Sam. Levantó bien alta a Saraneth; la campana plateada brilló bajo la luz de la luna y las marcas del Gremio que se movían por el metal despidieron un leve fulgor.
—¡Chlorr, la de la máscara, regresa al reino de la muerte! —gritó Lirael.
Lanzó la campana al aire, la aferró por el mango y la hizo sonar al mismo tiempo. El toque de Saraneth se propagó en la noche; los braceros muertos se estremecieron cuando aquel sonido los golpeó. La campana, sin embargo, tocaba por Chlorr y Lirael concentró todas sus fuerzas y su atención en ese espíritu.
Chlorr levantó la espada de sombras por encima de la cabeza y le contestó con un grito de desafío. No obstante, el grito quedó ahogado por el tañido de la campana y Chlorr tuvo que retroceder pese a blandir la espada.
—¡Regresa al reino de la muerte! —le ordenó Lirael a medida que avanzaba y agitaba despacio a Saraneth describiendo círculos que salían directamente de una página de El libro de los muertos que brillaba con fuerza en su mente—. ¡Te ha llegado la hora!
Chlorr siseó y retrocedió otro paso más. Entonces, otro sonido se unió al de la campana. Un ladrido imperioso y sostenido, que se prolongó mucho, mucho rato, mucho más agudo y más intenso que la voz profunda de Saraneth. Chlorr levantó la espada en un intento de esquivar los sonidos, pero se vio obligada a retroceder dos pasos más. Los braceros muertos, confundidos, se apartaban de su lado con movimientos vacilantes al tiempo que sus gargantas putrefactas emitían glugluteantes sonidos de desesperación.
Sam describió un movimiento circular, como quien lanza una bola de boliche y, de repente, el fuego dorado estalló envolviendo a Chlorr y extendiéndose a los braceros, que gritaban y se retorcían al notar que les quemaban la carne muerta.
Y entonces, una silueta blanca apareció de pronto casi a los pies de Chlorr. Era un gato que daba saltitos sobre las patas traseras, agitando las manos en el aire, delante del espíritu de la muerta mayor.
—¡Corre! ¡Vete, Chlorr sin cara! —rió Zapirón—. ¡La Abhorsen ha venido para enviarte más allá de la Novena Puerta!
Chlorr lanzó una estocada al gato que la esquivó ágilmente justo cuando la hoja a punto estuvo de rozarlo. Y entonces, la muerta mayor pegó un salto, un salto que la elevó nueve metros por encima de las cabezas de los braceros muertos que tenía a su espalda. A medida que saltaba se fue transformando hasta convertirse en un inmenso nubarrón negro, con forma de cuervo, que cruzó raudo los campos en dirección al norte, hacia la segundad del Muro, perseguido por el sonido de Saraneth y el ladrido de la Perra Canalla.