Abhorsen
El destructor dentro de Nicholas
Lirael vaciló un instante, incapaz de decidir si saltar de la barca y huir o sacar las campanas. Puso manos a la obra, sacó a Rana y a Saraneth, operación complicada estando sentada con la espada sobre el regazo.
Nick todavía no se había movido, pero el humo blanco salía despacio en forma de zarcillos que iban de aquí para allá, como dotados de vida propia. El hedor nauseabundo de la magia libre se propagó con ellos, mundo la nariz de Lirael que, como reacción, comenzó a sentir arcadas.
No esperó a ver más, se limitó a tañer las dos campanas juntas y a concentrar toda su fuerza de voluntad en una orden perentoria dirigida .i la figura sentada delante de ella y al humo que flotaba en el aire.
«Duerme», pensó Lirael, mientras todo su cuerpo se tensaba en el esfuerzo de concentrar la fuerza de las dos campanas. Sintió la canción de cuna de Ranna y la coacción de Saraneth cuando el eco de ambas cruzó lis aguas. Juntas coronaron a Nicholas de magia y sonido y enviaron el espíritu de la magia libre que habitaba en su interior de vuelta a su sueno parasitario.
Lirael comprobó que tal vez no era eso lo que ocurría, pues el humo blanco se limitó a retroceder y las campanas comenzaron a brillar y a emitir un extraño calor rojo mientras sus voces perdían intensidad y nitidez. Entonces Nick se incorporó, con los ojos en blanco, ciegos a todo, y El Destructor habló por su boca.
Sus palabras golpearon a Lirael con fuerza, notó de pronto que le ardía hasta la médula de los huesos y un zumbido tan fuerte en los oídos que comenzaron a punzarle.
—¡Estúpida! ¡Tus poderes son una pobre herencia para enfrentarte a mí! Casi siento lástima de que Saraneth y Ranna sólo vivan en ti y en tus baratijas. ¡Quédate quieta!
Las dos últimas palabras las pronunció con tanta fuerza que Lirael lanzó un grito lacerante. El grito se convirtió en un gorgoteo ahogado cuando se quedó sin aire. La cosa que Nicle llevaba dentro, el fragmento, la había sojuzgado tan deprisa que se le habían helado hasta los pulmones. Intentó respirar por todos los medios, de nada le sirvió. Estaba completamente paralizada, por dentro y por fuera, sujeta por una fuerza que ni siquiera sabía cómo combatir.
—Adiós —dijo El Destructor.
Después, hizo que el cuerpo de Nicle se pusiera en pie y mantuviera el equilibrio cuando la barca de juncos se ladeó, y comenzó a hacer señas a las barcazas. Al mismo tiempo, gritó un nombre que resonó por todo el lago.
—¡Hedge!
Presa del pánico, Lirael intentó respirar una y otra vez. Su pecho se mantenía congelado y las campanas yacían sin vida en sus manos inertes. Desesperada, repasó mentalmente las marcas del Gremio e intentó pensar en algo que la liberase antes de morir asfixiada.
No se le ocurrió nada, nada en absoluto, hasta que de pronto notó que conservaba algo de sensibilidad en los muslos, donde Nehima seguía apoyada en su regazo. La veía muy de refilón, porque no podía mover los ojos, pero las marcas del Gremio ardían en la hoja y desde allí fluían hacia ella para luchar contra la magia libre que la mantenía asida en su garra mortal.
Las marcas a duras penas lograban combatir el hechizo. Iba a tener que hacer algo ella también, porque a ese paso se ahogaría antes de que sus pulmones recobraran la libertad.
Era tanta su desesperación por hacer lo que fuese, que descubrió que era capaz de mover las pantorrillas hacia los lados y de ese modo podría mecer la barca. No era muy estable, e manera que si conseguía volcarla y distraer al espíritu de la magia libre... quizás el sortilegio se rompería.
Meció más la barca y empezó a llenarse de agua que empapó los juncos firmemente tejidos. El cuerpo de Nick continuó sin volverse, sus piernas se adaptaron sin notarlo al balanceo. La cosa que llevaba en su interior estaba concentrada en las barcazas que se aproximaban y en los hemisferios que contenían su yo completo.
Lirael perdió el conocimiento por la falta de oxígeno. Volvió en sí en un instante, cuando la adrenalina le fluyó por las venas como un torrente— y entonces volvió a mecer la barca con el alma entera.
La embarcación de juncos se balanceaba sin cesar pero no volcaba. Lirael gritó por dentro y tuvo la certeza de prepararse para mecer la barca por última vez, por lo que empleó toda la fuerza que la espada había liberado.
El agua entró a raudales y, por un instante, la barca estuvo a punto de zozobrar. Por desgracia, los pueblos del lago la habían tejido tan bien que volvió a enderezarse. Al cuerpo de Nick, sorprendido por la violencia del movimiento, no le ocurrió lo mismo. Se inclinó hacia un lado, intentó agarrarse de la proa, se inclinó hacia el otro... y cayó al lago.
Lirael inspiró hondo. Los pulmones siguieron helados durante un momento, luego se llenaron de aire y la muchacha notó que un estremecimiento la recorría toda. El sortilegio se había roto con la caída de Nick. Sin poder contener los sollozos, la muchacha guardó las campanas en sus morrales y levantó la espada. Las marcas del Gremio de la empuñadura latieron para infundirle calor y ánimos.
En todo ese rato no dejó de buscar a Nick y a eso que llevaba dentro. Al principio, no vio nada moverse en el agua. A unos cuantos metros de la barca, se elevó una columna de vapor y el agua comenzó a soltar burbujas, como si el lago estuviese hirviendo. Una mano, la mano de Nick, salió del agua, agarró el costado de la barca y, con fuerza descomunal, le arrancó un trozo; escupió agua por la boca y luego soltó un agudísimo grito de rabia; al oírlo, todos los pájaros del lago huyeron en desbandada.
Alcanzó también a Lirael. Instintivamente, la muchacha saltó por el otro costado de la barca lo más lejos que pudo, se golpeó contra los juncos y el agua y echó a correr por el agua. El terrible grito se repitió, seguido de un violento chapoteo. Por un momento Lirael pensó que tenía a Nick pisándole los talones y entonces se oyó una violenta explosión de agua y juncos rotos: Nick había levantado la barca y se la había lanzado. De haber corrido un poco más despacio, la barca le habría dado de lleno en la espalda; sin embargo, la suerte estuvo de su parte y sólo recibió una lluvia de agua y trozos de junco.
Antes de que Nicle pudiese hacer nada más, Lirael redobló sus esfuerzos por escapar. El agua no era tan profunda como esperaba, le llegaba al pecho, pero frenaba su avance, de manera que a cada instante temía que la criatura se le echara encima o le lanzara un encantamiento. Desesperada, regresó hacia la zona de aguas menos profundas, partiendo los juncos con estocadas de Nehima.
No miró atrás, le faltaba valor para enfrentarse a lo que vería; tampoco se detuvo, ni siquiera cuando se perdió entre los juncos sin saber adonde iba, ni siquiera cuando los pulmones y los músculos le dolían a causa del esfuerzo.
Llegó un momento en que no le quedó más remedio que parar, cuando ya no pudo aguantar el calambre que le atenazaba el costado y las piernas se le hundían en el agua. Por suerte, era poco profunda, apenas le llegaba a las rodillas, de modo que Lirael se sentó aplastando los juncos hasta formar un asiento mojado y lodoso.
Aguzó los cinco sentidos, pero no parecía haber nada a su espalda... al menos nada que lograra oír por encima de los latidos del corazón cuyo eco reverberaba hasta en la última vena de su cuerpo.
Descansó en el agua llena de barro durante un tiempo que le pareció muy largo.
Después, cuando sintió que podía ponerse en marcha sin que se le saltaran las lágrimas o le dieran ganas de vomitar, se levantó y echó a andar otra vez.
Mientras avanzaba, pensó en lo que había hecho... mejor dicho, en lo que no había hecho. La escena se repetía hasta la saciedad en su cabeza. Debía de haber sido más rápida con las campanas, pensó, al recordar su vacilación y su torpeza. Tal vez debería haber traspasado a Nick con la espada... aunque no le parecía correcto, puesto que el pobre no tenía idea de lo que llevaba oculto en su interior, a la espera de la oportunidad adecuada para manifestarse. Probablemente no habría servido de mucho, puesto que, muerto el muchacho, el fragmento quizá pudiera seguir dentro de él, campando por sus respetos como había hecho cuando estaba vivo. Cabía incluso la posibilidad de que se le metiera a ella en el cuerpo...
En su mente destacaba también la visión de las clarvis de un mundo destruido. ¿Había perdido la oportunidad de detener al Destructor? ¿Acaso los minutos pasados con Nick en la barca de juncos eran un momento culminante del destino? ¿Una oportunidad vital que ella no consiguió aprovechar?
En eso seguía pensando cuando el agua por donde corría se convirtió prácticamente en barro espeso. Los juncos comenzaron a ralear, por lo que dedujo que estaba llegando al borde de las marismas. Pese a que esa parte de las marismas, con la vegetación menos densa, ocupaba más de treinta kilómetros de la costa oriental del lago Rojo, Lirael seguía sin saber dónde se encontraba.
Adivinó dónde estaba el sur por la posición del sol y la longitud de la sombra de un junco, y hacia allá fue, manteniéndose en el borde de las marismas. Era más difícil avanzar que en terreno seco, pero resultaba más seguro, si en la zona había muertos a los que Hedge hubiese obligado a salir a la luz del sol.
Dos horas más tarde, Lirael estaba más mojada y más desanimada que nunca, sobre todo por culpa de un inesperado y profundo agujero con el que había topado por el camino. Estaba cubierta de la cabeza a los pies de una mezcla asquerosa de polen rojo de junco y barro negro. La mezcla apestaba, ella apestaba, las marismas parecían no acabar nunca y, además, no había señales de sus amigos.
Las dudas comenzaron a asaltarla con más fuerza; Lirael empezó a temer por sus compañeros, sobre todo por la Perra Canalla. ¿Y si se había visto superada por el ingente número de muertos? ¿Y si Hedge había logrado dominarla del mismo modo que el fragmento que Nick llevaba dentro había desbaratado su magia como si tal cosa?
A lo mejor estaban heridos o seguían luchando, pensó y apuró el paso. Sin ella y las campanas, les faltaría fuerza para enfrentarse a los muertos. Sam ni siquiera había terminado de leer El libro de los muertos. Ni siquiera había alcanzado el grado de Abhorsen. ¿Y si los estuviera persiguiendo un mordicante o alguna otra criatura lo bastante fuerte para aguantar el sol de mediodía?
Mientras iba así pensando, dejó atrás los juncos y empezó a correr y a andar por terreno más firme. Corría cien zancadas y caminaba cien pasos... sin dejar de vigilar por si aparecían cuervos sanguinarios, otros muertos o los siervos humanos de Hedge.
Hubo un momento en que vio y sintió la presencia de muertos muy cerca, pero se trataba de braceros, estaban lejos y huían para refugiarse del sol que les carcomía la carne y el espíritu, el sol capaz de enviarlos de regreso al reino de la muerte si no se resguardaban en alguna cueva o tumba desocupada.
No tardó en sentirse como un animal que es cazador y presa a la vez, como un zorro o un lobo. Sólo conseguía concentrar su atención en llegar al arroyo lo antes posible, buscar a lo largo de sus orillas a sus amigos o, como temía, alguna prueba de lo que les había ocurrido. Al mismo tiempo, tuvo la desagradable sensación de que, de un momento a otro, el enemigo la sorprendería desde detrás de algún árbol o alguna elevación del terreno o ncluso desde el cielo.
Era un consuelo ver por dónde caminaba, pensó Lirael, cuando divisó la hilera de árboles y arbustos que indicaba la situación del arroyo. Estaba a poco más de quinientos metros; corrió más deprisa, aumentando las zancadas a doscientas.
Iba por la zancada ciento setenta y tres cuando algo salió de la hilera de árboles y fue hacia ella.
Lirael llevó instintivamente la mano al arco, pero no lo encontró. Se palpó el costado para desenfundar la espada y siguió corriendo.
Se disponía a cargar contra el enemigo cuando reconoció a la Perra Canalla, se detuvo y lanzó un grito de gozo, recibido por el ladrido alegre de su mascota.
La perra comenzó a saltar alrededor de su ama y a lamerle la cara y Lirael se abrazó a ella al tiempo que mantenía la espada en equilibrio para no dañarla.
—¡Eres tú, eres tú, eres tú! —canturreó la perra, meneando el rabo.
Lirael no dijo nada. Se arrodilló, apoyó la cabeza en el cogote de la Perra Canalla y lanzó un suspiro cargado de preocupaciones.
—Hueles peor que yo, que ya es decir —comentó la perra una vez pasado el entusiasmo inicial, cuando ya tuvo ocasión de olfatear la capa de barro que cubría a su ama—. Será mejor que te levantes. Debemos volver al arroyo. Todavía quedan muchos muertos sueltos... parece que Hedge los ha dejado para que hagan lo que les venga en gana. O eso suponemos, pues la tormenta de relámpagos se ha trasladado al lago, supuestamente siguiendo el recorrido de los hemisferios.
—En efecto —dijo Lirael mientras caminaban de vuelta al arroyo—.
Hedge está allí. Nick... la cosa que lleva dentro lo llamó desde los juncos. Tienen dos barcazas y se disponen a transportar los hemisferios hasta Ancelstierre.
—Volvió a surgir dentro de Nick —comentó la perra—. Sí que tardó poco. Caramba, el fragmento es más fuerte de lo que suponía.
—Más fuerte de lo que jamás llegué a imaginar —aclaró Lirael con un estremecimiento.
Habían llegado al arroyo donde Sam las esperaba a la sombra de los árboles, con una flecha tensada en el arco, listo para disparar. ¿Cómo iba a explicarle que había rescatado a Nicholas... para volver a perderlo?
Y entonces Sam se movió. Lirael se detuvo, sorprendida. Daba la impresión de ir a dispararle a ella... o a la Perra Canalla. Apenas le dio tiempo a agacharse: el arco se destensó y la flecha salió disparada hacia su cabeza.